La preservación final
Gardiner Spring (1785-1873)
Tal es la atracción de la Cruz que lo que una vez asegura, lo mantiene para siempre. Los que una vez se interesan en ella, nunca pierden ese interés. Una vez atraídos a ella por una fe auténtica e impartida por el cielo, nunca rompen ese vínculo como para ser finalmente separados de Cristo y, al final, perecer… Nuestra posición es que no existe tal cosa como caer definitivamente de la Cruz al final. Una vez en Cristo, siempre en Cristo; una vez justificado, siempre justificado1. La perseverancia final de todo creyente verdadero es segura. Presentaré las razones de esta posición, lo más breve y simplemente que pueda.
Encontramos en la Cruz, uno de los hijos caídos de Adán—penitente, humillado y creyendo al pie de la Cruz—. Fue allí, no porque estaba naturalmente en su corazón hacerlo. Había sido un ser totalmente depravado y no aborrecía nada, tanto como a la santa salvación procurada por el Hijo crucificado de Dios. La salvación le fue [declarada] gratuitamente a través de la Cruz, pero no quería aceptarla, ni la aceptó hasta que Dios, por su propio poder omnipotente, creó en él un nuevo corazón y un nuevo espíritu, transformando su carácter, muerto en delitos y pecados, en una vida espiritual. Él es obra de la mano de Dios, hecho nueva criatura en Cristo Jesús: “Conforme a la imagen del que lo creó” (Col. 3:10). Ahora, ¿hay alguna razón para creer que Dios se hubiera ocupado de avivar, convencer y renovar a esta criatura, anteriormente depravada, y conducirla a la Cruz de su Hijo, dándole el gozo y la paz que viene de creer, sólo para que, en algún momento en el futuro, se apartara de la Cruz y muriera?…
Leo en las Escrituras declaraciones como éstas: “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro. 11:29). “Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados” (Sal. 37:28). “Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13-14). “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).
¿Y qué nos enseñan estas escrituras, sino que el Dios de amor nunca deja su propia obra sin terminar y que lo que comienza con gracia, acaba en gloria? Sería una nueva visión de Dios, creer que alguna vez, abandona a los que una vez unió a su Hijo. Estoy convencido de que éste es un concepto no avalado por las Escrituras… Veamos otro punto de vista de este mismo pensamiento general. Este pecador regenerado y creyente, acercado tan tardíamente a la Cruz, es _perdonado_y _justificado._Por la fe en la Cruz de Cristo, no sólo posee un carácter distinto del que una vez tuvo, sino que es conducido a nuevas relaciones. Ya no está más bajo la Ley, sino bajo la gracia. Está en un estado de gracia —un estado justificado—. Desde el momento en que cree, la sentencia de condenación que pesaba sobre él por sus transgresiones, fue anulada. Fue legalmente absuelto de castigo. Su deuda con la justicia divina fue pagada y se le ha imputado una justicia que responde a cada demanda de la Ley de Dios. Ha sido restaurado al favor de, una vez, su ofendido Soberano y se ha hecho acreedor de todas las inmunidades de su Reino. Está unido al Salvador por una fe viva y ha llegado a ser uno con Él, igual como los pámpanos están unidos a la vid y los miembros del cuerpo a su cabeza. Obtuvo esa valiosa fe por la que está unido a la Vid Viva “por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:1).
Ahora, ¿cómo concuerda la creencia decaer definitivamentede la Cruz con este estado justificado de todo creyente? Pablo, al referirse a esta condición de todos los creyentes auténticos, usa el siguiente lenguaje: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Ro. 5:1-2). Considera la justificación del creyente como una restauración permanente del favor de Dios, y continúa con una fuerte y concluyente razón para respaldar su posición.
Su argumento es éste: Si Dios dio a su Hijo para morir por los hombres, mientras todavía eran sus enemigos, ¡cuánto más ahora que son sus amigos, los salvará por medio de su muerte! “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro. 5:8-9). Todas las demás representaciones de la justificación dadas en la Biblia, coinciden perfectamente con ésta. Dios nunca perdona uno de los pecados de su pueblo sin perdonarlos todos. Una vez perdonados, ya no hay más condenación: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (He. 10:17). La justificación es representada siendo como para vida, vida eterna. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:1-2). ¿Puede admitirse la hipótesis de que los que gozan de una relación tan cercana con Jesucristo como para ser miembros de su propio cuerpo, perecerán algún día?
¿O está más de acuerdo con lo que sabemos de Él, creer en la garantía de seguridad: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19)?
La fe que fue al principio por su justificación, por su justificación será perpetuada hasta el final. Y la unión que una vez se forma con Él, nunca será disuelta. Esa es la enseñanza evidente de las Escrituras. “El que creyere…, será salvo” (Mr. 16:16). Si… nadie será salvo sin perseverar en santidad y si todos los que creen serán salvos, entonces, todos los que creen perseverarán en santidad. Dios le ha dado a esta promesa la forma solemne y enfática de un pacto —un pacto “ordenado en todas las cosas, y será guardado” (2 S. 23:5), prometiendo a su pueblo “las misericordias firmes a David” (Is. 55:3)—. Leamos su interesante y propia descripción de aquel pacto: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo…Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 31:31-33; 32:40).
Escribiendo a los hebreos, Pablo habla de este pacto, no sólo como un nuevo pacto, sino un “mejor pacto” y establecido sobre “mejores promesas” que el pacto del Sinaí (He. 8:6). El pacto del Sinaí era una promesa de favor divino, mientras los israelitas perseveraran en ser obedientes, pero no prometía una obediencia perseverante en sí misma. En cambio, este nuevo pacto contiene esta “mejor promesa” y esta promesa constituye su gran preeminencia.
Una de las promesas de este pacto es la de un estadojustificado—promesa hecha a la fe como la condición revelada de sus bendiciones—. La gran y principal condición de ese pacto, fueron los sufrimientos de la Cruz. Ha sido cumplida y “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14). Pero existe también, una condición subordinada cumplida por los mismos creyentes en esas transacciones en las que la fe entra con su gran Fiador2 y esto, también se ha cumplido. Nada puede servir mejor a nuestro propósito que las declaraciones del Apóstol argumentando los estímulos de este pacto de gracia, cuando dice: “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (He. 10:38-39). Si hay tal _caída definitiva_final de este estado de justificación, ¿qué significan declaraciones como las siguientes? “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24). “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:40). “Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó” (Ro. 8:30). “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24).
**Pero tenemos también, la creencia de la unión permanente del creyente con la Cruz, la cual se relaciona con el gran Sufriente mismo y que da evidencias, ciertamente no menos satisfactorias de la verdad que las que estamos considerando.**El Salvador mismo tiene el derecho garantizado a la perseverancia final en la santidad y a la salvación final de cada pecador que una vez creyó verdaderamente en Él. Es un derecho que le fue garantizado en las edades de la eternidad, y comprado y sellado por su sangre expiatoria. “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje… Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is. 53:10b-11a). Pablo habla de los que tienen “la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tit. 1:2).
¿Para quién era la promesa de vida eterna hecha antes del principio de los siglos? Ciertamente no a los hombres porque no existían, sino a Jesucristo, para todos los que, desde entonces en adelante, creyeran en Él y quienes, de esta manera anticipada, le fueron dados como recompensa por sus sufrimientos y su muerte. No entregó su vida por nada ni por una recompensa que era indefinida. Lo hizo para que fuera “dad[o] a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Ef. 3:10) y su victoria triunfante sobre el príncipe de las tinieblas.
**Si el éxito de su gran obra hubiera dependido de la ingobernable voluntad del hombre, nadie hubiera aceptado su salvación.**O si hubiera dependido de sus mentes inconstantes e infieles, una vez aceptada, no hubiera existido ninguna garantía de que los que acudieran a Él, no serían echados fuera al final. ¿Y descendió Él del cielo y entregó su alma hasta la muerte en una empresa tan incierta y dudosa? ¿O, antes de dejar el seno de su Padre, contó con la promesa de la convicción, la conversión, la fe y la perseverancia, y salvación final de una “gran multitud, la cual nadie podía contar”, ni uno de los cuales sería culpable de una apostasía definitiva…?
El Hijo del Hombre nunca perdió de vista esta gran promesa, sino que la mencionó a menudo, mientras estaba sobre la tierra. Él dijo: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Jn. 6:37). “Le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste” (Jn. 17:2). “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10:28-29). “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).
Aquí está la seguridad contra su caída definitiva. El Salvador sufriente tiene un derecho sobre ellos que es respetado en el cielo y que Él puede hacer cumplir. Decimos de la Cruz, lo que dijo cierta vez un renombrado hombre, acerca de sus doctrinas afines: “Entiendo, señor”, dijo un amigo al difunto Sir Rowland Hill[^53], “que sostiene usted esta terrible doctrina de la elección”. “Está equivocado”, respondió Sir Rowland, “yo no sostengo la elección, la elección me sostiene a mí”. Los creyentes sostienen la Cruz porque la Cruz los sostiene a ellos. No veo que el Salvador tendría ninguna seguridad para la salvación de aquellos que le fueron dados, si se admitiera la doctrina de que es posible perder la salvación. Si uno pudiera perderla, todos podrían perderla. Podría violarse el acuerdo y podría Él perder su recompensa, a menos que la gracia de su Cruz los mantenga firmes y para siempre. Hay desviaciones morales en el camino, pero su fidelidad promete rectificarlas. Hay pecados a los cuales están expuestos y que cometerán, pero la misma fidelidad los purificará. “Hice pacto con mi escogido” (Sal. 89:3), dice el Santo de Israel. “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso; he exaltado a un escogido de mi pueblo… Pondré su descendencia para siempre, y su trono como los días de los cielos. Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:19, 29-33).
El compromiso del Padre con el Hijo fue un compromisode buena fe**.**Mientras Dios esté sobre el trono, y pueda controlar sus corazones y gobernar su condición y destino, la infidelidad de ellos nunca puede hacer “nula la fidelidad de Dios” (Ro. 3:3). Los peligros pueden abundar alrededor del camino por el que andan y ellos pueden, a menudo, temblar por temor a caer por mano del enemigo, pero desde el altar de la intercesión, el que derramó su sangre en el Calvario, los ve y les dice: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lc. 12:32). Ni podría existir la plena seguridad de esperanza en este pacto y promesas, si los creyentes pudieran perder su salvación al final. Ninguna evidencia presente de un cambio de corazón, por más evidente que sea; ninguna conciencia de amor a Dios y de fe en su Hijo, por más fuerte e infalible que sea; ninguna indicación de un estado perdonado y justificado, por más concluyente que sea, podría garantizar esa seguridad completa de esperanza poseída por los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, expresada por Abraham, cantada con tanta frecuencia y devoción por David, y glorificada por Pablo, sería posible, si hubiera algo de incertidumbre sobre su permanencia hasta el final. Ningún ser humano viviente puede saber si al final no terminará en el infierno, si admite la hipótesis de que puede perder su salvación. La seguridad y la certeza de la salvación, tan a menudo disfrutada y tan uniformemente requerida en las Escrituras, sería absolutamente imposible, si la atracción a la Cruz no fuera suficientemente poderosa para guardar a todos los que una vez atrajo.
Dejemos que esta gran doctrina de la Cruz sea pues como su Autor designó que fuera, para consuelo y edificación de todos los que realmente temen a Dios y aman a su Hijo. Aquí, cristiano, está la promesa de tu seguridad. “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová” (Jer. 17:5). Sigue tu camino y regocíjate al avanzar. ¡A la Cruz de tu Redentor no le falta poder para guardarte de caer y presentarte sin mancha ante la presencia de su gloria con gran gozo! El cordero más débil está seguro, una vez que es parte del redil del Gran Pastor… Recibir a Cristo, es iniciar el camino al cielo. El que es el Autor, es también el Consumador de tu fe. ¡Echa fuera tus desalientos y confía en Jesús! ¡Echa fuera tu debilidad y confía en Jesús! ¡Echa fuera tus tinieblas y confía en Jesús como la luz de la vida! ¡Mira hacia atrás y contémplalo en la Cruz! ¡Mira hacia las alturas y contémplalo en el trono! ¡Mira hacia adelante y contémplalo en su segunda venida! Tu Salvador, tu Consejero, tu Justicia, tu Fortaleza, el Capitán de tu salvación, tu Porción, quien una vez estuvo colgado en aquella Cruz, está sentado ahora en ese trono desde donde vendrá pronto para juzgar al mundo en su justicia. ¡Si tienes a Cristo, lo tienes todo! ¡El cielo mismo no es tan gran regalo como lo es el propio Hijo de Dios! ¿Qué diremos de estas cosas? “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:31b-32)…
Mis queridos amigos, si todos los verdaderos creyentes han de perseverar hasta el final para ser salvos, ¿qué será de ustedes? Si “los justos”, aunque salvos, salvos infaliblemente y para siempre, son salvos con tanto esfuerzo, “¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1 P. 4:18). Has llegado a la vista de la Cruz y te has alejado de ella. Tienes que comenzar y perseverar hasta el final, y aun, ni has entrado en el camino que lleva a la vida. Tienes que pelear la buena batalla de la fe y, no sólo estás sin armadura, sino también dormido en el campo. ¿Puedes esperar alcanzar la meta para obtener la victoria y usar la corona? Con tanto que hay por hacer, ¿puedes estar a salvo sin hacer nada? Oh, ¿cuándo recibirás a Cristo Jesús, el Señor, y tomarás ese rumbo en el cual tienes algo más que la garantía humana de que permanecerás hasta el final? Una vez en Cristo, siempre en Cristo —¡qué motivo es éste para buscarlo e interesarte por Él! Nada de caer definitivamente de la Cruz—. ¡Qué motivo es éste para huir a la fortaleza como prisionero de la esperanza!
Tomado de La Cruz, preservación de la apostasía final (The Cross the Preservation from Final Apostasy) en La atracción de la Cruz(The Attraction of the Cross).
Gardiner Spring (1785-1873): Predicador y autor presbiteriano; pastor de Brick Presbyterian Church en la ciudad de Nueva York desde 1810, donde ministró durante 63 años; nacido en Newburyport, Massachusetts, EE.UU.
Obviamente, la doctrina de la justificación sólo por fe, es absolutamente esencial. Nunca ha habido un avivamiento en que esto no haya tenido siempre gran prominencia. —D. Martyn Lloyd-Jones
[Satanás] está siempre alerta para atrapar y llevar cautivos a los incautos. —H. Bonar
Footnotes
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Justificado – “La justificación es un acto de la gracia inmerecida de Dios, en la que Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos a sus ojos, sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida sólo por fe” (Catecismo de Spurgeon. P. 32). Disponible en CHAPEL LIBRARY. ↩
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Fiador – Persona que asume la responsabilidad del cumplimiento de un compromiso por parte de otra, por ejemplo, su comparecencia ante un tribunal o el pago de una deuda. ↩