El trabajo del pastor y la apostasía
John Owen (1616-1683)
Ese ministerio santo, humilde, laborioso, el primero que Cristo instituyó en la Iglesia, fue el medio primordial usado para convertir a los hombres a la obediencia evangélica y preservarlos en ella. Su doctrina, su espíritu, su ejemplo, su comportamiento y manera de vivir, sus oraciones, predicaciones y todos sus esfuerzos, tendían a ello y eran bendecidos y prosperados por Dios para que se cumpliera ese propósito. En aquel entonces, la vida de los cristianos era un reflejo de la verdad del Evangelio…
Que el bienestar de la Iglesia depende del cumplimiento correcto del oficio del ministerio… es declarado, claramente, por el Apóstol. (Ef. 4:11-15). En proporción a ello, progresará o decaerá. La naturaleza de este oficio, los fines para los cuales fue instituido, sus obras y deberes, con la experiencia universal de todas las edades y lugares, confirman esta observación, más allá de toda contradicción. Por lo tanto, si los que asumen el ejercicio de este oficio fracasan, rotunda y notoriamente en el desempeño y cumplimiento de los deberes que les corresponden, especialmente si lo hacen de manera general, y eso ocurre durante mucho tiempo, el resultado será un pueblo corrupto que ha degenerado los principios del Evangelio. Los rebaños no se preservan donde los pastores son negligentes. Los campos se llenan de maleza, espinas y zarzas, si no son debidamente cuidados. Por lo tanto, en primer lugar, voy a mencionar algunas cosas que se requieren, obligadamente, en y de los pastores y maestros de la Iglesia, a fin de que sea preservada la pureza de ésta y mantenida en su deber de obediencia evangélica. E insistiré sólo en aquellos deberes que todos reconocen como tales o que nadie que posea el Evangelio puede o se atreve a negar que lo sean.
Primero, se les requiere que mantengan, pura e incorrupta, la doctrina del Evangelio, especialmente, en lo que concierne a la santidad prescrita en él, tanto en su naturaleza como en sus causas, motivos y fines. En la antigüedad, “los labios del sacerdote [debían] guardar la sabiduría” y “de su boca el pueblo busca[ba] la ley” (Mal. 2:7). Éste fue el principal fin por el cual, Cristo el Señor, dio e instituyó el oficio del ministerio en la Iglesia… La preservación de la verdad —la declaración, la vindicación y la defensa de la misma— para que como miembros de la Iglesia, los discípulos de Cristo puestos bajo su cuidado, no se aparten de ella, ya sea por debilidad o por ignorancia como de niños, ni por los engaños de los seductores, ni se desvíen de ella, fue el gran fin por el cual el Señor Jesucristo instituyó este oficio en ella.
Segundo, se requiere de [los pastores y maestros]… que con diligencia instruyan al pueblo en el conocimiento de todo el consejo de Dios, concerniente al misterio del Evangelio, la doctrina de la verdad, y para que conozcan y hagan la voluntad de Dios. Esto deben hacerlo por todos los medios y maneras que Dios ha determinado, insistiendo sobre ello al instante, junto con instrucciones sobre sus almas y conciencias, y cómo llevarlas a la práctica. La razón por la cual la verdad del Evangelio es confiada a su cuidado, no es para que se la guarden para sí mismos, bloqueando así la llave del conocimiento, sino para que la comuniquen a otros y les instruyan al respecto.
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Para que lo cumplan con el máximo cuidado, diligencia y esmerada atención.¡Cuán vehemente es nuestro Apóstol con su encargo! (2 Ti. 4:1-2)…
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Para que trabajen con todas sus fuerzas, aun hasta la fatiga1 y el cansancio. Todos los nombres dados en el Nuevo Testamento a este oficio y su obra, incluyen este tipo de labor. Así como deben persistir “en el ministerio de la palabra” (Hch. 6:4) —es decir, total y enteramente, con su máximo empeño, continuamente en esta obra— también se les ordena “trabajar hasta el máximo de sus fuerzas” en ella (1 Ti. 5:17; 1 Co. 16:16; 1 Ts. 5:12)…
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Que toda su obra y todos sus esfuerzos en este sentido, sean acompañados de constante oración, pidiendo que, en virtud de su ministerio, el Evangelio corra y sea glorificado, para que la Palabra prospere en el corazón y vida de las personas.
Tercero, de igual manera, se les requiere (hasta donde la fragilidad humana lo permita) que en sus personas, sus acciones, su andar o conversaciones y, especialmente mientras están realizando sus deberes ministeriales, sean una representación cabal, tanto de la doctrina que predican como de Aquel cuyo nombre anuncian.
Tomado de Naturaleza y causas de apostasía del Evangelio (Nature and Causes of Apostasy from the Gospel) en Las obras de John Owen(The Works of John Owen), Tomo 7, reimpreso por The Banner of Truth Trust.
John Owen (1616-1683): Pastor y teólogo congregacional; llamado “el príncipe de los puritanos”; nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Inglaterra.
Footnotes
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Fatiga – Estado de agotamiento completo. ↩