Las maldades dentro de la iglesia
Horatius Bonar (1808-1889)
Judas 1-25
Judas, “siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo”, nos habla en el tono de un antiguo profeta. Su voz podría ser la de Elías o la de Juan el Bautista. Es la “voz que clama en el desierto”. Se dirige a las iglesias decadentes de su época. Habla a la Iglesia de los últimos días. Es contra las maldades dentro de la Iglesia de las que, especialmente, advierte. ¡Qué cuadro tan revelador pinta del error, el libertinaje, la mundanalidad, la decadencia espiritual y la apostasía eclesiástica! ¿Quién podría reconocer la imagen de la Iglesia primitiva en la descripción que hace de la iniquidad imperante? El mundo ha absorbido a la Iglesia, y la Iglesia está contenta de que así sea…
Ésta es una imagen que la Iglesia actual debe estudiar porque nos estamos convirtiendo rápidamente en parte del mundo y cayendo en las trampas del “dios de este siglo1” (2 Co. 4:4). Lo grave del caso es que nos gloriamos en esto, viéndolo como “progreso”, “cultura” e “iluminación”, como liberación del fanatismo de otros siglos y la intolerancia de nuestros ancestros poco ilustrados que no sabían cómo reconciliar los contrarios y unir lo que Dios ha separado; cómo valorar a todo igual; cómo combinar los placeres y frivolidades del mundo con el gozo de Dios; cómo orar y a la vez bailar; cómo deleitarse y llorar por el pecado; cómo usar tanto las “ropas blancas”2 y el vestido de baile con joyas; cómo mantener la amistad con Dios y con sus enemigos; cómo consentir a la carne, tanto como hacerla pasar hambre; cómo juntar tesoros, tanto en la tierra como en el cielo; cómo beber la copa del Señor y la copa de los demonios; cómo ser partícipe de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.
A algunos les pueden parecer duros y extraños, los nombres que aplica a estos hermanos inconstantes. “Manchas en vuestros ágapes”, “nubes sin agua”, “árboles otoñales, sin fruto”, “dos veces muertos y desarraigados”, “fieras ondas del mar”, “estrellas errantes” y, ¡no obstante, llevando el nombre de Cristo y siendo contados entre sus discípulos! ¡Oh, lo tenebroso del corazón humano! ¡Oh, sutileza de la carne! ¡Oh, el engaño del pecado! ¿Qué hay que el hombre no profese cuando conviene a sus propósitos? ¿Ante qué contradicciones de la vida, de las creencias y de la conciencia, tendrá escrúpulos3 cuando aspire a una posición, fama o riqueza? ¡Oh Iglesia del Dios viviente sobre la tierra, qué desfigurada y profanada estás por aquellos en quienes está escrito tu nombre! ¡Cuántos están en ti que no son tuyos, más aun, quienes te aborrecen en su corazón, mientras visten las ropas de tus siervos, para quienes las diversiones y los banquetes del mundo les gustan mucho más que la sencillez del pan y el vino; quienes se sienten en casa en el bullicioso salón iluminado de risas en la medianoche, pero incómodos en el aposento alto del Señor y Maestro; para quienes los rostros hermosos del mundo atraen, pero tu santidad y hermosura no inspiran; para quienes los lujos de las fiestas sociales les llena de una alegría que no pueden encontrar en lo que para ti es mejor que el alimento de los ángeles, esa carne que es verdaderamente comida y esa sangre que es verdaderamente bebida! (Jn. 6:55).
En esta época de discipulados a medias, de servir a dos señores4, de mundanalidad religiosa y religiosidad mundanal, ¡cuán necesario es que las terribles palabras del Apóstol, sean estudiadas por la Iglesia de Dios! ¡Las necesitamos ahora! En el futuro, las necesitaremos más. Todos los días vemos, leemos u oímos de cosas o sucesos relacionados con iglesias que profesan ser de Cristo, pero que nos hacen preguntar: “¿Es la Iglesia o es el mundo, cuál es?”. Acaso no nos sentimos, a menudo, constreñidos a decir para nuestros adentros: “¿Ya no son ciertas las palabras de Cristo? ¿Se han convertido en uno solo, el camino ancho y el angosto? ¿Es que ya no hay iglesia o ya no hay mundo?”.
No es que todo esto sea extraño ni nuevo, ni para nuestra época ni para la del Apóstol. Los gérmenes de esta apostasía ya se habían visto antes del diluvio. De tales hombres fue que profetizó Enoc cuando proclamó un juicio venidero y un Señor venidero (Jud. 14). “Obras impías”, “cosas duras”, “bocas que hablan cosas infladas” —esto en los días de Enoc— fueron arrasados por el vengador diluvio. Ahora, aparecen otra vez en los últimos días, con un más extenso y terrible desarrollo, esperando ser consumidos por el diluvio del fuego devorador con el cual el Señor, cuando venga, purificará esta tierra contaminada para luego generar la tierra nueva donde mora la justicia. Por cierto que en los últimos días, la maldad será mayor y más aborrecible… Está escrito de los últimos días: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira” (Sal. 2:4-5). El camino de Caín, el error de Balaam, las críticas maliciosas de Coré se combinarán y volverán a repetirse en la maldad de los últimos días. En aquel entonces, se le permitirá al corazón humano, desbordarse sin control. ¿Acaso no vemos los comienzos de este desbordamiento en la actualidad?…
Toda esta epístola está llena de solemnes pensamientos para nosotros. Su tono es muy similar al de las epístolas apocalípticas a las siete iglesias y casi parece un prefacio de ellas. Sus advertencias contra la declinación de la verdad y santidad, contra la mundanalidad y el lujo, contra una inflada autosuficiencia y jactancia, contra una descarada inmoralidad y carnalidad, contra una religión sin fruto y un nombre vacío son advertencias deplorables y suenan como un preludio de la última trompeta —una voz del cielo tan fuerte y penetrante que pareciera que hasta despertaría a los muertos con su terrible estruendo—. ¡Qué pecados expone esto en la iglesia de Dios! ¡Qué distanciamiento del primer amor! ¡Qué degradación en la maldad! Retoma las advertencias apostólicas de épocas anteriores y hace eco de ellas. Encontramos aquí, el resumen de los pecados y apostasías de la cristiandad. Tenemos ya el “poder engañoso” que hace creer la mentira (2 Ts. 2:11). Ya está aquí, la amistad fatal entre Dios y el mundo (Stg. 4:4). Ya está aquí la comunión entre lo limpio y lo corrupto, tan frecuentemente denunciada (1 Co. 10:21). Se nos representa aquí, el último y gran colapso de las iglesias cristianas y con ello, el fin de los tiempos de los gentiles: La mezcla de la religión con la no religión, el error con la verdad, las lascivias carnales con una profesión confiada, de laxitud antinomiana5 con elevada profesión, la alianza —política, o filosófica, o científica o eclesiástica— entre Egipto e Israel, entre Babilonia y Jerusalén (2 Ti. 3:1-7). Vemos aquí, a la Iglesia absorbida por el mundo y al mundo en la Iglesia, cada una deleitada con la otra, los hijos de Belial sentados en la “fiesta del amor” y en la Cena del Señor; el error como compañero de la verdad y la verdad aliada con el error; las bellas artes —música, pintura, escultura— todas creadas para ministrar, no a la religión, sino para producir sensaciones religiosas que hacen creer a los hombres que son religiosos, cuando no son más que admiradores de lo hermoso y solemne a la vista y al oído6.
Judas, como lo hizo Pablo, nos advierte contra los tiempos peligrosos de los últimos días. La Iglesia de nuestra era, quizá no pueda ser acusada de una declinación como la de los tiempos de Judas. El brillo del oro puede haberse opacado, pero no es completamente escoria. Pero el cristianismo moderno, poco tiene del milagro o magnificencia de los primeros tiempos. No es tan santo, tan devoto, tan gozoso; tampoco tan elevado, tan noble ni tan espléndido. La grandeza de la santidad apostólica ha desaparecido. ¡Qué pobre es gran parte de la religión que vemos a nuestro alrededor! ¡Qué vacía y superficial! Hosca en algunos, displicente en otros, ostentosa en otros, bulliciosa y lenguaraz en otros, mundana y política en otros, sensacionalista y sentimental en otros; —en todos, una religión de segunda categoría, aun cuando ésta sea sincera y auténtica—.
Una de las cosas más lamentables entre nosotros es que muchos que “corrían bien la carrera”, han vuelto atrás; eran celosos y sanos en la fe, pero han sido arrastrados al torrente del “progreso”. Se jactan de mantenerse al día con los avances de la época y cometen el error de confundir las trampas de Satanás como “ángel de luz” con la “dirección de la Providencia” y las enseñanzas del Espíritu Santo, dejando su primer amor y fe, confundiendo uno de los meteoros de la tierra con la estrella polar celestial7. La política, el placer, las diversiones, los negocios, la filosofía y la ciencia se han interpuesto entre ellos y la gloria, si no es que entre ellos y la cruz. La flaqueza del alma, la escasez de espiritualidad y la tibieza en todo lo que no sea el bullicio religioso exterior, describen su condición actual. No prosperan ni llevan fruto. Han vuelto a enamorarse de este actual mundo malo, del cual habían sido librados. Están estancados en la rutina de un servicio externo y palabras convencionales. ¡Han adoptado el espíritu de estos tiempos en toda su amplitud —una amplitud muy estrecha para incluir la gloria del Rey venidero de la tierra y el poder del Espíritu Santo, pero suficientemente amplia para incluir las tenebrosas sutilezas del error anticristiano, al menos en su germen o idea, que en su pleno desarrollo, no sólo deificará a la humanidad y adorará al intelecto y poder humano, sino que entronizará la fuerza, los números, el dinero, el comercio y el arte con todo lo que se llama “naturaleza” y “leyes naturales”, como las verdaderas realidades de la tierra, los que auténticamente elevan la raza y los que realizan los destinos del hombre!
No creemos que ninguna de las ovejas de Cristo vaya a perecer.El propósito eterno de Dios, las pone a salvo para siempre. Pero vemos cosas extrañas en nuestros días. Los hombres creen una cosa hoy, otra mañana y, pasado mañana, una tercera, ¡y lo llaman progreso! ¡La voz de la época es considerada como la voz de Dios! La verdad se ha vuelto flexible y los principios se han ablandado como la cera. Los hombres que parecían todo lo cristiano que uno puede parecer, vuelven a caer en el error o la mundanalidad. Corrían bien, pero “¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?” (Gá. 5:7). El mundo los “fascinó” (Gá. 3:1), de modo que ya no obedecen la verdad. Comenzaron en el Espíritu y están tratando de perfeccionarse por la carne. Algunos que una vez predicaban el gozo de las buenas nuevas, se han hundido en las tinieblas del papismo o del ritualismo. Otros, que parecían vivir en oración y estaban absortos en el estudio del único Libro bendito, ahora creen que la oración no es necesaria debido a la paternidad universal de Dios y que la Biblia, aunque es el mejor de los libros, es sólo uno de una serie ascendente de libros inspirados que consideran a las novelas y los periódicos como escritos que plasman lo que llaman “vida y carácter”, como nuestros verdaderos libros de texto para el estudio diario, que están persuadidos de que este mundo no es tan malo como creen algunos cristianos más estrictos; y que sus fiestas, lujos y frivolidades son cosas buenas de las cuales el cristiano no debiera abstenerse, sino disfrutar.
Cuando vemos estas cosas, nos asombramos; perplejos nos preguntamos qué es lo próximo que sucederá y “¿serán pocos los que se salvan?”. Y alarmados, notamos qué parecido es un incrédulo a un creyente y cuán hondo puede permitirse naufragar un creyente, sin caer completamente. No nos engañemos por el vano espectáculo en que andan los hombres. A pesar de todo el progreso imaginario, sigue en pie aquella afirmación de que “somos de Dios y el mundo entero está sumido en perversidad”. Ninguna cantidad de “cultura” puede cambiar al hombre natural. “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6) y el “progreso” de la carne, por más bueno que parezca, es siempre hacia abajo. Cuando venga aquello que es perfecto y lo que es en parte haya sido quitado; cuando se haya establecido el Reino que no puede ser removido, entonces, comenzará el verdadero progreso del mundo y la “cultura” divina tomará el lugar de la humana. Luego, al mirar hacia atrás, nos sorprenderemos de la cosa superficial que los hombres ahora llaman progreso y veremos en él, el último y orgulloso esfuerzo del hombre por entrar al cielo sin haber nacido de arriba; por ser un dios para sí mismo y, por su propio intelecto y energía, rectificar al mundo que ha arruinado —un mundo que sólo puede ser restaurado por el poder del Espíritu Santo y la entronización de su Rey por mucho tiempo ausente—.
Tomado de Luz y verdad: Pensamientos y temas bíblicos (Light and Truth: Bible Thoughts and Themes) en Vida y obras de Horatius Bonar CD(The Life and Works of Horatius Bonar CD), Lux Publications, www.horatiusbonar.com.
Horatius Bonar (1808-1889): Pastor presbiteriano escocés, cuyos poemas, himnos y tratados religiosos eran populares en el siglo XIX; nacido en Edimburgo, Escocia.
Footnotes
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dios de este siglo – dios de este mundo. ↩
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Nota del editor – El autor se refiere a Apocalipsis 7:9-12. ↩
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Escrúpulos – Se cuestionará. ↩
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Nota del editor – Es decir, servir a Dios y a Mamón (dios de las riquezas). ↩
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Laxitud antinomiana – Moralidad relajada debido a la negación de la Ley de Dios. ↩
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Se dice que en los últimos días del antiguo Imperio Romano, cuando su “decadencia” se convertía en su “caída”, todo estaba paralizado por los lujos, excepto la música que se cultivaba hasta el punto de la total embriaguez. La antigua Roma murió enloquecida por la música. —Horatius Bonar ↩
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Estrella polar – Estrella del norte. ↩