1. Aplicación

Ahora compartiré una o dos palabras de aplicación, y así concluiré con: Primero, Una palabra de advertencia; Segundo, Una palabra de aliento; Tercero, Una palabra de reprensión.

a. Una palabra de advertencia

En primer lugar, para advertirte que, así como la oración es el deber de cada uno de los hijos de Dios, y es llevada a cabo por el Espíritu de Cristo en el alma, todo aquel que se dedique a orar al Señor debe ser muy cauteloso y realizar esa obra especialmente con el temor de Dios, pero también con la esperanza de la misericordia de Dios por medio de Jesucristo.

La oración es un mandato de Dios, en el cual un hombre llega a estar muy cerca de Dios; y por lo tanto requiere tanto más de la asistencia de la gracia de Dios para ayudar a un alma a orar como conviene a alguien que está en la presencia de Él. Es una vergüenza para un hombre comportarse irreverentemente ante un rey, pero es un pecado hacerlo ante Dios. Y así como a un rey, si es sabio, no le agrada un discurso hecho con palabras y gestos indecorosos, así a Dios no le agrada «el sacrificio de los necios» (Ec 5:1,4). No son los discursos largos, ni las expresiones elocuentes lo que es agradable a los oídos del Señor, sino un corazón humilde, quebrantado y contrito, que es un olor fragante delante de la Majestad celestial (Sal 51:17; Is 57:15). Por lo tanto, como modo de advertencia, hay cinco cosas que son obstáculos a la oración e incluso hacen nulas las peticiones de la criatura.

  1. Cuando los hombres albergan la iniquidad en su corazón, en el momento de sus oraciones ante Dios. «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado» (Sal 66:18). Para evitar la trampa en que puede caer el corazón por la incomprensión de esta enseñanza, esto se refiere a cuando pides de forma insincera ser fortalecido contra algún pecado por el que albergas un amor secreto. Porque esta es la maldad del corazón del hombre, que aún ama y retiene aquello contra lo cual ora con sus labios; y de estos son los que honran a Dios con la boca, pero su corazón está lejos de Él (Is 29:13; Ez 33:31). ¡Oh, qué desagradable sería a nuestros ojos si viéramos a un mendigo pedir una limosna, con la intención de echársela a los perros! O que dijera con un suspiro: «Te ruego que me des esto», y con el siguiente: «Te ruego que no me lo des». Y así es con esta clase de personas. Con la boca dicen: «Hágase Tu voluntad»; y con el corazón desean lo contrario. Con su boca dicen: «Santificado sea tu nombre»; y con sus corazones y sus vidas se deleitan en deshonrarlo todo el día. Estas son las oraciones que son «para pecado» (Sal 109:7), y aunque las eleven a menudo, el Señor nunca las responderá (2S 22:42).

  2. Cuando los hombres oran como un espectáculo para que otros los escuchen y para obtener reputación en la religión, y cosas semejantes, estas oraciones están muy lejos de la aprobación de Dios y no serán respondidas, en lo relacionado a la vida eterna. Hay dos clases de hombres que oran con este fin.

En primer lugar, los capellanes aduladores que se meten en las familias de los hombres influyentes, que pretenden adorar a Dios, cuando en realidad el gran negocio es su propio vientre. Tenemos una muy buena representación de ellos en los profetas de Acab y también en los sabios de Nabucodonosor, quienes, aunque profesaban gran devoción, lo que realmente procuraban era satisfacer sus lujurias y sus vientres.

En segundo lugar, también los que buscan reputación y aplauso con el uso de palabras elocuentes, y procuran más que nada divertir a sus oyentes. Estos son los que oran para ser vistos de los hombres y ya tienen su recompensa (Mt 6:5). Puedes identificar a estas personas porque: a) Cuando hablan, solo miran a su auditorio. b) Buscan el elogio cuando han terminado. c) Sus corazones se elevan o caen, dependiendo de las alabanzas o halagos que reciban. d) Les agrada hacer largas oraciones, y para lograrlo, en vano repetirán las cosas una y otra vez (Mt 6:7). Ellos se preparan para recibir halagos, pero no se fijan en las motivaciones de su corazón. Buscan remuneración, pero es el vacío aplauso de los hombres. Y por eso no les gusta orar en la cámara secreta, sino en compañía. Y si en algún momento la conciencia los empuja a orar en secreto, la hipocresía hará que se les oiga en las calles. Y cuando sus bocas han terminado de hablar, sus oraciones han terminado; porque no esperan para escuchar lo que el Señor tiene para decirles (Sal 85:8).

  1. Una tercera clase de oración que no será aceptada por Dios, es cuando se ora por cosas equivocadas, o si se ora por cosas correctas, pero _para ser usadas en deleites_y para fines incorrectos. Unos no tienen, porque no piden, dice Santiago, y otros piden y no tienen, porque piden mal, para gastarlo en sus deleites (Stg 4:2-4). Pedir en contra de la voluntad de Dios es un gran argumento ante Dios para frustrar las peticiones presentadas delante de Él. De ahí que tantos oren pidiendo esto y aquello y, sin embargo, no lo reciban. La única respuesta que obtienen de Dios es el silencio. Su labor es hablar y nada más. Objeción: Pero Dios escucha a algunas personas, aunque sus corazones no estén bien con Él, como lo hizo con Israel, al darles codornices, aunque eran para satisfacer un deseo desordenado (Sal 106:14). Respuesta: Si lo hace, es en juicio, no en misericordia. Ciertamente les dio su deseo, pero más les hubiera valido prescindir de él, porque «envió mortandad sobre ellos» (Sal 106:15). Ay del hombre a quien Dios responda así.

  2. Hay otra clase de oraciones que no son respondidas; y son las que hacen los hombres y presentan a Dios por medio de sí mismos, sin la intermediación del Señor Jesús. Porque, aunque Dios ha establecido la oración y ha prometido escuchar la oración de la criatura, no escuchará ninguna oración que no sea hecha en Cristo. «Si algo pidiereis en mi nombre» (Jn 14:14). «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús» (Col 3:17). «Si algo pidiereis en mi nombre» (Jn 14:13-14), aunque seas muy devoto, celoso, ferviente y constante en la oración, solo en Cristo serás escuchado y aceptado. Pero, por desgracia, la mayoría de los hombres no saben lo que es venir ante Dios en el nombre del Señor Jesús, y esta es la razón por la que viven, oran y también mueren en su maldad. O bien, que no alcanzan otra cosa que lo que un simple hombre natural puede alcanzar, como para ser exactos en palabra y obra entre los hombres, y comparecer ante Dios solo con la justicia de la Ley.

  3. La última cosa que obstaculiza la oración es la forma de ella sin el poder. Es fácil que los hombres estén muy interesados en cosas tales como las formas de la oración, ya que están escritas en un libro. Pero se olvidan por completo de preguntarse si tienen el espíritu y el poder de la oración. Estos hombres son como un hombre maquillado, y sus oraciones como una voz falsa. En persona parecen hipócritas, y sus oraciones son una abominación (Pro 28:9). Cuando dicen que han estado derramando sus almas a Dios, Él dice que han estado aullando como perros (Os 7:14).

Por lo tanto, cuando tengas la intención o la determinación de orar al Señor del cielo y de la tierra, considera los siguientes detalles. 1) Considera seriamente lo que deseas. No hagas como muchos que con sus palabras solo dan golpes al aire y piden cosas que en realidad no desean, ni reconocen su necesidad de ellas. 2) Cuando sepas lo que deseas, mantente en ello, y ten cuidado de orar conscientemente.

Objeción. Pero yo no tengo consciencia de nada; por tanto, según tu argumento, no debo orar de ninguna manera

Respuesta 1. Si te percibes como un insensato y esto provoca alguna medida de tristeza, no puedes quejarte de insensatez, ya que esa sensibilidad produce una consciencia de tu insensatez. Por lo tanto, según la necesidad que tengas de algo, así ora (Lc 8:9); y si eres sensible a tu insensatez, ruega al Señor que te haga sensible a aquello de lo que encuentres insensible tu corazón. Esta era la práctica habitual de los santos hombres de Dios. «Hazme saber, Jehová, mi fin», dice David (Sal 39:4). «¿Qué significa esta parábola?», dijeron los discípulos (Lc 8:9). Y a esto se une la promesa: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces», de las que no eres consciente (Jer 33:3). Pero,

Respuesta 2. Cuídate de que tu corazón acuda a Dios tanto como lo hacen tus labios. No dejes que tus labios vayan más allá de aquello en lo que te esfuerzas en poner también el corazón. David quería elevar su corazón y su alma al Señor, y con razón; porque en la medida en que la boca de un hombre va sin su corazón, en esa medida no es más que una honra de labios; y aunque Dios pide y acepta los sacrificios de los labios, sin embargo, los labios sin el corazón hablan no solo de insensatez, sino de que no tenemos consciencia de nuestra insensatez; y, por lo tanto, si tienes la intención de alargar tu oración ante Dios, procura que sea con tu corazón.

Respuesta 3. Cuídate de las expresiones emotivas y de agradarte a ti mismo con el uso de ellas, de modo que no olvides la vida de la oración.

Concluiré este uso con una o dos advertencias.

Advertencia 1. Y la primera es: cuídate de no dejar de lado la oración, por llegar a conclusiones apresuradas de que no tienes el Espíritu, ni tampoco ores de ese modo. Es la gran obra del diablo hacer lo mejor, o más bien lo peor, contra las mejores oraciones. Adulará tus falsas motivaciones hipócritas y las alimentará con mil fantasías de bien hacer, cuando sus mismos deberes, como la oración, y todos los demás, apestan en las narices de Dios, como cuando Satanás se pone delante de un pobre Josué para resistirle, es decir, para persuadirle, de que ni su persona ni sus obras son aceptadas por Dios (Is 65:5; Zac 3:1). Cuídate, por lo tanto, de tales conclusiones falsas y desalientos infundados; y aunque tales persuasiones lleguen a tu espíritu, no te desalientes por ellas de tal manera que se inquiete tu espíritu al ir tras una mayor sinceridad en tu acercamiento a Dios.

Advertencia 2. Así como tales tentaciones repentinas no deben impedirte orar y derramar tu alma a Dios, tampoco deben impedírtelo las corrupciones de tu propio corazón. Puede ser que encuentres en ti todas las cosas antes mencionadas, y que intenten manifestarse en tu oración a Él. Entonces, debes ocuparte en juzgarlas, orar contra ellas, y presentarte aún más a los pies del Señor, con una consciencia de tu propia vileza, y antes bien presentar tu vileza y corrupción de corazón, para suplicar a Dios por la gracia que justifica y santifica, que un argumento de desaliento y desesperación. Así lo hizo David. «Perdonarás también mi pecado, que es grande» (Sal 25:11).

b. Una palabra de aliento

En segundo lugar, una palabra a modo de aliento al alma pobre, tentada y abatida para que ore a Dios por medio de Cristo. Ciertamente, toda oración que es aceptada por Dios, en lo que tiene que ver con la vida eterna, debe ser en el Espíritu, que solo intercede por nosotros según la voluntad de Dios (Ro 8:27); sin embargo, muchas pobres almas pueden tener al Espíritu Santo obrando en ellas y llevándolas a gemir al Señor por misericordia, y aun así, por incredulidad, no son capaces en ese momento de creer que son el pueblo de Dios, en el cual Él se deleita. Pero, ya que la verdad de la gracia puede estar en ellas, por lo tanto, para animarlas, a continuación, expongo unas cuantas ideas.

  1. La escritura en Lucas 11:8 es muy alentadora para cualquier pobre alma que tenga hambre de Cristo Jesús. En los versículos 5-7, cuenta una parábola de un hombre que fue a su amigo para pedirle tres panes, quien, por estar en cama, se los negó; sin embargo, por su importunidad, se levantó y se los dio. Así da a entender claramente que, aunque las almas pobres, por la debilidad de su fe, no pueden ver que son amigos de Dios, sin embargo, nunca deben dejar de pedir, buscar y llamar a la puerta de Dios por misericordia. Mirad, dice Cristo: «Os digo, que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad», o de sus deseos incesantes, «se levantará y le dará todo lo que necesite». Pobre corazón, tú que te quejas de que Dios no te mirará, que no sientes que eres Su amigo, sino más bien enemigo en tu corazón por las malas obras (Col 1:21). Y es como si oyeras al Señor que te dice: «No me molestes… no puedo darte nada», como en la parábola; sin embargo, te digo que sigas llamando, llorando, gimiendo y lamentándote. Te digo que, aunque no se levante y te dé porque eres su amigo; sin embargo, a causa de tu importunidad, se levantará y te dará tanto como necesites. Lo mismo puedes ver en la parábola del juez injusto y la viuda pobre; su importunidad prevaleció sobre él (Lc 18:1-8). Y, en verdad, mi propia experiencia me dice que no hay nada que persuada más a Dios que la importunidad. ¿No te sucede lo mismo con los mendigos que vienen a tu puerta? Aunque no sientas compasión para darles algo la primera vez que te pidan, si van tras de ti, lamentándose, y no aceptan un no sin una limosna, se la darás; porque su constante ruego te vence. ¿Hay en tu interior entrañas perversas, que serán conmovidas por un mendigo importuno? Ve y haz tú lo mismo. Es una motivación que prevalece y eso por buena experiencia. Él se levantará y te dará tanto como necesites (Lc 11:8).

  2. Otro estímulo para un alma pobre, temblorosa y convencida es considerar el lugar, el trono o el asiento en que el gran Dios se ha colocado para oír las peticiones y oraciones de las pobres criaturas, y que es un «trono de gracia» (Heb 4:16), «el propiciatorio» (Ex 25:22). Lo cual significa que en los días del evangelio Dios ha tomado Su asiento, Su morada, en misericordia y perdón; y desde allí se propone oír al pecador y estar en comunión con él, como Él dice (Ex 25:22), refiriéndose al propiciatorio: «Y de allí me declararé a ti». Fíjate que es sobre el propiciatorio: «Allí me declararé a ti, y» allí «hablaré contigo de sobre el propiciatorio». ¡Pobres almas! Son muy propensas a tener pensamientos extraños acerca de Dios y de Su conducta hacia ellas, y a concluir de repente que Dios no les pondrá atención, cuando, sin embargo, Él está sobre el propiciatorio, y ha tomado Su lugar a propósito allí, para poder oír y considerar las oraciones de las pobres criaturas. Si hubiera dicho: «Hablaré contigo desde mi trono de juicio», ciertamente habrías temblado y huido de la faz de la grande y gloriosa Majestad. Pero cuando Él dice que oirá y tendrá comunión con las almas en el trono de la gracia, o desde el propiciatorio, esto debería animarte y moverte a tener esperanza; más bien, «acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia», para poder «alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (He 4:16).

  3. Hay todavía otro estímulo para continuar en oración con Dios, y es este: así como hay un propiciatorio, desde el cual Dios está dispuesto a tener comunión con los pobres pecadores, así también junto a Su propiciatorio está Jesucristo, Quien continuamente lo rocía con Su sangre. De ahí que se le llame «la sangre rociada» (Heb 12:24). Cuando el sumo sacerdote bajo la ley debía entrar en el lugar santísimo, donde estaba el propiciatorio, no podía entrar «sin sangre» (Heb 9:7).

¿Por qué? Porque, aunque Dios estaba sobre el propiciatorio, era perfectamente justo, además de misericordioso. Ahora bien, la sangre era para impedir que la justicia se derramara sobre las personas implicadas en la intercesión del sumo sacerdote, como en Levítico 16:13-17, y esto significa que toda la indignidad que temes no debe impedirte acudir a Dios en Cristo en busca de misericordia. Gritas que eres vil y por eso Dios no atenderá tus oraciones. Esto es verdad, si te deleitas en tu vileza, y vienes a Dios por una mera pretensión. Pero si con la consciencia de tu vileza derramas tu corazón a Dios, deseando ser librado de la culpa y limpiado de la inmundicia, con todo tu corazón, no temas, tu vileza no hará que el Señor detenga Su oído para oírte. El valor de la sangre de Cristo que es rociada sobre el propiciatorio detiene el curso de la justicia y abre una compuerta para que la misericordia del Señor se extienda hacia ti. Por lo tanto, tienes, como se ha dicho, «libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo». Eso ha hecho «el camino nuevo y vivo» para ti; no morirás (Heb 10:19-20).

Además, Jesús está allí, no solo para rociar el propiciatorio con Su sangre, sino que habla, y Su sangre habla. Él tiene audiencia, y Su sangre tiene audiencia, de tal manera que Dios dice: «Veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga» (Ex 12:13).

Sé sobrio y humilde. Acude al Padre en nombre del Hijo, y preséntale tu caso, con la asistencia del Espíritu. Y entonces sentirás el beneficio de orar con el Espíritu y también con el entendimiento.

c. Una palabra de reprensión

  1. _Esto está dirigido tristemente a ustedes que nunca oran_en absoluto. «Oraré», dice el apóstol, y así dice el corazón de los cristianos. No eres cristiano si no oras. La promesa es que todo justo orará (Sal 32:6). Tú, pues, eres un infeliz que no ora. Jacob obtuvo el nombre de Israel luchando con Dios (Gn 32). Y todos sus hijos llevaron ese nombre con él (Ga 6:16). Pero al pueblo que olvida la oración, que no invoca el nombre del Señor, se hace esta oración por ellos: «Derrama tu enojo sobre los pueblos que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu nombre» (Jer 10:25). ¿Qué te parece esto, oh, tú que estás tan lejos de derramar tu corazón delante de Dios, que te acuestas como un perro, y te levantas como un cerdo o un borracho, y te olvidas de invocar a Dios? ¿Qué harás cuando seas condenado en el infierno porque tu corazón no se inclinó a clamar al cielo? ¿Quién se afligirá por tu dolor, puesto que no consideraste la misericordia como algo digno de pedir? Te digo que los cuervos y los perros se levantarán en juicio contra ti, pues, según su especie, con ruidos y señas, claman por sus necesidades; pero tú no clamas por el cielo, aunque perecerás eternamente si no lo tienes.

  2. Esta reprensión es para ti que menosprecias, te burlas y subestimas al Espíritu, y el orar por medio de Él. ¿Qué harás cuando Dios venga a pedirte cuentas de estas cosas? Consideras como traición hablar una sola palabra contra el rey; es más, tiemblas al pensarlo; pero, mientras tanto, blasfemas contra el Espíritu del Señor. ¿Acaso se puede jugar con Dios y tener un final placentero? ¿Envió Dios Su Espíritu Santo a los corazones de Su pueblo para que se burlen de Él? ¿Es esto servir a Dios? ¿Muestra esto la reforma de tu iglesia? ¿No es acaso la marca de depravados implacables? ¿No te conformas con ser condenado por tus pecados contra la Ley, que pecas también contra el Espíritu Santo?

¿Ha de ser el Espíritu de gracia que es santo, inocente y puro, que es la naturaleza de Dios, la promesa de Cristo, el Consolador de Sus hijos, aquello sin lo cual ningún hombre puede hacer ningún servicio aceptable al Padre, el tema de tu canción para ridiculizar y burlarte de Él? Si Dios envió a Coré y a su compañía de cabeza al infierno por hablar contra Moisés y Aarón, ¿piensas que tú, que te burlas del Espíritu de Cristo, escaparas impune? (Nm 16; Heb 10:29). ¿No has leído lo que Dios hizo a Ananías y Safira por decir una sola mentira contra Él? (Hch 5:1-8). ¿También a Simón el Mago por menospreciarlo? (Hch 8:18-22). ¿Y será tu pecado considerado como una virtud o quedará sin castigo, si te dedicas a oponerte a Su oficio, y al servicio y ayuda que presta a los hijos de Dios? Es algo terrible desobedecer al Espíritu de gracia. (Compárese Mt 12:31 con Mr 3:28-30.)

  1. Así como esta es la perdición de los que blasfeman abiertamente del Espíritu Santo, menospreciando y oponiéndose a Su oficio y servicio, así también es triste para ti, que resistes al Espíritu de oración con un modelo inventado por el hombre. Es un truco del diablo que las tradiciones de los hombres sean de mejor estima y más dignas de tenerse en cuenta que el Espíritu de oración. ¿Es acaso esto diferente a la abominación maldita de Jeroboam, que impidió a muchos ir a Jerusalén, el lugar y el camino para encontrarse con Dios para adorar, y por esto trajo tal disgusto de Dios sobre ellos que permanece hasta el día de hoy? (1R 12:26-33). Uno pensaría que los antiguos juicios de Dios sobre los hipócritas de aquel tiempo deberían hacer que los que han oído hablar de tales cosas presten atención y tengan temor de hacerlo. Sin embargo, los doctores de nuestros días están muy lejos de considerar el castigo de otros como una advertencia, y más bien se apresuran a cometer la misma transgresión, es decir, establecer una institución humana, que Dios no ordenó ni apoyó; y cualquiera que no la obedezca, debe ser expulsado de la tierra o del mundo.

¿Ha exigido Dios estas cosas de tus manos? Si es así, muéstranos dónde. Si no es así, como estoy seguro de que no lo ha hecho, entonces ¿qué maldita presunción hay en cualquier papa, obispo u otro, de ordenar en la adoración a Dios lo que Él no ha requerido? Además, no es solo esa parte del modelo, que son varios textos de la Escritura que se nos ordena decir, sino que incluso todo debe reconocerse como la adoración divina de Dios, a pesar de los absurdos que contiene, los cuales no mencionaré, debido a que otros ya lo han hecho ampliamente. Además, aunque un hombre tenga la mejor intención de vivir en paz, pero no puede reconocer esto con limpia conciencia, que Él nunca ordenó, como una de las partes más importantes de la adoración a Dios, ese hombre debe ser considerado como divisivo, sedicioso, falso, herético, un insulto a la iglesia, un seductor del pueblo y cualquier otra cosa como estas. Señor, ¿cuál será el resultado de poner las tradiciones de los hombres por encima de la doctrina de Dios?

Así se reniega del Espíritu de oración y se impone una forma; se envilece el Espíritu y se ensalza la forma. Los que oran con el Espíritu, por más humildes y santos que sean, son tenidos por fanáticos; y los que oran con el formato, aunque solo lo hagan con él, son tenidos por virtuosos. ¿Y cómo responderán los que están a favor de tal práctica a la Escritura, que ordena que la iglesia se aparte de los que tienen apariencia de piedad, pero niegan su eficacia (2Ti 3:5)? Y si yo dijera que los hombres que hacen estas cosas antes mencionadas promueven una forma de oración hecha por otros hombres por encima del Espíritu de oración, no tomaría mucho tiempo probarlo. Porque el que promueve el Libro de oración común por encima del Espíritu de oración promueve una forma de oración hecha por otros hombres. Pero esto es lo que hacen todos los que destierran, o desean desterrar, a los que oran con el Espíritu de oración, mientras que abrazan y acogen a los que oran solo con esa forma. Por tanto, aman y promueven la forma inventada por ellos mismos o por otros, antes que el Espíritu de oración, que es lo que Dios, en Su gracia, ha diseñado de forma especial.

Si deseas más pruebas, mira en las cárceles y en las cantinas de Inglaterra y creo que encontrarás a los que abogan por el Espíritu de oración en la cárcel, y en la cantina encontrarás a los que se conforman con la forma inventada por hombres. También es evidente por cómo se ha silenciado a los valiosos ministros de Dios, sin importar cuán poderosamente capacitados estén por el Espíritu de oración, y esto porque no pueden, con limpia conciencia, admitir esa forma de oración común. Si esto no es elevar el Libro de oración común por encima de la oración por el Espíritu o de la predicación de la Palabra, estoy entendiendo mal. No es agradable para mí insistir en esto. El Señor, en Su misericordia, haga que los corazones de los hombres busquen más el Espíritu de oración, y en el poder de este, derramen sus almas ante el Señor. Solo permíteme decir que es una triste señal que aquello que debería ser la parte más importante de la supuesta adoración a Dios es anticristiano, ya que lo único que lo sustenta son las tradiciones humanas y el poder de la persecución.