- Qué es orar con el entendimiento
Y ahora pasemos a lo siguiente: qué es «orar con el espíritu» y «orar también con el entendimiento». Porque el apóstol hace una distinción evidente entre orar con el Espíritu y orar con el Espíritu y el entendimiento. Por eso, cuando dice que orará con el Espíritu, añade: «Pero oraré también con el entendimiento». Él hizo esta distinción porque los corintios no veían como su deber hacer lo que hacían para edificación de sí mismos y también de los demás, sino que lo hacían para recibir reconocimiento personal. Yo lo veo de esta manera: Ya que muchos de ellos tenían dones extraordinarios, como el de hablar en diversas lenguas, etc., se dedicaban más a esos dones poderosos que a la edificación de sus hermanos. Esta fue la causa de que Pablo les escribiera este capítulo, para darles a entender que, si bien los dones extraordinarios eran excelentes, más excelente era hacer todo para la edificación de la iglesia. «Porque», dice el apóstol, «si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento», y también el entendimiento de los demás, «queda sin fruto» (1Co 14:14, 3-4, 12, 19, 24-25). Por eso, «oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento».
Conviene, pues, que se ocupe el entendimiento en la oración, así como el corazón y la boca. «Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento». Lo que se hace con entendimiento se hace más eficazmente, conscientemente y de corazón, como mostraré más adelante, que lo que se hace sin él. Esto hizo que el apóstol orara por los colosenses, para que Dios los llenara «del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual» (Col 1:9). Y por los Efesios, para que Dios les diera «espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él» (Ef 1:17). Y por los filipenses, que Dios les hiciera abundar «en ciencia y en todo conocimiento» (Fil 1:9). Un entendimiento adecuado es bueno en todo lo que un hombre emprende, ya sea civil o espiritual; y, por lo tanto, debe ser deseado por todos los que quieran llegar a ser personas de oración. En lo concerniente a esto, les mostraré lo que es orar con entendimiento.
El entendimiento debe usarse tanto para hablar en nuestra lengua materna, como también experimentalmente. Pasaré por alto lo primero y trataré solo lo segundo.
Para hacer oraciones correctas, se requiere que haya un buen entendimiento espiritual en todos los que oran a Dios.
Primero. Orar con entendimiento es orar como instruido por el Espíritu en el entendimiento de la necesidad de aquellas cosas por las que el alma ha de orar. A pesar de la gran necesidad de un hombre del perdón de los pecados y de la liberación de la ira venidera, si no entiende esto, o bien no los deseará en absoluto, o será tan frío y superficial en sus deseos de obtenerlos que Dios incluso aborrecerá su estado de ánimo al pedirlos. Así fue con la iglesia de los laodicenses: querían conocimiento o entendimiento espiritual. No sabían que eran pobres, miserables, ciegos y desnudos. Y esto los hizo a ellos y a todos sus servicios tan repugnantes para Cristo que Él amenaza con vomitarlos de su boca (Ap 3:16-17). Los hombres sin entendimiento pueden decir las mismas palabras en oración que otros; pero si hay entendimiento en uno y no lo hay en el otro, hay una gran diferencia, aunque se digan las mismas palabras. El uno habla con un entendimiento espiritual de los deseos que expresa en palabras, y el otro solo expresa en palabras, y eso es todo.
Segundo. El entendimiento espiritual reconoce en el corazón de Dios la disposición y voluntad de dar al alma lo que necesita. Por esto David podía anticipar aun los pensamientos de Dios para con él (Sal 40:5). Lo mismo sucedió con la mujer de Canaán. Ella vio por la fe y un entendimiento correcto, más allá de la tosca postura de Cristo, la ternura y la disposición de Su corazón para salvar, lo cual la hizo ser vehemente, ferviente y aun impaciente, hasta que finalmente disfrutó la misericordia que necesitaba (Mt 15:22-28).
Y no hay nada que impulse más al alma a buscar a Dios y a clamar por el perdón, que la comprensión de la voluntad que hay en el corazón de Dios de salvar a los pecadores. Si un hombre ve una perla que vale cien libras esterlinas tirada en una zanja y no comprende su valor, la pasará por alto a la ligera. Pero, una vez que llega a conocer su valor, lo arriesgará todo por conseguirla. Lo mismo sucede con las almas respecto a las cosas de Dios. Una vez que el hombre llega a comprender su valor, entonces su corazón, más aún, la fuerza misma de su alma corre tras ellas, y nunca cesará de clamar hasta que las tenga. Los dos ciegos del Evangelio de Mateo, ya que estaban convencidos de que Jesús, que pasaba junto a ellos, podía y quería curar sus enfermedades, clamaban, y cuanto más se les reprendía, más clamaban (Mt 20:29-31).
Tercero. Por medio del entendimiento que ha sido iluminado espiritualmente, se encuentra el camino a través del cual el alma debe llegar a Dios, y esto provee de un gran estímulo para la misma. De lo contrario, es con un alma pobre, como alguien que tiene que hacer una obra y, si no la cumple, el peligro es grande; pero si la cumple, también lo es la ganancia. Pero él no sabe cómo comenzar, ni cómo proceder; y el desaliento lo lleva a abandonarlo todo y a correr el riesgo.
Cuarto. El entendimiento iluminado ve en las promesas la suficiente amplitud como para animarse a orar, lo que le añade aún más fuerza. De igual manera, cuando los hombres prometen ciertas cosas a aquellos que se acerquen a pedirlas, el hecho de saber lo que se ha prometido los anima a venir a pedirlo.
Quinto. Iluminado el entendimiento, se abre camino para que el alma acuda a Dios con argumentos adecuados, a veces en forma de apremiante queja o reclamo, como Jacob (Gn 32:9). A veces en forma de súplica, pero no solo en forma verbal, sino incluso desde el corazón, el Espíritu levanta, a través del entendimiento, argumentos tan eficaces que conmueven el corazón de Dios. Cuando Efraín adquiere una comprensión correcta de sus actitudes indignas hacia el Señor, entonces comienza a lamentarse de sí mismo. Y al lamentarse de sí mismo, usa tales argumentos con el Señor, que eso afecta Su corazón, consigue el perdón, y hace a Efraín agradable ante Sus ojos por medio de Jesucristo nuestro Señor. «Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba», dice Dios: «Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito; conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios. Porque después que me aparté tuve arrepentimiento, y después que reconocí mi falta», o que tuve un entendimiento correcto de mí mismo, «herí mi muslo; me avergoncé y me confundí, porque llevé la afrenta de mi juventud» (Jer 31:18-19). Estas son las quejas y lamentaciones de Efraín sobre sí mismo, ante las cuales el Señor irrumpe con estas expresiones que conmueven el corazón, al decir: «¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová» (Jer 31:20). Así, pues, como se requiere orar con el Espíritu, así también se requiere orar con el entendimiento.
Y para ilustrar lo que se ha dicho con una analogía: Supongamos que se diera el caso de que vengan dos a mendigar a tu puerta. El uno es una criatura pobre, lisiada, herida y hambrienta; el otro es una persona sana y vigorosa. Estos dos usan las mismas palabras al mendigar. Uno dice que está casi muerto de hambre; lo mismo dice el otro. Pero, sin embargo, el hombre que es verdaderamente pobre, lisiado o mutilado, habla con más congruencia, sentimiento y comprensión de su miseria que lo que puede hacer el otro; y es más evidente por su hablar efusivo, y por su lamento de sí mismo. Su dolor y pobreza le hacen hablar con más espíritu de lamentación que el otro, y cualquiera que tenga aunque sea una pizca de compasión o afecto natural se compadecerá de ellos. Así sucede también con Dios. Hay algunos que oran por costumbre y formalidad; hay otros que oran en amargura de espíritu. Uno ora por una creencia estéril y un conocimiento vacío; el otro está obligado a hablar por la angustia de su alma. Ciertamente ese es el hombre que Dios mirará, «aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is 66:2).
Sexto. Un entendimiento bien informado es también de gran utilidad, tanto en cuanto al contenido como a la forma de orar. Aquel que tiene su entendimiento bien ejercitado para discernir entre el bien y el mal, y por medio de este ha sido hecho consciente ya sea de la miseria del hombre o de la misericordia de Dios, esa alma no tiene necesidad de los escritos de otros hombres para enseñarle mediante formatos de oración. Porque, así como el que siente el dolor no necesita que le enseñen a gritar: «¡Ay!», tampoco aquel a quien el Espíritu le ha abierto el entendimiento necesita que le enseñen las oraciones de otros hombres, como si no pudiera orar sin ellas. La consciencia, el sentimiento y la presión que yacen sobre su espíritu le mueven a gemir su petición al Señor. Cuando David sintió los dolores del infierno apoderándose de él y las penas del infierno rodeándolo, no necesitaba que un obispo con sobrepelliz1 le enseñara a decir: «Oh Jehová, libra ahora mi alma» (Sal 116:3-4). Tampoco necesitaba investigar en un libro para que le enseñara la forma de derramar su corazón ante Dios. Es propio del corazón de los enfermos, en su dolor y enfermedad, desahogarse con los que están a su lado, buscando alivio, con quejas y gemidos de dolor. Así le sucedió a David en el Salmo 38:1-12. Y así, bendito sea el Señor, sucede con los que están investidos de la gracia de Dios.
Séptimo. Es necesario que haya un entendimiento informado, a fin de que el alma se mantenga en la permanencia del deber de la oración. El pueblo de Dios no ignora cuántas artimañas, trucos y tentaciones tiene el diablo para hacer que una pobre alma, que está verdaderamente dispuesta a tener al Señor Jesucristo, y esto en Sus términos, es decir, para tentar a esa alma a que se canse de buscar el rostro de Dios y a que piense que Dios no está dispuesto a tener misericordia de alguien como ella. Sí, dice Satanás, ciertamente puedes orar, pero no prevalecerás. Ya ves que tu corazón es duro, frío, torpe y temeroso. No oras con el Espíritu. No oras sinceramente. Tus pensamientos corren tras otras cosas cuando pretendes orar a Dios. Vete, hipócrita, no sigas adelante, ¡es en vano seguir esforzándote! En este momento, si el alma no está bien informada en su entendimiento, pronto clamará: «Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí» (Is 49:14). Mientras que el alma informada e iluminada correctamente dice: Bien, buscaré al Señor, y esperaré; no dejaré de hacerlo, aunque el Señor guarde silencio, y no diga una sola palabra de consuelo (Is 40:27). Dios amaba entrañablemente a Jacob, y sin embargo le hizo luchar antes de que recibiera la bendición (Gn 32:25-27). Las aparentes demoras de Dios no son señales de Su desagrado; puede esconder Su rostro de Sus santos más estimados (Is 8:17). A Él le agrada mantener a Su pueblo en oración, y encontrarlo siempre llamando a la puerta del cielo. Puede ser, dice el alma, que el Señor me esté probando o que le agrade escucharme presentar con gemidos mi condición delante de Él.
La mujer cananea no interpretó el aparente rechazo como algo real (Mt 15:21-28). Ella sabía que el Señor era misericordioso y que haría justicia a Sus escogidos. «¿Se tardará en responderles?» (Lc 18:1-6). El Señor me ha esperado más que yo a Él. Y así le sucedió a David: «Pacientemente esperé», dice; es decir, pasó mucho tiempo antes de que el Señor me respondiera, aunque al final «inclinó» Su oído «a mí, y oyó mi clamor» (Sal 40:1). Y el remedio más excelente para esto es un entendimiento bien informado e iluminado. ¡Ay, cuántas pobres almas hay en el mundo que temen verdaderamente al Señor, las cuales, por no estar bien informadas en su entendimiento, están a menudo dispuestas a darlo todo por perdido, ante casi todas las artimañas y tentaciones de Satanás! Que el Señor se apiade de ellos, y les ayude a «orar con el espíritu, pero… también con el entendimiento».
Aquí podría mencionar mucho de mi propia experiencia. En medio de mis crisis de agonía de espíritu, he sido poderosamente persuadido a desistir y a no buscar más al Señor2. Pero fui movido a comprender que el Señor había tenido misericordia de grandes pecadores, y que Sus promesas para los pecadores continúan siendo grandes; y que no era a los sanos, sino a los enfermos, no a los justos, sino a los pecadores, no a los llenos, sino a los vacíos, a quienes Él extendía Su gracia y misericordia, esto me hizo, por medio de la asistencia de Su Santo Espíritu, aferrarme a Él, permanecer en Él, y clamar, aunque por el momento no me respondiera. Y que el Señor ayude a todo Su pueblo pobre, tentado y afligido a hacer lo mismo, y a continuar, aunque sea por largo tiempo, según las palabras del profeta (Hab 2:3). Y que Él les ayude (con ese fin) a orar, no con las invenciones humanas y sus formatos restringidos[^20] de oración, sino «con el espíritu, pero… también con el entendimiento».
Preguntas y objeciones contestadas
A continuación, contestaré algunas inquietudes, para así pasar a lo siguiente.
Primera pregunta. Pero ¿qué quieres que hagamos las pobres criaturas que no sabemos cómo orar? El Señor sabe que yo no sé ni cómo orar, ni por qué orar.
Respuesta: ¡Pobre corazón! Te quejas de que no sabes orar. ¿No ves tu miseria? ¿Te ha mostrado Dios que estás por naturaleza bajo la maldición de Su Ley? Si es así, no te equivoques, sé que gimes, y muy amargamente. Estoy persuadido de que a duras penas se te puede encontrar haciendo algo de tu vocación, pero la oración brota de tu corazón. ¿No suben tus gemidos al cielo desde todos los rincones de tu casa? (Ro 8: 26). Yo sé que es así; y así lo atestigua también tu propio corazón afligido, tus lágrimas, el olvido de tu vocación, etc. ¿No está tu corazón tan lleno de deseos por las cosas de otro mundo, que muchas veces hasta te olvidas de las cosas de este mundo? Te ruego que, por favor, leas este texto: Job 23:12.
Segunda pregunta. Sí, pero cuando en mi oración privada trato de derramar mi alma delante de Dios, casi no puedo decir nada.
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¡Ah! ¡Dulce alma! No es a tus palabras a lo que Dios presta más atención, como si solo te escuchara cuando te presentas ante Él con un discurso elocuente. Su mirada está puesta en el quebrantamiento de tu corazón, y eso es lo que hace que las mismas entrañas del Señor se desborden. «Al corazón contrito y humillado no despreciarás» (Sal 51:17).
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La ausencia de tus palabras puede surgir de una gran turbación en tu corazón. A veces David estaba tan afligido que no podía hablar (Sal 77:3-4). Pero esto puede consolar a todos los corazones afligidos como el tuyo, que, aunque no puedas hablar mucho por la angustia de tu espíritu, el Espíritu Santo levanta en tu corazón gemidos y suspiros mucho más vehementes. Cuando la boca está impedida, no lo está el espíritu. Moisés, como ya hemos dicho, hizo resonar el cielo con sus oraciones, cuando (según leemos) ni una sola palabra salió de su boca (Ex 14:15). Pero,
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Si quieres expresarte más plenamente ante el Señor, reflexiona en primer lugar sobre tu deplorable condición; segundo, sobre las promesas de Dios; tercero, sobre el corazón de Cristo. Lo cual puedes conocer o discernir: (1.) Por Su condescendencia y derramamiento de sangre. (2.) Por la misericordia que ha extendido a grandes pecadores en el pasado. Y declara tu propia vileza, a manera de lamento; la sangre de Cristo a manera de defensa; y en tus oraciones, deja que la misericordia que Él ha extendido a otros grandes pecadores, junto con Sus ricas promesas de gracia, estén muy presentes en tu corazón. Sin embargo, permíteme aconsejarte: (1.) Cuídate de no contentarte con palabras. (2.) Que tampoco pienses que Dios se fija solo en ellas. Más bien, (3.) Sean pocas o muchas tus palabras, que tu corazón esté en ellas; y entonces lo buscarás, y lo hallarás, cuando lo busques de todo corazón (Jer 29:13).
Objeción. Aunque pareces hablar en contra de cualquier otra forma de orar que no sea por el Espíritu, aquí tú mismo estás dando instrucciones sobre cómo orar.
Respuesta. Es nuestro deber motivarnos unos a otros a la oración, sin embargo, no debemos hacer un modelo de oración para otros. Una cosa es exhortar a orar con instrucción cristiana, y otra cosa es hacer formatos restringidos para limitar el Espíritu de Dios en ellos. El apóstol no les da ningún formato para orar, sino que los dirige a la oración (Ef 6:18; Ro 15:30-32). Por lo tanto, que nadie concluya que, debido a que podemos dar instrucciones y direcciones para orar, es lícito hacer para los demás otros formatos de oración.
Objeción. Pero si no usamos formatos de oración, ¿cómo enseñaremos a orar a nuestros hijos?
Respuesta. Mi opinión es que los hombres van en la dirección equivocada si, para enseñar a sus hijos a orar, se dedican desde temprano a enseñarles cualquier conjunto de palabras, como acostumbran las pobres criaturas.
Porque a mí me parece que es mejor decirles desde temprana edad que son criaturas bajo maldición y que están bajo la ira de Dios a causa del pecado; también, hablarles de la naturaleza de la ira de Dios, y la duración del sufrimiento en el infierno. Si hacen esto diligentemente, enseñarán a sus hijos a orar más temprano. La manera en que los hombres aprenden a orar es por convicción de pecado; y esta es la manera de hacer que nuestros adorables niños también lo hagan. Pero la otra manera, específicamente enseñar a los niños formatos de oración antes de que sepan cualquier otra cosa, es una buena manera de hacerlos hipócritas bajo maldición, y de inflarlos de orgullo. Enseña, pues, a tus hijos a conocer su miserable estado y condición. Háblales del fuego del infierno y de sus pecados, de la condenación y de la salvación; del modo de escapar de la una y de gozar de la otra, si ustedes mismos lo saben, y esto hará que las lágrimas corran por los ojos de tus niños, y que gemidos sinceros broten de sus corazones. Y entonces también podrás decirles a Quién deben orar, y por medio de Quién deben orar. Puedes hablarles también de las promesas de Dios y de Su gracia provista a otros pecadores en el pasado, conforme a lo que enseña la Palabra.
¡Ah! pobres y dulces niños, el Señor les abra los ojos, y los haga cristianos santos. Dice David: «Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré» (Sal 34:11). No dice: Los ataré a un formato de oración; sino: «El temor de Jehová os enseñaré», es decir, a ver su triste condición por naturaleza, y a ser instruidos en la verdad del evangelio, que por medio del Espíritu genera la oración en todo aquel que verdaderamente lo comprende. Y cuanto más se les enseñe esto, tanto más correrá su corazón a Dios en oración. Dios no consideró a Pablo un hombre de oración hasta que fue redargüido y convertido; igual será en el caso de cualquier otro hombre (Hch 9:11).
Objeción. Pero vemos que los discípulos deseaban que Cristo les enseñara a orar, como Juan también enseñó a sus discípulos; y que entonces les enseñó ese modelo de oración llamado el Padrenuestro.
Respuesta: 1. Ser enseñados por Cristo es lo que desean no solo ellos, sino también nosotros; y puesto que no está aquí en Su persona para enseñarnos, el Señor nos enseña por su Palabra y por el Espíritu; porque Él dijo que enviaría Su Espíritu para sustituirlo en Su morada cuando se fuera (Jn 14:16; 16:7).
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En cuanto a eso que llaman un modelo de oración, no puedo pensar que Cristo pretendiera que fuera un formato restringido de oración. (1.) Porque Él mismo la enuncia de distintas maneras, como se puede observar si se comparan Mateo 6 y Lucas 11. Mientras que, si pretendía que fuera un formato estándar, no debió haberlo presentado así, pues un formato estándar solo contiene cierto número de palabras y no más. (2.) No vemos que los apóstoles se adhirieran a este formato o que exhortaran a otros a hacerlo. Examina todas sus epístolas, ya que ellos, tanto por el conocimiento para discernir como por la fidelidad para practicar, fueron hombres tan eminentes, que ciertamente habrían impuesto el modelo, si ese hubiera sido su propósito.
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Pero, en una palabra, Cristo con esas palabras: «Padre nuestro», etc., instruye a Su pueblo sobre las reglas que deben observar en sus oraciones a Dios. Que deben orar con fe. A Dios en los cielos. Por lo que es conforme a Su voluntad, etc. Ora así, o de esta manera.
Objeción. Pero Cristo manda a pedir el Espíritu; esto implica que los hombres, a pesar de no tener el Espíritu, pueden orar y ser escuchados (véase Lucas 11:9-13).
Respuesta. El discurso de Cristo se dirige a los suyos (v 1). El hecho de que Cristo les diga que Dios dará Su Espíritu Santo a los que se lo pidan, debe entenderse como dar más del Espíritu Santo; porque se está dirigiendo a los discípulos, que ya tenían una medida del Espíritu; porque dice: «Cuando oréis, decid: Padre nuestro» (v 2); «Os digo» (v 8); «Y yo os digo» (v 9); «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (v 13). Los cristianos deben orar pidiendo el Espíritu, es decir, más de Él, aunque Dios ya les haya dotado del mismo.
Pregunta. Entonces, ¿quieres que solo oren los que saben que son discípulos de Cristo?
Respuesta. Sí.
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Que toda alma que quiera ser salva se derrame ante Dios, aunque no pueda, por la tentación, concluir que es hija de Dios. Y,
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Sé que, si la gracia de Dios está en ti, te será tan natural gemir por tu condición como lo es para un niño lactante clamar por el pecho. La oración es una de las primeras cosas que confirman que un hombre es cristiano (Hch 9:11). Pero para que la oración sea correcta, debe hacerse de esta manera: (1.) Desear a Dios en Cristo, por Quien Él es, por Su santidad, amor, sabiduría y gloria. Porque la oración correcta, así como se dirige solo a Dios por medio de Cristo, se enfoca en Él y solo en Él. «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra» (Sal 73:25). (2.) Para que el alma pueda disfrutar continuamente de la comunión con Él, tanto aquí como en el más allá. «Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza» (Sal 17:15). «Por esto también gemimos» (2Co 5:2). (3.) La oración correcta va acompañada de un trabajo continuo en pos de aquello por lo que se ora. «Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana» (Sal 130:6). «Me levantaré ahora… buscaré al que ama mi alma» (Cnt 3:2).
Fíjate que hay dos cosas que mueven a la oración: una es la aversión al pecado y a las cosas de esta vida; la otra es un anhelante deseo de comunión con Dios, en un estado y herencia santos e inmaculados. Compara esto con la mayoría de las oraciones que hacen los hombres, y verás que no son más que oraciones de burla, y el aliento de un espíritu abominable. Porque incluso la mayoría de los hombres, o no oran en absoluto, o solo se empeñan en burlarse de Dios y del mundo al hacerlo; pues si comparas su oración y el curso de sus vidas, verás fácilmente que lo que incluyen en su oración es lo que menos cuidan en sus vidas. ¡Oh tristes hipócritas!
Esto es lo que te he mostrado brevemente: Primero, lo que es la oración; Segundo, lo que es orar con el Espíritu; Tercero, lo que es orar con el Espíritu y también con el entendimiento.
Footnotes
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Prenda blanca, larga y holgada, de mangas anchas, que llevan los ministros cristianos. ↩
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En estos días, he encontrado que mi corazón se cierra contra el Señor, y contra Su santa Palabra: He descubierto que mi incredulidad ha puesto, por así decirlo, el hombro en la puerta para impedirle la entrada (Gracia abundante, No. 81). —Editor ↩