- Qué es la oración
En primer lugar, qué es la [verdadera] oración.
La oración es un derramamiento sincero, consciente y afectuoso del corazón o del alma a Dios, por medio de Cristo, en el poder y la asistencia del Espíritu Santo, por las cosas que Dios ha prometido, o conforme a la Palabra, por el bien de la iglesia, con sumisión, en fe, a la voluntad de Dios.
En esta descripción encontramos lo siguiente
a) Es un sincero;
b) Consciente;
c) Afectuoso;
d) Derramamiento del alma;
e) A Dios;
f) A través de Cristo;
g) Por el poder o la asistencia del Espíritu;
h) Por aquello que Dios ha prometido, o conforme a Su palabra;
i) Para el bien de la iglesia;
j) Con sumisión en fe a la voluntad de Dios.
a. Sincero
Es un sincero derramamiento del alma a Dios. La sinceridad es una gracia tal que está presente en todas las gracias de Dios en nosotros, y a través de todas las acciones de un cristiano, y tiene un efecto en ellas también. De lo contrario esas acciones no son tomadas en cuenta por Dios, y lo mismo en cuanto a la oración, de lo cual habla particularmente David, cuando menciona la oración. «A Él clamé», al Señor, «con mi boca, y fue exaltado con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no…habría escuchado» mi oración (Sal 66:17-18). Parte del ejercicio de la oración es la sinceridad, sin la cual Dios no la considera oración en el buen sentido (Sal 16:1-4). Entonces «me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jer 29:13). Como esto no estaba presente, el Señor rechazó sus oraciones en Oseas 7:14, donde dice: «No clamaron a mí con su corazón», es decir, con sinceridad, «cuando gritaban sobre sus camas». Sino que oraban para aparentar, para mostrar hipocresía, para ser vistos por los hombres y aplaudidos por ello. La sinceridad fue lo que Cristo elogió en Natanael cuando estaba bajo la higuera. «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño» (Jn 1:47). Probablemente este buen hombre estaba derramando su alma a Dios en oración bajo la higuera, con un espíritu sincero y no fingido ante el Señor. La oración que tiene a la sinceridad como uno de sus componentes principales es la oración que Dios mira. Así que, «La oración de los rectos es su gozo» (Pro 15:8).
Y la razón por la que debe ser la sinceridad uno de los elementos esenciales de la oración que es aceptada por Dios es porque la sinceridad lleva al alma con toda sencillez a abrir su corazón a Dios, y a presentar su caso claramente, sin evasivas; a declararse culpable claramente, sin disimulos; a clamar a Dios de todo corazón, sin lisonjas. «Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba: Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito» (Jer 31:18). La sinceridad es la misma en un rincón a solas, que ante la faz del mundo. No sabe llevar dos máscaras, una para presentarse ante los hombres, y otra para un breve momento a solas; sino que Dios debe estar presente en el deber de la oración. No es la oratoria, sino el corazón lo que Dios considera, y aquello que la sinceridad toma en cuenta, y de dónde proviene la oración, si es que la oración va acompañada de sinceridad.
b. Consciente
Es un derramamiento sincero y consciente del corazón o del alma. No se trata, como muchos creen, de unas cuantas expresiones balbuceantes, parlanchinas y lisonjeras, sino de un sentimiento consciente que hay en el corazón. La oración lleva en sí una consciencia de una diversidad de cosas; a veces consciencia de pecado, a veces de misericordia recibida, a veces de la disposición de Dios para dar misericordia.
-
Una consciencia de la necesidad de misericordia, a causa del peligro del pecado. El alma siente, y desde el sentimiento suspira, gime y quebranta el corazón. Porque la oración correcta se desborda del corazón cuando está oprimido por el dolor y la amargura, como la sangre es forzada a salir de la carne a causa de alguna pesada carga que esta sobre ella (1S 1:10; Sal 69:3). David gime, suspira, llora con corazón acongojado, le falta la luz en sus ojos (Sal 38:8-10). Ezequías gime como una paloma (Is 38:14). Efraín se lamenta (Jer 31:18). Pedro llora amargamente (Mt 26:75). Cristo suplica con «gran clamor y lágrimas» (Heb 5:7). Y todo esto por un sentido de la justicia de Dios, de la culpa del pecado, de las penas del infierno y de la destrucción. «Me rodearon ligaduras de muerte, me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Jehová» (Sal 116:3-4). Y en otro lugar: «Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso» (Sal 77:2). Otra vez: «Estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día» (Sal 38:6). En todos estos casos, y en muchos otros que podríamos mencionar, se puede ver que la oración lleva en sí una disposición de un sentimiento consciente, y que es primariamente una conciencia del pecado.
-
A veces hay un dulce sentido de la misericordia recibida: misericordia alentadora, consoladora, fortalecedora, vivificante, iluminadora. Así David derrama su alma, para bendecir, alabar y admirar al gran Dios por Su amorosa bondad hacia tan pobres desdichados. «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios1. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila» (Sal 103:1-5). Y así la oración de los santos se convierte a veces en alabanza y acción de gracias, y sin embargo siguen siendo oraciones. Esto es un misterio; el pueblo de Dios ora con sus alabanzas, como está escrito: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Fil 4:6). Una acción de gracias consciente por las misericordias recibidas es una oración poderosa a los ojos de Dios; le persuade sin palabras.
-
En la oración hay a veces en el alma un sentido de misericordia futura. Esto enciende de nuevo el alma. «Porque tú, Jehová de los ejércitos», dice David, «revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica» (2S 7:27). Esto provocó en Jacob, David y Daniel, entre otros, incluso un sentido de las misericordias futuras, que les hizo, no con una dedicación irregular, ni de una manera necia y trivial, balbucear unas pocas palabras escritas en un papel; sino poderosa, ferviente y continuamente presentar su queja ante el Señor, al estar conscientes de sus necesidades, su miseria y de la disposición de Dios de mostrar misericordia (Gn 32:10-11; Dn 9:3-4).
Un buen sentido del pecado y de la ira de Dios, con algún estímulo de parte de Dios para acudir a Él, es un mejor Libro de oración común que el que se extrae del libro de misas de la Iglesia católica2 el cual contiene fragmentos de las maquinaciones de algunos papas, algunos frailes, entre otros.
c. Afectuoso
La oración es un derramamiento sincero, consciente y afectuoso del alma a Dios. ¡Oh, cuánto fuego, fuerza, vida, vigor y afecto hay en la oración correcta! «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía» (Sal 42:1). «He anhelado tus mandamientos» (Sal 119:40). «He deseado tu salvación» (v 174). «Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo» (Sal 84:2). «Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo» (Sal 119:20). Fíjate en esto: «Anhela mi alma», anhela, anhela. ¡Oh, qué afecto se descubre aquí en la oración! Lo mismo sucede en Daniel: «Oye, Señor; oh, Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti» (Dn 9:19). Cada sílaba lleva en sí una poderosa intensidad. Santiago la llama la oración eficaz. Y así también: «Y estando en agonía, oraba más intensamente» (Lc 22:44), o sus afectos se dirigían más y más hacia Dios en busca de Su ayuda. ¡Oh, cuán lejos están la mayoría de los hombres de esta oración, la oración que se hace para Dios! ¡Ay! La mayor parte de los hombres no tienen conciencia alguna de este deber; y en cuanto a los que la tienen, me temo que muchos de ellos no han experimentado lo que es un sincero, consciente y afectuoso derramamiento de sus corazones o almas a Dios, sino que incluso se conforman con unas cuantas palabras repetidas y disciplinas corporales, murmurando algunas oraciones inventadas. Cuando los afectos están realmente involucrados en la oración, entonces, todo el hombre está involucrado, y eso de tal manera, que el alma invertirá lo que sea necesario, por así decirlo, antes que quedarse sin ese bien deseado, incluso la comunión y el consuelo con Cristo. De ahí que los santos hayan gastado sus fuerzas y perdido sus vidas antes que quedarse sin la bendición (Sal 69:3; 38:9-10; Gn 32:24, 26).
Todo esto es demasiado evidente por la ignorancia, la mundanalidad y el espíritu de envidia que reinan en los corazones de esos hombres que están tan entusiasmados con las apariencias, pero no con el poder de la oración. Entre ellos, apenas uno de cuarenta sabe lo que es nacer de nuevo, tener comunión con el Padre por medio del Hijo, sentir el poder de la gracia santificando sus corazones. Pero, a pesar de todas sus oraciones, siguen viviendo en maldición, con vidas borrachas, licenciosas y abominables, llenas de malicia, envidia, engaño y persecución de los amados hijos de Dios. Oh, qué terrible revés se les viene encima, contra el cual sus reuniones hipócritas, con todas sus oraciones, no podrán ayudarles ni protegerles.
d. Derramamiento del corazón
De nuevo, es un derramamiento del corazón o del alma. Hay en la oración un desahogo del ser, es abrir el corazón a Dios, derramar los afectos del alma en peticiones, suspiros y gemidos. «Delante de ti están todos mis deseos», dice David, «y mi suspiro no te es oculto» (Sal 38:9). Y otra vez: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?… Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí» (Sal 42:2, 4). Observa: «Derramo mi alma». Es una expresión que significa que en la oración la vida misma va a Dios. Como dice en otro lugar: «Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón» (Sal 62:8). Este es el tipo de oración al cual se hace la promesa de la liberación del cautiverio y la esclavitud. «Si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma» (Dt 4:29).
e. A Dios
De nuevo, es un derramamiento del corazón o del alma a Dios. Esto muestra también la excelencia del espíritu de oración. Es apartarse para estar con el gran Dios. «¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?». Y argumenta que el alma que así ora ciertamente percibe una futilidad en todas las cosas bajo el cielo; que solo en Dios hay descanso y satisfacción para el alma. «Mas la que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios» (1Ti 5:5). Así dice David: «En ti, oh, Jehová, me he refugiado; no sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; inclina tu oído y sálvame. Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, porque tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano…del perverso y violento. Porque tú, oh, Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud» (Sal 71:1-5). Muchos hablan de Dios solo con sus labios y con el corazón; pero la oración correcta hace de Dios su esperanza, su residencia y su todo. La oración correcta no ve nada significativo, y que valga la pena buscar aparte de Dios. Y eso, como dije antes, lo hace de una manera sincera, consciente y afectuosa.
f. Por medio de Cristo
De nuevo, es un derramamiento sincero, consciente y afectuoso del corazón o del alma a Dios, por medio de Cristo. Este «por medio de Cristo» debe añadirse necesariamente, pues de lo contrario cabe preguntarse si es oración, a pesar de que en apariencia sea muy sublime o elocuente.
Cristo es el camino a través del cual el alma tiene acceso a Dios, y sin el cual es imposible que un solo deseo llegue a los oídos del Señor de Sabaoth3 (Jn 14:6). «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14:13-14). Así oraba Daniel por el pueblo de Dios; lo hacía en nombre de Cristo. «Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor» (Dn 9:17). Y así David: «Por amor de tu nombre», es decir, por amor de tu Cristo, «perdonarás también mi pecado, que es grande» (Sal 25:11). Pero, ahora bien, no todos los que mencionan el nombre de Cristo en la oración oran eficazmente y en verdad a Dios, en el nombre de Cristo o por medio de Él. Este acercamiento a Dios por medio de Cristo es la parte más difícil de la oración. Un hombre puede ser fácilmente consciente de sus obras y desear misericordia sinceramente, y sin embargo no ser capaz de venir a Dios por medio de Cristo. El hombre que se acerca a Dios por medio de Cristo primero debe tener el conocimiento de Él: «Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay» (Heb 11:6). Y así el que viene a Dios por medio de Cristo debe ser capacitado para conocer a Cristo. «Y dijo Moisés a Jehová… te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca» (Ex 33:12-13).
Este Cristo solo el Padre puede revelarlo (Mt 11:27). Y venir por medio de Cristo hace que el alma sea habilitada por Dios para cobijarse bajo la sombra del Señor Jesús, como un hombre se cubre bajo alguna cosa para protegerse (Mt 16:16)4. Por eso David llama tantas veces a Cristo su escudo, su torre, su fortaleza y su roca (Sal 18:2; 27:1; 28:1). No solo porque por Él venció a sus enemigos, sino porque por Él halló gracia ante Dios Padre. Por eso dice a Abraham: «No temas… Yo soy tu escudo» (Gn 15:1). El hombre, pues, que se acerca a Dios por medio de Cristo, debe tener fe, por la cual se reviste de Cristo, y en Él comparece ante Dios. Ahora bien, el que tiene fe nace de Dios, nace de nuevo, y se convierte así en uno de los hijos de Dios, en virtud de lo cual se une a Cristo y es hecho miembro de Él (Jn 3:5, 7; 1:12). Y, por lo tanto, en segundo lugar, como miembro de Cristo, se acerca a Dios; cuando digo «como miembro de Él», me refiero a que Dios considera a ese hombre como parte de Cristo, parte de Su cuerpo, carne y huesos, unido a Él por elección, conversión e iluminación, cuando Dios trae el Espíritu al corazón de ese pobre hombre (Ef 5:30). De modo que ahora se acerca a Dios en los méritos de Cristo, en Su sangre, justicia, victoria, intercesión, y así se presenta ante Él, al ser aceptado en Su Amado (Ef 1:6). Y puesto que esta pobre criatura es así un miembro del Señor Jesús, y en vista de esto tiene acceso a venir a Dios, por lo tanto, en virtud de esta unión, también el Espíritu Santo es derramado en él, por lo cual es capaz de derramarse a sí mismo, es decir, su alma, ante Dios, con la certeza de que Él escucha. Y esto me lleva al siguiente punto.
g. Por la asistencia del Espíritu
La oración es un derramamiento sincero, consciente, afectuoso, del corazón o del alma a Dios por medio de Cristo, en el poder o la asistencia del Espíritu. Puesto que estas cosas dependen una de la otra, es imposible que sea oración sin que ambas estén presentes al mismo tiempo; por más famosa que sea, sin estas cosas no es más que una oración que Dios rechaza. Porque sin un sincero, consciente y afectuoso derramamiento del corazón a Dios, no es más que palabrería; y si no es por medio de Cristo, está muy lejos de sonar bien a los oídos de Dios. Así también, si no es en el poder y con la asistencia del Espíritu, no es más que como los hijos de Aarón, que ofrecían un fuego extraño (Lv 10:1-2). Pero hablaré más de esto en el segundo encabezado. Por lo tanto, lo que no se pide mediante la enseñanza y asistencia del Espíritu, no es posible que sea «conforme a la voluntad de Dios» (Ro 8: 27).
h. Por las cosas que Dios ha prometido
La oración es un derramamiento sincero, consciente y afectuoso del corazón, o del alma, a Dios, por medio de Cristo, en el poder y la asistencia del Espíritu, por las cosas que Dios ha prometido (Mt 6:6-8). Es oración cuando está dentro del ámbito de la Palabra de Dios; y es blasfemia, o en el mejor de los casos vana palabrería, cuando la petición está fuera de lo que Dios ha prometido en Su Palabra. Por eso David, en su oración, seguía teniendo la mirada puesta en la Palabra de Dios. Dice: «Abatida hasta el polvo está mi alma; vivifícame según tu palabra». Y otra vez: «Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra» (Sal 119:25, 28; véanse también los versículos 41, 42, 58, 65, 74, 81, 82, 107, 147, 154, 169, 170). Y: «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar» (v 49).
Y ciertamente el Espíritu Santo no despierta y aviva el corazón del cristiano de forma inmediata aparte del instrumento de la Palabra, sino por, con y a través de ella, trayéndola al corazón e iluminándonos para entenderla, por lo cual el hombre es movido a ir al Señor y presentarle su condición, y también a argumentar y suplicar, según la Palabra. Este fue el caso de Daniel, aquel poderoso profeta del Señor. Él, entendiendo por la revelación que el cautiverio de los hijos de Israel estaba a punto de terminar, entonces, de acuerdo con esa Palabra, eleva su oración a Dios. «Yo, Daniel», dice, «miré atentamente en los libros», es decir, los escritos de Jeremías, «el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza» (Dn 9:2-3). Por tanto, como el Espíritu es el ayudador y el gobernador del alma cuando esta orando según la voluntad de Dios, de esta manera guía por y según la Palabra de Dios y Su promesa. De ahí, que nuestro Señor Jesucristo mismo hizo un alto, aunque Su vida estaba en juego por ello. «¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?» (Mt 26:53-54). Como si dijera: «Si la Escritura no dijera otra cosa, pronto sería librado de las manos de mis enemigos, y me ayudarían los ángeles; pero la Escritura no avala el orar así, pues dice algo diferente». Se trata, pues, de una oración conforme a la Palabra y a la promesa. El Espíritu, por medio de la Palabra debe dirigir, tanto en la manera, como en el tema de la oración. «Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento» (1Co 14:15). Pero no hay entendimiento sin la Palabra. Porque si rechazan la Palabra del Señor, «¿qué sabiduría tienen?» (Jer 8:9).
i. Por el bien de la iglesia
Por el bien de la iglesia. Esta cláusula incluye todo lo que tiende al honor de Dios, al avance del reino de Cristo o al beneficio de Su pueblo. Porque Dios, Cristo y Su pueblo están tan ligados entre sí, que, si se pide por el bien de uno, es decir, de la iglesia, es necesario que se incluya la gloria de Dios y el avance del reino de Cristo. Porque tal como Cristo está en el Padre, así también los santos están en Cristo; y el que toca a los santos, toca a la niña de los ojos5 de Dios; y, por tanto, oren por la paz de Jerusalén, y oren por todo lo que se requiere de ustedes. Porque Jerusalén nunca estará en perfecta paz hasta que esté en el cielo; y no hay nada que Cristo desee más que tenerla allá. Ese es también el lugar que Dios le ha preparado por medio de Cristo. Así pues, el que ora por la paz y el bien de Sion, o la iglesia, pide en oración lo que Cristo ha comprado con Su sangre, y también lo que el Padre le ha dado como pago de ello. Ahora bien, el que ora por esto debe orar pidiendo abundancia de gracia para la iglesia, ayuda contra todas sus tentaciones; que Dios no permita que nada sea demasiado difícil para ella; y que todas las cosas obren juntamente para su bien; que Dios los guarde «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios», para Su gloria, «en medio de una generación maligna y perversa» (Fil 2:15). Y esta es la esencia de la propia oración de Cristo en Juan 17. Y vemos este mismo sentir en todas las oraciones de Pablo, como lo demuestra claramente una de sus plegarias. «Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (Fil 1:9-11). Esta era una oración breve, pero llena de buenos deseos para la iglesia, desde el principio hasta el fin, para que se mantuviera firme y siguiera adelante, y en la más excelente condición espiritual, incluso irreprensible, sincera y sin ofensa, hasta el día de Cristo, sin importar cuales fueran sus tentaciones o persecuciones (Ef 1:16-21; 3:14-19; Col 1:9-13).
j. Se somete a la voluntad de Dios
Y porque, como he dicho, la oración se somete a la voluntad de Dios, y dice: «Hágase tu voluntad», como Cristo nos ha enseñado (Mt 6:10), por lo tanto, el pueblo del Señor, en humildad, debe ponerse a sí mismo y sus oraciones, y todo lo que tiene a los pies de su Señor, para que Dios, en Su sabiduría celestial, disponga de él como considere mejor. Sin embargo, no dudamos de que Dios responderá al deseo de Su pueblo de la manera que sea más beneficiosa para ellos y para Su gloria. Por lo tanto, cuando los santos oran con sumisión a la voluntad de Dios, esto no significa que deban dudar o cuestionar el amor y la bondad de Dios hacia ellos. Pero, dado que no siempre son tan sabios, sino que a veces Satanás puede tomar ventaja, al tentarlos para que oren por aquello que, si lo obtuvieran, no resultaría ni para la gloria de Dios ni para el bien de Su pueblo. Sin embargo, «esta es la confianza que tenemos en él, que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho», esto es cuando oramos por medio del Espíritu de gracia y súplica (1Jn 5:14-15). Porque, como dije antes, aquella petición que no se hace en y por el Espíritu, no será atendida, porque está fuera de la voluntad de Dios. Porque solo el Espíritu conoce la voluntad de Dios, y por consiguiente sabe cómo orar de acuerdo con esta. «Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Co 2:11). Pero de esto hablaremos más adelante. Así que, hemos visto en primer lugar lo que es la oración. Ahora prosigamos.
Footnotes
-
¡Qué fácil es olvidar todos los beneficios de Dios, y qué imposible es recordarlos todos! —Editor ↩
-
Libro de oración de la Iglesia católica. ↩
-
Señor de los ejércitos; Dios como soberano sobre el «ejército» de Su creación celestial y terrenal. ↩
-
Jesucristo ha abierto el camino a Dios Padre, por el sacrificio que hizo por nosotros en la cruz. La santidad y la justicia de Dios no deben asustar a los pecadores y mantenerlos alejados. Solo necesitan clamar a Dios en el nombre de Jesús, solamente invocar la sangre expiatoria de Jesús, y encontrarán a Dios en un trono de gracia, dispuesto a escuchar. El nombre de Jesús es un pasaporte infalible para nuestras oraciones. En ese Nombre un hombre puede acercarse a Dios con audacia y pedir con confianza. Dios se ha comprometido a escucharlo. Lector, piensa en esto; ¿no es esto un estímulo? (J. C. Ryle) —Editor ↩
-
La pupila del ojo; por lo tanto, el significado es que quien toca al pueblo de Dios, toca a los amados que están bajo Su cuidado. ↩