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No hay tema de más solemne importancia para la felicidad humana que la oración. Es el único medio de comunicación con el cielo. «Es el lenguaje en el que la criatura mantiene correspondencia con su Creador; y en el que el alma de un santo se acerca a Dios, se recrea con gran deleite y, por así decirlo, habita con su Padre celestial»2. Dios, cuando se manifestó en la carne, nos dio una declaración solemne y exhaustiva, que abarca todo tipo de oración, privada, social y pública, en todo tiempo y época, desde la creación hasta la consumación final de todas las cosas: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Jn 4:24).

El gran enemigo de las almas, asistido por el perverso estado de la mente humana, ha usado todo su ingenio y malicia para impedir el ejercicio de este santo y delicioso deber. Su esfuerzo más fructífero ha sido mantener al alma en ese letargo fatal en el que está sumido por la transgresión de Adán, o muerte a la santidad, y, por consiguiente, a la oración. Bunyan presenta algunas ilustraciones sorprendentes de las artimañas de Satanás para ahogar la oración en su historia de la Guerra Santa. Cuando las tropas de Enmanuel asedian a Alma Humana, su gran esfuerzo fue ganar la «puerta del oído» como entrada principal a Alma Humana y en esa puerta tan importante se colocó, por orden de Diábolo, al «señor Recia Voluntad, que hizo capitán de esa guardia a un viejo señor Mente, un tipo irritado y malvado, y puso bajo su poder a sesenta hombres llamados Sordos para guardarla», y estos estaban ataviados con la más excelente armadura de Diábolo, «un espíritu mudo y sin oración».

Nada sino el poder irresistible de Emanuel habría podido vencer estos obstáculos. Él vence y reina supremo, y Alma Humana se vuelve feliz; la oración sin cesar permite al recién nacido respirar la atmósfera celestial. Al fin, Seguridad Carnal interrumpe y estropea esta felicidad. El Redentor se retira poco a poco. Satanás asalta el alma con ejércitos de dudas y, para impedir la oración, Diábolo «aterriza en Puerta de la Boca con suciedad»3. Se hacen varios esfuerzos para enviar peticiones, pero los mensajeros no causan ningún efecto, hasta que, en el extremo de la angustia del alma, se encuentran dos mensajeros aceptables, que no moraban en palacios, sino en «una cabaña muy sencilla»4. Sus nombres eran «Deseos Despiertos y Ojos Húmedos», que ilustraban las palabras inspiradas: «Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito… con el quebrantado y humilde de espíritu» (Is 57:15). Esto nos enseña la total futilidad de poner nuestra confianza en las oraciones de los santos en la tierra, o de los espíritus glorificados del cielo. Nuestras propias oraciones son las únicas que sirven. Nuestros propios «Deseos Despiertos» y «Ojos Húmedos», nuestros propios deseos fervientes por Dios, nuestro profundo arrepentimiento y sentido de total impotencia nos conducen al Salvador, a través de Quien solamente podemos encontrar acceso y adopción en la familia de nuestro Padre que está en los cielos.

El alma que tiene comunión con Dios alcanza una capacidad en la oración que ningún aprendizaje humano puede dar. Las expresiones de devoción se vuelven familiares; el Espíritu de adopción las lleva con profunda solemnidad a acercarse al Eterno infinito como a un padre. La oración privada es tan esencialmente espiritual, que no puede reducirse a algo escrito. «Un hombre que verdaderamente eleva una oración, después de eso nunca podrá expresar con su boca o pluma los deseos indecibles, el sentido, el afecto y el anhelo que fueron a Dios en esa oración». La oración conduce a la «religión pura y sin mácula», a «visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones» y a guardarse «sin mancha del mundo» (Stg 1:27). Verdaderamente bienaventurados son los que gozan de un sentido permanente de la presencia de Dios. La vida divina del cristiano puede medirse por su capacidad de «orar sin cesar», de buscar continuamente el rostro de Dios (1Ts 5:17; 1Co 16:11). Los hombres necesitan «orar siempre» y «perseverar en la oración» (Lc 18:1; Col 4:2). Esto no consiste en repetir incansablemente cualquier formato de oración, sino en ese espíritu de devoción que permite al alma decir: «Porque para mí el vivir es Cristo» (Fil 1:21). Cuando David se vio rodeado por las angustias del Seol, exclamó al instante: «Oh, Jehová, libra ahora mi alma» (Sal 116:4). Cuando los discípulos estuvieron en peligro, no recitaron el Padrenuestro ni ningún otro modelo, sino que al instante gritaron: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» (Mt 8:25). Bunyan, hablando de la oración privada, ingeniosamente pregunta: ¿No te oirá Dios «si no te presentas ante Él con un discurso elocuente»? «No se trata, como muchos creen, ni siquiera de unas cuantas expresiones balbuceantes, parlanchinas y lisonjeras, sino de un sentimiento apropiado en el corazón». La sinceridad y la dependencia del oficio mediador de Cristo es todo lo que Dios requiere. «Cercano está Jehová a todos los que le invocan…de veras» (Sal 145:18). En todo lo relacionado con la oración personal de un hombre a su Padre celestial, nuestro piadoso autor no ofendió; pero habiendo gozado de comunión con Dios, estaba, como todos los cristianos, deseoso de comunión con los santos de la tierra, y al elegir la forma de la adoración pública, ofendió profundamente a muchos al rechazar el Libro de oración común.5

Obligar o manipular a las personas para que asistan a los servicios religiosos es injustificable, y naturalmente produce hipocresía y persecución. Fue así con el decreto del rey Darío (Dn 6); y así ha sido siempre con cualquier intromisión real o parlamentaria con la libertad cristiana. «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae» (Ro 14:4). «Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Ro 14:12). Todas las ceremonias del Día del Juicio apuntan no solo al derecho, sino a la necesidad de la decisión personal sobre todas las cuestiones de fe, adoración y conducta, guiada únicamente por la Palabra inspirada. Alma Humana, en su estado regenerado, es el templo que el Creador ha elegido para Su adoración; y es infinitamente más glorioso que los edificios terrenales, que se desmoronan, mientras que los templos de Dios seguirán siendo gloriosos por toda la eternidad.

Bunyan, hasta los dieciséis años de edad, cuando asistía al culto público, escuchaba el Libro de oración común. Por aquel entonces, una ley del parlamento prohibió su uso bajo severas e injustas penas y ordenó que los servicios se rigieran por las reglas de un manual. En él se ofrece un guion de acciones de gracias, confesiones y peticiones públicas, pero no un formato de oración. En el prefacio, los puritanos dejan constancia de su opinión de que la liturgia de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de todos los esfuerzos e intenciones religiosas de sus compiladores, ha resultado ser una ofensa; las ceremonias infructíferas han causado mucho daño; su estimación ha sido elevada por los prelados, como si no hubiera otra forma de culto, convirtiéndola en un ídolo para los ignorantes y supersticiosos, un tema de luchas interminables y del incremento de un ministerio inútil. Bunyan había sopesado estas observaciones, y recordó su antigua ignorancia y superstición, cuando consideraba que todas las cosas santas estaban relacionadas con las formas externas y «hablaba y cantaba muy devotamente, como lo hacían los otros».6

Pero cuando se levantó del largo y terrible conflicto con el pecado, y comenzó su vida cristiana, prefirió decididamente emanciparse de las formas externas de oración, y las trató con gran severidad. Consideraba que el requisito más esencial para el ministerio cristiano es el don de la oración. Sobre este tema, hombres eruditos y piadosos han diferido; pero las opiniones de alguien tan eminentemente piadoso y tan bien instruido en las Escrituras merecen un análisis cuidadoso. Hay que tener en cuenta, al evaluar lo severo del lenguaje, que en aquellos días la urbanidad no era tendencia en las controversias religiosas. Bunyan había sido encarcelado de la manera más cruel, con amenazas de ser exiliado e incluso de una muerte ignominiosa, por negarse a conformarse al Libro de oración común. Ya que había llegado a esa firme convicción con limpia conciencia y en oración, hizo caso omiso de todas estas amenazas, y audazmente, poniendo en riesgo su vida, publicó este tratado, mientras aún estaba prisionero en la cárcel de Bedford; y es un discurso claro, conciso y bíblico, que expone sus puntos de vista sobre este tema tan importante.

Cualquier forma preconcebida habría encadenado el espíritu libre de Bunyan. Era un gigante de la oración y despertaba la más profunda reverencia cuando dirigía las devociones públicas de las congregaciones más grandes. La gran pregunta en cuanto a la oración pública es si el ministro debe, confiando en la asistencia divina, ofrecer una oración a Dios en el nombre del Salvador, concebida en ese momento por un sentido de Su presencia; o si es mejor, como es ciertamente más fácil, leer de vez en cuando un modelo de oración, hábilmente redactado, y tomando en consideración la belleza del lenguaje. ¿Cuál de estas dos maneras está más de acuerdo con las instrucciones de las Sagradas Escrituras, que probablemente sea de mayor beneficio espiritual para la congregación? Sin duda, esta pregunta no implica la acusación de cisma o herejía a ninguna de las partes.

«Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente» (Ro 14:5). Tales diferencias no deben llevarnos a despreciarnos unos a otros. Nuestra primera pregunta debe ser si el Salvador tenía la intención de que hubiera un modelo determinado de oración. Y si es así, ¿proveyó Él a Su iglesia de alguna otra que no fuera la más hermosa y completa oración, la que conocemos como la Oración del Señor? ¿Autorizó a alguien a alterarla, añadirle o quitarle? ¿A quién autorizó a hacerlo? Por otra parte, si llegamos a la conclusión de que no sabemos «pedir como conviene», solo «el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» (Ro 8:26), entonces debemos confiar, como hizo Bunyan, en la ayuda prometida de ese Espíritu lleno de gracia. Bienaventurados, en verdad, aquellos cuya relación con el cielo ejerce una influencia en toda su conducta, les da abundancia de palabras bien ordenadas al orar con sus familias, y con los enfermos o abatidos, y cuyas vidas manifiestan que han estado con Jesús y son enseñados por Él, o que, en lenguaje de las Escrituras, oran «con el espíritu, pero…también con el entendimiento» (1Co 14:15).

—George Offor

Footnotes

  1. Esta introducción fue escrita por George Offor (1787-1864), que pasó sus días leyendo, investigando, grabando, comparando y editando las obras de John Bunyan, lo cual concluyó con su impresión de Works of John Bunyan [las Obras de John Bunyan] en tres volúmenes en 1854.

  2. Isaac Watts, Guide to Prayer [Una guía para la oración]

  3. John Bunyan, Works [Obras], Vol. 3, p. 346

  4. Works [Obras], Vol. 3, p. 298

  5. Libro oficial de formas, ritos y ceremonias de culto de la Iglesia de Inglaterra, compilado por Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury (1489-1556).

  6. Juan Bunyan, Gracia abundante: Misericordia divina para el más grande pecador.