1. Qué es orar con el Espíritu

«Oraré con el Espíritu». Ahora bien, orar con el Espíritu —porque esa es la única forma correcta de orar para ser aceptado por Dios— es cuando un hombre se acerca a Dios sincera, consciente y afectuosamente, y por medio de Cristo. Ese acercamiento sincero, consciente y afectuoso debe ser por obra del Espíritu de Dios.

No hay hombre ni iglesia en el mundo que pueda acercarse a Dios en oración, sino por la asistencia del Espíritu Santo. «Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Ef 2:18). Por eso dice Pablo: «Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos» (Ro 8:26-27). Y ya que hay en esta porción de la Escritura una revelación tan completa del Espíritu de oración, y de la incapacidad del hombre para orar sin Él, comentaré sobre esto brevemente.

«Pues qué hemos». Considera primero que el verbo está en primera persona del plural. Por tanto, se refiere a un «nosotros», que incluye a Pablo, y, en su persona, a todos los apóstoles. Nosotros los apóstoles, nosotros los extraordinarios oficiales, los sabios maestros constructores, que algunos de nosotros hemos sido arrebatados al paraíso (Ro 15:16; 1Co 3:10; 2Co 12:4). «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos». Seguramente no hay nadie que contradiga el hecho de que Pablo y sus compañeros eran tan capaces de haber hecho cualquier obra para Dios como cualquier papa u orgulloso ministro de la iglesia de Roma, y que también podrían haber hecho un Libro de oración común como los que originalmente lo compusieron, ya que no estaban, en lo más mínimo, por detrás de ellos ni en gracia ni en dones.

«Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos». No conocemos el asunto de las cosas por las que debemos orar, ni el objeto a Quien oramos, ni el medio por o a través de Quien oramos. Ninguna de estas cosas sabemos, sino por la ayuda y asistencia del Espíritu. ¿Debemos orar por la comunión con Dios a través de Cristo? ¿Debemos orar por la fe, por la justificación1 por la gracia y por un corazón verdaderamente santificado? No conocemos ninguna de estas cosas. «Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Co 2:11). Pero aquí los apóstoles hablan de cosas internas y espirituales, que el mundo no conoce (Is 29:11).

Además, así como no conocen la sustancia de la oración sin la ayuda del Espíritu, del mismo modo, tampoco conocen la manera de orar; y por eso añade: «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos»; pero el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, con gemidos indecibles. Fíjate que no podían cumplir este deber de forma tan correcta y completa como algunos creen poder hacerlo en nuestros días.

Los apóstoles, cuando estaban en su mejor momento, sí, cuando el Espíritu Santo los asistía, aun entonces se contentaban con venir con suspiros y gemidos, quedándose cortos para expresar lo que había en su mente, pero con suspiros y gemidos que no pueden ser expresados.

Pero los hombres sabios de nuestros días son tan hábiles que tienen al alcance de la mano tanto la forma como la sustancia de sus oraciones, planificando tal oración para una fecha específica, y eso veinte años antes de que llegue. Una para Navidad, otra para Pascua, y para seis días después. También han delimitado cuántas sílabas deben decirse en cada una de ellas en sus ejercicios públicos. También tienen listas de oraciones diarias para que las generaciones aún no nacidas lo reciten. También pueden decirte cuándo debes arrodillarte, cuándo debes ponerte de pie, cuándo debes permanecer en tu asiento, cuándo debes subir al presbiterio y qué debes hacer cuando llegues allí. Todo lo cual los apóstoles no lograron, por no ser capaces de redactar de esa manera; y esto por la razón que nos provee esta porción de la Escritura: porque el temor de Dios los ataba a orar como conviene.

«Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos». Fíjate en esto: «como conviene». Porque el no pensar en esta frase, o por lo menos el no entenderla en el espíritu y la verdad que hay en ella, ha ocasionado que estos hombres conciban, como lo hizo Jeroboam, otra manera de adorar distinta a la que está revelada en la Palabra de Dios, tanto en el tema como en la forma (1R 12:26-33). Pero, dice Pablo, debemos orar como conviene; y es algo que no podemos hacerlo con todo el arte, habilidad y astucia de hombres o ángeles. «Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu». Es más, debe ser «el Espíritu mismo» el que ayude nuestras debilidades, no el Espíritu y las concupiscencias del hombre. Lo que el hombre puede imaginar y concebir es una cosa, y lo que se le ordena y debe hacer es otra. Muchos piden y no tienen porque piden mal, y así nunca se acercan al disfrute de las cosas que piden (Stg 4:3). No es la oración aleatoria lo que postergará o motivará la respuesta de Dios. Cuando estás orando, Dios escudriña el corazón para ver la motivación y el espíritu de donde surge (1Jn 5:14). «El que escudriña los corazones sabe», es decir, solo acepta, «el sentir del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos» (Ro 8:27). Porque solo en lo que es conforme a Su voluntad nos oye, y en ninguna otra cosa. Y solo el Espíritu puede enseñarnos a pedir así; solo Él puede escudriñar todas las cosas, «aun lo profundo de Dios» (1Co 2:10). Sin este Espíritu, aunque tuviéramos mil libros de oraciones comunes, no sabríamos por cuáles cosas orar como conviene, pues nos acompañan esas debilidades que nos hacen absolutamente incapaces de tal obra. Estas debilidades, aunque es difícil mencionarlas todas, son las siguientes.

Primero. Sin el Espíritu, el hombre está tan enfermo que no puede, con todos los demás medios, ser capaz de tener un solo pensamiento correcto y salvador acerca de Dios, de Cristo o de Sus cosas benditas; y por eso dice del impío: «No hay Dios en ninguno de sus pensamientos» (Sal 10:4); y si lo hubiera es uno conforme a su imaginación, semejante a ellos (Sal 50:21). Porque «todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Gn 6:5; 8:21). Por tanto, si no son capaces de tener una concepción correcta del Dios a Quien oran, del Cristo por medio de Quien oran, ni de las cosas por las que oran, ¿cómo podrán dirigirse a Dios, a menos que el Espíritu ayude en esta debilidad? Quizás respondas: «Con la ayuda del Libro de oración común». Pero este no puede hacerlo, a menos que fuera capaz de abrir los ojos y revelar al alma todas estas cosas antes mencionadas. Pero es evidente que no puede, porque eso es obra solo del Espíritu. El Espíritu mismo es Quien revela estas cosas a las pobres almas, y el que nos capacita para entenderlas; por eso Cristo dijo a Sus discípulos, cuando les prometió enviar el Espíritu, el Consolador: «Tomará de lo mío y os lo hará saber»; como si hubiera dicho: Sé que por naturaleza son ignorantes y están en tinieblas en cuanto al entendimiento de cualquiera de mis cosas. Por más que lo intenten, su ignorancia permanecerá. Hay un velo sobre sus corazones, y no hay nadie que pueda quitarlo, ni proveerles de entendimiento espiritual, sino el Espíritu. El Libro de oración común no lo hará, ningún hombre puede pretender hacerlo, ya que no es algo ordenado por Dios, sino algo creado luego de que las Escrituras fueron completadas. El Libro de oración común está redactado con remiendos tomados de aquí y de allá en diferentes tiempos. Es una mera invención e institución humana, la cual no solo Dios no reconoce, sino que expresamente la prohíbe, junto con cualquier otra como esta, en múltiples porciones de Su santísima y bendita Palabra (Mr 7:7-8, y Col 2:16-23; Dt 12:30-32; Pr 30:6; Dt 4:2; Ap 22:18). Porque la oración correcta debe proceder, tanto en su ejercicio externo como en la intención interna, de lo que el alma percibe por medio de la iluminación del Espíritu. De lo contrario, es considerada como vana y abominable, porque los labios y el corazón no van juntos. Ni tampoco pueden, a menos que el Espíritu ayude nuestras debilidades (Mr 7; Pr 28:9; Is 29:13). Y esto lo sabía muy bien David, lo que le hizo clamar: «Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza» (Sal 51:15). Supongo que nadie pone en duda que David pudiera hablar y expresarse tan bien como otros, es más, como cualquiera de nuestra generación, como lo manifiestan claramente sus palabras y sus obras. Sin embargo, cuando este buen hombre, este profeta, se presenta delante de Dios en adoración, entonces el Señor debe ayudarle, o no puede hacer nada. «Señor, abre mis labios, y» entonces «publicará mi boca tu alabanza». No podría decir una palabra correcta a menos que el Espíritu mismo le diera la palabra. «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo… nos ayuda en nuestra debilidad» (Ro 8:26). Pero,

Segundo. Debe ser una oración con el Espíritu, es decir, la oración eficaz, porque sin ella, así como los hombres son insensatos, también son hipócritas, fríos e indecorosos en sus oraciones; y así ellos, con sus oraciones, son abominables a Dios (Mt 23:14; Mr 12:40; Lc 18:11-12; Is 58:2-3). Lo que Dios toma en cuenta no es la excelencia de la voz, ni el aparente afecto y sinceridad del que ora. Porque el hombre, como hombre, está tan lleno de toda clase de maldad, que no puede mantener limpia y aceptable una palabra o un pensamiento, y mucho menos una oración a Dios por medio de Cristo. Y por esta causa los fariseos, con sus oraciones, fueron rechazados. No hay duda de que eran completamente capaces de expresarse con palabras; y también por la duración de sus oraciones eran muy notables; pero no tenían el Espíritu de Jesucristo para ayudarles y, por lo tanto, solo pudieron hacerlo con sus debilidades o flaquezas, y así se quedaron cortos de un sincero, consciente, afectuoso derramamiento de sus almas a Dios, a través del poder del Espíritu. Esa es la oración que va al cielo, la que se envía allí con el poder del Espíritu. Porque

Tercero. Nada sino el Espíritu puede mostrar claramente a un hombre su miseria inherente, y ponerlo así en actitud de oración. Hablar no es más que hablar, y también no es más que una honra de labios, si no hubiere un sentido de miseria, tampoco hay eficacia. ¡Oh, la maldita hipocresía que hay en la mayoría de los corazones, y que acompaña a muchos que oran, los cuales serían vistos así en este día, y todo por la falta de un sentido de su miseria! Pero ahora el Espíritu… mostrará dulcemente al alma su miseria, dónde se encuentra, y lo que va a ser de ella, así como lo insoportable de esa condición. Porque es el Espíritu Quien convence eficazmente del pecado y la miseria sin el Señor Jesús, y así pone al alma en una disposición dulce, consciente y afectuosa de orar a Dios según Su Palabra (Jn 16:7-9).

Cuarto. Aunque los hombres vieran sus pecados, sin la ayuda del Espíritu no orarían. Porque huirían de Dios con Caín y Judas, y perderían toda esperanza de misericordia, si no fuera por el Espíritu. Cuando un hombre es realmente consciente de su pecado y de la maldición de Dios, entonces es difícil persuadirlo a orar: Porque su corazón le dice que no hay esperanza; es en vano buscar a Dios (ver Jer 2:25; 18:12). Soy una criatura tan vil, tan desdichada y maldita, que jamás seré tenido en cuenta. Ahora viene el Espíritu y sostiene el alma, la ayuda a mantener su rostro hacia Dios, dejando entrar en el corazón algún pequeño sentido de misericordia para animarla a ir a Dios, y por eso se le llama «el Consolador» (Jn 14:26).

Quinto. Debe ser en o con el Espíritu, porque sin Él, ningún hombre puede saber cómo debe acercarse a Dios de la manera correcta. Los hombres pueden decir fácilmente que vienen a Dios en Su Hijo; pero una de las cosas más difíciles es venir a Dios de forma correcta y a Su manera sin el Espíritu. Es «el Espíritu» el que «todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1Co 2:10). Es el Espíritu Quien debe mostrarnos el camino para llegar a Dios, y también lo que hay en Dios que lo hace deseable. «Te ruego», dice Moisés, «que me muestres ahora tu camino, para que te conozca» (Ex 33:13). Y «tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Jn 16:15).

Sexto. Porque sin el Espíritu, aunque un hombre viera su miseria y también el camino para llegar a Dios, nunca podría reclamar una porción en Dios, en Cristo o en la misericordia, con la aprobación de Dios. Oh, qué inmensa es, para una pobre alma consciente del pecado y de la ira de Dios, la tarea de decir con fe solo esta palabra: ¡Padre! Les digo que, a pesar de lo que piensen los hipócritas, el verdadero cristiano encuentra en esto una gran dificultad, no puede decir que Dios es su Padre. ¡Oh, dice, no me atrevo a llamarle Padre! Y por eso es por lo que el Espíritu debe ser enviado a los corazones del pueblo de Dios para esto mismo: para clamar Padre. [Esta es] una obra demasiado grande como para que alguien la realice conscientemente y creyendo, sin la ayuda del Espíritu (Ga 4:6). Cuando digo conscientemente, quiero decir, sabiendo lo que es ser un hijo de Dios, y nacer de nuevo. Y cuando digo creyendo, quiero decir que el alma cree, y eso por experiencia, que la obra de la gracia está siendo forjada en él. Esta es la forma correcta de clamar a Dios Padre; y no como hacen muchos, decir de memoria y en un murmullo el Padrenuestro (como la han denominado), tal como está en las palabras del Libro de oración común. No, la vida de la oración es cuando en o con el Espíritu, un hombre que ha sido hecho consciente del pecado y de cómo acercarse al Señor a clamar por misericordia viene, en el poder del Espíritu, y grita: «¡Padre!». Esa sola palabra dicha con fe es mejor que mil oraciones, como las llaman los hombres, escritas y leídas de manera formal, fría y aburrida. ¡Oh, cuán lejos están esas personas de ser sensibles a esto, que consideran suficiente enseñarse a sí mismos y a sus hijos a recitar el Padrenuestro, el credo, con otras palabras, cuando Dios sabe que no son conscientes de sí mismos, de su miseria, o de lo que es ser llevado a Dios por medio de Cristo! ¡Ah, pobre alma! Reflexiona en tu miseria, y clama a Dios para que te muestre tu ceguera e ignorancia, antes de ser tan recurrente en llamar a Dios tu Padre, o enseñar a tus hijos a decirlo así. Y debes saber que hablar de Dios como tu Padre, en forma de oración o en conversación con otros, sin ninguna evidencia de la obra de la gracia en tu alma, es decir que eres judío sin serlo, y así mentir (Ap 3:9). Dices: «Padre nuestro»; Dios dice: «¡Blasfemas!». Dices que eres judío, es decir, un verdadero cristiano; Dios te dice: «¡Mientes!».

«He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten» (Ap 3:9). «Yo conozco…la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás» (Ap 2:9). Y mucho mayor es el pecado, mientras más el pecador se jacta de él con una pretendida santidad, como los judíos hicieron con Cristo en el capítulo 8 del evangelio de Juan. Esto llevó a Cristo a declararles claramente su ruina, por todas sus pretensiones hipócritas (Jn 8:41-45). Y, sin embargo, en verdad cada uno de estos malditos lascivos, ladrones, borrachos, blasfemos y perjuros, que no solo lo han sido en el pasado, sino que lo siguen siendo, son considerados por algunos como los únicos hombres honestos, y todo porque con sus gargantas blasfemas y corazones hipócritas vienen a la iglesia y dicen: «Padre nuestro». De hecho, más aún, estos hombres, aunque cada vez que dicen a Dios: «Padre nuestro», blasfeman de la manera más abominable; sin embargo, son forzados a hacerlo de esta manera. Y puesto que otros, que son de principios más serios, dudan de la veracidad de tales tradiciones vanas, por lo tanto deben ser considerados como los únicos enemigos de Dios y de la nación, cuando es su propia superstición maldita la que pone al gran Dios contra ellos, y hace que Él los considere como sus enemigos (Is 53:10). Y sin embargo, al igual que Bonner2, ese sangriento perseguidor, recomiendan a estos miserables, como buenos clérigos y súbditos honestos, sin importar qué tan viles sean, con tal de que se adhieran a sus tradiciones, mientras que el pueblo de Dios es, como siempre ha sido, considerado como un pueblo turbulento, sedicioso y divisivo (Esd 4:12-16).

Permíteme, pues, que razone un poco contigo, pobre, ciego e ignorante necio.

(1.) Puede ser que tu gran oración sea decir: «Padre nuestro que estás en los cielos…». ¿Conoces el significado de las primeras palabras de esta oración? ¿Puedes, en verdad, con el resto de los santos, exclamar: «Padre nuestro»? ¿Has nacido de nuevo? ¿Has recibido el Espíritu de adopción? ¿Te ves a ti mismo en Cristo y puedes acercarte a Dios como miembro de Él? ¿O ignoras estas cosas y, sin embargo, te atreves a decir: «Padre nuestro»? ¿No es el diablo tu padre? (Jn 8:44). ¿Y no haces las obras de la carne? ¿Y aun así te atreves a decir a Dios: «Padre nuestro»? ¿No eres acaso un insensato perseguidor de los hijos de Dios? ¿No los has maldecido en tu corazón muchas veces? ¿Y aun así permites que de tu garganta blasfema salgan estas palabras: «Padre nuestro»? Él es su Padre, a Quien tú odias y persigues. Pero así como el diablo se presentó entre los hijos de Dios (Job 1), cuando ellos debían presentarse ante el Padre, nuestro Padre, así es ahora. Porque a los santos se les ordenó decir: «Padre nuestro», por lo tanto, todo el populacho ciego e ignorante del mundo, también debe usar las mismas palabras: «Padre nuestro».

(2.) ¿Y dices de corazón: «Santificado sea tu nombre»? ¿Estudias, por todos los medios honestos y lícitos, promover el nombre, la santidad y la majestad de Dios? ¿Concuerdan tu corazón y tu conversación con este pasaje? ¿Te esfuerzas por imitar a Cristo en todas las obras de justicia que Dios te ordena y te impulsa a realizar? ¿Eres de los que pueden clamar verdaderamente con el permiso de Dios: «Padre nuestro»? ¿O no está en ninguno de tus pensamientos a lo largo día? ¿Y no evidencias claramente que eres un maldito hipócrita, al condenar con tu práctica diaria lo que pretendes en tus oraciones con tu lengua engañosa?

(3.) ¿En verdad quieres que venga el reino de Dios y que se haga Su voluntad en la tierra como en el cielo? A pesar de que, según el modelo de oración, dices: «Venga a nosotros tu reino», ¿no te volverías loco al escuchar el sonido de la trompeta, al ver resucitar a los muertos, y tener tú mismo que comparecer ante Dios en ese instante, para rendir cuentas de todas las obras que has hecho en el cuerpo? ¿No te desagrada la sola idea? Y si la voluntad de Dios se cumpliera en la tierra como en el cielo, ¿no sería tu ruina? En el cielo no hay un solo rebelde contra Dios, y si Él actuara así en la tierra, ¿no te llevaría al infierno?

Y así el resto de las peticiones. Cuán tristes se verían esos hombres, y con qué terror andarían por el mundo, si supieran la mentira y la blasfemia que sale de sus bocas, aun en su más pretendida santidad. ¡Que el Señor te despierte y te enseñe, pobre alma, con toda humildad, a cuidarte de no ser temerario y descuidado con el corazón, y mucho más con la boca! Cuando te presentes ante Dios, como dice el sabio: «No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra» (Ec 5:2), especialmente llamar a Dios Padre cuando te presentes delante de Él, sin haber recibido la bendita experiencia de la adopción.

Séptimo. Debe ser una oración con el Espíritu para que sea aceptada, porque no hay nada sino el Espíritu que pueda elevar el alma o el corazón a Dios en oración. «Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua» (Pro 16:1). Es decir, en toda obra para Dios, y especialmente en la oración, para que el corazón sea conforme a las palabras, este debe ser preparado por el Espíritu de Dios. Ciertamente, nuestras palabras, en sí mismas, son capaces de fluir sin temor ni sabiduría. Pero cuando es la respuesta del corazón, y ese corazón está preparado por el Espíritu de Dios, entonces habla como Dios manda y desea.

David se expresa con palabras poderosas cuando dice que eleva su corazón y su alma a Dios (Sal 25:1). Es una gran obra para cualquier hombre sin el poder del Espíritu, y creo que esta es una de las grandes razones por las cuales el Espíritu de Dios es llamado Espíritu de súplica (Zac 12:10 LBLA3), porque es el que ayuda al corazón cuando este verdaderamente suplica por esa ayuda. Y por eso dice Pablo: «Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu» (Ef 6:18). Igualmente lo vemos en mi texto: «Oraré con el espíritu». La oración, a menos que el corazón esté en ella, es como un sonido sin vida; y el corazón nunca orará a Dios, a menos que el Espíritu lo eleve.

Octavo. Así como es el Espíritu el que eleva el corazón cuando se ora correctamente, así también es el Espíritu el que lo sostiene para que continúe orando correctamente. No sé qué o cómo sucede con los corazones de los demás, si son elevados por el Espíritu de Dios, y así continúan, o no; pero de esto estoy seguro: Primero, que es imposible que algún libro de oración hecho por el hombre pueda elevar el corazón para orar o prepararlo para esto. Esa es una obra de Dios mismo. Y, en segundo lugar, estoy seguro de que de ninguna manera puede mantenerlo en oración cuando está orando. Y, de hecho, aquí está la vida de oración, mantener el corazón en Dios en el cumplimiento del deber. Para Moisés era muy importante poder mantener sus manos levantadas hacia Dios en oración; pero ¡cuánto más importante, entonces, será mantener el corazón en ella! (Ex 17:12).

La ausencia del corazón es de lo que Dios se queja: de que se acercan a Él con la boca, y lo honran con los labios, pero sus corazones están lejos de Él (Is 29:13; Ez 33), pero sobre todo de que andan según los mandamientos y las tradiciones de los hombres, como lo declara el texto de Mateo 15:8-9. De hecho, si solo pudiera hablar de mi propia experiencia en cuanto a la dificultad de orar a Dios como debo, sería suficiente para hacer que los hombres pobres, ciegos y carnales alberguen pensamientos extraños sobre mí. Porque, sí dependiera de mi corazón, al momento de orar, me encontraría tan renuente a ir a Dios, y al estar con Él, estaría tan renuente a permanecer con Él, que muchas veces me veo obligado en mis oraciones, primero a rogar a Dios que tome mi corazón, y lo lleve a Él en Cristo, y cuando esté allí, que lo mantenga allí. Muchas veces no sé por qué orar, estoy tan ciego, ni cómo orar, soy tan ignorante; pero, bendita sea la gracia, solo el Espíritu ayuda nuestras debilidades (Sal 86:11).

Oh, las distracciones4 que tiene el corazón en el tiempo de la oración; nadie sabe cuántos desvíos tiene el corazón, cuántas callejuelas para escabullirse de la presencia de Dios. Cuánto orgullo también, si tiene facilidad al expresarse. Cuánta hipocresía, si es ante los demás. Y qué poca conciencia se tiene de la oración entre Dios y el alma en secreto, a menos que el Espíritu de súplica esté allí para ayudar. Cuando el Espíritu entra en el corazón, entonces sí hay oración, pero no antes de ello.

Noveno. El alma que ora rectamente debe hacerlo con la ayuda y en el poder del Espíritu, porque es imposible que un hombre se exprese en oración sin esta ayuda. Cuando digo que es imposible que un hombre se exprese en oración sin esta ayuda, quiero decir que es imposible que el corazón, de una manera sincera, consciente y afectuosa, se derrame ante Dios, con esos gemidos y suspiros que provienen de un corazón que verdaderamente ora, sin la asistencia del Espíritu. No son las palabras lo principal que debemos mirar en la oración, más bien, si el corazón está tan lleno de afecto y solemnidad en la oración con Dios que sea imposible expresar su sentir y su deseo; porque un hombre verdaderamente desea, cuando estos deseos son tantos, tan fuertes y poderosos que todas las palabras, lágrimas y gemidos que puedan salir del corazón, son incapaces de pronunciarlos. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad… [e] intercede por nosotros con [suspiros y] gemidos indecibles» (Ro 8:26).

Es una oración mediocre la que solo se evidencia en muchas palabras. Un hombre que verdaderamente eleva una oración, después de eso, nunca podrá expresar con su boca o escribir con su pluma los deseos indecibles, el sentir, el afecto y el anhelo que fueron a Dios en esa oración.

Las mejores oraciones tienen a menudo más gemidos que palabras; y las palabras que tienen no son sino una representación pobre y superficial del corazón, la vida y el espíritu de esa oración. No encontramos ninguna palabra de oración, de las que leemos, que saliera de la boca de Moisés cuando salía de Egipto y era perseguido por Faraón, y sin embargo, hizo resonar el cielo con su clamor (Ex 14:15). Pero eran gemidos y clamores inexpresables e inescrutables de su alma en y con el Espíritu. Dios es el Dios de los espíritus, y sus ojos miran más allá que el exterior de cualquier deber (Nm 16:22). Dudo que la mayoría de los que serían considerados como pueblo de oración piensen en eso, aunque sea un poco (1Sa 16:7).

Cuanto más se acerca un hombre al cumplimiento de cualquier obra que Dios le ordena, según Su voluntad, tanto más dura y difícil es; y la razón es que el hombre, como hombre, no es capaz de hacerlo. Pero la oración, como se ha dicho, no solo es un deber, sino uno de los deberes más eminentes, y por lo tanto mucho más difícil; por lo tanto, Pablo sabía lo que decía, cuando dijo: «Oraré con el espíritu». Sabía bien que no era lo que otros escribieran o dijeran lo que podía hacer de él un hombre de oración. Nada menos que el Espíritu podía hacerlo.

Décimo. Debe ser con el Espíritu; de lo contrario, así como habrá un defecto en el acto mismo, también habrá un defecto, sí, un desmayo, en el cumplimiento de la obra. La oración es una ordenanza de Dios en la que el alma debe perseverar mientras esté de este lado de la gloria. Pero, como dije antes, no es posible que un hombre eleve su corazón a Dios en oración. Así que es igualmente difícil mantenerlo allí sin la asistencia del Espíritu. Y si es así, entonces, para que un hombre continúe ocasionalmente en oración con Dios, debe ser necesariamente con la asistencia del Espíritu.

Cristo nos habla de «la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lc 18:1). Y otra vez nos dice que un hipócrita es aquel que no continuará orando o, si lo hace, no será en el poder, es decir, en el espíritu, de la oración, sino en la forma externa, solo por las apariencias (Job 27:10; Mt 23:14). Una de las cosas más fáciles es caer de una oración en el poder del Espíritu a un mero formalismo, pero de las cosas más difíciles es mantenerse en la vida, el espíritu y el poder de cualquier deber, especialmente la oración. Esa es una obra tal que un hombre sin la ayuda del Espíritu no podría ni siquiera orar una vez, mucho menos continuar en un dulce estado de oración sin Su asistencia, y orar de tal manera que sus oraciones asciendan a los oídos del Señor Dios de los Ejércitos5.

Jacob no solo comenzó a orar, sino que permaneció en oración: «No te dejaré, si no me bendices» (Gn 32:26). Lo mismo hicieron el resto de los piadosos (Os 12:4). Pero esto no podía ser sin el espíritu de oración. Por el Espíritu tenemos acceso al Padre (Ef 2:18).

Vemos lo mismo de forma notable en Judas, cuando exhorta a los santos a mantenerse firmes y a perseverar en la fe del evangelio, usando el juicio de Dios sobre los impíos como un medio excelente sin el cual sabía que nunca podrían hacerlo. Dice: «Edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo» (Jud 1:20). Como si hubiera dicho: Hermanos, así como la vida eterna está reservada solo para las personas que perseveran, así ustedes no pueden perseverar a menos que continúen orando en el Espíritu. El gran truco con que el diablo y el anticristo engañan al mundo es hacer que continúen en la forma externa de cualquier deber: predicar, oír u orar. Estos son los que tendrán «apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita» (2Ti 3:5).

Continuamos con el tercer punto:

Footnotes

  1. La justificación es un acto de la gracia gratuita de Dios, por el cual Él perdona todos nuestros pecados (Ro 3:24; Ef 1:7), y nos acepta como justos ante Él (2 Co 5:21) solo por la justicia de Cristo que se nos imputa (Ro 5:19), y que recibimos solo por la fe (Gá 2:16; Fil 3:9). (Catecismo de Spurgeon, pregunta 32.) Véase Portavoz de la Gracia 4, Justificación; ambos disponibles en Chapel Library.

  2. Edmund Bonner (c. 1500-1569) – Obispo de Londres de 1539 a 1549 y de nuevo de 1553 a 1559; conocido como «Bloody Bonner» [Bonner el sanguinario] por su papel en la persecución de los protestantes durante el reinado de la católica María I de Inglaterra («Bloody Mary» [María la sanguinaria]).

  3. LBLA (Siglas de La Biblia de las Américas) – Aunque, por lo general, no usamos la LBLA, ésta coincide aquí, literalmente, con el original hebreo y el inglés de la KJV (Versión Autorizada).

  4. Distracciones u obstáculos, como baches en una carretera que hacen que un caballo se «sobresalte» (retroceda) y abandone su trayectoria.

  5. Ejércitos – Sabaoth; huestes del cielo; por lo tanto, título divino de Dios que muestra Su poder como Rey sobre todos Sus ejércitos angélicos.