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16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Él fue manifestado en la carne,
Vindicado en el Espíritu,
Contemplado por ángeles,
Proclamado entre las naciones,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.

8 Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

P.26 ¿En qué consistió la humillación de Cristo?

R. La humillación de Cristo consistió en haber nacido, y esto, en una baja condición sujeto a la ley sufriendo las miserias de esta vida, la ira de Dios y la muerte maldita de la Cruz; en haber sido sepultado y en haber permanecido bajo el dominio de la muerte por algún tiempo.

La humillación de Cristo consistió en su encarnación, en tomar carne y nacer. Cristo tomó carne real, no la imagen de un cuerpo (como erróneamente sostenían los maniqueos), sino un cuerpo verdadero; por eso se dice que «nació de mujer». Así como el pan se hace de trigo y el vino de la uva, así Cristo nació de mujer: su cuerpo formaba parte de la carne y la sustancia de la virgen. Este es un misterio glorioso: «Dios manifestado en la carne». En la creación, el hombre fue hecho a imagen de Dios; en la encarnación, Dios se hizo a imagen del hombre.

¿Cómo llegó Cristo a hacerse carne?

Fue por designación especial de su Padre. «Dios envió a su Hijo, hecho de mujer». Dios Padre, de manera especial, designó a Cristo para que se encarnara; lo cual demuestra cuán necesaria es una vocación para cualquier asunto de peso e importancia: actuar sin vocación es actuar sin bendición. Cristo no se encarnaría ni asumiría la labor de mediador hasta haber recibido una vocación. «Dios envió a su Hijo, hecho de mujer».

Pero, ¿acaso no había otra manera de restaurar al hombre caído sino que Dios se hiciera carne?

No debemos cuestionar la voluntad de Dios; es peligroso indagar en sus secretos. No debemos discutir, sino adorar. El Dios sabio consideró que la mejor manera de nuestra redención era que Cristo se encarnara. Nadie más que un hombre era digno de satisfacer la justicia de Dios; nadie más que Dios podía hacerlo; por lo tanto, siendo Cristo Dios y hombre, es el más idóneo para emprender esta obra de redención.

¿Por qué Cristo nació de mujer?

(1.) Para que Dios cumpliera aquella promesa de Génesis 3:15: «La simiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente».

(2.) Cristo nació de mujer para remover de ella el oprobio que contrajo al ser seducida por la serpiente. Cristo, al tomar su carne de la mujer, honró a su género; así como al principio la mujer había hecho al hombre pecador, ahora, para compensarlo, ella le traería un Salvador.

¿Por qué Cristo nació de una virgen?

(1.) Por decoro. No era conveniente que Dios tuviera otra madre que no fuera una virgen; ni era conveniente que una virgen tuviera otro hijo que no fuera Dios.

(2.) Por necesidad. Cristo había de ser sumo sacerdote, purísimo y santísimo. Si hubiera nacido por el curso ordinario de la naturaleza, habría sido contaminado, pues todos los que proceden de los lomos de Adán tienen una mancha de pecado. Para que la sustancia de Cristo permaneciera pura e inmaculada, nació de una virgen.

(3.) Para cumplir el tipo. Melquisedec era tipo de Cristo, del cual se dice que era «sin padre y sin madre». Al nacer Cristo de una virgen, cumplió el tipo: era sin padre y sin madre; sin madre en cuanto era Dios, sin padre en cuanto era hombre.

¿Cómo pudo Cristo ser formado de la carne y la sangre de una virgen y, sin embargo, estar sin pecado? La virgen más pura está manchada de pecado original.

Esta dificultad la resuelve la Escritura:

35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti», es decir, el Espíritu Santo consagró y purificó aquella parte de la carne de la virgen de la cual fue hecho Cristo. Así como el alquimista extrae y separa la escoria del oro, así el Espíritu Santo refina y clarifica aquella parte de la carne de la virgen, separándola del pecado. Aunque la misma Virgen María tenía pecado, aquella parte de su carne de la cual fue hecho Cristo estaba sin pecado; de lo contrario, habría sido una concepción impura.

¿Qué se entiende por el poder del Altísimo cubriendo a la virgen con su sombra?

El Espíritu Santo, habiendo formado a Cristo en el vientre de la virgen, unió de manera admirable la naturaleza humana de Cristo con la divina, y de ambas hizo una sola persona. Este es un misterio que los ángeles contemplan con adoración.

¿Cuándo se encarnó Cristo?

En la plenitud del tiempo. «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Por plenitud del tiempo entendemos el tiempo determinado que Dios había fijado. Más concretamente, esta plenitud del tiempo fue cuando se cumplieron todas las profecías acerca de la venida del Mesías, y cuando fueron abolidas todas las sombras y figuras legales mediante las cuales había sido prefigurado. Esto puede consolarnos con respecto a la iglesia de Dios: aunque por ahora no veamos en ella la paz y pureza que desearíamos, en la plenitud del tiempo, cuando llegue el momento de Dios y la misericordia esté madura, brotará la liberación, y Dios vendrá conduciendo los carros de la salvación.

¿Por qué se hizo carne Jesucristo?

(1.) La causa principal fue la gracia soberana. Fue amor en Dios Padre enviar a Cristo, y amor en Cristo venir a encarnarse. El amor fue el motivo intrínseco. Cristo es Dios-hombre porque es amante del hombre. Cristo vino a nosotros movido por piedad y amor. No nuestros méritos —sino nuestra miseria— hizo que Cristo tomara carne. La encarnación de Cristo fue un plan de gracia soberana y un designio de amor puro. ¡El mismo Dios, aunque todopoderoso, fue vencido por el amor! ¡Cristo encarnado no es sino «amor» cubierto de carne! Así como la asunción de nuestra naturaleza humana por parte de Cristo fue una obra maestra de sabiduría, también fue un monumento de gracia soberana.

(2.) Cristo tomó nuestra carne para tomar sobre sí nuestros pecados. «Él fue», dice Lutero, «maximus peccator, el mayor pecador, llevando el peso de los pecados de todo el mundo». Tomó nuestra carne para tomar nuestros pecados y así aplacar la ira de Dios por nosotros.

(3.) Cristo tomó nuestra carne para hacer que la naturaleza humana pareciera amable a Dios, y la naturaleza divina pareciera amable al hombre.

(1:) Para hacer que la naturaleza humana fuera amable a Dios. Tras nuestra caída de Dios, nuestra naturaleza le resultó odiosa; ninguna alimaña nos es tan repugnante como lo era la naturaleza humana para Dios. Una vez que nuestra naturaleza virginal se volvió pecaminosa, fue como carne enconada o llena de llagas, repugnante a la vista. Era tan odiosa a Dios que no podía soportar mirarnos. Cristo, al tomar nuestra carne, hace que esta naturaleza humana aparezca amable a Dios. Así como cuando el sol brilla sobre el vidrio proyecta un resplandor brillante, así Cristo, revestido de nuestra carne, hace que la naturaleza humana brille y aparezca hermosa a los ojos de Dios.

(2:) Así como Cristo, al vestirse de nuestra carne, hace que la naturaleza humana sea amable a Dios, también hace que la naturaleza divina sea amable al hombre. La pura Divinidad es terrible de contemplar; no podríamos verla y vivir. Pero Cristo, al revestirse de nuestra carne, hace que la naturaleza divina sea más amable y deliciosa para nosotros. No tenemos por qué temer mirar a Dios a través de la naturaleza humana de Cristo. Costumbre antigua era entre los pastores vestirse con pieles de oveja para ser más agradables a las ovejas; así Cristo se vistió de nuestra carne para que la naturaleza divina nos resulte más agradable. La naturaleza humana es un cristal a través del cual podemos ver claramente el amor, la sabiduría y la gloria de Dios. A través del farol de la humanidad de Cristo podemos contemplar la luz de la Deidad. El hecho de que Cristo se haya encarnado hace que la visión de la Deidad no sea formidable, sino deliciosa para nosotros.

(4.) Jesucristo se unió al hombre «para que el hombre pudiera ser atraído más cerca de Dios». Antes, Dios era enemigo nuestro a causa del pecado; pero Cristo, al haber tomado nuestra carne, intercede por nosotros y nos pone en gracia con Dios. Así como cuando un rey está airado con un súbdito, el hijo del rey se casa con su hija y así intercede por el súbdito y lo vuelve a poner en gracia con el rey; así, cuando Dios Padre estaba airado con nosotros, Cristo se desposó con nuestra naturaleza y ahora intercede por nosotros ante su Padre, y nos devuelve la amistad, y Dios nos mira con semblante favorable. Así como Joab intercedió por Absalón y lo llevó ante el rey David, y David lo besó; así Jesucristo nos gana el amor y el favor de Dios. Por eso bien puede llamarse pacificador, pues tomó nuestra carne y así hizo las paces entre nosotros y su Padre.

Uso primero: DE INSTRUCCIÓN.

(1.) Véase aquí, como en un espejo, el amor infinito de Dios Padre; que cuando nos habíamos perdido por el pecado, Dios, en las riquezas de su gracia, envió a su Hijo, nacido de mujer, para redimirnos. Y contemplad el amor infinito de Cristo, en que estuvo dispuesto a condescender a tomar nuestra carne. Seguramente los ángeles habrían desdeñado tomar nuestra carne; habría sido un menoscabo para ellos. ¿Qué rey estaría dispuesto a vestir un saco sobre su traje de oro? Pero Cristo no desdeñó tomar nuestra carne. ¡Oh el amor de Cristo! Si Cristo no se hubiera hecho carne, ¡nosotros habríamos sido hechos maldición! Si no se hubiera encarnado, habríamos sido encarcelados y estaríamos para siempre en la prisión del infierno. Bien merecía un ángel ser el heraldo para proclamar esta alegre noticia de la encarnación de Cristo: «¡Les anuncio buenas nuevas de gran gozo para todo el pueblo! ¡El Salvador —sí, el Mesías, el Señor— ha nacido esta noche en Belén, la ciudad de David!» El amor de Cristo al encarnarse se verá más claramente si consideramos:

(1:) Considera de dónde vino Cristo. Vino del cielo, y del lugar más rico del cielo, el seno de su Padre, aquel panal de dulzura.

(2:) Considera por quién vino Cristo. ¿Fue por sus amigos? ¡No! ¡Vino por el hombre pecador! El hombre que había desfigurado su imagen y abusado de su amor; ¡el hombre que se había convertido en rebelde! Sin embargo, vino al hombre, resuelto a vencer nuestra obstinación con su bondad. Si había de venir a alguien, ¿por qué no a los ángeles que cayeron? «No tomó la naturaleza de los ángeles». Heb 2:16. Los ángeles son de origen más noble, criaturas más inteligentes, más capaces para el servicio. Pero contempla el amor de Cristo: no vino a los ángeles caídos, sino al hombre pecador. Entre las diversas propiedades del imán, destaca que no atrae el oro ni las perlas —sino que, despreciando estos, atrae el hierro, uno de los metales más viles. Así Cristo deja a los ángeles, esos espíritus nobles, el oro y la perla —y viene al pobre hombre pecador y lo atrae hacia sus brazos.

(3:) Considera de qué manera vino. No vino con la majestad de un rey, acompañado de su séquito real, sino que vino pobre; no como heredero del cielo, sino como uno de baja extracción. Considera que el lugar donde nació era pobre; no la real ciudad de Jerusalén, sino Belén, un lugar pobre y oscuro. Un pesebre era su cuna, las telas de araña sus cortinas, los animales sus compañeros; descendió de padres pobres. Se habría pensado que, si Cristo habría de venir al mundo, habría elegido a alguna reina o persona de honor de quien descender; pero viene de padres humildes y oscuros, y que eran pobres se desprende de su ofrenda: «un par de tórtolas», que era la ofrenda habitual de los pobres. Lev 12:8. Cristo era tan pobre que, cuando necesitaba dinero, tenía que obrar un milagro para obtenerlo. Mat 17:27. Cuando murió no dejó testamento. Entró al mundo pobre.

(4:) Considera por qué vino. Para tomar nuestra carne y redimirnos; para introducirnos en un reino. Fue pobre para hacernos ricos. 2 Cor 8:9. Nació de una virgen para que nosotros pudiéramos nacer de Dios. Tomó nuestra carne para darnos su Espíritu. Yació en el pesebre para que nosotros pudiéramos yacer en el paraíso. Descendió del cielo para llevarnos al cielo. ¿Y qué fue todo esto sino amor? Si nuestros corazones no son de roca, este amor de Cristo debería afectarnos. ¡Contempla el amor que sobrepasa todo conocimiento! «Sean capaces de comprender, con todos los santos, cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento». Efesios 3:18-19.

(2.) Véase aquí la asombrosa humildad de Cristo. Cristo fue hecho carne. Que Cristo se revistiera de nuestra carne —un trozo de esa tierra que pisamos— ¡oh, humildad infinita! El hecho de que Cristo tomara nuestra carne fue uno de los escalones más bajos de su humillación. Se humilló más yaciendo en el vientre de la virgen que colgando en la cruz. No fue tanto para el hombre morir —cuanto para Dios hacerse hombre: ahí está la maravilla de la humildad. «Fue hecho a semejanza de hombres». Que Cristo se hiciera carne fue mayor humildad que si los ángeles se hubieran hecho gusanos. La carne de Cristo se llama velo: «A través del velo», es decir, su carne. El vestirse Cristo de nuestra carne veló su gloria. Que él se hiciera carne, siendo igual a Dios, ¡oh qué humildad! «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Estaba en el mismo plano que el Padre, era coesencial y consustancial con su Padre; y sin embargo, tomó carne. Se despojó de los mantos de su gloria y se cubrió con los harapos de nuestra humanidad.

Si Salomón se maravilló de que Dios habitara en el templo enriquecido y adornado de oro, ¡cuánto más podemos maravillarnos nosotros de que Dios habite en la naturaleza débil y frágil del hombre! Más aún, lo que es mayor humildad todavía: Cristo no solo tomó nuestra carne, sino que la tomó cuando estaba en lo peor, bajo el oprobio; como si un siervo vistiera la librea de un noble cuando este es acusado de alta traición.

Además de todo esto, tomó todas las debilidades de nuestra carne. Hay dos tipos de debilidades: las que son debilidades pecaminosas sin dolor, y las que son debilidades dolorosas sin pecado. Las debilidades pecaminosas (como ser avaro o ambicioso) no las tomó Cristo. Pero tomó las debilidades dolorosas, tales como:

(1.) Hambre. Llegó a la higuera y tuvo hambre. Mat 21:18-19.

(2:) Cansancio, como cuando se sentó en el pozo de Jacob a descansar. Juan 4:6.

(3:) Tristeza. «Mi alma está muy triste, hasta la muerte». Mat 26:38. Era una tristeza guiada por la razón, no perturbada por la pasión.

(4:) Temor. «Fue oído a causa de su temor». Heb 5:7.

Un grado adicional de la humildad de Cristo fue que no solo fue hecho carne, sino a semejanza de carne de pecado. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». 2 Corintios 5:21. Era como un pecador; tenía todo el pecado puesto sobre él, pero ningún pecado vivía en él. «Fue contado con los transgresores». Isa 53:12. Aquel que era contado entre las personas de la Trinidad fue dicho «llevar los pecados de muchos». Heb 9:28. Ahora bien, este fue el grado más bajo de la humillación de Cristo; que Cristo fuera tenido por pecador fue el mayor ejemplo de humildad. Que Cristo, que no toleraba el pecado en los ángeles, soportara que el pecado le fuera imputado a él, ¡es la humildad más asombrosa que jamás ha existido!

De todo esto, aprende a ser humilde. ¿Ves a Cristo humillarse, y tú eres orgulloso? El santo humilde es el retrato de Cristo. Cristianos, no se enorgullezcan de sus plumas finas. ¿Tienes bienes? No seas orgulloso. La tierra que pisas es más rica que tú; tiene minas de oro y plata en sus profundidades. ¿Tienes belleza? No seas orgulloso. No es más que aire mezclado con polvo. ¿Tienes habilidades e inteligencia? Sé humilde. Lucifer tiene más conocimiento que tú. ¿Tienes gracia? Sé humilde. No es de tu propia elaboración; fue dado a ti por Dios. ¿No sería necedad enorgullecerse de un anillo que solamente te han prestado? «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» 1 Corintios 4:7. Tienes más pecado que gracia, más manchas que hermosura. ¡Oh, contempla a Cristo, este raro ejemplo de humildad, y humíllate! Es una visión triste ver a Dios humillarse y al hombre exaltarse; ver a un Salvador humilde y a un pecador orgulloso. ¡Dios aborrece hasta la apariencia del orgullo! Dios no quería miel en el sacrificio. Lev 2:11. En efecto, la levadura es ácida; pero ¿por qué tampoco miel? Porque cuando la miel se mezcla con la harina, la hace crecer y levantarse; por eso, tampoco miel. ¡Dios aborrece la semejanza del pecado del orgullo! «Aborrezco la soberbia y la arrogancia». Proverbios 8:13. Mejor carecer de habilidades que de humildad. «Si Dios», dice Agustín, «no perdonó a los ángeles cuando se enorgullecieron, ¿te perdonará a ti, que no eres más que polvo y podredumbre?»

(3.) Contempla aquí un sagrado enigma o paradoja: «Dios manifestado en la carne». Que el hombre fuera hecho a imagen de Dios fue una maravilla; pero que Dios fuera hecho a imagen del hombre es una maravilla mayor. Que el Anciano de Días naciera; que aquel que truena en los cielos llorara en la cuna; que aquel que gobierna las estrellas mamara del pecho; que una virgen concibiera; que Cristo fuera hecho de una mujer, y de aquella mujer que él mismo hizo; que el renuevo sostuviera la vid; que la madre fuera más joven que el hijo que engendró, y que el hijo en el vientre fuera más grande que la madre; que la naturaleza humana no fuera Dios, y sin embargo fuera una con Dios: ¡este es el milagro más asombroso! La encarnación de Cristo es un misterio que nunca comprenderemos plenamente hasta llegar al cielo, cuando nuestra luz sea clara y nuestro amor perfecto.

(4.) De aquí, «Dios manifestado en la carne», Cristo nacido de una virgen —algo no solo extraño en la naturaleza, sino imposible— aprende: que no hay imposibilidades para Dios. Dios puede realizar cosas imposibles: que el hierro flote, que la roca mane agua, que el fuego consuma el agua en las zanjas. 1 Reyes 18:38. Es natural que el agua apague el fuego; pero que el fuego consuma el agua es imposible en el curso natural; sin embargo, Dios puede hacer todo esto. «Para ti no hay nada imposible». «Así dice el Señor Todopoderoso: Si esto pareciere imposible a los ojos del remanente de este pueblo en aquellos días, ¿también lo será delante de mis ojos?» Zac 8:6.

¿Cómo habría Dios de unirse a nuestra carne? Es imposible para nosotros, pero no para Dios; él puede hacer lo que trasciende la razón y supera la fe. No sería nuestro Dios si no pudiera hacer más de lo que podemos pensar. Ef 3:20. Puede reconciliar contrarios. ¡Cuán propensos somos a desanimarnos ante las imposibilidades aparentes! ¡Cuánto se nos cae el corazón cuando las cosas van en contra del sentido y la razón! Somos propensos a decir como aquel príncipe en 2 Reyes 7:1-2: «Aunque el Señor hiciera ventanas en el cielo, ¿podría suceder esto?» Era tiempo de hambre; ¿cómo podría venderse una medida de trigo a tan bajo precio? ¿Cómo podría ser esto? Así, cuando las cosas son contrarias o extrañas, el propio pueblo de Dios tiende a preguntarse cómo podrían llevarse a buen término.

Moisés, que era un hombre de Dios y una de las estrellas más brillantes que jamás brillaron en el cielo de la iglesia de Dios, tendía a desanimarse ante las imposibilidades aparentes. «Mas Moisés dijo: Seiscientos mil de a pie es el pueblo en medio del cual yo estoy; ¿y tú dices que les darás carne por un mes? ¿Se les matarán ovejas y bueyes para que les abunden? ¿O se juntarán para ellos todos los peces del mar para que tengan abasto?» Números 11:21-22. Como si dijera en lenguaje llano que no veía cómo el pueblo de Israel, siendo tan numeroso, podía ser alimentado por un mes. «Y el Señor respondió a Moisés: ¿Acaso se ha acortado la mano del Señor? Ahora verás si se cumple mi palabra o no». Versículo 23.

Aquel Dios que sacó a Isaac de un vientre muerto, y al Mesías de un vientre virginal, ¿qué no puede hacer? ¡Oh, reposemos en el brazo del poder de Dios, y creamos en él en medio de las imposibilidades aparentes! Recuerda: ¡no hay imposibilidades para Dios! Él puede sujetar un corazón orgulloso. Puede levantar una iglesia moribunda. ¡Cristo nacido de una virgen! El Dios hacedor de maravillas que obró esto puede realizar la mayor imposibilidad aparente.

Uso segundo: DE EXHORTACIÓN.

(1.) Puesto que Cristo tomó nuestra carne y nació de una virgen, esforcémonos para que él nazca espiritualmente en nuestros corazones. ¿De qué nos aprovecharía que Cristo naciera en el mundo, si no nace en nuestros corazones? No os maravilléis de que os diga: Cristo debe nacer en vuestros corazones. «Hasta que Cristo sea formado en vosotros». Ahora bien, examinad si Cristo ha nacido en vuestros corazones. ¿Cómo lo sabemos?

¿Hay dolores de parto antes del nacimiento? Así, antes de que Cristo nazca en el corazón, hay dolores espirituales; dolores de conciencia y hondas convicciones. «Se compungieron de corazón». Reconozco que en el nuevo nacimiento, algunos reciben más, otros menos dolores; no todos tienen los mismos dolores de pena y humillación; ¡pero todos tienen algún dolor! Si Cristo ha nacido en tu corazón, has sido profundamente afligido por el pecado. Cristo nunca nace en el corazón sin dolores. Muchos dan gracias a Dios por no haber tenido nunca turbación de espíritu, de haber estado siempre tranquilos; pero esta es señal de que Cristo aún no ha sido formado en ellos.

Cuando Cristo nació en el mundo, fue hecho carne; así, si ha nacido en tu corazón, hace de tu corazón un corazón de carne. «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne». Ezequiel 36:25-26. ¿Es tu corazón de carne? Antes era un corazón de roca, que no cedía a Dios ni recibía las impresiones de la Palabra; ahora es carnoso y tierno como la cera derretida, para recibir cualquier sello del Espíritu. Es señal de que Cristo ha nacido en nuestros corazones cuando son corazones de carne, cuando se derriten en lágrimas y en amor. ¿De qué sirve que Cristo se hiciera carne, si no te ha dado un corazón de carne?

Así como Cristo fue concebido en el vientre de una virgen, si ha nacido en ti, tu corazón es un corazón virginal en cuanto a sinceridad y santidad. ¿Estás purificado del amor al pecado? Si Cristo ha nacido en tu corazón, es un Sanctum Sanctorum, un lugar santísimo. Si tu corazón está contaminado por el amor predominante al pecado, no pienses que Cristo ha nacido allí; Cristo no volverá a yacer en un establo inmundo. Si ha nacido en tu corazón, ha sido consagrado por el Espíritu Santo.

Si Cristo ha nacido en tu corazón, será contigo como en un nacimiento. Hay vida. La fe es el órgano vital del alma. «Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Gál 2:20. Hay apetito. «Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada». La Palabra es como la leche materna: pura, dulce, nutritiva; y el alma en la que Cristo ha sido formado desea esta leche. Bernardo, en uno de sus soliloquios, se consuela pensando que seguramente tenía en él el nuevo nacimiento, porque encontraba en su corazón tan vivos anhelos y sed de Dios. Después de que Cristo nazca en el corazón, hay gran movimiento; hay un esfuerzo por entrar por la puerta estrecha y una violencia sobre el reino de los cielos. Mat 11:12. Por esto podemos saber que Cristo ha sido formado en nosotros. ¡Este es el único consuelo: que así como Cristo nació en el mundo, así ha nacido en nuestros corazones!

(2.) Así como Cristo fue hecho a nuestra imagen, esforcémonos por ser hechos a su imagen. «Dejándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas». 1 Pedro 2:21. «El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo». 1 Juan 2:6. «Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis». Juan 13:15. Habiendo Cristo encarnado sido hecho semejante a nosotros, esforcémonos por ser hechos semejantes a él. Hay cinco cosas en las que debemos esforzarnos por ser como Cristo.

(1:) Sed como Cristo en DISPOSICIÓN. Él era de una disposición dulcísima. «Era el deleite de la humanidad», dice Tito Vespasiano. Invita a los pecadores a acudir a él. Tiene corazón para compadecernos, pechos para alimentarnos, alas para cobijarnos. No rompería nuestro corazón sino con misericordia. ¿Fue Cristo hecho a nuestra semejanza? Seamos como él en dulzura de disposición; no seamos de espíritu hosco. De Nabal se dijo: «Es tan malhumorado que nadie puede hablarle». 1 Samuel 25:17. Algunos son de tan mal genio, como si fueran parientes de las bestias: se encienden de rabia y no exhalan sino venganza. O son como aquellos dos endemoniados del evangelio que salían de los sepulcros, y que «eran tan fieros que nadie podía pasar por aquel camino». Mat 8:28. Seamos como Cristo en mansedumbre y dulzura. Oremos por nuestros enemigos y venzámoslos con amor. La bondad de David derritió el corazón de Saúl. 1 Sam 24:16. Un corazón helado se descongelará con el fuego del amor.

(2:) Sed como Cristo en gracia y HUMILDAD. Él fue como nosotros al tener nuestra carne; seamos como él al tener su gracia. Debemos esforzarnos por ser como Cristo en humildad. «Se humilló a sí mismo». Dejó los mantos brillantes de su gloria para vestirse de los harapos de nuestra humanidad: ¡maravilla de humildad! Seamos como Cristo en esta gracia. «La humildad», dice Bernardo, «es el desprecio de la propia excelencia», una especie de auto-aniquilación. Esta es la gloria de un cristiano. Nunca somos tan hermosos a los ojos de Dios como cuando somos viles a nuestros propios ojos. En esto seamos como Cristo. La verdadera religión consiste en imitar a Cristo. Y en efecto, ¡qué razones tenemos para ser humildes, si miramos dentro de nosotros, a nuestro alrededor, debajo de nosotros y sobre nosotros!

Si miramos dentro de nosotros, aquí vemos nuestros pecados representados en el espejo de la conciencia: la lujuria, la envidia, la pasión. Nuestros pecados son como alimañas que se arrastran por nuestras almas. «¿Cuántas son mis iniquidades?» Job 13:23. Nuestros pecados son como las arenas del mar en número; como las rocas del mar en peso. Agustín exclama: «Mi corazón, que es el templo de Dios, está contaminado por el pecado».

Si miramos a nuestro alrededor, hay algo que puede humillarnos. Podemos ver a otros cristianos brillando por encima de nosotros en dones y gracias, como el sol supera a los planetas menores. Otros están cargados de fruto, y quizás nosotros solo tengamos aquí y allá una aceituna que muestre que somos del tipo correcto. Isa 17:6.

Si miramos debajo de nosotros, hay algo que puede humillarnos. Podemos ver la tierra madre de la cual salimos. La tierra es el elemento más vil: «Eran más viles que la tierra». Job 30:8.

«Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra». Génesis 2:7. «Volverás a la tierra, porque de ella fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás». Génesis 3:19. Tú que eres tan orgulloso, contempla tu linaje: ¡no eres más que barro que camina! ¿Y serás orgulloso? ¿Qué es el hombre? El hijo del polvo. ¿Y qué es el polvo? El hijo de la nada.

Si miramos sobre nosotros, hay algo que puede humillarnos. Si miramos al cielo, podemos ver a Dios resistiendo a los soberbios. Dios persigue a los soberbios en venganza. El hombre orgulloso es la diana a la que Dios apunta, y nunca yerra. Arrojó al orgulloso Lucifer del cielo; expulsó al orgulloso Nabucodonosor de su trono, y «fue expulsado de entre los hombres y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se empapaba con el rocío del cielo, hasta que su cabello creció como plumas de águila y sus uñas como garras de ave». Daniel 4:33. ¡Oh, entonces, sed como Cristo en humildad!

(3:) ¿Tomó Cristo nuestra carne? ¿Fue hecho como nosotros? Seamos hechos como él en CELO. «El celo de tu casa me consume, y los vituperios de los que te vituperan cayeron sobre mí». Salmo 69:9. Era celoso cuando su Padre era deshonrado. En esto seamos como Cristo, celosos de la verdad y la gloria de Dios, que son las dos perlas orientales de la corona del cielo. El celo es tan necesario para el cristiano como la sal para el sacrificio, o el fuego en el altar. El celo sin prudencia es temeridad; la prudencia sin celo es cobardía. Sin celo, nuestras devociones no son aceptas a Dios. El celo es como las cuerdas del laúd, sin las cuales el instrumento no produce música.

(4:) Sed como Cristo en el desprecio del MUNDO. Cuando Cristo tomó nuestra carne, no vino con el orgullo de la carne; no descendió inmediatamente de reyes y nobles, sino de padres humildes. Cristo no era ambicioso de títulos ni de honor. Declinó la dignidad y la grandeza mundanas tanto como otros las buscan. Cuando quisieron hacerle rey, lo rechazó; prefirió montar en el pollino de un asno antes que ser llevado en carro, y colgar en una cruz de madera antes que llevar una corona de oro. Desdeñó la pompa y la gloria del mundo. Ignoró los asuntos seculares. «¿Quién me ha puesto por juez?» Su trabajo no era arbitrar cuestiones jurídicas; no vino al mundo como magistrado, sino como Redentor. Era como una estrella en una órbita superior; no pensaba sino en el cielo. ¿Fue Cristo hecho como nosotros? Seamos hechos como él en celestialidad y desprecio del mundo. No seamos ambiciosos de los vacíos honores y glorias del mundo. No adquiramos el mundo a costa de perder el alma. ¿Qué sabio se condenaría a sí mismo para enriquecerse, o arrojaría su alma al infierno para edificar una hacienda terrenal? Sed como Cristo en un santo desprecio del mundo.

(5:) Sed como Cristo en SANTIDAD de vida. ¿Se encarnó Cristo? ¿Fue hecho como nosotros? Seamos hechos como él en santidad de vida. Ninguna tentación podía asirse a él. «El príncipe de este mundo viene, y él nada tiene en mí». Juan 14:30. La tentación para Cristo era como una chispa de fuego sobre una columna de mármol, que resbala. La vida de Cristo, dice Crisóstomo, era más brillante que los rayos del sol. Seamos como él en esto. «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir». 1 Pedro 1:15. «No somos», dice Agustín, «para ser como Cristo en hacer milagros, sino en una vida santa». Un cristiano debe ser a la vez imán y diamante: imán, en atraer a otros a Cristo; diamante, en proyectar un resplandor de santidad en su vida. ¡Oh, seamos tan justos en nuestros tratos, tan fieles en nuestras promesas, tan devotos en nuestra adoración, tan irreprensibles en nuestras vidas, que seamos los retratos ambulantes de Cristo! Así como Cristo fue hecho a nuestra semejanza, esforcémonos por ser hechos a la suya.

(3.) Si Jesucristo fue tan abajado por nosotros; si tomó nuestra carne —lo cual fue un menoscabo para él, una mezcla de polvo con oro—; si tanto se abajó por nosotros, estemos dispuestos a ser abajados por él. Si el mundo nos desprecia por causa de Cristo y ensucia nuestro nombre, soportémoslo con paciencia. Los apóstoles salieron del concilio «gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por el nombre de Cristo»; es decir, tuvieron la gracia de ser deshonrados por Cristo. Es una buena expresión de Agustín: «los que quitan la reputación a un santo, añaden a su recompensa». Mientras hacen que su reputación pese menos, harán que su corona pese más. ¡Oh, fue Cristo contento de humillarse y abajarse por nosotros, de tomar nuestra carne, y tomarla cuando estaba en oprobio! No pensemos mucho en ser abajados por Cristo. Di como David: «Si esto es ser vil, ¡aún más me humillaré!» «Si servir a mi Señor Cristo, si mantener mi conciencia pura, si esto es ser vil, ¡aún más me humillaré!»

Uso tercero: DE CONSUELO.

Jesucristo, al haber tomado nuestra carne, ha ennoblecido nuestra naturaleza. Nuestra naturaleza está ahora investida de mayores prerrogativas y privilegios que en el tiempo de la inocencia. Antes, en la inocencia, fuimos hechos a imagen de Dios; pero ahora, habiendo Cristo asumido nuestra naturaleza, somos hechos uno con Dios; nuestra naturaleza está ahora ennoblecida por encima de la naturaleza angélica. Al tomar Cristo nuestra carne, nos ha acercado más a sí mismo que a los ángeles. Los ángeles son sus amigos; los creyentes son carne de su carne, sus miembros. Ef 5:30; 1:23. ¡La misma gloria que se pone sobre la naturaleza humana de Cristo será puesta sobre los creyentes!