Una investigación
acerca de las obligaciones de los cristianos de emplear medios para la conversión de los paganos1
_«Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?» —_Romanos 10:12–15
Introducción
Puesto que nuestro bendito Señor nos ha requerido orar para que venga Su reino y se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, nos corresponde no solo expresar con palabras el deseo de tal acontecimiento, sino emplear todo método lícito para difundir el conocimiento de su nombre. Para ello es necesario que lleguemos, en alguna medida, a familiarizarnos con el estado religioso del mundo; y como este es un objeto que deberíamos vernos impulsados a perseguir, no solo por el evangelio de nuestro Redentor, sino aun por los sentimientos de humanidad. Así una inclinación hacia una actividad concienzuda en ello formaría una de las pruebas más fuertes de que somos sujetos de la gracia y partícipes de ese espíritu de benevolencia universal y filantropía genuina que aparece tan eminente en el carácter del mismo Dios.
El pecado fue introducido entre los hijos de los hombres por la caída de Adán y desde entonces ha estado difundiendo su perniciosa influencia. Mudando sus apariencias para acomodarse a las circunstancias de los tiempos, ha crecido en diez mil formas y constantemente ha contrarrestado la voluntad y los designios de Dios. Cabía suponer que la memoria del diluvio2 se habría transmitido de padre a hijo y habría apartado perpetuamente al género humano de transgredir la voluntad de su Hacedor; pero tan cegados estaban que, en los días de Abraham, prevalecía la maldad más grosera dondequiera que se plantaban colonias, y la iniquidad de los amorreos era grande, aunque no estaba aún colmada. Después de esto, la idolatría se extendió más y más, hasta que las siete naciones destinadas fueron cortadas con las más señaladas muestras del disgusto divino. Sin embargo, ni aun así se detuvo el progreso del mal, sino que los mismos israelitas con demasiada frecuencia se unieron con el resto de la humanidad contra el Dios de Israel. En un período, la ignorancia y la barbarie más crasas prevalecieron en el mundo; y luego, en una época más ilustrada, la incredulidad más atrevida y el desprecio de Dios, de modo que el mundo, que en otro tiempo estuvo inundado de ignorancia, ahora “no conoció a Dios por la sabiduría”, sino que “cambió la gloria del Dios incorruptible”, tanto como en las edades más bárbaras, “en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles” (1 Co. 1:21; Ro. 1:23). Es más: conforme aumentaban en ciencia y educación, incurrieron en idolatrías más abundantes y extravagantes.
Sin embargo, Dios manifestó repetidas veces su intención de prevalecer finalmente sobre todo el poder del diablo, destruir todas sus obras, y establecer Su propio reino e interés entre los hombres, extendiéndolo tan universalmente como Satanás había extendido el suyo. Fue para este propósito que el Mesías vino y murió, a fin de que Dios fuera justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Ro. 3:26). Habiendo puesto Su vida y tomándola otra vez, envió a Sus discípulos a predicar las buenas nuevas a toda criatura, y a procurar por todos los medios posibles atraer a un mundo perdido hacia Dios. Ellos salieron conforme a su comisión divina, y un éxito maravilloso acompañó sus labores. Los griegos civilizados y los bárbaros incivilizados por igual se rindieron ante la cruz de Cristo y la abrazaron como el único camino de salvación. Desde la era apostólica se han hecho muchos otros intentos por difundir el evangelio, los cuales han tenido un éxito considerable; sin embargo, una parte muy grande de la humanidad sigue aún envuelta en toda la oscuridad del paganismo. Algunos esfuerzos continúan haciéndose, pero son insignificantes en comparación con lo que podría hacerse si todo el cuerpo de los cristianos se entregara de corazón al espíritu del mandato divino en este asunto. Algunos apenas piensan en ello. Otros son inconscientes del estado del mundo, y otros aman más sus riquezas que las almas de sus semejantes.
A fin de que el tema sea considerado con mayor seriedad, me propongo: 1) indagar si la comisión dada por nuestro Señor a Sus discípulos no sigue siendo obligatoria para nosotros; 2) hacer una breve reseña de los esfuerzos anteriores; 3) dar algún informe del estado actual del mundo; 4) considerar la posibilidad de que se haga algo más de lo que se ha hecho, y 5) [considerar] el deber de los cristianos en general respecto a este asunto.