1. La practicabilidad de que se haga algo más por la conversión de los paganos

Los impedimentos para llevar el evangelio entre los paganos deben surgir, pienso yo, de una u otra de las siguientes causas: ya sea su distancia de nosotros, su modo de vida bárbaro y salvaje, el peligro de ser muertos por ellos, la dificultad de procurarse las cosas necesarias para la vida, o la ininteligibilidad de sus lenguas.

Primero, en cuanto a su distancia de nosotros: cualesquiera objeciones que pudieran haberse hecho por esa causa antes del descubrimiento de la brújula marina, nada puede alegarse hoy con el más mínimo tinte de plausibilidad en la época presente. Los hombres pueden ahora navegar con tanta certeza por el Gran Océano del Sur como por el Mediterráneo o cualquier otro mar menor. Sí, y la providencia parece, en cierto modo, invitarnos a la prueba, puesto que existen, como sabemos, compañías mercantiles cuyo comercio se extiende a muchos de los lugares donde habitan esos bárbaros. De tiempo en tiempo se envían barcos a visitar lugares de descubrimiento reciente y a explorar las partes más desconocidas; y cada nuevo informe sobre su ignorancia o crueldad debería despertar nuestra compasión y excitarnos a concurrir con la providencia en procurar su bien eterno. La Escritura, asimismo, parece señalar este método: «Ciertamente a mí esperarán los de la costa, y las naves de Tarsis desde el principio, para traer tus hijos de lejos, su plata y su oro con ellos, al nombre de Jehová tu Dios, y al Santo de Israel, que te ha glorificado» (Is. 60:9). Esto parece implicar que en el tiempo del glorioso aumento de la iglesia en los últimos días (de lo cual todo el capítulo es, sin duda, una profecía) el comercio servirá al avance del evangelio. Las naves de Tarsis eran embarcaciones comerciales que hacían viajes mercantiles a diversas regiones; por tanto, esto debe significar, al menos, que la navegación —especialmente la de carácter comercial— será uno de los grandes medios para llevar adelante la obra de Dios; y quizá también implique que habrá una muy considerable asignación de riquezas para ese propósito.

En segundo lugar, en cuanto a su modo de vida incivilizado y bárbaro, esto no puede ser una objeción para nadie, excepto para aquellos cuyo amor a la comodidad les hace reacios a exponerse a inconvenientes por el bien de otros.

No fue una objeción para los apóstoles ni para sus sucesores, que fueron entre los bárbaros Germanos y Galos, y aún entre los más bárbaros Britanos. No esperaron a que los antiguos habitantes de esas tierras se civilizaran antes de poder ser cristianizados, sino que fueron sencillamente con la doctrina de la cruz; y Tertuliano pudo gloriarse de que “aquellas partes de Britania que habían resistido a los ejércitos romanos fueron conquistadas por el evangelio de Cristo”. Tampoco fue una objeción para un Eliot o un Brainerd en tiempos más recientes. Ellos salieron y enfrentaron todas las dificultades de esa índole, y hallaron que una sincera recepción del evangelio producía aquellos felices efectos que el más prolongado trato con los europeos, sin él, jamás habría podido lograr. No es una objeción para los hombres de comercio. Solo se requiere que tengamos tanto amor por las almas de nuestros semejantes y copartícipes del pecado como ellos tienen por las ganancias que obtienen de unas cuantas pieles de nutria, y todas estas dificultades serían fácilmente superadas.

Después de todo, el estado incivilizado de los paganos, en lugar de ser una objeción contra la predicación del evangelio entre ellos, debiera ser un argumento a su favor. ¿Podemos, como hombres o como cristianos, oír que una gran parte de nuestros semejantes, cuyas almas son tan inmortales como las nuestras, y quienes son tan capaces como nosotros de adornar el evangelio y contribuir, por su predicación, escritos o prácticas, a la gloria del nombre de nuestro Redentor y al bien de Su iglesia, están envueltos en ignorancia y barbarie? ¿Podemos oír que están sin el evangelio, sin gobierno, sin leyes, sin artes ni ciencias, y no esforzarnos por introducir entre ellos los sentimientos de los hombres y de los cristianos? ¿No sería la difusión del evangelio el medio más eficaz para su civilización? ¿No los haría miembros útiles de la sociedad? Sabemos que tales efectos siguieron, en alguna medida, a los esfuerzos antes mencionados de Eliot, Brainerd y otros entre los indios americanos; y si se hicieran intentos semejantes en otras partes del mundo, y fueran acompañados de la bendición divina (como tenemos todo motivo para creer que lo serían), ¿no podríamos esperar ver teólogos capaces o leer tratados bien elaborados en defensa de la verdad, aun entre aquellos que hoy parecen apenas humanos?

En tercer lugar, respecto al peligro de ser muertos por ellos, es verdad que quien vaya debe poner su vida en sus manos y no consultar con carne y sangre; pero ¿no nos llaman la bondad de la causa, los deberes que nos incumben como criaturas de Dios y cristianos, y el estado de perdición de nuestros semejantes, a arriesgarlo todo y usar todos los esfuerzos legítimos para su beneficio? Pablo y Bernabé, que expusieron sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, no fueron reprendidos como temerarios, sino alabados por hacerlo; mientras que Juan Marcos, quien por timidez de ánimo los abandonó en su peligrosa empresa, fue censurado por ello. Después de todo, como ya se ha observado, dudo mucho que la mayoría de las barbaridades practicadas por los salvajes sobre quienes los han visitado no hayan tenido su origen en alguna ofensa real o supuesta, y por tanto sean más propiamente actos de defensa propia que pruebas de una disposición feroz.

No es de extrañar si la imprudencia de los marineros los impulsa a ofender al simple salvaje, y la ofensa es resentida; pero Eliot, Brainerd y los misioneros moravos han sido muy rara vez molestados. Es más, en general los paganos han mostrado disposición para oír la Palabra y han expresado principalmente su odio hacia el cristianismo a causa de los vicios de los cristianos nominales.

En cuarto lugar, en cuanto a la dificultad de procurarse las cosas necesarias para la vida, esta no sería tan grande como parece a primera vista; porque, aunque no pudiéramos conseguir alimentos europeos, podríamos obtener aquellos de los cuales los mismos nativos de los países que visitamos subsisten.

Y esto no sería sino pasar por lo que virtualmente hemos aceptado al entrar en el ministerio. Un ministro cristiano es una persona que, en un sentido peculiar, no se pertenece a sí mismo; es siervo de Dios, y por tanto debe estar enteramente consagrado a Él. Al entrar en ese oficio sagrado, asume solemnemente el compromiso de estar siempre ocupado, tanto como sea posible, en la obra del Señor, y de no elegir su propio placer o empleo, ni ejercer el ministerio como algo que sirva a sus propios fines o intereses, o como una obra secundaria1. Se compromete a ir donde Dios le plazca y a hacer o soportar lo que Él considere apropiado mandarle o llamarle a hacer en el ejercicio de su función. Virtualmente se despide de amigos, placeres y comodidades, y está dispuesto a soportar los mayores sufrimientos en la obra de su Señor y Maestro. Es incongruente que los ministros se complazcan en pensamientos de una audiencia numerosa, de amigos cordiales, de un país civilizado, de protección legal, de abundancia, esplendor o aun de simple comodidad2. Las persecuciones y el odio de los hombres, e incluso de amigos fingidos; las prisiones oscuras y los tormentos; la sociedad de bárbaros de habla extraña; las miserables condiciones en desolados parajes; el hambre y la sed, la desnudez, el cansancio y el trabajo penoso, y escaso estímulo terrenal, deben más bien ser los objetos de su expectativa. Así actuaron los apóstoles en los tiempos primitivos, soportando penalidades como buenos soldados de Jesucristo; y aunque nosotros, viviendo en un país civilizado donde el cristianismo es protegido por la ley, no seamos llamados a sufrir estas cosas mientras permanezcamos aquí, sin embargo, dudo que todos estén justificados en quedarse aquí, mientras tantos perecen sin medios de gracia en otras tierras. Estoy seguro de que es completamente contrario al espíritu del evangelio que sus ministros entren en él movidos por intereses3 personales o con grandes expectativas terrenales. Por el contrario, la comisión misma es un llamado suficiente para que se arriesguen a todo y, como los cristianos primitivos, vayan por todas partes predicando el evangelio.

Sin embargo, podría ser necesario que al menos dos fueran juntos; y en general, pensaría que lo mejor sería que fuesen hombres casados. Para evitar que su tiempo se emplee en procurarse lo necesario, podrían acompañarlos dos o más personas, con sus esposas y familias, quienes se ocuparían enteramente en proveer para ellos.

En la mayoría de los países sería necesario que cultivaran un pequeño terreno únicamente para su sustento, lo cual sería un recurso para ellos siempre que fallaran sus suministros. Sin mencionar las ventajas que obtendrían de la mutua compañía, esto reduciría el enorme gasto que siempre ha acompañado a empresas de este tipo, siendo el primer gasto el principal; pues aunque una colonia grande necesita apoyo durante un tiempo considerable, un número tan reducido, una vez obtenida su primera cosecha, podría mantenerse por sí mismo. Tendrían la ventaja de escoger su situación; sus necesidades4 serían pocas. Las mujeres, e incluso los niños, serían necesarios para los asuntos domésticos; y unos pocos animales5 —una o dos vacas, un toro y algunos otros de ambos sexos—, muy pocos utensilios de labranza, y algo de grano para sembrar la tierra serían suficientes. Los que acompañen a los misioneros deberían conocer la agricultura, la pesca, la caza, etc., y estar provistos de los instrumentos necesarios para tales fines. En realidad, podrían idearse muchos métodos, y una vez emprendida la obra, se nos ocurrirían muchas cosas de las cuales ahora no podemos formarnos idea.

En quinto lugar, en cuanto al aprendizaje de sus lenguas, serían necesarios los mismos medios que se emplean en el comercio entre diferentes naciones. En algunos casos podrían obtenerse intérpretes que fueran empleados por un tiempo; y cuando no los hubiera, los misioneros deberán tener paciencia y mezclarse con el pueblo hasta aprender lo suficiente de su lengua como para poder comunicarles sus ideas. Es bien sabido que no se requieren talentos extraordinarios para aprender, en el espacio de un año o dos a lo sumo, la lengua de cualquier pueblo de la tierra, al menos lo suficiente para transmitirles los sentimientos que deseamos hacerles entender.

Los misioneros deben ser hombres de gran piedad, prudencia, valor y paciencia, de ortodoxia indudable en su doctrina, y deben entregarse de todo corazón al espíritu de su misión. Deben estar dispuestos a dejar atrás todas las comodidades de la vida y a afrontar todas las dificultades de un clima tórrido o frígido, un modo de vida incómodo, y cualquier otra incomodidad que acompañe esta empresa. Debe proveérseles ropa, algunos cuchillos, pólvora y munición, aparejos de pesca y los instrumentos agrícolas antes mencionados; y cuando lleguen al lugar de su destino, su primer deber debe ser adquirir cierto conocimiento del idioma de los nativos (para lo cual dos serían mejor que uno), y procurar por todos los medios legítimos cultivar amistad con ellos, y tan pronto como sea posible hacerles saber el propósito por el cual fueron enviados. Deben esforzarse en convencerlos de que fue únicamente por su bien que abandonaron a sus amigos y todas las comodidades de su patria. Deben ser muy cuidadosos de no resentirse por las ofensas que se les hagan, ni pensar tan altamente de sí mismos como para despreciar a los pobres paganos, y con ello echar los cimientos de su resentimiento o del rechazo del evangelio. Deben aprovechar toda oportunidad para hacerles el bien, y trabajando y afanándose noche y día, deben instruir, exhortar y reprender, con toda paciencia y con ansioso deseo por ellos; y, sobre todo, deben ser insistentes6 en oración por la efusión7 del Espíritu Santo sobre el pueblo a su cargo. Si misioneros de esta descripción se dedicaran a la obra, veríamos que no es impracticable.

También podría ser de gran importancia, si Dios bendice sus labores, que fomenten cualquier indicio de dones espirituales entre las personas a su cuidado. Si tales hombres fueran levantados, se obtendrían muchas ventajas de su conocimiento del idioma y las costumbres de sus compatriotas; y su cambio de conducta daría gran peso a su ministración.

Footnotes

  1. obra secundaria – trabajo secundario, realizado en los intervalos de ocio, en contraposición al oficio principal.

  2. comodidad – sustento o posición económica acomodada.

  3. intereses – egoísta; movido por intereses personales.

  4. necesidades – requerimientos.

  5. animales – ganado doméstico.

  6. insistentes – fervorosos; perseverantes.

  7. efusión – derramamiento (especialmente del Espíritu Santo).