1. El deber de los cristianos y los medios que deben emplearse para promover esta obra

Si las profecías concernientes al aumento del reino de Cristo son verdaderas, y si lo que se ha expuesto acerca de la comisión dada por Él a sus discípulos, como obligatoria para nosotros, es justo, entonces debe inferirse que todos los cristianos deben concurrir de corazón con Dios en la promoción de Sus gloriosos designios; porque «el que se une al Señor, un espíritu es con Él» (1 Co. 6:17).

Una de las primeras y más importantes de las obligaciones que recaen sobre nosotros es la oración ferviente y unida. Aunque muchos desprecien y ridiculicen la influencia del Espíritu Santo, se hallará, al ponerlo a prueba, que todos los medios que podamos usar sin Él serán infructuosas. Si se ha de levantar un templo para Dios en el mundo pagano, no será «con ejército, ni con fuerza», ni por la autoridad del magistrado, ni por la elocuencia del orador, «sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zac. 4:6). Debemos, por tanto, ser verdaderamente sinceros al suplicar Su bendición sobre nuestros trabajos. Se representa en los profetas que, cuando haya «gran llanto» en la tierra, «como el llanto de Hadadrimón en el valle de Meguido», y cada familia llore aparte, «y sus mujeres por sí», todo ello será resultado de un «espíritu de gracia y de oración» (Zac. 12:10–14). Y cuando estas cosas tengan lugar, se promete que «en aquel día habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia»; y que los ídolos serán destruidos, y los falsos profetas se avergonzarán de su profesión (Zac. 13:1–4). Esta profecía parece enseñar que, cuando haya una conjunción universal1 en oración ferviente, y todos estimen el bienestar de Sion como propio, entonces serán derramadas copiosas influencias del Espíritu sobre las iglesias, las cuales, como un manantial purificador, limpiarán a los siervos del Señor. Ni se detendrá allí esa influencia purificadora: todas las antiguas supersticiones idólatras serán arrancadas, y la verdad prevalecerá tan gloriosamente que los falsos maestros se avergonzarán tanto, que preferirán ser contados entre los humildes pastores o los campesinos más pobres, antes que soportar la ignominia que acompañará a su desenmascaramiento.

Las obras más gloriosas de la gracia que jamás han tenido lugar han sido en respuesta a la oración; y es de este modo —tenemos el mayor motivo para suponerlo— que será concedido, al fin, el glorioso derramamiento del Espíritu que esperamos.

Con respecto a nuestras propias relaciones más inmediatas, en estos últimos años hemos sido favorecidos con algunas señales para bien, concedidas en respuesta a la oración, las cuales deberían animarnos a perseverar y aumentar en este importante deber. Confío en que nuestras reuniones mensuales de oración por el éxito del evangelio no han sido en vano. Es cierto que a nuestras oraciones las acompaña, en general, una falta de importunidad2; pero, aunque hayan sido débiles y poco fervientes, es de creer que Dios las ha oído y, en cierta medida, respondido. Las iglesias que han participado de esta práctica, en general, han crecido evidentemente desde ese tiempo. Algunas controversias que por largo tiempo han turbado y dividido a la iglesia se han aclarado más que nunca. Hay llamados a predicar el evangelio en muchos lugares donde antes no se acostumbraba publicarlo. Sí, se ha abierto una puerta gloriosa, y parece que se abrirá cada vez más, mediante la extensión de la libertad civil y religiosa, acompañada también de una disminución del espíritu del papado. Se ha hecho un noble esfuerzo por abolir el inhumano comercio de esclavos, y aunque por ahora no ha tenido tanto éxito como se desearía, hay esperanza de que se persevere hasta lograrlo. Mientras tanto, es motivo de satisfacción considerar que la reciente3 derrota del intento de abolición del tráfico de esclavos ha sido ocasión de un loable esfuerzo por establecer una colonia libre en Sierra Leona, en la costa de África, esfuerzo que, si es bendecido por Dios, no solo promete abrir el camino a un comercio honorable con ese extenso país y a la civilización de sus habitantes, sino que puede ser el medio feliz de introducir entre ellos el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Estos son acontecimientos que no deben pasar desapercibidos. No deben ser tenidos por cosas pequeñas; y sin embargo, quizá sean pequeñas comparadas con lo que podría haberse esperado si todos hubiesen entrado cordialmente en el espíritu de esta propuesta, haciendo la causa de Cristo su propia causa; o, dicho de otro modo, si hubiesen mostrado tal solicitud por ella como si su propia ventaja dependiera de su éxito. Si una santa solicitud4 hubiese prevalecido en todas las asambleas de los cristianos en favor del reino de su Redentor, probablemente ya habríamos visto no solo una puerta abierta para el evangelio, sino también “muchos correr de aquí para allá y multiplicarse la ciencia” (Dn. 12:4); es decir, un uso diligente de los medios que la providencia ha puesto en nuestras manos, acompañado de una bendición extraordinaria del cielo.

Muchos no pueden hacer otra cosa que orar; y la oración es, quizá, la única cosa en la que los cristianos de todas las denominaciones pueden unirse cordialmente y sin reservas; pero en esto podemos ser todos uno, y en esto debe prevalecer la más estricta unanimidad. Si todo el cuerpo estuviera animado por un mismo espíritu, ¡con cuánta alegría asistirían los cristianos a todos los deberes de la religión, y con cuánto gozo atenderían sus ministros a toda la obra de su vocación!

Sin embargo, no debemos contentarnos con orar sin esforzarnos en usar los medios para obtener aquello por lo que oramos. Si los hijos de luz fuesen tan sabios en su generación como los hijos de este siglo, estirarían cada nervio para alcanzar un premio tan glorioso, y nunca imaginarían que ha de obtenerse de otro modo.

Cuando una compañía comercial ha obtenido su carta constitutiva, usualmente la aprovecha hasta sus límites máximos; y sus fondos, sus barcos, sus oficiales y sus hombres son escogidos y organizados de tal modo que probablemente logren su propósito. Pero no se detienen allí; alentados por la expectativa del éxito, emplean todo esfuerzo, “echan su pan sobre las aguas”, cultivan amistad con todos aquellos de quienes esperan obtener la mínima ventaja de información. Cruzan los mares más anchos y tempestuosos y enfrentan los climas más desfavorables. Se introducen entre las naciones más bárbaras y a veces padecen las más dolorosas dificultades. Sus mentes permanecen en un estado de ansiedad y suspenso, y una demora más larga de lo usual en la llegada de sus embarcaciones los agita con mil pensamientos variables y aprensiones temerosas, las cuales continúan hasta que los ricos retornos llegan seguros al puerto. Pero ¿por qué estos temores? ¿De dónde vienen todas estas inquietudes y este trabajo? ¿No es porque sus almas participan del espíritu del proyecto, y su felicidad, en cierto modo, depende de su éxito? Los cristianos son un cuerpo cuyo interés más verdadero radica en la exaltación del reino del Mesías. Su carta constitutiva es muy amplia, sus estímulos sumamente grandes, y las recompensas prometidas infinitamente superiores a todas las ganancias de la más lucrativa compañía. Así pues, que cada uno, en su lugar, se considere obligado a actuar con todas sus fuerzas y de todas las maneras posibles para Dios.

Supongamos que una compañía de cristianos serios —ministros y personas a monto privado— se constituyera en una sociedad y estableciera un número de reglas respecto a la organización del plan y de las personas que habrían de ser empleadas como misioneros, los medios para sufragar los gastos, etc. Esta sociedad debería componerse de personas cuyos corazones estén en la obra, hombres de religión seria y poseedores de un espíritu de perseverancia. Debe haber una determinación de no admitir a ninguna persona que no sea de esta descripción, ni retenerla por más tiempo del que se mantenga conforme a ella.

De tal sociedad podría nombrarse un comité cuya tarea sería obtener toda la información posible sobre el asunto, recibir las contribuciones, indagar sobre el carácter, temperamento, habilidades y convicciones religiosas de los misioneros, y también proveerles lo necesario para sus empresas. Asimismo, deberán prestar gran atención a las motivaciones de aquellos que se comprometan en esta obra; pues por falta de esto, las misiones a las Islas de las Especias, enviadas por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, se corrompieron muy pronto, y muchos fueron más con el fin de establecerse en un lugar donde la ganancia temporal los atraía que con el propósito de predicar a los pobres indios. Esto introdujo pronto un número de personas indolentes o disolutas, cuyas vidas fueron un escándalo para las doctrinas que predicaban, y por medio de las cuales el evangelio fue expulsado de Ternate5 en 1694, y el cristianismo cayó en gran descrédito en otros lugares.

Si hay algún motivo para que espere tener alguna influencia sobre mis hermanos y compañeros cristianos, probablemente sea más especialmente entre los de mi propia denominación. Por tanto, propondría que tal sociedad y comité se formaran entre los Bautistas Particulares6.

No quiero decir con esto que deba restringirse en modo alguno a una sola denominación cristiana. Deseo de todo corazón que todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad se involucren de una u otra forma en esta causa. Pero, en el presente estado dividido de la cristiandad, sería más probable que se hiciera el bien si cada denominación se comprometiera por separado en la obra, que si emprendieran todos conjuntamente una sola empresa. Hay espacio suficiente para todos, sin interferir unos con otros; y si no se diera ninguna interferencia hostil, cada denominación mostraría buena voluntad hacia las demás, deseando y orando por su éxito, considerándolo en conjunto favorable para la gran causa de la verdadera religión. Pero si todos se mezclaran, es probable que sus disensiones privadas enfriaran su espíritu y retardaran mucho su utilidad pública.

Con respecto a las contribuciones para sufragar los gastos, sin duda se necesitará dinero7; y supongamos que los ricos destinaran una porción de aquella riqueza sobre la cual Dios los ha hecho administradores a esta importante empresa; quizá haya pocas maneras en que al final pueda invertirse de modo más provechoso. Ni debería esto limitarse a los ricos. Si las personas en circunstancias más moderadas dedicaran una parte —supongamos una décima parte— de su incremento anual al Señor, no solo correspondería a la práctica de los israelitas, que vivieron bajo la economía mosaica, sino también a la de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, antes de que aquella dispensación comenzara. Muchos de nuestros más eminentes antepasados entre los puritanos siguieron esa práctica; y si ahora se observara, no solo habría suficiente para sostener el ministerio del evangelio en casa y para fomentar la predicación en las aldeas de nuestros respectivos vecindarios, sino también para cubrir los gastos de llevar el evangelio al mundo pagano.

Si las congregaciones abrieran suscripciones de un penique[^74] o más por semana, según sus circunstancias, y lo depositaran como un fondo para la propagación del evangelio, podría recaudarse mucho de esta manera. Por medios tan sencillos, pronto podrían tener en su poder introducir la predicación del evangelio en la mayoría de las aldeas de Inglaterra, donde, aunque hay hombres establecidos cuyo deber debiera ser dar luz a los que están en tinieblas, es bien sabido que no la dan. Donde no hubiera quien abriese su casa para la recepción del evangelio, podría conseguirse algún otro edificio por una pequeña suma, y aun así podría sobrar algo considerable para los comités bautistas, u otros, destinados a la propagación del evangelio entre los paganos.

Muchas personas han abandonado recientemente el uso del azúcar de las Indias Occidentales a causa de la inicua manera en que se obtiene. Las familias que así lo han hecho y no han sustituido nada en su lugar no solo han limpiado sus manos de sangre, sino que además han producido un ahorro para sus hogares, algunos de seis peniques, y otros de un chelín por semana. Si esto, o una parte de ello, se destinara a los fines antes mencionados, bastaría abundantemente. Solo necesitamos mantener el fin en vista y tener nuestros corazones enteramente comprometidos en su búsqueda, y los medios no serán muy difíciles.

Somos exhortados a “atesorar tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:19–20). También se declara que «todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gál. 6:7).

Estas Escrituras nos enseñan que los gozos de la vida venidera guardan una estrecha relación con la presente, una relación semejante a la de la cosecha con la semilla. Es cierto que toda recompensa es por pura gracia, pero no por eso deja de ser alentadora. ¡Qué tesoro, qué cosecha debe esperar a tales hombres como Pablo, Eliot, Brainerd y otros, que se entregaron por completo a la obra del Señor! ¡Qué cielo será contemplar las innumerables miríadas de pobres paganos —entre ellos también Británicos— que por sus labores fueron llevados al conocimiento de Dios! Seguramente una corona de gozo como esta vale la pena de ser anhelada. Seguramente vale la pena que nos entreguemos con todas nuestras fuerzas a promover la causa y el reino de Cristo.

Footnotes

  1. conjunción – unión; concurrencia; combinación.

  2. importunidad – falta de insistencia o de fervor persistente.

  3. reciente – Se refiere a que, en ese momento (finales del siglo XVIII), el Parlamento británico aún no había aprobado la abolición del comercio de esclavos, a pesar de los intensos esfuerzos de abolicionistas como William Wilberforce. Hubo varios intentos fallidos antes de que finalmente se lograra la abolición del tráfico en 1807.

  4. solicitud – preocupación; cuidado.

  5. Ternate – ciudad de la provincia indonesia de Maluku del Norte y una isla del archipiélago de las Molucas.

  6. Bautistas Particulares – bautistas calvinistas que surgieron en Inglaterra en el siglo XVII y recibieron su nombre de la doctrina de la redención particular (es decir, que Cristo murió eficazmente por los elegidos).

  7. necesitado – que se requiere o hace falta.