- Una historia de los esfuerzos misioneros
Antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, el mundo entero era o bien pagano o judío; y ambos, en cuanto al grueso de ellos, eran enemigos del evangelio. Después de la resurrección, los discípulos permanecieron en Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Estando diariamente dedicados a la oración y la súplica, y habiendo escogido a Matías para ocupar el lugar de Judas en el oficio apostólico, en aquel día solemne en que todos estaban reunidos, tuvo lugar un derramamiento muy notable del Espíritu Santo, y se les concedió la capacidad de hablar en todas las lenguas extranjeras. Esta oportunidad fue aprovechada por Pedro para predicar el evangelio a una gran congregación de judíos y prosélitos, que provenían de Partia, Media, Elam, Mesopotamia, Judea, Capadocia, Asia proconsular, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Creta, Arabia, Roma, etc.; y en aquel primer esfuerzo, Dios obró tan poderosamente que tres mil fueron convertidos, quienes inmediatamente después fueron bautizados y añadidos a la iglesia. Antes de esta gran adición, eran solo unos ciento veinte, pero desde entonces crecieron continuamente. Poco después de esto, Pedro y Juan, subiendo al templo, sanaron al hombre cojo. Este milagro atrajo a una gran multitud, y Pedro aprovechó la ocasión, mientras ellos se maravillaban del suceso, para predicarles a Jesucristo. La consecuencia fue que cinco mil más creyeron.
Esto no se hizo sin oposición. Los Sacerdotes y los saduceos intentaron por todos los medios que pudieron inventar impedirles predicar el evangelio. Los apóstoles, sin embargo, afirmaron su autoridad divina, y tan pronto como fueron puestos en libertad, se dirigieron a Dios y oraron para que un poder divino acompañara sus labores; esta petición fue oída, y su ministerio futuro fue muy exitoso. A causa de las necesidades de aquellos que estaban dedicados a esta buena obra, los que entre ellos poseían tierras o bienes las vendían y dedicaban el dinero a usos piadosos.
Por aquel tiempo, un hombre y su esposa, con grandes pretensiones de piedad, vendieron una propiedad y llevaron parte del dinero a los apóstoles, fingiendo que era la totalidad. Por este fingimiento1, tanto él como su esposa fueron heridos de muerte por la mano de Dios. Esta espantosa catástrofe, sin embargo, fue ocasión de que muchos más hombres y mujeres fueran añadidos a la iglesia. Los milagros obrados por los apóstoles y el éxito que acompañaba su ministerio provocaron mayor envidia en los sacerdotes y los Saduceos, quienes los encarcelaron. De esta prisión fueron pronto liberados por un ángel, tras lo cual, como se les mandó, fueron inmediatamente y predicaron en el templo. Allí fueron nuevamente apresados y llevados ante el concilio, donde Gamaliel habló en su favor y fueron liberados. Después de esto continuaron su labor, regocijándose de haber sido tenidos por dignos de sufrir afrenta por el nombre de Cristo.
Para entonces, la iglesia en Jerusalén había crecido tanto que la multiplicidad de sus asuntos temporales causó ciertos descuidos, los cuales produjeron descontento. Los apóstoles, por tanto, recomendaron a la iglesia escoger a siete hombres piadosos, cuyo oficio sería atender los asuntos temporales, para que ellos pudiesen dedicarse a la oración y al ministerio de la palabra. En consecuencia, fueron elegidos siete, sobre los cuales los apóstoles oraron y los ordenaron al oficio de diáconos mediante la imposición de manos; y estando estas cosas en orden, la iglesia creció más y más. Uno de estos diáconos, llamado Esteban, hombre de eminente conocimiento y santidad, realizó muchos milagros y disputó con gran evidencia y energía por la verdad del cristianismo, lo cual le atrajo numerosos oponentes. Estos pronto lograron su muerte y extendieron su furia hasta provocar una persecución tan grande que la iglesia, que hasta entonces había estado confinada en Jerusalén, fue dispersada, y todos los predicadores, excepto los apóstoles, fueron expulsados de allí, e «iban por todas partes anunciando la palabra» (Hch. 8:4).
Un joven llamado Saulo fue muy activo en esta persecución. Había sido instruido bajo Gamaliel, miembro del Sanedrín; era un hombre de gran talento prometedor, fariseo de profesión, y muy apegado a las ceremonias judías. Cuando Esteban fue apedreado, se mostró muy complacido con ello y custodió las ropas de sus verdugos; y desde aquel tiempo fue inflamado con tal espíritu de persecución que andaba de un lugar a otro arrastrando a algunos a la prisión y obligando a otros a blasfemar el nombre del Señor Jesús. Ni siquiera se contentó con ejercer su furia en Jerusalén, sino que fue a los principales sacerdotes y obtuvo cartas de autoridad para continuar la misma obra en Damasco. Pero en el camino, cuando estaba ya casi entrando en la ciudad, el Señor cambió su corazón de una manera maravillosa, de modo que, en lugar de entrar en la ciudad para perseguir, comenzó a predicar el evangelio tan pronto como le fue posible. Esto atrajo sobre él inmediatamente la misma persecución que había planeado ejercer sobre otros, y aun puso en peligro su vida; de modo que los hermanos hallaron necesario descolgarlo por el muro de la ciudad en una canasta durante la noche, y así escapó de las manos de sus enemigos. Desde allí fue a Jerusalén, donde predicó la Palabra, pero siendo también perseguido allí, partió hacia Cesarea y de allí a Tarso.
Durante este tiempo de tribulación en la iglesia, Felipe fue y predicó en Samaria con gran éxito. Tan grande fue la obra que un impostor, que por largo tiempo había engañado al pueblo con trucos de prestidigitación2, quedó tan asombrado, e incluso convencido, que profesó ser cristiano y fue bautizado; pero luego fue descubierto y resultó ser un hipócrita. Aparte de él, un gran número creyó de verdad; y siendo bautizados, se formó allí una iglesia. Poco después de esto, el Señor mandó a Felipe que fuera por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, y así lo hizo. Allí encontró a un eunuco de gran autoridad en la corte de Etiopía, a quien predicó a Cristo, quien creyó y fue bautizado; después de lo cual Felipe predicó en Asdod, o Azoto.
Casi al mismo tiempo, Pedro fue a Lida (o Dióspolis) y sanó a un hombre llamado Eneas, que padecía de parálisis. Este milagro fue el medio para la conversión, no solo de los habitantes de aquella ciudad, sino también de la región vecina llamada Sarón, cuya capital era La-sarón. Mientras estaba allí, ocurrió algo que contribuyó mucho a la propagación de la verdad: una mujer de Jope, ciudad portuaria cercana, murió; enviaron a Lida por Pedro, quien fue, y después de orar, la resucitó. Esto fue ocasión de la conversión de muchos en aquella ciudad. Pedro permaneció allí predicando por algún tiempo y se hospedó en casa de un curtidor.
Entonces ocurrió otro suceso que contribuyó aún más a la propagación del cristianismo: un oficial romano, que tenía cierto conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento, aunque no estaba circuncidado, se hallaba un día orando en su casa en Cesarea, cuando un ángel se le apareció y le ordenó enviar por Pedro a Jope para que predicase en su casa.
Hasta este punto, la obra de Dios había estado confinada únicamente a los judíos y prosélitos judíos, y aun los mismos apóstoles parecían tener ideas muy limitadas acerca del alcance de la dispensación cristiana; pero ahora Dios, por medio de una visión, mostró3 a Pedro que el cristianismo debía extenderse a todas las naciones. En consecuencia, fue y predicó en la casa de Cornelio, en Cesarea, donde varios fueron convertidos y bautizados, y se estableció la base de una iglesia en aquella ciudad.
Algunos de los ministros dispersos, habiendo huido a Antioquía de Siria, comenzaron a predicar a los griegos en esa ciudad más o menos al mismo tiempo, y tuvieron buen éxito. Por tanto, los apóstoles enviaron a Pablo y a Bernabé, quienes los instruyeron y fortalecieron, y también se formó allí una iglesia, la cual, en poco tiempo, envió a varios predicadores eminentes.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles tenemos el relato de cuatro de los principales viajes que Pablo y sus compañeros emprendieron. El primero, en el cual fue acompañado por Bernabé, se registra en los capítulos 13 y 14, y fue el primer ataque directo al mundo pagano. Fue un viaje por Asia Menor. En su camino pasaron por la isla de Chipre. Tan pronto como emprendieron su empresa, encontraron grandes dificultades; porque Marcos, a quien habían tomado como su ministro, los abandonó y volvió a Jerusalén, donde, según parece, pensó que disfrutaría de mayor tranquilidad. Pablo y Bernabé, sin embargo, continuaron adelante. En cada ciudad predicaban la Palabra del Señor, entrando en las sinagogas de los judíos, y primero predicaban a Cristo a ellos y luego a los gentiles. Fueron escuchados con gran atención y buena disposición por algunos, y rechazados por otros con obstinación, ira y cruel persecución. En una ocasión, apenas pudieron impedir que la gente los adorara como dioses; y poco después, Pablo fue apedreado, arrastrado fuera de la ciudad y dejado por muerto.
Habiendo llegado hasta Derbe, juzgaron conveniente regresar por el mismo camino por el que habían venido, visitando cada ciudad donde habían sembrado la buena semilla, y hallando en la mayoría, si no en todas, algunos que habían abrazado el evangelio, los exhortaron y fortalecieron en la fe, los organizaron como una iglesia constituida y ordenaron ancianos; ayunaron y oraron con ellos, y, encomendándolos al Señor en quien habían creído, regresaron a Antioquía de Siria, de donde habían partido al principio, y relataron a la iglesia todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles.
Por este tiempo, habiendo surgido una disputa en las iglesias respecto a la circuncisión, Pablo y Bernabé fueron designados para subir a Jerusalén a consultar con los apóstoles y ancianos sobre el asunto. Resuelto4 este tema, regresaron a Antioquía acompañados de Judas y Silas, llevando la resolución general, y permanecieron allí por un tiempo, enseñando y predicando la Palabra del Señor.
Pablo propuso entonces a Bernabé, su compañero de labor, visitar a los hermanos en los lugares donde ya habían estado y ver cómo estaban. Bernabé accedió con prontitud, pero habiendo surgido una diferencia entre ellos acerca de llevar consigo a Juan Marcos, quien los había abandonado anteriormente, estos dos eminentes siervos de Dios se separaron, y no parecen haber vuelto a viajar juntos. No obstante, ambos continuaron sirviendo en la causa de Cristo, aunque ya no anduvieron en compañía. Bernabé tomó a Juan y navegó a Chipre, su isla natal; y Pablo tomó a Silas y pasó por Siria y Cilicia hasta Derbe y Listra, ciudades donde él y Bernabé habían predicado en su primera excursión.
Allí encontraron a Timoteo, un joven prometedor, a quien animaron a dedicarse al ministerio.
Pablo, hallándose ahora en Listra —que era el límite de su primera excursión—, y habiendo visitado las iglesias ya establecidas, entregándoles los decretos de los apóstoles y ancianos respecto a la circuncisión, parece haber sentido su corazón ensancharse, y procuró5 continuar la gloriosa obra de predicar el evangelio a los paganos con mayor alcance. Junto con Silas y Timoteo, en su segundo viaje6 tomó dirección occidental, pasando por Frigia y la región de Galacia. Habiendo predicado la Palabra en esas partes con considerable éxito (Hch. 18:23; Gál. 1:2), él y sus compañeros desearon ir a la Asia proconsular, y después intentaron ir a Bitinia; pero fueron impedidos por el Espíritu Santo, quien parecía tener el propósito especial de emplearlos en otra parte. Pasando entonces junto a Misia, descendieron a Troas, en la costa del mar. Allí se le apareció a Pablo una visión en la cual se le invitaba a pasar a Macedonia. Obediente a la visión celestial, y grandemente animado por ella, cruzaron sin demora el mar Egeo, y pasando por la isla de Samotracia, desembarcaron en Neápolis y de allí fueron a Filipos, la ciudad principal de aquella parte de Macedonia. Fue allí donde Pablo predicó en un Sabbath a unas pocas mujeres junto a un río, y Lidia, una mujer de Tiatira, fue convertida y bautizada, junto con su familia. También allí una pobre muchacha, que daba a sus amos gran ganancia adivinando, siguió a los apóstoles, y su espíritu de adivinación fue expulsado; lo cual irritó mucho a sus dueños, quienes levantaron un tumulto, cuyo resultado fue que Pablo y Silas fueron encarcelados. Pero aun esto fue dirigido para el bien del evangelio, pues el carcelero y toda su casa fueron traídos a la fe en el Señor Jesucristo y fueron bautizados.
Desde Filipos pasaron por Anfípolis, Apolonia, Tesalónica (hoy Salónica), Berea, Atenas y Corinto, predicando el evangelio dondequiera que iban. Desde allí Pablo se embarcó rumbo a Siria, deteniéndose brevemente en Éfeso, decidido a llegar a Jerusalén para la fiesta de la Pascua; y habiendo saludado a la iglesia, vino a Cesarea y de allí a Antioquía.
Así terminó el segundo viaje de Pablo, el cual fue muy extenso y le ocupó varios años de su vida. Él y sus compañeros encontraron muchas dificultades, pero también recibieron grandes consuelos. Fueron perseguidos en Filipos, como ya se mencionó, y en general hallaron que los judíos eran sus enemigos más encarnizados7. Estos levantaban tumultos, incitaban las mentes de los gentiles contra ellos, y los seguían de un lugar a otro haciéndoles todo el daño posible. Tal fue el caso especialmente en Tesalónica, Berea y Corinto. Pero en medio de todas sus persecuciones, Dios estaba con ellos y los fortalecía de diversas maneras. En Berea fueron recibidos con imparcialidad, y su doctrina fue examinada con la Sagrada Escritura; por lo cual se dice: «Así que creyeron muchos de ellos» (Hch. 17:12). En otros lugares, aunque algunos fingían8 despreciar al apóstol, sin embargo, algunos se unieron a él. En Corinto la oposición se elevó a gran altura; pero el Señor se apareció a su siervo en una visión, diciendo: «No temas, sino habla y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad» (Hch. 18:9–10). Y la promesa se cumplió abundantemente en la actitud del procónsul Galión, quien hizo oídos sordos a las acusaciones de los judíos y sabiamente rehusó intervenir en asuntos fuera de su provincia9. En conjunto, durante este viaje se plantaron varias iglesias que, por siglos después, resplandecieron como luminares en el mundo.
Habiendo visitado Antioquía y pasado algún tiempo allí, Pablo se preparó para un tercer viaje a naciones paganas, cuyo relato comienza en Hechos 18:23 y termina en 21:17. Al principio de este viaje recorrió toda la región de Galacia y Frigia, confirmando a todos los discípulos; y pasando por las regiones superiores, llegó a Éfeso. Allí, durante tres meses, predicó con valentía en la sinagoga de los judíos, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Pero cuando los judíos endurecidos rechazaron abiertamente el evangelio y hablaron mal del Camino delante de la multitud, Pablo separó abiertamente a los discípulos de ellos y se reunió en la escuela de uno llamado Tiranno. Esto, se dice, continuó por espacio de dos años, de modo que todos los que habitaban en la Asia proconsular oyeron la palabra del Señor Jesús, tanto judíos como griegos. En ese tiempo ciertos magos fueron desenmascarados y otros convertidos, quienes quemaron sus libros y confesaron sus obras. Así crecía poderosamente la palabra del Señor y prevalecía.
Después de esto, habiéndose levantado un alboroto por causa de Demetrio, el platero, Pablo partió hacia Macedonia, visitó las iglesias plantadas en su anterior viaje, y de allí pasó a Grecia. Habiendo predicado por tres meses, pensó embarcarse directamente hacia Siria; pero para evitar a los judíos, que le acechaban cerca de la costa, tomó otro camino por Macedonia, y de allí a Troas, pasando por Filipos. No se hace mención en su viaje anterior de que hubiera predicado en Troas; sin embargo, parece que lo hizo, y allí se había formado una iglesia, con la cual el apóstol en esta ocasión se unió para partir el pan. Fue allí donde predicó toda la noche y resucitó a Eutico, quien, vencido por el sueño, había caído y fue recogido muerto. Desde allí zarparon rumbo a Siria, y en su trayecto tocaron en Mileto, donde Pablo mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso y pronunció aquel discurso tan solemne y afectuoso que se registra en el capítulo 20 de los Hechos de los Apóstoles. De allí navegaron a Tiro, donde se detuvieron siete días, y de allí prosiguieron hasta Jerusalén.
El cuarto y último viaje de Pablo (o más propiamente, travesía) fue a Roma, adonde fue en calidad de prisionero. Estando en Jerusalén, fue rápidamente arrestado por los judíos; pero siendo rescatado por Lisias, el tribuno, fue enviado a Cesarea para ser juzgado. Allí hizo su defensa ante Félix y Drusila, de tal manera que el juez, en lugar del prisionero, fue quien se estremeció. También allí presentó su defensa ante Festo, Agripa y Berenice, con tal fuerza de evidencia que Agripa estuvo casi persuadido a hacerse cristiano. Pero la malicia de los judíos, siendo insaciable, y viendo Pablo que corría peligro de ser entregado en sus manos, se vio obligado a apelar al César. Esta fue la ocasión de que fuese enviado a Roma, adonde llegó después de un largo y peligroso viaje, habiendo naufragado en la isla de Malta, donde obró milagros y el gobernador Publio fue convertido.
Cuando llegó a Roma, se dirigió a sus compatriotas los judíos, algunos de los cuales creyeron; pero como otros rechazaron el evangelio, se volvió de ellos a los Gentiles, y por dos años enteros habitó en una casa alquilada, «predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo abiertamente y sin impedimento» (Hch. 28:31).
Hasta aquí llega la historia de los Hechos de los Apóstoles, que nos informa del éxito de la Palabra en los tiempos primitivos; y la historia nos informa que fue predicada, por ese mismo tiempo, en muchos otros lugares. Pedro habla de una iglesia en Babilonia. Pablo propuso un viaje a España, y generalmente se cree que fue allí, y también que vino a Francia y a Bretaña. Andrés predicó a los Escitas, al norte del mar Negro. Se dice que Juan predicó en la India, y sabemos que estuvo en la isla de Patmos, en el Archipiélago. Se informa que Felipe predicó en la alta Asia, Escitia y Frigia; Bartolomé, en la India, de este lado del Ganges, en Frigia y en Armenia; Mateo, en Arabia o Etiopía asiática, y en Partia; Tomás, en la India, hasta la costa de Coromandel, y algunos dicen que en la isla de Ceilán; Simón el cananeo, en Egipto, Cirene, Mauritania, Libia y otras partes de África, y que desde allí vino a Bretaña; y se dice que Judas (Tadeo) estuvo principalmente ocupado en la Asia Menor y en Grecia. Sus labores fueron evidentemente muy extensas y muy fructíferas, de modo que Plinio el Joven, quien vivió poco después de la muerte de los apóstoles, en una carta al emperador Trajano observó que el cristianismo se había extendido no solo por las ciudades y pueblos, sino también por regiones enteras. De hecho, ya antes, en el tiempo de Nerón, era tan prevaleciente que se consideró necesario oponérsele mediante un edicto imperial, y en consecuencia los procónsules y otros gobernadores fueron comisionados para destruirlo.
Justino Mártir10, que vivió hacia mediados del siglo II, en su Diálogo con Trifón, observó que no había parte alguna de la humanidad —ya fueran griegos o bárbaros, o cualesquiera otros, por cualquier nombre que se les llamase, ya los Sármatas11 o los Nómadas que no tenían casas, o los Escitas de Arabia Petrea que vivían en tiendas con su ganado— donde no se ofrecieran súplicas y acciones de gracias al Padre y Creador de todas las cosas en el nombre de Jesucristo. Ireneo12, que vivió alrededor del año 170, habla de iglesias fundadas en Alemania, España, Francia, los países orientales, Egipto, Libia y en el centro del mundo. Tertuliano13, que vivió y escribió en Cartago, en África, unos veinte años después, enumerando los países donde había penetrado el cristianismo, menciona a los Partos, Medos, Elamitas, Mesopotámicos, Armenios, Frigios, Capadocios, los habitantes del Ponto, Asia, Panfilia, Egipto y las regiones de África más allá de Cirene; los Romanos y los Judíos, antes de Jerusalén; muchos de los Getulos14, muchas fronteras de los Mauri o Moros en Mauritania —ahora Berbería, Marruecos, etc.—; todas las fronteras de España, muchas naciones de los Galos y los lugares de Bretaña que eran inaccesibles para los Romanos; los Dacios, Sármatas, Germanos, Escitas, y los habitantes de muchas naciones y provincias ocultas, y de muchas islas desconocidas para él, que no podía enumerar.
Las labores de los ministros del evangelio en este primer período fueron tan notablemente bendecidas por Dios, que el último escritor mencionado observó en una carta a Escápula que, si este comenzaba una persecución, la misma ciudad de Cartago tendría que ser diezmada por ello. Sí, y fueron tan abundantes en los tres primeros siglos, que ni siquiera diez años de constante y casi universal persecución bajo Diocleciano15 pudieron arrancar a los cristianos ni perjudicar su causa.
Después de esto, tuvieron gran estímulo bajo varios emperadores, particularmente Constantino16 y Teodosio17, y una obra muy grande de Dios se llevó a cabo; pero la comodidad y la abundancia que acompañaron a la iglesia en esos tiempos sirvieron para introducir una inundación de corrupción, que con el tiempo trajo consigo todo el sistema del papado, por medio del cual todo pareció perderse nuevamente; y Satanás estableció su reino de oscuridad, engaño y autoridad humana sobre la conciencia, en todo el mundo cristiano.
En tiempos de Constantino, un tal Frumentius fue enviado a predicar a los Indios y tuvo gran éxito. Una joven cristiana, siendo hecha cautiva por los Iberos o Georgianos, cerca del mar Caspio, les dio a conocer las verdades del cristianismo, y fue tan estimada que enviaron a pedir a Constantino ministros para que vinieran a predicarles la Palabra. Casi al mismo tiempo, algunas naciones bárbaras hicieron irrupción18 en Tracia y se llevaron cautivos a varios cristianos, quienes les predicaron el evangelio; por este medio, los habitantes a orillas del Rin y del Danubio, los Celtas y algunas otras partes de la Galia fueron llevados a abrazar el cristianismo. Por ese tiempo también, Santiago de Nísibis fue a Persia para fortalecer a los cristianos y predicar a los paganos, y su éxito fue tan grande que Adiabene19 llegó a ser casi enteramente cristiana. Hacia el año 372, un monje llamado Moisés fue a predicar a los Sarracenos20 que entonces habitaban en Arabia, donde tuvo gran éxito; y por ese tiempo los Godos y otras naciones del norte vieron extenderse entre ellos el reino de Cristo, aunque muy pronto fue corrompido con el Arrianismo.
Poco después, el reino de Cristo se extendió aún más entre los Nómadas Escitas, más allá del Danubio, y hacia el año 430 un pueblo llamado los Burgundios recibió el evangelio. Cuatro años después, Palladio21 fue enviado a predicar a Escocia, y al año siguiente Patricio22 fue enviado desde Escocia a predicar a los Irlandeses, quienes antes de su tiempo eran totalmente incivilizados y, según algunos, caníbales. Sin embargo, fue instrumento útil y puso los cimientos de varias iglesias en Irlanda. Inmediatamente después, la verdad se extendió más entre los Sarracenos, y en el año 522 Zathus, rey de los Colquios23, la favoreció, y muchos de esa nación fueron convertidos al cristianismo. Por ese tiempo también la obra se extendió en Irlanda por medio de Finiano24, y en Escocia por medio de Constantino y Columba25, este último predicó también a los Pictos26, y Brudeo, su rey, con varios otros, fueron convertidos. Hacia el año 541, Adad, rey de Etiopía, fue convertido por la predicación de Mansionarius. Los Hérulos27 más allá del Danubio fueron ahora hechos obedientes a la fe, así como los Abascos, cerca de las montañas del Cáucaso.
Pero ahora el papado, especialmente su parte coercitiva, había alcanzado tal altura que el método usual de propagar el evangelio —o más bien, lo que así llamaban— era conquistar las naciones paganas por la fuerza de las armas, y luego obligarlas a someterse al cristianismo; después de lo cual se erigían obispados y se enviaban personas para instruir al pueblo. Mencionaré brevemente a algunos de los que se dice que trabajaron de esta manera.
En el año 596, Agustín, el monje, junto con Melito, Justo, Paulino y Rusiniano, trabajaron en Inglaterra, y en su labor fueron muy exitosos. Paulino, que parece haber sido uno de los mejores de ellos, tuvo gran éxito en Northumberland. Birinio predicó a los Sajones occidentales, y Félix a los Anglos orientales. En 589, Amando Galo trabajó en Gante, Cheleno en Artois, y Galo y Columbano en Suabia. En 648, Egidio Galo en Flandes, y los dos Evaldo en Westfalia. En 684, Wilfrido en la isla de Wight. En 688, Chiliano en la Alta Franconia. En 698, Bonifacio (o Winifredo) entre los Turingios, cerca de Erfurt en Sajonia, y Wilibrordo en Frisia Occidental. Carlomagno conquistó Hungría en el año 800 y obligó a los habitantes a profesar el cristianismo; al mismo tiempo, Modesto predicó a los Venedos en las fuentes de los ríos Sava y Drava. En 833, Ansgario predicó en Dinamarca, Gaudiberto en Suecia, y alrededor del año 861, Metodio y Cirilo en Bohemia.
Hacia el año 500, los Escitas invadieron Bulgaria y el cristianismo fue erradicado; pero alrededor del año 870 fueron reconvertidos. Polonia comenzó a ser ganada por esa misma época, y después, alrededor del 960 o 990, la obra se extendió aún más entre los Polacos y Prusianos. La obra comenzó en Noruega en 960, y en Moscovia en 989. Los Suecos propagaron el cristianismo en Finlandia en 1168. Lituania se hizo cristiana en 1386 y Samogitia28 en 1439. Los Españoles impusieron el papado a los habitantes de América del Sur, y los Portugueses en Asia. Los jesuitas fueron enviados a China en 1552. Javier29, a quien llaman el apóstol de los Indios, trabajó en las Indias Orientales y en el Japón desde 1541 hasta 1552, y varias misiones de Capuchinos30 fueron enviadas a África en el siglo XVII. Pero el celo ciego, la superstición grosera y las infames crueldades marcaron de tal modo las apariencias de religión durante todo este tiempo, que los profesantes del cristianismo necesitaban conversión tanto como el mismo mundo pagano.
Algunos pocos piadosos habían huido de la corrupción general y vivían en la oscuridad en los valles de Piamonte y Saboya, quienes eran como la semilla de la iglesia. Algunos de ellos se veían a veces obligados a viajar a otras regiones, donde testificaban fielmente contra las corrupciones de los tiempos. Hacia el año 1369, Wickliffe31 comenzó a predicar la fe en Inglaterra, y su predicación y escritos fueron medio para la conversión de gran número de personas, muchos de los cuales llegaron a ser excelentes predicadores; y una obra fue comenzada que después se extendió por Inglaterra, Hungría, Bohemia, Alemania, Suiza y muchos otros lugares. Juan Hus32 y Jerónimo de Praga33 predicaron valientemente y con éxito en Bohemia y en las regiones adyacentes. En el siglo siguiente, Lutero, Calvino, Melanchthon, Bucero, Martyr34 y muchos otros se levantaron contra todo el mundo. Predicaron, oraron y escribieron; y naciones, una tras otra, acordaron desechar el yugo del papado y abrazar la doctrina del evangelio.
En Inglaterra, la tiranía episcopal sucedió a la crueldad papista, lo cual, en el año 1620, obligó a muchos piadosos a dejar su patria y establecerse en América. Fueron seguidos por otros en 1629, quienes pusieron los cimientos de varias iglesias evangélicas, las cuales han crecido de manera asombrosa desde entonces, y el Redentor ha establecido Su trono en aquel país donde, hasta hace poco, Satanás tenía dominio universal.
En 1632, el señor Eliot35, de Nueva Inglaterra, un ministro muy piadoso y celoso, comenzó a predicar a los indios, entre quienes tuvo gran éxito. Se plantaron varias iglesias de indios, y se levantaron entre ellos algunos predicadores y maestros de escuela. Desde entonces, otros han trabajado entre ellos con buen estímulo. Alrededor del año 1743, el señor David Brainerd36 fue enviado como misionero a otros indios, donde predicó y oró; y después de algún tiempo, se obró una obra extraordinaria de conversión, y un éxito maravilloso acompañó su ministerio. Y en este mismo tiempo, los señores Kirkland y Sergeant están ocupados en la misma buena obra, y Dios ha bendecido considerablemente sus labores.
En el año 1706, el rey de Dinamarca envió al señor Ziegenbalg37 y a algunos otros a Tranquebar38, en la costa de Coromandel en las Indias Orientales, quienes fueron de gran utilidad para los nativos, de modo que muchos de los paganos se convirtieron al Señor. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales, habiendo igualmente extendido su comercio, edificó la ciudad de Batavia, donde se abrió una iglesia; y la Cena del Señor fue administrada por primera vez el 3 de enero de 1621 por su ministro James Hulzibos. Desde allí fueron enviados algunos ministros a Ambon39, quienes tuvieron gran éxito. Se erigió un seminario de enseñanza en Leiden, en el cual se educaron ministros y ayudantes bajo la dirección del renombrado Walaeus, y durante algunos años se enviaron muchos a Oriente por cuenta de la Compañía, de modo que en poco tiempo muchos miles en Formosa, Malabar, Ternate, Jafanapatam, en la ciudad de Columbo, en Ambon, Java, Banda, Macasar y Malabar abrazaron la religión de nuestro Señor Jesucristo. La obra ha decaído en algunos lugares, pero actualmente tienen iglesias en Ceilán, Sumatra, Java, Amboina y en algunas otras de las islas de las especias, y en el Cabo de Buena Esperanza en África.
Pero ninguno de los modernos ha igualado a los Hermanos Moravos en esta buena obra. Han enviado misiones a Groenlandia, Labrador y a varias de las islas de las Indias Occidentales, las cuales han sido bendecidas para bien. También han enviado misioneros a Abisinia, en África, aunque ignoro qué éxito hayan tenido allí.
El difunto señor Wesley40 hizo recientemente un esfuerzo en las Indias Occidentales, y algunos de sus ministros están trabajando ahora entre los Caribes y Negros41, y he visto agradables informes acerca del éxito de su labor.
Footnotes
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fingimiento – hipocresía. ↩
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legerdemain – habilidad; destreza o artificio ingenioso. ↩
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mostró – reveló; se dio a conocer. ↩
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resuelto – arreglado; puesto en orden. ↩
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procuró – intentó. ↩
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El relato de este segundo viaje al mundo pagano comienza en Hechos 15:40 y termina en 18:22. ↩
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encarnizado – obstinado; persistente; violento. ↩
-
fingían – simulaban, afectaban. ↩
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fuera de su provincia – fuera de su jurisdicción o competencia. ↩
-
Justino Mártir (c. 100–c. 165) – apologista y filósofo cristiano primitivo. ↩
-
Sármatas – gran confederación de antiguos nómadas iranios ecuestres. ↩
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Ireneo (c. 130–c. 202) – obispo griego de la iglesia primitiva; último vínculo conocido con los apóstoles; originario de Esmirna y oyente de Policarpo, quien fue discípulo del apóstol Juan. ↩
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Tertuliano (c. 155–c. 220) – prolífico autor cristiano primitivo de Cartago, África. ↩
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Getulos (o Gaetuli) – nombre romanizado de una antigua tribu bereber que habitaba Getulia. ↩
-
Diocleciano (c. 242–311) – emperador romano que llevó a cabo la última, mayor y más sangrienta persecución oficial de los cristianos en el Imperio Romano. ↩
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Constantino el Granda (c. 272–337) – emperador romano del 306 al 337 d.C.; el primero en convertirse al cristianismo. ↩
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Teodosio I (347–395) – emperador romano del 379 al 395 d.C.; desempeñó un papel clave en establecer el Credo de Nicea como doctrina oficial del cristianismo. ↩
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irrupción – invasiones. ↩
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Adiabene – antiguo reino en el norte de Mesopotamia, correspondiente a la parte noroccidental de la antigua Asiria. ↩
-
Sarracenos – nómadas del desierto sirio y árabe en tiempos del Imperio Romano. ↩
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Palladio (fl. 408–431) – primer obispo de Irlanda, anterior a san Patricio. ↩
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Patricio (c. 385–c. 461) – misionero cristiano y obispo del siglo V en Irlanda. ↩
-
Colquios – antiguo pueblo del área que hoy ocupa la nación de Georgia. ↩
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Finiano de Movilla (c. 495–589) – misionero cristiano irlandés. ↩
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Columba (521–597) – abad y evangelista irlandés, considerado responsable de la expansión del cristianismo en la actual Escocia. ↩
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Pictos – grupo de pueblos que habitaban lo que hoy es el norte y este de Escocia. ↩
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Hhérulos – antiguo pueblo germánico. ↩
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Samogitia – una de las cinco regiones culturales de Lituania. ↩
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Francis Xavier (1506–1552) – famoso misionero católico romano; desempeñó un papel fundamental en el establecimiento del cristianismo en la India, el archipiélago malayo y Japón. ↩
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Capuchinos – miembros de una orden religiosa de frailes franciscanos. ↩
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John Wycliffe (también Wickliffe) (c. 1328–1384) – filósofo escolástico inglés, teólogo, traductor de la Biblia, reformador, sacerdote católico y profesor de seminario. ↩
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John Huss (c. 1370-1415) – teólogo y filósofo checo que se convirtió en reformador de la Iglesia. ↩
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Jeronimo de Praga (1379-1416) – filósofo escolástico, teólogo, reformador y profesor checo; seguidor de Juan Hus. ↩
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Martin Lutero (1483-1546) – sacerdote, teólogo y fraile alemán; figura principal de la Reforma protestante.Juan Calvino (1509-1564) – teólogo, pastor y reformador francés en Ginebra.Felipe Melanchthon (1497-1560) – reformador luterano alemán que trabajó junto a Martín Lutero; primer teólogo sistemático de la Reforma protestante.Martin Bucero (1491-1551) – reformador protestante alemán con base en Estrasburgo.Pedro Martyr Vermigli (1499-1562) – teólogo reformado nacido en Italia. ↩
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John Eliot (también esrito Elliot) (c. 1604-1690) – misionero puritano entre los indígenas americanos. ↩
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David Brainerd (1718-1747) – Ministro presbiteriano estadounidense y misionero entre los indios delaware de Nueva Jersey; su biografía fue escrita por Jonathan Edwards. ↩
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Bartholomäus Ziegenbalg (1682–1719) – clérigo luterano que fue el primer misionero pietista en la India. ↩
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Tranquebar – ciudad del estado de Tamil Nadu, en la India. ↩
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Ambon – probablemente la isla de Amboina (hoy Ambon), parte de las islas Molucas, en Indonesia. ↩
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John Wesley (1703–1791) – clérigo, teólogo y evangelista inglés; fundador y líder del movimiento metodista. ↩
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Caribes y Negros – pueblos indígenas y personas de ascendencia africana de las Antillas Menores, en el Caribe. ↩