1. La confesión con fe es el camino de la paz.

Cierro ahora con mi último encabezado, el cual es: la confesión con fe del pecado es el camino de la paz. “Dios, sé propicio a mí, pecador”, fue la oración, pero ¿cuál fue la respuesta? Escuchen esto: “Este hombre descendió a su casa justificado antes que el otro”.

En pocas frases déjenme esbozar el progreso de este hombre. Él vino a Dios sólo como pecador, desnudamente como pecador. Observen, él no dijo, “Dios, sé propicio a mí, un pecador penitente”. Él era un pecador penitente pero no argumentó su penitencia; y si ustedes son alguna vez tan penitentes y están convencidos de pecado, no lo mencionen como argumento, no sea que se les acuse de justicia propia. Ven tal como eres, como un pecador, y nada más. Muestra tus heridas. Trae tu pobreza espiritual ante Dios, y no tu supuesta riqueza. Si tienes un centavo que sea propio, deshazte de él. Únicamente la pobreza perfecta te exonerará de tu bancarrota. Si tienes un mendrugo de pan enmohecido en la alacena de tu justicia propia, ningún pan del cielo será tuyo. Tú no debes ser nada ni nadie, si Dios va a ser tu todo en todo.

Este hombre no exclama, “Dios, sé propicio a mí, el penitente”; sino, “sé propicio a mí, el pecador”. Ni siquiera dice: “Dios, sé propicio a mí, el pecador reformado”. Yo no tengo duda que él fue reformado, y que abandonó sus malos caminos, pero él no alega esa reforma. La reforma no te quitará tu estado de pecado; por eso no hables como si pudieras hacerlo. Lo que vas a ser no sirve de expiación por lo que has sido. Ven, pues, simplemente como pecador, no como un pecador cambiado y mejorado. ¡No vengas porque estás lavado, sino para ser lavado!

El publicano no dice, “Dios, se propicio a mí un pecador que ora”. Él estaba orando, pero no lo menciona en su súplica, porque él no tenía una gran opinión de sus propias oraciones. No uses como argumento tus oraciones; mejor sería implorar por tus pecados. Dios sabe que tus oraciones tienen pecado en ellas. ¡Oh, hombre, tus mismas lágrimas de arrepentimiento necesitan ser lavadas! Cuando tus súplicas son más sinceras, ¿qué son sino lamentos de una criatura condenada que no puede dar una sola razón para no ser ejecutada? Siente y reconoce que mereces condenación, y ven a Dios como un pecador. ¡Despójate de tus despreciables galas! Quiero decir de tus “andrajos asquerosos”. No te engañes a ti mismo con la maleza de tu propio arrepentimiento, y mucho menos con las hojas de higuera de tus propias resoluciones, sino ven a Dios en Jesucristo con toda la desnudez de tu pecado, y la eterna misericordia te cubrirá a ti y a tus pecados.

A continuación, observen que este hombre no hizo nada sino sólo implorar misericordia: dijo, “Dios, sé propicio a mí”. No intentó excusarse diciendo: “Dios, no pude impedirlo. Señor, yo no fui peor que los demás publicanos. Señor, yo era un servidor público, y sólo hice lo que hace cualquier otro cobrador de impuestos”. No, no, él es demasiado honesto para inventar excusas.

Él es un pecador, y lo reconoce. Si el Señor lo va a condenar por su propia boca y lo envía al infierno, él no puede impedirlo; su pecado es demasiado evidente para que pueda ser negado. Pone su cabeza para ser decapitado, y humildemente suplica, “Dios, sé propicio a mí, pecador”.

Tampoco ofrece este publicano algunas promesas de enmienda futura para saldar sus cuentas. No dice, “Señor, sé propicio por el pasado, y yo prometo ser mejor en el futuro”. Nada de eso; “sé propicio a mí, el pecador” es su única petición. Así quisiera que ustedes clamaran, “¡Oh, Dios, sé propicio a mí! Aunque ahora estoy condenado, y he merecido ser condenado más allá de toda esperanza por Tu justicia, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí ahora”. Esa es la manera de orar; y si oras de esa manera Dios te oirá.

Él no ofrece pagar nada; no propone ninguna forma de rescate que sea pagado por sí mismo. El publicano no presenta a Dios sus lágrimas, su abstinencia, su autonegación, su generosidad hacia la iglesia, su liberalidad con los pobres, o cualquier otra cosa; solamente le suplica al Señor que sea propiciado, y que sea misericordioso con él por el grandioso sacrificio. ¡Oh, que todos ustedes oraran de esa manera inmediatamente!

Ahora, quiero alegrar sus corazones observando que este hombre, por medio de su oración, y a través de esta confesión de pecado, experimentó un notable grado de aceptación. Él había llegado al templo condenado; “descendió a su casa justificado”. Un cambio completo, un cambio repentino, un cambio feliz fue obrado en él. El corazón pesado y el ojo abatido fueron sustituidos por un corazón alegre y una actitud de esperanza. Él llegó a ese templo con temblor, lo dejó con regocijo. Estoy seguro de que su mujer notó la diferencia. ¿Qué le había sucedido? Los hijos también lo observaron. El pobre padre solía sentarse solo, suspirando continuamente; pero de repente está tan feliz; hasta canta los salmos de David contenidos en la parte final del libro. El cambio fue muy marcado. Antes de la comida dice: “Hijos, debemos dar gracias a Dios antes de que comamos”. Lo rodean y se maravillan del rostro feliz del amado padre cuando bendice al Dios de Israel. Les dice a sus amigos, “Hermanos, estoy reconfortado; Dios ha tenido misericordia de mí. Fui culpable al templo, y he regresado justificado. Todos mis pecados han sido perdonados. Dios ha aceptado una propiciación en mi beneficio”. ¡Cuánto bien se puede derivar de tan feliz testimonio!

Este fue un cambio muy repentino, ¿no es cierto? Fue obrado en un instante. El proceso del nacimiento espiritual no es cosa de horas, sino de un solo segundo de tiempo. Los procesos que conducen a él, y brotan de él, son largos pero la recepción real de la vida debe ser instantánea. No en todos los casos serás capaz de identificar con tu dedo ese segundo, pero el tránsito de la muerte a la vida debe ser instantáneo. Debe haber un momento en el que el hombre está muerto, y otro momento en el que está vivo. Sin embargo, puede ser que el hombre no se dé cuenta de cuándo tuvo lugar el cambio. Si vas en una ruta hacia el Cabo puede ser que cruces el ecuador al filo de la medianoche, y que no te des cuenta de ello, pero sin embargo lo cruzarías. Algunos hombres que no son marineros han creído que verían una línea azul a lo largo de olas. Pero no es perceptible, aunque ciertamente está allí. El ecuador es tan real, como si pudiéramos ver un cordón dorado que rodea a todo el globo.

Queridos amigos, ¡quiero que crucen la línea hoy! ¡Oh, que regresaran a casa diciendo, “¡Gloria, gloria, aleluya! Dios ha tenido misericordia de mí”. Aunque sientan hoy que ni siquiera darían dos centavos por su vida, si vienen a Dios por medio de Jesús, se irán bendiciendo a Dios no sólo por estar vivos, sino porque vivirán por siempre, felices en Su amor.

Una vez más: este hombre descendió con un testimonio tal que yo ruego que todos lo tengamos. “Fue justificado”. “Pero”, agregan ustedes, “¿cómo sé que fue justificado?” Escuchen estas palabras. Nuestro bendito Señor dice, “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro”. “Os digo”. Jesús nuestro Señor, puede decirlo. Nos lo dice al oído. Se lo dice a Dios y a los ángeles santos, y se lo dice al propio hombre. El hombre que ha clamado desde su corazón “Dios, sé propicio a mí, pecador” es un hombre justificado. ¡Cuando se levantó y confesó su pecado, y se arrojó completamente sobre la misericordia divina, ese hombre fue liberado de su carga, y así descendió a su casa justificado! Ustedes van de regreso a sus casas. ¡Oh, que nos pudiéramos ir justificados!

Ustedes se van a sus casas; quiero que vayan a casa a Dios, quien es el verdadero hogar del alma. “¡Éste descendió a su casa justificado!”. ¿Y por qué no hacen ustedes lo mismo? Tal vez, lector, nunca has estado antes en el Tabernáculo. Posiblemente, amigo mío, tú eres uno de esos caballeros que se pasan las mañanas del domingo en mangas de camisa en su hogar, leyendo el periódico. Han venido aquí esta mañana sólo por accidente. ¡Bendito sea Dios! Espero que regresen a casa “justificados”. ¡Que el Señor nos conceda eso! Tal vez ustedes siempre vienen aquí, y han ocupado un asiento desde que se construyó el Tabernáculo, y sin embargo, nunca han hallado misericordia. ¡Oh, que la encuentren hoy! Busquemos esta bendición. Vengan conmigo a Jesús. Yo los guiaré al camino; les ruego que digan conmigo esta mañana: “Dios, sé propicio a mí, el pecador”. Descansen sobre esa grandiosa propiciación: confíen en la sangre de la expiación de Jesucristo.

Arrójense sobre el amor del Salvador, y descenderán a sus casas justificados. ¿Es una pobre casa humilde? ¿Es peor que eso, un cuarto trasero arriba de tres tramos de escaleras? ¿Eres muy, pero muy pobre, y estás sin trabajo desde hace mucho tiempo? No importa. Dios lo sabe todo. Busca Su rostro. Será un domingo feliz para ti, si este día comienzas una nueva vida por la fe en Jesús. Tendrás gozo, paz, y felicidad si buscas y encuentras la misericordia del grandioso Padre. Me parece que te veo caminando hacia tu hogar, habiendo dejado tu carga atrás de ti, pero rodeado de himnos de alabanza para nuestro Dios. Que así sea. Amén y amén.