- Este conocimiento guía a la acción correcta.
Mi tercera observación es ésta: el conocimiento de su condición de pecado guía a los hombres a la acción correcta.
Cuando un hombre ha sido enseñado por Espíritu Santo que es un pecador, entonces como por una especie de instinto de la nueva vida, hace la cosa correcta de la manera correcta. Este publicano no había asistido a menudo al templo, y no había aprendido la forma ortodoxa de comportarse.
Es fácil aprender la manera de comportarse hoy día en los templos: se quita uno el sombrero, se coloca a la altura de la cara para leer el nombre del fabricante y su dirección. Nos sentamos, y en el momento adecuado, nos inclinamos y nos cubrimos los ojos, y cuando el resto de la congregación lo hace, nos ponemos de pie. La gente se acostumbra a hacerlo como si fueran máquinas; sin embargo, no oran cuando se supone que debieran estar orando, ni se inclinan ante el Señor cuando se ofrece la adoración.
Este publicano es una persona fuera de serie; no sigue los patrones establecidos; tiene gestos propios. Primero, en lugar de colocarse al frente, se aparta y permanece lejos. No se atreve a venir donde esa persona tan respetable, el fariseo, está mostrándose a la vista de todos, porque no se siente digno. Deja espacio entre él y Dios, un lugar para un Mediador, un área para un Abogado, un puesto para un Intercesor, que interceda entre él mismo y el trono del Altísimo. Hombre sabio para permanecer así lejos; porque por este medio puede acercarse con seguridad a la persona de Jesús.
Además, ni siquiera se atreve a levantar sus ojos al cielo. Parecería natural que se eleven las manos durante la oración, pero él no quería ni siquiera elevar sus ojos. Elevar los ojos es algo muy propio, ¿o no? Pero para “el pecador” era aún más adecuado no levantar los ojos. Sus ojos abatidos querían decir mucho. Nuestro Señor no dice que él no podía levantar sus ojos, sino que él no quería hacerlo. Él podía mirar hacia arriba, porque en espíritu lo hizo cuando exclamó, “Dios, sé propicio a mí”; pero no se atrevía a levantarlos, porque le parecía indecoroso que unos ojos como los suyos escudriñaran el cielo donde mora el Dios santo.
Mientras tanto, el publicano penitente estuvo dándose golpes en el pecho. El original no dice que se golpeó en el pecho una vez, sino que se pegó una y otra vez. Fue un acto repetido. Parecía decir: “¡Oh, este malvado corazón!”. Quería pegarle. Una y otra vez expresó su intensa pena por medio de este gesto oriental, pues no sabía de qué otra manera expresar su aflicción. Su corazón había pecado, y le pegó; sus ojos lo habían llevado al extravío, y los hizo mirar hacia la tierra; y como él mismo había pecado viviendo lejos de Dios, se proscribió lejos de la Presencia manifiesta. Cada gesto y posición son significativos, y sin embargo todos se hicieron presentes espontáneamente. No tenía un manual de directrices acerca de cómo comportarse en la casa de Dios; su sinceridad lo guio.
Si quieren saber cómo comportarse como penitentes, sean penitentes. Las mejores directrices de adoración son las que están escritas en los corazones quebrantados. He oído de un ministro de quien se dice que lloraba en el lugar equivocado de sus sermones, del que posteriormente se descubrió que escribía al margen de su manuscrito, “aquí debo llorar”. Su audiencia no podía ver la razón para esa humedad artificial. Debe haber causado un efecto ridículo.
En religión todo lo artificial es ridículo o aún peor que eso; pero la gracia en el corazón es el mejor “maestro de ceremonias”. Quien ora correctamente en su corazón no errará mucho con sus pies, o con sus manos o con su cabeza. Si quisieras saber cómo acercarte a Dios, confiesa que eres pecador, y de esa manera ocupa tu verdadero lugar ante el Dios de la verdad: arrójate sobre la misericordia divina, y así pon a Dios en Su verdadera posición como tu Juez y Señor.
Observen que este hombre, aun bajo el peso del pecado consciente, fue conducido rectamente; pues fue inmediatamente hacia Dios. Un sentimiento de pecado sin fe nos aleja de Dios, pero un sentimiento de pecado con fe nos lleva de inmediato a Dios. Él vino únicamente a Dios; sintió que no servía de nada confesar su falta a un mortal, o buscar la absolución de un hombre. No recurrió al sacerdote del templo, sino al Dios del templo. No pidió hablar con el hombre bueno e instruido, el fariseo, que estaba en el mismo nivel que él. Su cuarto de consulta fue el secreto de su propia alma, y él consultó directamente al Señor. Corrió directo a Dios, el único capaz de ayudarle; y cuando abrió su boca, fue: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Eso es lo que tienes que hacer, mi querido lector, si quieres ser salvo: debes ir directa e inmediatamente a Dios en Cristo Jesús. Olvida todo lo demás, y di como el hijo pródigo cuando regresó, “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18). Nadie sino Dios puede darnos lo que necesitamos, y nadie puede darnos esa misericordia sino sólo el Dios de la misericordia. Que cada pecador quebrantado venga a su Dios, a Quien ha ofendido.
El publicano no miró a su alrededor, a sus compañeros de adoración; estaba demasiado absorto en el propio dolor de su corazón. Especialmente es de notar que no tenía observaciones que hacer sobre el fariseo. No denunció el orgullo, o la hipocresía, o la dureza de corazón del profesante que tan ofensivamente lo veía con desprecio. No regresó desprecio por desprecio, como nosotros todos estamos dispuestos a hacer. No, él trató únicamente con el Señor en la profunda sinceridad de su propio corazón; y así debía ser. Persona que lees, ¿cuándo vas a hacer lo mismo? ¿Cuándo cesarás de censurar a otros, y reservar tu severidad para ti mismo, y tus observaciones críticas para tu propia conducta?
Cuando vino a Dios fue con una confesión completa de pecado: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Tanto sus ojos como sus manos se unieron con sus labios para reconocer sus iniquidades. Su oración estaba húmeda con el rocío del arrepentimiento. Vertió su corazón ante Dios de la manera más libre y natural: su oración provenía de la misma fuente que la del hijo pródigo cuando dijo, “Padre, he pecado”, y la de David cuando clamó, “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). La mejor oración es la que proviene del corazón más humillado.
Él apeló únicamente a la misericordia. Esto fue sabio. Vean cuán rectamente fue guiado. ¿Qué tenía que ver él con la justicia, que sólo podría condenarlo y destruirlo? Como una espada desenvainada, amenaza envainarse en mi corazón; ¿cómo puedo apelar a la justicia? No se puede recurrir ni al poder ni a la sabiduría, ni a cualquier otro atributo del gran Dios; solamente la misericordia extendía sus alas. La oración, “Dios, sé propicio”, es la única oración para ustedes que son gravemente culpables. Si durante todas sus vidas han despreciado a su Salvador, todo lo que pueden hacer ahora es arrojarse sobre la misericordia de Dios.
El texto original en griego nos permite ver que este hombre tenía su mirada puesta en la propiciación. No quiero decir que él entendía enteramente la doctrina de la expiación; pero, sin embargo, su oración fue, “Dios sé propiciado por mí el pecador”. Había visto el cordero de la mañana y de la tarde, y había oído del sacrificio por el pecado; y aunque no hubiera conocido todo acerca de la expiación, y la sustitución, sin embargo, hasta donde sabía, su mirada estaba dirigida hacia ese camino. “Oh, Dios, sé propiciado, acepta un sacrificio, y perdóname”. Si tú conoces tu pecado, será sabio que implores la propiciación que Dios ha establecido para el pecado del hombre. ¡Que el Espíritu de Dios te impulse a confiar en Jesús ahora! El año nuevo se desliza rápidamente; su segundo mes ya casi se ha ido; ¿cuántos meses tendrán que pasar antes que tú, pecador culpable, quieras venir para implorar la misericordia de Dios, el Único Dios infinitamente misericordioso? ¡Grandioso Dios, que este sea el día de Tu poder!