1. ¡No te desesperes!

La primera lección es ésta: ser pecador no es un motivo para desesperar. Ninguno de ustedes debe decir: “Soy culpable, por consiguiente no me puedo acercar a Dios; soy tan culpable que sería una cosa demasiado atrevida que yo pida misericordia”. Desechen esos pensamientos de inmediato. Mi texto y otros mil argumentos más prohíben la desesperación.

Porque, primero, este hombre era un pecador, y sin embargo se atrevió a acercarse al Señor. De acuerdo con nuestra versión, dijo, “sé propicio a mí, pecador”, pero una versión más exacta es la que la Versión Revisada nos presenta en una nota marginal: “el pecador”. Quiso decir que él era, enfáticamente, el_pecador._

Aquel fariseo era el santo de su generación: pero este publicano que permanecía lejos del lugar santo era el pecador. Si no hubiera otro pecador en el mundo, él era uno; y en un mundo de pecadores él era un ofensor prominente: el pecador de pecadores. Él se aplica enfáticamente a sí mismo el nombre: culpable. Toma el primer lugar en la condenación, y, sin embargo, exclama, “Dios, sé propicio a mí, el pecador”. Ahora si tú reconoces que eres un pecador, puedes implorar a Dios; pero si te lamentas porque no sólo eres un pecador, sino el pecador con el artículo definido, el pecador por encima de todos los demás, puedes aún tener esperanza en la misericordia del Señor. Los peores, los más impíos, los más horribles pecadores se pueden animar, como lo hizo este hombre, a acercarse al Dios de misericordia.

Sé que parece una acción muy atrevida; por eso debes hacerla por medio de la fe. Sobre cualquier otra base que no sea la base de la fe en la misericordia de Dios, tú que eres un pecador, no puedes atreverte a acercarte al Señor, para no ser encontrado culpable de soberbia. Pero si tu mirada está puesta en la misericordia, entonces puedes confiar con valentía. Cree en la grandiosa misericordia de Dios y, aunque tus pecados sean abundantes, verás que el Señor quiere perdonar abundantemente; aunque manchen tu carácter, el Señor los borrará; aunque sean rojos como la grana, la preciosa sangre de Jesús te emblanquecerá como la nieve.

Esta historia del fariseo y del publicano tiene el propósito de ser un ejemplo alentador para ustedes. Si este hombre que era el pecador encontró el perdón, también tú lo encontrarás si lo buscas de la misma manera. Si a ese pecador le fue tan bien, ¿por qué a ti no te puede ir bien también? Ven e inténtalo por ti mismo, y mira si el Señor no demuestra en tu caso que Su misericordia permanece para siempre.

Además, recuerda que tú puedes encontrar ánimo no sólo mirando al pecador que buscó a su Dios, sino también al Dios a quien él buscó. Pecador, hay gran misericordia en el corazón de Dios. Cuán a menudo resonó este versículo como un coro en los cánticos del templo:

Porque Su misericordia permaneceráSiempre fiel, siempre disponible.

La misericordia es un atributo especialmente glorioso de Jehová, el Dios viviente. “Misericordioso y clemente es Jehová”, Él es “lento para la ira y grande en misericordia” (Salmo 103:8). Todo esto debe animarte grandemente.

Cuando se va a otorgar misericordia, se necesitan pecadores. ¿Cómo puede mostrar el Señor Su misericordia si no es a los culpables? La bondad es para las criaturas, pero la misericordia es para los pecadores. Puede darse amor a criaturas que no han caído, pero para ellas no puede haber misericordia. Los ángeles no están preparados para recibir misericordia; no la requieren, pues no han transgredido. La misericordia se ejercita después de que se ha quebrantado la ley, no antes.

En medio de todos los atributos, éste es el último atributo que encontró un espacio para sí mismo. Por decirlo así, es el Benjamín, un atributo muy amado de Dios: “porque se deleita en misericordia”. Dios sólo puede ser misericordioso con un pecador. ¿Lo oyes bien, pecador? ¡Tienes que entender esto muy bien! Si hay misericordia sin límites en el corazón de Dios, y sólo puede ejercitarse a favor del culpable, entonces tú eres el hombre que debe recibirla, pues tú eres un culpable. Ven, entonces, y que Su misericordia te envuelva hoy como un vestido, y cubra toda tu vergüenza. ¿Acaso el deleite de Dios en la misericordia no nos demuestra que ser pecador no es motivo para la desesperación?

Además, el concepto de salvación implica esperanza para los pecadores. Esa salvación que predicamos a diario proclama buenas nuevas para el culpable. La salvación por gracia quiere decir que los hombres son culpables. La salvación no quiere decir la recompensa para el justo, sino la purificación del injusto. La salvación tiene por objetivo al perdido, al pecador, al arruinado, y las bendiciones que trae de una misericordia que perdona y de una gracia que limpia tienen como propósito al culpable y al que está sucio. “Los sanos no tienen necesidad de médico” (Mateo 9:12); el médico tiene puestos sus ojos en el enfermo. Las limosnas son para el pobre, el pan es para el hambriento, el perdón es para el culpable. ¡Oh, ustedes que son culpables, ustedes son los hombres buscados por la misericordia! Ustedes estaban en el ojo de Dios cuando envió al mundo a Su Hijo para salvar pecadores. Desde el mismo inicio de la redención hasta su consumación, los ojos del gran Dios estaban fijos en los culpables, y no en los que tienen méritos. El mismo nombre de Jesús nos dice que Él salvará a Su pueblo de sus pecados.

Déjenme agregar que, en la medida que la salvación de Dios es algo grandioso, tiene que haber tenido el propósito de lavar grandes pecados. Oh, señores, ¿habría derramado Cristo la sangre de Su corazón por algunos pecados triviales, veniales, que podrían ser limpiados por las lágrimas de ustedes? ¿Piensan que Dios habría entregado a la muerte a Su Hijo amado por algo superfluo? Si el pecado hubiera sido un asunto pequeño, un pequeño sacrificio habría bastado. ¿Acaso piensan ustedes que la expiación divina fue hecha por pequeñas ofensas? ¿Murió Jesús por pecados pequeños, y dejó sin expiar los grandes? No, el Señor Dios midió la grandeza de nuestro pecado, y la encontró tan alta como el cielo, tan profunda como el infierno, tan amplia como el infinito, y por consiguiente dio tan grande Salvador.

Entregó a Su Hijo unigénito: un sacrificio infinito, una expiación sin medida. Con tales angustias y dolores de muerte que nunca pueden ser enteramente descritos, el Señor Jesús vertió Su alma en sufrimientos desconocidos, para poder proporcionar una gran salvación para los más grandes pecadores. Vean a Jesús en la cruz, y aprendan que toda forma de pecado y de blasfemia les será perdonada a los hombres. El hecho de la salvación, y de una gran salvación, debe de echar fuera de todo corazón que escuche de ella, toda noción de desesperanza.

La salvación es para mí, pues yo estoy perdido. Una gran salvación, eso es algo para mí, pues yo soy el más grande de los pecadores. ¡Oh, escuchen hoy mi palabra! Es la palabra de amor de Dios, que tañe como una campana de plata. Oh, amados lectores, lloro por ustedes, y sin embargo, tengo ganas de cantar todo el tiempo, pues soy enviado para proclamar la salvación del Señor para los hombres más malos.

El evangelio está especial, definitiva, y claramente dirigido a los pecadores. Escúchenlo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” (Mateo 18:11). El evangelio es como una carta escrita con letra clara y legible. Si ustedes buscan quién es el destinatario, hallarán que dice así: “AL PECADOR”. Oh pecadores, a ustedes es enviada esta palabra de salvación. Si eres un pecador, eres precisamente el hombre a quien está dirigido el evangelio; y con ello no quiero decir un pecador de nombre meramente y una etiqueta de cortesía, sino un rebelde empedernido, un transgresor contra Dios y contra el hombre. ¡Oh, pecador, aférrate al evangelio con gozosa prontitud; y de inmediato clama a Dios por misericordia!

Fue por los pecadores que sufrióAgonías indecibles;¿Puedes dudar que eres un pecador?Si tienes dudas, entonces adiós esperanza.

Pero, al creer lo que está escrito:“Todos son culpables”, “muertos en el pecado”,Mirando al CrucificadoLa esperanza levantará tu alma.

Si lo piensan de nuevo, debe haber esperanza para los pecadores, pues los grandes mandamientos del evangelio son sumamente adecuados para los pecadores. Escuchen, por ejemplo, esta palabra: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19).

¿Quiénes se pueden arrepentir sino los culpables? ¿Quiénes pueden ser convertidos sino aquellos que están en el camino equivocado, y que por tanto necesitan ser vueltos al buen camino? El texto siguiente está dirigido evidentemente a quienes no son buenos para nada: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:7).

La misma palabra “vuélvase” indica que está dirigida a aquellos que han pecado; que te guíe a la misericordia. Entonces a ustedes se les pide que crean en el Señor Jesucristo. Ahora pues, la salvación por la fe debe ser para hombres culpables, pues el camino de vida para el inocente es la perseverancia en las buenas obras. La ley dice, “haz esto y vive”. El evangelio habla de salvación por la fe, porque es el único camino posible para aquellos que han quebrantado la ley y están condenados por esa ley.

La salvación es por fe para que pueda ser por gracia. ¡Crean y vivan! ¡Crean y vivan! Ésta es la nota de jubileo de la trompeta de la gracia inmerecida. ¡Oh, que ustedes conocieran ese sonido lleno de gozo, y así pudieran ser bendecidos! ¡Oh, que ustedes que son pecadores oyeran esta llamada como dirigida a ustedes en lo particular! Están hundidos hasta el cuello en el fango del pecado, pero una mano poderosa ha sido extendida para liberarlos. “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).

Si necesitan otro argumento (y espero que no sea así) lo expondría así: grandes pecadores han sido salvos. Toda clase de pecadores están siendo salvados hoy. ¡Qué maravillas hemos visto algunos de nosotros! ¡Qué maravillas se han obrado en este Tabernáculo! Escuchamos a un hombre en la reunión de oración implorando de manera más ruidosa que lo usual; era un marino y su voz estaba sincronizada con la entonación de las olas estruendosas. Una dama le susurró a su amigo, “¿Acaso no es ese el Capitán F-?”. “Sí”, le dijo, “¿por qué lo preguntas?”. “Porque”, dijo ella, “la última vez que oí esa voz, sus maldiciones hicieron que se me congelara la sangre; los juramentos de ese hombre eran terribles más allá de toda medida. ¿Acaso puede ser el mismo hombre?”. Alguien hizo esta observación, “Vaya y pregúntele”. Entonces la dama le preguntó tímidamente, “¿Es usted el mismo Capitán F- cuyos juramentos escuché en la calle, a un lado de mi casa?”. “Bien”, dijo, “soy la misma persona, y, sin embargo, gracias a Dios, ¡no soy la misma persona!”. ¡Oh, hermanos, así éramos algunos de nosotros; pero hemos sido purificados, pero hemos sido santificados! Los milagros de la gracia pertenecen a Dios.

Estaba leyendo el otro día la historia de un viejo pastor que nunca había asistido a un lugar de adoración; pero cuando ya había encanecido, y estaba cerca de su muerte, fue atraído por curiosidad a una capilla Metodista, y todo era nuevo para él. Aunque era un anciano de corazón duro, pudo observarse que derramaba lágrimas durante el sermón. Había obtenido un rayo de esperanza. Vio que había misericordia aún para él. Se aferró de inmediato a la vida eterna. Fue gran sorpresa verle en la capilla, pero la sorpresa fue mayor cuando, en la noche del lunes siguiente se le vio en la reunión de oración; sí y se le escuchó en la reunión, pues cayó de rodillas y alabó a Dios porque había encontrado misericordia. ¿Les sorprendería saber que los metodistas exclamaron: “Bendito sea el Señor”?

Dondequiera que se predica a Cristo, hombres y mujeres malvados son llevados a sentarse a los pies del Salvador, “vestidos y en su juicio cabal” (Marcos 5:15). Lectores, ¿por qué no podría pasar lo mismo con ustedes? De todos modos, tenemos plenas evidencias que ser pecador no es un motivo para desesperar.