Un sermón para el hombre más malo de la tierra
“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador”.
(Lucas 18:13)
Introducción
Aunque el fariseo había subido al templo a orar, sin embargo no lo hizo, y fue por su propia culpa; en todo lo que dijo no encontramos ninguna oración. Es una excelencia del publicano que subió al templo a orar y efectivamente oró: todo lo que dijo rebosa oración. “Dios, sé propicio a mí, pecador” es una oración pura, sin ninguna adulteración de principio a fin. Cuando el fariseo subió al templo a orar, olvidó por su culpa una parte esencial de la oración, que es la confesión del pecado: habló como si no tuviera ningún pecado que confesar, sino más bien muchas virtudes que presumir. Fue un elemento muy importante de la devoción del publicano, que realmente haya confesado su pecado, ay, sus expresiones estaban llenas de confesión de pecado: de principio a fin fue un reconocimiento de su culpa, y una petición de gracia al Dios misericordioso.
La oración del publicano es admirable por su plenitud de significado. Un expositor la llama un telegrama sagrado; y, ciertamente, es tan compacta y condensada, tan libre de palabras superfluas, que es digna de ser llamada así. No veo cómo pudo haber expresado su significado de manera más plena o breve. En el original griego, las palabras son aún más escasas que en inglés. ¡Oh, que los hombres aprendieran a orar con menos lenguaje y más significado! ¡Cuán grandes cosas están contenidas en esta breve petición! Dios, misericordia, pecado, propiciación, y perdón.
Él habla de asuntos importantes, y no se preocupa por pequeñeces. No tiene nada que ver con ayunar dos veces a la semana, o pagar los diezmos y esas cosas que no tienen mayor importancia; los asuntos que elige son de un orden superior. Su corazón tembloroso se mueve entre las cosas sublimes que lo sujetan, y habla en tonos consistentes con ellas. Trata acerca de las cosas más grandiosas que existen: implora por su vida, por su alma. ¿Dónde podría encontrar temas de mayor peso, más vitales para sus intereses eternos? Él no juega a orar, sino que suplica con terrible sinceridad.
Su súplica la aceptó Dios con presteza, y rápidamente ganó su caso en el cielo. La misericordia le concedió la plena justificación. La oración agradó al Señor Jesucristo de tal manera, cuando la escuchó, que aceptó convertirse en un pintor de retratos, haciendo un boceto del hombre suplicante.
Digo pues que la oración en sí misma fue tan agradable para el Salvador misericordioso, que nos dice cómo fue presentada: “Estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho”. Lucas, quien, de acuerdo con la tradición, tenía algo de artista además de ser un médico, tiene gran cuidado de colocar este cuadro en la galería nacional de retratos de hombres salvados por la gracia soberana. Aquí tenemos el retrato de un hombre que se llamó a sí mismo el pecador, y que, sin embargo, puede servir como un modelo para los santos. Me da gusto tener el divino boceto de este hombre, para que yo pueda ver la forma corporal de su devoción. Y me da todavía más gusto tener su oración, para que podamos contemplar el alma misma de su petición.
El anhelo de mi corazón esta mañana, es que muchas personas busquen la misericordia del Señor, como lo hizo este publicano, y que desciendan a sus casas justificados. No le pido a nadie que repita estas mismas palabras. Que nadie atribuya a esas palabras un valor supersticioso. ¡Ay, esta oración ha sido usada de manera impertinente e insensata, y se le ha visto en cierto modo como un hechizo! Algunos han dicho: “Podemos vivir como nos dé la gana, pues sólo tenemos que decir, ‘Dios, sé propicio a mí’, cuando estemos agonizando, y todo saldrá bien”. Este es un uso malvado de la verdad del evangelio; sí, lo convierte en una mentira.
Si deciden pervertir de esta manera la gracia del evangelio para su propia destrucción, la sangre de ustedes será sobre sus propias cabezas. Puede ser que no tengan ni siquiera la oportunidad de pronunciar esta breve frase; o, si la tienen, las palabras podrían no salir del corazón de ustedes, y de esa manera morirían en sus pecados. Les ruego que no presuman apoyándose en la clemencia de Dios. Pero si con el corazón del publicano podemos asumir la actitud del publicano, si con el espíritu del publicano podemos usar las palabras del publicano, entonces de allí vendrá una aceptación llena de gracia, y descenderemos a nuestras casas justificados. Si ese fuera el caso, habrá tiempos grandiosos el día de hoy, pues los ángeles se gozarán por los pecadores reconciliados con Dios, y les será permitido conocer en sus propias almas la misericordia sin límites del Señor.
Al predicar este texto, trataré de extraer su espíritu más íntimo. ¡Que seamos enseñados por el Espíritu, de manera que podamos aprender cuatro lecciones de él!