- No hay mérito en un sentido de pecado.
Debo avanzar ahora a mi segunda lección: un sentido de pecado no confiere el derecho a la misericordia.
Ustedes se preguntarán por qué menciono aquí esta verdad evidente; pero debo mencionarla debido a un error común que hace mucho daño. Este hombre era muy consciente de su pecado en la medida que se llamaba a sí mismo pecador; pero él no argumentaba su conciencia de pecado como una razón por la que debería hallar misericordia.
Hay una ingeniosidad en el corazón del hombre, casi diabólica, por la cual cambiaría si pudiera al propio evangelio en un yugo de esclavitud. Si predicamos a los pecadores que pueden venir a Cristo con toda su angustia y miseria, alguien exclama: “No me siento pecador como debiera sentirlo. No he sentido esas convicciones de las que hablas, y, por consiguiente, no puedo venir a Jesús”. Esto es retorcer el significado de lo que decimos. Nunca hemos querido insinuar que las convicciones y dudas y desalientos les conferían a los hombres un derecho a la misericordia, y que eran preparativos necesarios para la gracia. Yo quiero que ustedes, por consiguiente, aprendan que un sentimiento de pecado no le da al hombre un derecho a la gracia.
Si un profundo sentido de pecado hiciera al hombre merecedor de la misericordia, estaríamos poniendo al revés esta parábola. ¿Se imaginan entonces que este publicano era, después de todo, un fariseo vestido de manera diferente? ¿Imaginan que, en realidad, él quería decir al suplicar, “Dios sé misericordioso conmigo, porque soy humilde y despreciable”? ¿Dijo para sí mismo, “Señor, ten misericordia de mí porque no soy un fariseo, y estoy profundamente abatido por causa de mis malos caminos”? Esto demostraría que, en lo más profundo de su corazón, era un fariseo. Si conviertes a tus sentimientos en justicia, estás tan lejos del verdadero camino como si convirtieras a tus obras en justicia. Ya sea por obras o por sentimientos, cualquier cosa en la que se confía como que da derecho a obtener gracia, es un anticristo.
No vas a ser más salvo por tus miserias conscientes que por tus méritos conscientes: no hay ninguna virtud ni en lo uno ni en lo otro. Si haces un Salvador de las convicciones estarás tan seguramente perdido como si haces un Salvador de las ceremonias. El publicano confió en la misericordia divina y no en sus propias convicciones, y tú debes hacer lo mismo.
Imaginar que un terrible sentimiento de pecado constituyera un motivo para la misericordia sería como dar un premio al gran pecado. Ciertas personas que buscan piensan, “nunca he sido un borracho, o un blasfemo, o un adúltero, y casi quisiera haberlo sido, para que pudiera sentirme como el mayor de los pecadores, y así podría venir a Jesús”. No deseen nada tan atroz; no hay nada bueno en el pecado de una forma o de otra. Den gracias a Dios si han sido guardados de las más graves formas del vicio. No se imaginen que el arrepentimiento es más fácil cuando el pecado es más grave: lo contrario es lo verdadero. Crean que no hay ventaja en haber sido un horrible transgresor. Ya tienen suficientes pecados; ser peor no sería mejor. Si las buenas obras no te ayudan, ciertamente las malas no ayudarían tampoco.
Ustedes que han sido morales y excelentes deben implorar misericordia, y no ser tan necios como para soñar que pecados mayores les ayudarían para un arrepentimiento más sincero. Vengan como son, y si su corazón es duro, confiésenlo como uno de sus más grandes pecados. Un sentimiento más profundo de pecado no los haría merecedores a la misericordia de Dios; no pueden tener un título para la misericordia sino el que la misericordia les da. Sus lágrimas podrían fluir eternamente, su aflicción podría no conocer el descanso, y sin embargo, no tendrían ningún merecimiento para la gracia soberana de Dios quien tendrá misericordia de quien Él quiera tener misericordia.
Entonces queridos amigos, recuerden que si comenzamos a predicar a los pecadores que deben tener un cierto sentimiento de pecado y una cierta dosis de convicción, tal enseñanza apartaría al pecador de Dios en Cristo, para volcarlo hacia sí mismo. El hombre comienza de inmediato a decir, “¿Tengo yo un corazón quebrantado? ¿Siento la carga del pecado?”. Esta es sólo otra manera de mirarse a sí mismo. El hombre no debe mirarse a sí mismo para encontrar razones para la gracia de Dios. El remedio no se encuentra en el asiento de la enfermedad; se encuentra en la mano del médico.
Un sentimiento de pecado no es un derecho, sino un don de ese bendito Salvador que es exaltado en lo alto, que otorga arrepentimiento y remisión de pecados. Tengan cuidado de cualquier enseñanza que hace que ustedes miren hacia sí mismos en busca de ayuda, sino que deben aferrarse a esa doctrina que hace que ustedes miren únicamente a Cristo. Ya sea que lo sepas o no, tú eres un pecador perdido y arruinado, bueno sólo para ser lanzado para siempre a las llamas del infierno. Confiesa esto, y no pidas volverte loco por un sentimiento de pecado. Ven a Jesús, y únicamente a Él.
Si caemos en la noción que un cierto sentimiento de pecado nos da un derecho ante Dios, estaremos colocando la salvación sobre otra base que no es la fe, y ese será un terreno falso. Ahora, la base de la salvación es: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Una fe sencilla en el Señor Jesucristo es el camino de la salvación; pero decir, “seré salvo porque tengo una horrible convicción de pecado, y soy conducido a la desesperación”, eso no es hablar como habla el evangelio, sino la expresión del orgullo de un corazón incrédulo. El evangelio es que creas en Cristo Jesús; que te salgas de ti mismo, y dependas únicamente de Él. Tú dices: “Me siento tan culpable”. Ciertamente eres culpable, ya sea que lo sientas o no; y eres mucho más culpable de lo que te imaginas.
Ven a Cristo porque eres culpable, no porque te hayas preparado para venir mediante la consideración de tu culpa. No confíes en nada tuyo, ni siquiera en tu sentimiento de necesidad. Un hombre puede tener un sentimiento de enfermedad mucho tiempo antes que logre su curación. El espejo de la convicción revela las manchas en tu rostro, pero no las puede lavar. No puedes llenar tus manos metiéndolas en tus bolsillos vacíos y sentir cuán vacías están; sería mucho más sabio mantenerlas afuera, para poder recibir el oro que tu amigo tan libremente te da. “Dios, sé propicio a mí, pecador” es la forma correcta de decirlo, y no, “Dios, sé propicio a mí porque siento de manera suficiente mi condición de pecado, y la deploro adecuadamente”.