Prefacio
A mediados de la década de los 90, empecé a tomar conciencia de que la iglesia moderna había perdido la doctrina bíblica de la familia. La paternidad, que es según la Biblia, estaba muerta. El feminismo determinaba lo que realmente significaba ser mujer. El hecho de ser madre era motivo de desprecio. Los bebés eran marginados como si fueran ladrones de la comodidad y del éxito. Los matrimonios se estaban desintegrando y la institución misma estaba adoptando una nueva definición. Era casi imposible encontrar hombres en la Iglesia que entendieran la hombría o la paternidad, según la enseña la Biblia. En Norteamérica, millones de niños han sido abortados desde 1973. El siglo XX fue malo para la familia; todas las tendencias iban en la dirección incorrecta y la ignorancia bíblica llevaba a la familia vertiginosamente hacia la destrucción.
La ignorancia bíblica generalizada con respecto a la familia era perturbadora. A la vez, llegaban los ataques implacables de la revolución sexual, el feminismo radical, el movimiento de control de natalidad, concubinatos, programas de ayuda, especialmente para familias con niños dependientes, homosexualidad, neomalthusianismo [o sea la teoría de que la población crece más que los recursos], la educación pública atea y la pornografía. La más profunda edad oscura de la familia parecía imposible de revertir. Comencé a creer que la iglesia de Cristo seguiría su descenso en espiral, a menos que recobráramos tres cosas: El evangelio auténtico, la Palabra de Dios en la Iglesia y la vida familiar bíblica.
Mientras tanto, Jeff Pollard hacía algo al respecto. Estaba trabajando hasta tarde en la noche para documentar una teología correcta de la familia. Reunió estas doctrinas de una manera organizada para el ministerio de Chapel Library. Quien conozca a Jeff Pollard por algún tiempo, sabe que los últimos doce años de su vida se definen por su ministerio en Mount Zion Bible Church y un cronograma riguroso para producir periódicamente Free Grace Broadcaster, una colección de sermones y artículos de siglos pasados centrados en Cristo, que ahora se publica también en español bajo el título Portavoz de la Gracia.
Todo se trata de recuperar la sana doctrina y las prácticas bíblicas. Jeff Pollard ha producido docenas de folletos sobre temas como el evangelio, el pecado, el arrepentimiento, el Espíritu Santo, la Sangre de Cristo, la justificación, la santificación, los pecados secretos y muchos otros temas de vital importancia. A través de su trabajo en Chapel Library, contamos con una abundancia de recursos doctrinales que son distribuidos alrededor del mundo. Los organizó en orden para cubrir los vacíos, curar las heridas y pasar a la próxima generación un legado vivificante. Trabajó durante más de diez años para identificar a los grandes autores y escritos del pasado que pueden dar respuesta a los problemas de la actualidad. Se adentró en el pasado. Volvió a las eras en que se entendía mucho mejor el concepto de la familia, centrado en Cristo. Ha rescatado la doctrina encerrada en los cofres de tesoros literarios del pasado. Doy gracias porque también hizo esto para la doctrina bíblica de la familia.
Hay quienes afirman que la Biblia no dice mucho acerca de la familia, especialmente en el Nuevo Testamento. Esta opinión es generalizada. Pero, al contrario, la Biblia contiene una doctrina abundante sobre la familia. El presente libro contiene algunos elementos que, por largo tiempo, fueron olvidados de esta doctrina.
Tenemos que recuperar la convicción de que el propósito de Dios para la familia y sus instrucciones para ella constituyen un aspecto vital de la vida en la actualidad. Tenemos que confirmar en nuestra generación que Dios creó a la familia como un elemento muy importante en el cumplimiento de su propósito eterno. Primero, Dios creó a la familia para dar estructura y orden a los seres humanos, los cuales hizo a su imagen y semejanza. Segundo, la familia es la institución encargada de enseñar y preparar a los hijos para las iglesias, comunidades, culturas y naciones. Tercero, Dios creó a la familia con el fin de pasar el evangelio de una generación a otra. Por último, Dios diseñó a la familia para ser una demostración viva de diversos aspectos de la gloria del evangelio y también personificar las verdades bíblicas.
Por esto es que Dios ha ordenado que la familia sea la fuente de la cultura. Es el primer lugar sobre la tierra donde aparece la cultura y es formativa para todas las demás.
No es accidental que toda la historia de redención se exprese en términos de la familia. La Biblia comienza con el matrimonio de Adán y Eva (Gn. 2:20-24) y termina con la cena de las bodas del Cordero, donde la esposa —la Iglesia— se casa con su esposo (Ap. 19:7-9). La historia del amor de Cristo por su Iglesia se ilustra con la figura de un esposo salvando a una esposa, dando su vida por ella, amándola, santificándola y glorificándola. El apóstol Pablo presenta este cuadro cuando ordena a los esposos que amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se dio a sí mismo por ella. Pablo subraya que el amor que Cristo demostró en la redención de los pecadores es el modelo de la manera cómo los maridos deben amar a sus esposas. Aunque el marido no puede salvar el alma de su esposa, su vida con ella es un cuadro de la redención que se encuentra en Cristo.
No sólo los matrimonios pintan un cuadro del evangelio de la gracia de Dios sobre la tierra, sino también las relaciones entre hijos y sus padres. Dios es el Padre (Jn. 14:10; Ef. 4:6; Fil. 2:11; Col. 1:19; 1 P. 1:2); su familia es unida (Dt. 6:1-9; Mt. 28:19; Jn. 15:26; Gá. 3:20; 1 Jn. 5:7); tiene un Hijo (Jn. 3:16-17; 1 Co.1:3; Ef. 1:3; Col. 1:3; He. 1:1-2; 1 P. 1:3) y tiene hijos nacidos del Espíritu (Gá. 3:26; 1 J. 2:28-3:3). Estos hijos son hermanos y hermanas y madres en la familia de Dios (Ro. 12:5; 1 Ti. 5:1-2; 1 Jn. 3:14); son miembros de la familia de Dios sobre la tierra (Jn. 14:2-3) y Jesús da su vida por su Iglesia, a fin de presentársela como una novia adornada para su esposo (Ap. 19:1-10; 21:1-21).
Inmediatamente después de que Dios creara los cielos y la tierra, creó un esposo y una esposa terrenales (Gn. 2:20-24). Instruyó al esposo y a su esposa, a quienes había creado, que fueran fructíferos y se multiplicaran, generando así, más familias (Gn. 1:27-28).
Las relaciones entre las personas de la Trinidad son una analogía de las relaciones familiares. La actividad de pacto entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es la raíz de la que brota el pacto de redención, trayendo a hijos desobedientes de regreso a un Padre amante y misericordioso. Los miembros de la familia celestial traen a hijos e hijas para que tengan comunión con los miembros de la deidad y unos con otros. Están trayendo “muchos hijos a la gloria” (He. 2:10). Cuando los discípulos de Jesús bautizan a otros en el “nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, literalmente los hacen miembros de la familia de la fe. Cuando adoptamos el nombre de Cristo al bautizarnos, estamos siendo recibidos en una familia nueva.
Cuando Dios hace algo maravilloso en el mundo, a menudo lo hace usando a una familia. Cuando Dios creó el universo en toda su gloria, él, su Hijo y su Espíritu se pusieron a trabajar alegremente creando todo lo que existe (Pr. 8; Jn. 1:1).
Cuando Dios quiso cuidar el jardín del Edén y sojuzgar la tierra, instruyó a una familia compuesta por Adán y Eva para que se enseñoreara sobre ella (Gn. 1:28). Cuando Dios quiso preservar de la destrucción a su simiente justa, a la vez que cumplía su castigo contra un mundo pecaminoso, eligió a Noé y a su familia para preservar el linaje humano que permanece hasta este día (Gn. 8-10). Cuando quiso bendecir al mundo con la justicia que es solo por fe, escogió a Abraham, en cuya descendencia todas las familias de las naciones serán bendecidas (Gn. 12:1-3; 15; 17; 22:17; Hab. 2:4; Gá. 3:7-9; Ro. 3:21-26, 30; 4:1-4; 5:1). Cuando Dios quiso dar salvación a la humanidad, envió a su Hijo unigénito y su Hijo creó una familia, la familia de Dios (Gá. 6:10). Estableció su Iglesia, compuesta por hermanos y hermanas, madres y padres espirituales. Esta familia es “la iglesia del Dios viviente” (1 Ti. 3:15).
La familia es un aspecto central del propósito de Dios en la historia de la redención. Los padres de familia que enseñan a sus familias las Sagradas Escrituras son una parte importante del plan de Dios para salvar a los perdidos en cumplimiento del pacto con Abraham y la Gran Comisión. Predican el evangelio a sus familias y dan a conocer todo el consejo de Dios a sus hijos al criarlos “en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:1-4; Dt. 6:1-9; 11:18-21).
En la actualidad, necesitamos una reforma de la familia o, más bien, una reforma de la vida familiar bíblica. La Reforma Protestante incluyó una reforma o transformación de la familia y, más adelante, entre los puritanos sucesores de los reformadores porque Juan Calvino fue primero y ante todo un pastor cuya predicación era expositiva; aplicaba las Escrituras a cada aspecto de la vida, incluyendo a la familia. Pero esa reforma no murió con Calvino porque los sucesores de los reformadores la continuaron y continúa hasta hoy. La mayoría de los autores presentados en esta obra son de la época de la reforma de la familia que tuvo lugar durante la época de la Reforma y de los Puritanos1.
Durante la Reforma Protestante se examinaron numerosos aspectos teológicos y prácticos de la vida, corrigiéndolos en concordancia con las Escrituras. Así como la doctrina de la salvación fue reformada durante el siglo XVI, también lo fue el matrimonio, el lugar del varón, de la mujer, del padre y de la madre de familia, la educación de los hijos, la fertilidad y casi todas las áreas que se relacionan con la vida familiar. Juan Calvino nunca escribió un libro específicamente sobre la familia, pero a través de sus sermones, comentarios, escritos sistemáticos y las ordenanzas de Ginebra, encendió una reforma familiar que sigue ardiendo. Como hace notar John Witte, Jr.: “Juan Calvino transformó la teología occidental y la ley sobre el sexo, el matrimonio y la vida familiar… Calvino elaboró una nueva teología y ley general que hacía de la formación y disolución matrimonial, la crianza y el bienestar de los hijos, la cohesión y el mantenimiento familiar, y el pecado y crimen sexual, temas de preocupación esencial para la Iglesia, igual que para el estado. Organizó el Consistorio y el Concilio de Ginebra, de modo que fuera una alianza nueva y creativa para guiar y gobernar la reforma de la esfera doméstica íntima”2. Dios lo nombró para ser el promotor de una restructuración masiva de la institución más fundamental de la sociedad: La familia. La instrucción de Calvino sobre la familia, no sólo era extensa, sino amplia en su alcance, incluyendo casi todas las áreas de la vida familiar.
Como no lo hiciera ningún otro reformador, Calvino proveyó la precisión exegética que definió los términos para una visión bíblica de la vida familiar. Con una claridad cristalina, explicó los detalles acerca de cómo la familia había cambiado la verdad de Dios por una mentira.
Es impresionante notar los medios sencillos que Dios usó para generar esta reforma familiar. Fue orientada doctrinalmente y surgió de la tierra fértil de una visión de la majestad de Dios, el reconocimiento de la infalibilidad y suficiencia de las Escrituras, un cuidado pastoral práctico y tierno, una devoción por la predicación expositiva y la transformación real de aquellos que estaban reformando sus vidas conformándolas a las enseñanzas de la Palabra.
La reforma familiar en Ginebra necesita ser comprendida en el siglo XXI porque nos presenta una visión bíblica para la vida familiar y nos recuerda la agitación social que acompaña a la reforma pública de la familia.
Este tomo es un intento por producir los frutos del avivamiento que tuvo lugar durante la era de la Reforma y del Puritanismo, al igual que el legado de aquellos que después adoptaron su doctrina y su práctica. Durante la era del Puritanismo, hubo un avivamiento distintivo de la vida familiar bíblica. Esta reforma está detalladamente documentada en muchos libros que fueron escritos sobre el tema.
Se alentaba el culto familiar. A los padres de familia se les instruía para que se consideraran a sí mismos como los profetas, sacerdotes y reyes de sus familias; las esposas eran exhortadas a ser mujeres al estilo de Tito 2 y Proverbios 31 y los hijos eran llamados a honrar a sus padres, de modo que la fragancia de una vida familiar hermosa impregnó toda Inglaterra y Europa.
En el jardín del Edén, comenzaron los primeros ataques del diablo contra la Palabra de Dios que afectaron directamente la institución del matrimonio y el fruto del matrimonio creado por Dios, a saber, la familia. La serpiente convenció a una esposa de que Dios no era bueno y menoscabó su Palabra. El marido no protegió a su esposa que era vulnerable y el veneno mortal del pecado entró al mundo. Su fruto amargo apareció en la primera generación de los hijos: El primer hijo mayor en la historia asesinó al primer hermano menor. Y el diablo sigue hasta hoy librando una guerra sin tregua contra la familia.
¿Por qué hay un ataque tan incesante contra la familia en la actualidad? ¿Es porque al diablo no le gusta el amor y la comunión en la familia? Principalmente no, sino por lo siguiente:
El diablo odia a la familia porque odia el evangelio de Jesucristo. Un matrimonio estropeado proyecta un evangelio estropeado, un marido sin amor y egoísta declara una fe sin amor y mentiras acerca del amor de Cristo por la Iglesia, una esposa no sumisa representa la falsedad de una Iglesia antinomiana, un hijo rebelde refleja a un hijo rebelde de Dios. El diablo está en misión, empeñado en destruir la gloria de Dios y su reino eterno dondequiera que exista, por ello apunta al blanco más importante: El evangelio. El evangelio es su objetivo principal porque revela la Simiente de la mujer que hirió la cabeza de la Serpiente en el Calvario.
La Iglesia es más saludable cuando prospera la vida familiar bíblica. Además, el mundo es bendecido cuando los padres de familia asumen su posición de pastor de la familia. Así como la Iglesia de Cristo es la columna y el fundamento de la verdad, la familia bíblica puede ser una salvaguarda bíblica del evangelio y un campo bendecido y fértil para la evangelización. También, la verdad del evangelio se demuestra por la estructura misma de la familia. Debido a estos factores, no nos sorprenda que el diablo odie los designios y el propósito de Dios para las familias.
Satanás quiere destruir a las familias cristianas porque son un conducto de la bendición de Dios para muchas generaciones. Los escogidos de Dios nacen en una familia y, Cristo mismo —el Salvador del mundo—, llegó a este mundo del vientre de su madre. Los ataques de la serpiente a la familia cristiana siempre tienen implicaciones más amplias que trascienden más allá de una sola generación. Satanás ha estado en guerra contra la “simiente de la mujer” (Gn. 3:15) desde el principio. La “simiente de la mujer” es una figura de Cristo y todos los que están en él. ¿Puede, pues, sorprendernos que Satanás siempre esté procurando destruir esa simiente? Él sabe que el pecado es lo único que puede vencer el impacto exponencial de la simiente santa que se va multiplicando a través de las generaciones. El pecado es la única razón por la cual las familias se desintegran: “El pecado está a la puerta… y tú te enseñorearás de él” (Gn. 4:7). Caín rechazó el consejo del Señor acerca del peligro del pecado cuando albergaba en su mente pensamientos homicidas hacia su hermano Abel. El pecado ha sido el origen de cada problema familiar desde que cayó Adán en pecado. Desde el principio, Satanás ha estado ocupado en la empresa de destruir familias. Caín acabó por asesinar a su hermano y este acto brutal y violento fracturó a su familia en las generaciones subsiguientes. El pecado se interpone en el camino de las bendiciones que Dios ha ordenado para las familias de las naciones sobre la tierra. Este ataque a la familia es central en la guerra de Lucifer contra la humanidad, es una guerra global transgeneracional contra “la simiente de la mujer”. En su intento por borrar el conocimiento de Dios de una generación a la otra, Satanás ataca las instituciones formativas de Dios: La Iglesia y la familia. Estos ataques van en aumento cada día. Se requiere una respuesta.
A medida que las culturas progresan de un ciclo moral a otro, ocurren cambios que exigen una respuesta bíblica. A menudo, se levantan movimientos que intentan rescatar los valores que se están perdiendo. Estos movimientos reaccionarios con frecuencia son vehementes, pero, por lo general, se caracterizan por respuestas públicas por medio de publicaciones. A medida que la cultura colapsa, los escritores toman su pluma como arma para dar la alarma. Son reaccionarios. A menudo son perturbadores. Una manera de identificar la degradación cultural en un área en particular, es que se empieza a ver una ola de publicaciones sobre el tema que no se veía desde hacía muchos años. Cuando está sucediendo un cambio importante, la gente lo hace tema de sus escritos y de sus conversaciones. Al encontrarnos en un periodo de la historia cuando la familia es atacada por todos los costados, hemos visto un aumento en las publicaciones sobre la familia. Durante muchos años hubo muy poca actividad, pero en las últimas dos décadas ha aumentado dramáticamente.
Doy gracias por Jeff Pollard, quien tomó sus armas de guerra para salir a la batalla.
En este libro se declaran cosas hermosas. Son señalizaciones en “las sendas antiguas” (Jer. 6:16). Esta obra está dedicada a la preservación de esas señalizaciones en el camino del Rey.
Presentamos esta obra en un momento cuando muchas personas en las culturas del mundo han dejado de lado los mandatos y los modelos santos para la vida familiar, tal como los revelan las Escrituras, mandatos que una vez obedecieron con fidelidad. Si uno habla públicamente sobre estos temas, citando la Biblia, verá que son ampliamente rechazados. Muchos aborrecen de corazón las cosas hermosas que Dios ha ordenado para la vida familiar. El mismo diablo aborrece las cosas hermosas, pero nunca podrá destruirlas: “Las puertas del Hades [infierno] no prevalecerán” (Mt. 16:18) contra la hermosura y la bondad de los designios de Dios para la Iglesia y la familia.
Josué retó con valentía al pueblo de Israel a ser fiel al Dios que los había librado de la esclavitud de Egipto: “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Josué les instó a tomar una decisión que determinaría qué camino tomarían en la vida. Muchos han sido valientes y hecho suya la heroica declaración de Josué: “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, sólo para luego descubrir que no saben cómo hacerlo ni _cómo_se manifiesta. La voz de cristianos fieles que nos han precedido nos puede ayudar en ambos casos. Los artículos en este libro han sido compilados precisamente para instruirnos sobre cómo “servir a Jehová” como hombres, mujeres y niños, según la Palabra infalible de Dios.
—Scott Brown