Para las madres, experimentadas o primerizas

JOHN ANGELL JAMES (1785-1859)

“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. —Tito 2:3-5

¡Cuántos recuerdos relacionados de un modo hermoso con esa maravillosa palabra, madre! Al oírla, se despiertan las más tiernas emociones del corazón humano, lo mismo entre los salvajes como entre los sabios. La belleza y el poder de ese término son perceptibles para el príncipe y el campesino, el rústico y el filósofo. Es uno de los primeros que aprenden los labios de un bebé y cuyo encanto siente desde el principio. Es la nota de una música y resulta difícil afirmar qué alma vibra con mayor sensibilidad, la de la madre o la del hijo. Aunque la humanidad esté semiembrutecida por la opresión, la ignorancia y hasta el vicio, rara vez ha caído tan bajo como para que la última chispa de amor maternal sea extinguida o para que la última sensibilidad que ésta inspira, quede aplastada. Es necesario hacer buen uso de la fuerza del amor de la mujer hacia su hijo y hacer que se ejercite para los mejores y más útiles propósitos…

En una conferencia pastoral celebrada no hace mucho, en la que se reunieron alrededor de ciento veinte clérigos estadounidenses, unidos por los lazos de una fe común, se invitó a cada uno de ellos a exponer la clase de mediación humana a la que atribuía el cambio de corazón bajo la bendición divina. ¿Cuántos de estos creen ustedes que le atribuyeron el honor a su madre? ¡De los ciento veinte clérigos, más de cien! Estos son, pues, hechos escogidos de entre otros innumerables que demuestran el poder de una madre y, al mismo tiempo, su responsabilidad.

Pero, ¿cómo lo explicaremos? ¿Qué le da esta influencia? ¿Cuál es el secreto de su poder? Son varias cosas. En primer lugar, sin duda, la ordenanza de Dios. Él, quien nos creó, quien formó los lazos de la vida social y proporcionó todas las dulces influencias y las tiernas susceptibilidades de nuestras diversas relaciones, designó que el poder de la madre sobre el alma de su hijo fuera así de poderoso. Es ordenanza de Dios y la mujer que lo olvide o lo descuide está desobedeciendo una institución divina. Dios ha creado al hijo para que sea peculiarmente susceptible a este poder sobre su naturaleza.

A continuación, está el amor de la madre, más fuerte o, por lo menos, más tierno que el del padre. Hay más instinto, si no razón, en su afecto. Ella tiene más que ver con el ser físico de su criatura, por haberlo llevado en su vientre, haberlo alimentado de su pecho y haberlo vigilado en su cuna. Todo esto genera, de manera natural y necesaria, un sentimiento que ninguna otra cosa puede producir. El amor es el gran poder motivador en la conducta humana. “Con cuerdas humanas los atraje —dice Dios—, con cuerdas de amor” (Os. 11:4). Ésta es la verdadera filosofía, tanto de la constitución natural humana como de la fe evangélica. La naturaleza humana está hecha para ser conmovida, gobernada por el amor, no para ser atraída con las cadenas de la severidad. El corazón de la mujer está hecho de amor y el amor se ejerce con mayor suavidad, dulzura y restricción sobre su hijo por su parte que por el otro sexo. Esto la hace más paciente, más ingeniosa y, por tanto, más influyente. Sus palabras son más blandas, sus sonrisas más irresistibles y su ceño más imponente, porque es menos aterrador y repulsivo. La florecilla que ella tiene que criar abre sus pétalos con mayor facilidad a la dulce luz de su rostro…

La madre tiene más que ver con el carácter del hijo cuando todavía está en el estado flexible en el que es moldeable. Los ejercicios más tempranos de pensamiento, emoción, voluntad y conciencia se llevan a cabo bajo su vigilancia. Ella, no sólo tiene que ver con el cuerpo en sus primeros años, sino con el alma en su infancia. Tanto la mente como el corazón del hijo están en sus manos en ese período, cuando inicia su andadura para bien o para mal. Los niños aprenden a balbucear sus primeras palabras y a formar sus primeras ideas bajo la enseñanza de ella. Casi siempre están en su compañía y sin que ellos se den cuenta, y de forma imperceptible para ella, reciben de ella su predisposición correcta o incorrecta. Ella es el primer modelo de carácter que ellos ven; las primeras exhibiciones del bien y del mal en la práctica son las que ellos ven en ella. Ellos son los constantes observadores de las pasiones, las gracias, las virtudes y los defectos que se manifiestan en las palabras de su madre, en su humor y en sus actos. Por consiguiente, sin darse cuenta, ella, no sólo los está educando mediante la enseñanza definida, sino con todo lo que hace o dice en presencia de ellos… Por tanto, es inmensamente importante que cualquiera que mantenga esta relación, tenga un alto concepto de su propio poder. La madre debería estar profunda y debidamente impresionada por el gran potencial de su influencia…

Las madres deberían estar pues, familiarizadas a fondo con la obra que se les ha asignado. No me estoy refiriendo al entrenamiento físico de los niños ni, principalmente, a su cultura intelectual, sino a la educación social, moral y en la fe cristiana90. El objetivo de la madre y su deber es la formación del carácter. No debe limitarse a comunicar mero conocimiento, sino hábitos. Su ministerio especial consiste en cultivar el corazón y regular la vida. Su meta, no sólo debe ser lo que sus hijos tienen que saber, sino lo que van a ser y a hacer. Debe considerarlos como miembros futuros de la sociedad y cabezas de sus propias familias, pero sobre todo como candidatos para la eternidad. Esto debe adoptarse, repito, como la idea principal, la formación del carácter para ambos mundos… La madre debería mirar a su descendencia con esta idea: “Ese niño tiene que vivir en dos mundos y actuar como parte de ambos. Es mi deber iniciar su educación para ambos y establecer en sus primeros años el fundamento de su carácter y su felicidad para ahora y para la eternidad también. ¿Cuáles deberían ser mis cualificaciones y mis objetivos para semejante tarea?”… ¿Cuáles?

Una profunda reflexión, ciertamente, en la naturaleza transcendental de tu cargo. Ser padre es algo tremendo y, más aún, ser madre y ser responsable de la formación de hombres y mujeres, tanto para ahora como para la eternidad… ¡Mujer! El bienestar de tu hijo, en todo tiempo y en toda la eternidad, también depende mucho de tu conducta hacia él durante el periodo en que está bajo tu influencia, en los primeros años de su ser. A ti se te encomienda el cuidado del cuerpo del niño; su salud, energía y bienestar dependen mucho de ti para toda su existencia futura en la tierra. ¿Cuáles serían tus sentimientos de emotivo remordimiento si, por cualquier descuido tuyo, ya sea un fallo o un accidente, resultado de tu falta de atención, el pobre bebé se hiciera daño en la columna o sus miembros quedaran deformados? Pero, ¡qué es esto en comparación con el espectáculo más triste aún de un alma deformada y paralizada, un carácter distorsionado en formas deshonestas y espantosas, y llegar a la atormentada reflexión de que esto ha sido el resultado de tu descuido…!

Cualifícate para los deberes maternales por encima de todas las cosas, mediante una piedad sincera y eminente. Una madre no debería olvidar jamás que esas pequeñas criaturas encantadoras, que juegan tan contentas e inocentes por la habitación, con toda la inconsciencia de la infancia, son jóvenes inmortales… Uno casi debería pensar que la diligencia en este asunto sería tan abrumadora como para acabar con el deleite de los padres, pero una madre no puede contemplar al bebé al que está amamantando, que le sonríe dulcemente como si quisiera darle las gracias que aún no ha aprendido a expresar con palabras —o velar su sueño en su cuna, respirando tan suavemente como si viviera sin respirar— y, al mismo tiempo, sentir que su alma se estremece y se encoge en la sombra oscura que cubre su espíritu al pensar: “¡Oh, espero que no acabes siendo un libertino en este mundo y un condenado en el siguiente!”.

En lugar de una reflexión tan angustiosa para todo sentimiento maternal, ella tiene la gozosa esperanza de que el amado bebé será un cristiano santo, útil y feliz en la tierra y, después, un inmortal glorificado en el cielo. Tales pensamientos deberían cruzarse, en ocasiones, por la mente de todo padre y toda madre. Todos deberían darse cuenta de la sublime idea de que sus casas son los seminarios para la eternidad y sus hijos los estudiantes, ellos mismos maestros y la fe cristiana la lección. Sí, con cada bebé que nace en la familia llega el requerimiento de Dios: “Toma este niño y críalo para mí”. Es uno de los propios hijos de Dios por creación, enviado para ser formado en el camino por el que debería andar, es decir, en la crianza y el consejo del Señor… Nos estremecemos ante las crueldades de quienes sacrificaron a sus bebés a Moloc; pero qué inmolación más temible practican aquellos que ofrecen a sus hijos e hijas a Satanás, al descuidar su educación en la fe y dejarlos crecer en la ignorancia de Dios y de su destino eterno.

Pero, ¿puede alguna madre enseñar o enseñará con eficacia esa piedad que no siente y practica ella misma? Por tanto, yo digo que el corazón de una madre debe estar profundamente lleno de piedad si quiere enseñársela a sus hijos. Sin esto, ¿podrá tener la voluntad de enseñar, el corazón para orar o el derecho a esperar? Madre, ¿puedes concebir una elevación más alta y noble que alcanzar en tu relación maternal que la de darle la primera idea de Dios a la mente abierta de tu hijo que se hace mil preguntas? ¿O la de dirigirle a ese bebé divino que nació en Belén; que estuvo sujeto a sus padres; que creció para ser el Salvador; que afirmó: “Dejad a los niños venir a mí”(Mr. 10:14), que los tomaba en sus brazos y los bendecía, y después murió en la cruz para salvarlos? ¿O la de hablarle del cielo, la morada de Dios y de sus ángeles? ¡Ver brillar la primera mirada de santa curiosidad y la primera lágrima de piedad infantil; escuchar la primera pregunta de preocupación o el primer aliento de oración de los labios infantiles! ¡Cómo se ha henchido de deleite el pecho de muchas mujeres en medio de semejantes escenas, en un éxtasis de sentimientos, y han caído de rodillas musitando una oración maternal sobre el hijo de su corazón, mientras este alzaba sus ojos, perplejo, sintiendo un misterioso poder descender sobre él que nunca podría expresar ni entender por completo!

Si tu fe es genuina, te enseñará de una vez la grandeza de la obra y tu propia insuficiencia para realizarla correctamente con tus propias fuerzas. Tu cometido es entrenar a mortales para la tierra y a seres inmortales para Dios, el cielo y la eternidad… Cultiva, pues, una consciencia temblorosa de tu propia insuficiencia y apóyate en Dios mediante la oración de fe, constante y ferviente. En un sentido excepcional, sé una madre de oración. No confíes en ti misma y, mediante la oración de fe, consigue la ayuda del Omnipotente.

No olvides lo que ya he dicho: El afecto es la llave de oro habilitada por Dios para abrir los cerrojos de cada corazón humano; al aplicarlo, los pestillos que ninguna otra cosa podían mover se desplazarán a toda prisa y se abrirán con facilidad. La severidad está fuera de lugar en cualquiera, pero sobre todo en las mujeres. Sin embargo, ten cuidado y no permitas que el afecto degenere en una permisividad ingenua y necia… Aunque se exige afecto, no se debe permitir que la autoridad se vea perjudicada. Los padres no deben ser unos tiranos, pero tampoco deben ser esclavos de sus hijos. Para los padres, es un espectáculo doloroso y desdichado ver a su familia como un estado donde la rebelión reina flagrante, el padre ha sido depuesto, el cetro quebrado y los hijos insurgentes ostentan el reinado soberano. A la madre, como al padre, se le debe obedecer y cuando ella no lo consigue es culpa suya. Un sistema de gobierno perseverante, donde la mano de amor sujeta con firmeza las riendas, acabará produciendo la sumisión sin lugar a duda. Sin embargo, debe ser una mezcla de bondad, sabiduría y autoridad. El niño debe sentir la sumisión como un deber que se rinde a la autoridad y no una mera conformidad ganada por el afecto. La autoridad no debe ser rígida y convertirse en severidad ni el amor puede degenerar en coacción. Las órdenes, no sólo deberían ser obedecidas porque es agradable hacerlo, sino porque es lo correcto.

Una madre sensata ejercerá un trato diferenciado y lo adaptará al carácter de sus hijos. Existen tantas variedades de temperamento en algunas familias como hijos… Uno es atrevido y arrogante, y debería ser controlado y reprendido; otro es tímido y reservado, y necesita ser alentado e incentivado. Uno se puede motivar con mayor facilidad apelando a su esperanza, otros por medio de razonamientos dirigidos a su temor. Uno es demasiado callado y reservado, y necesita que se aliente su franqueza y su comunicación; otro es demasiado abierto e ingenuo, y se le debería enseñar la precaución y el dominio propio. Cada niño debería ser estudiado aparte. La charlatanería debería prohibirse de la educación, así como de la medicina. El mismo tratamiento no convendrá a todas las mentes, de la misma manera que un único medicamento o tipo de alimento tampoco es adecuado para todos los cuerpos…

La mujer que desea cumplir con los deberes de su relación debe rendirse a su misión y conformarse con hacer algunos sacrificios y soportar algunas privaciones. ¿Quién puede dar testimonio de la paciente sumisión de la madre pájaro a su soledad y su abnegación durante el período de incubación, sin admirar la tranquila y voluntaria rendición de su libertad habitual y sus disfrutes, que el instinto le enseña a efectuar? Por amor a sus hijos, la mujer debería estar dispuesta a hacer, bajo la influencia de la razón y la fe cristiana, lo que el pájaro hace guiado por los impulsos poco inteligentes de la naturaleza. Sus hijos son una responsabilidad por la que ella debe renunciar a algunos de los disfrutes de la vida social y hasta a algunos de los placeres sociales de su fe cristiana.

La que quiera tener poder maternal sobre sus hijos debe darles su compañía… No digo que una madre debe estar encarcelada en su propia casa, que nunca salga ni tenga compañía. La que está dedicada a las necesidades de su familia necesita una relajación ocasional en medio de los placeres de la sociedad y, en especial, los compromisos estimulantes de la adoración pública. Algunas madres son absolutas esclavas de sus hijos, hasta el punto que rara vez salen de su hogar y hasta dejan de ir a la casa de Dios. Esto es un error extremo que se podría evitar… también están las que se van al extremo opuesto y que no renuncian a una fiesta social o a una reunión pública ni por el bien de sus hijos. La mujer que no está preparada para hacer muchos sacrificios de este tipo, por amor a sus hijos, su hogar y su esposo, no debería pensar nunca en entrar en la vida matrimonial.

Sé ingeniosa, estudiosa y ten inventiva. Es el mejor método de ganar la atención y formar la mente de tus hijos mientras son pequeños. Son demasiadas las que imaginan que la educación y, en especial la educación en la fe, consiste en limitarse a escuchar un capítulo leído, un catecismo enseñado o un himno repetido y que cuando estos se terminan, todo se acabó. La memoria es la única facultad que cultivan; el intelecto, los afectos y la conciencia se descuidan por completo. Una madre cristiana debería ponerse a inventar el mejor modo de ganar la atención y conservarla; no debería agotarla ni mantenerla tanto tiempo que pierda su efecto.

Sé natural en tu instrucción en la fe. La libertad de la conversación incidental, en lugar de la formalidad de las lecciones fijadas y establecidas; la introducción de los temas de la fe cristiana en la vida diaria, en lugar del anuncio serio e intimidante del cambio de los asuntos seculares a los sagrados, y la costumbre de referirle todas las cosas a Dios y comparar las verdades y las máximas de la Biblia con los acontecimientos de cada hora, en lugar de limitarse a encender una lámpara de Sabbat y forzar todas las cosas fuera de su canal cuando vuelve el tiempo de la devoción, son los medios para abrir las vías que llevan al corazón joven y que convierten la fe cristiana, junto con su gran autor, en el objeto de reverencia mezclada con amor, en vez de aversión o terror o, tan solo un homenaje frío y distante. “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Dt. 6:6-7).

Madre, investida como estás de tal influencia, reflexiona a menudo en tu responsabilidad. Con tanto poder que Dios te ha conferido, eres responsable ante tus propios hijos… Eres responsable ante tu marido. Él te confía la educación de sus hijos… Eres responsable ante la Iglesia de Dios porque la educación familiar es —o debería ser—, en las familias de los piadosos, el medio principal de conversión. Para los padres cristianos es un error fatal recurrir a los ministros de la fe para la conversión de sus hijos. Desafortunadamente, es el error del día. Se mira al púlpito para estos beneficios, que deberían fluir de la cátedra de los padres…

En todas las cosas, es importante empezar bien. El comienzo suele determinar el progreso y el final. Los errores, tanto en la teoría como en la práctica, por mucho que se persista en ellos durante tiempo y de forma obstinada, pueden corregirse con inteligencia, determinación y la bendición de Dios. De otro modo, la reforma sería imposible. Sin embargo, ¡cuánto mejor y más fácil es evitar las faltas que tener que enmendarlas! Muchas madres han visto sus equivocaciones cuando era demasiado tarde para corregirlas. Sus hijos han crecido bajo la influencia de un sistema erróneo de gobierno familiar y de dirección maternal, y han adquirido la fijación del mal hábito que ni la sabiduría, ni la firmeza, ni la severidad, ni el afecto, posteriores pudieron subsanar. Y los padres han tenido que derramar sus amargos pesares por no haber iniciado la vida con estos criterios sobre sus deberes con los que la acaban.

Si una madre empieza bien, lo más probable es que siga bien, y esto es también así cuando comienza mal. Su conducta hacia _su primer hijo_determinará, probablemente, su conducta respecto a todos los siguientes. ¡Qué trascendental es, pues, en esta etapa de su historia familiar, sopesar bien, con solemnidad y mucha oración, su situación de responsabilidad! De hecho, queda bastante claro que ninguna esposa debería excluir este tema hasta convertirse en madre. La posibilidad misma debería conducir a la debida preparación para los nuevos deberes que se esperan… Nos corresponde a nosotros prepararnos para cualquier situación en la que tengamos la expectativa confiada de entrar en breve. Al hombre se le proporciona la previsión con el propósito de cumplir con propiedad la situación y los deberes que esperamos. No es muy probable que la mujer que nunca estudia las responsabilidades y los deberes maternales, hasta que llega el momento de llevarlos a cabo, se acredite como es debido para esa relación tan importante… Tristemente, la joven esposa que tiene en perspectiva dar a luz un hijo, se encuentra en algunos casos tan agobiada por la atención innecesaria hacia su propia seguridad y, en otras, tan absorbida por los preparativos que han de hacerse para el bienestar físico y la ropa elegante de su deseado bebé, que olvida prepararse para los deberes más importantes que recaen sobre ella en relación con la mente, el corazón y la conciencia del niño.

La madre que desea cumplir sus deberes para con sus hijos debería esforzarse de manera especial y educarse para esas funciones tan trascendentales. Debería leer y acumular conocimiento en su mente. Debería reflexionar, observar y obtener información útil de todas partes. Debería asegurar sus principios, establecer sus planes y formar sus propósitos. Debe cultivar todos los hábitos y cualidades que la prepararán para enseñar y gobernar. Debe procurar adquirir seriedad, una vigilancia cuidadosa, una observación rápida y discreción en diversas formas. Los hábitos de la actividad, la resolución, el orden y la regularidad son indispensables para ella; así es el ejercicio de todos los sentimientos buenos y benevolentes. Ella debe unir la amabilidad con la firmeza y alcanzar la paciencia y el dominio completo de su carácter. Es de suma importancia también que tenga un conocimiento correcto de la naturaleza humana y de la forma de tratar con el corazón humano. Y, por encima de todo, que recuerde que la piedad es el espíritu vivificador de toda excelencia y que el ejemplo es el medio más poderoso para imponerla. No debería permitirse olvidar jamás que los niños tienen ojos y oídos para prestar atención a la conducta de su madre. No satisfecha con prepararse de antemano para sus funciones importantes, debería seguir adelante con su educación y la de sus hijos de manera simultánea. Existen pocas situaciones que requieran una preparación más imperativa, y muy pocas a las que se dedique menos.

¡Una vez más, vemos con frecuencia tanta solicitud en la madre respecto a la salud y la comodidad de su bebé! También se percibe una atención tan absorbente a todos los asuntos, en lo tocante a su bienestar físico, junto con un deleite tan exuberante en el hijo como tal; un orgullo de madre tal y una alegría en su niño, que su mente se distrae con esas circunstancias de todos los pensamientos serios y las reflexiones solemnes que debería despertar con la consideración de que una criatura racional, inmortal y caída está encomendada a su cargo para que la forme para ambos mundos. Así, su atención está absorbida mes tras mes, mientras que todas las facultades de su bebé se están desarrollando. Su juicio, su voluntad, su afecto y su conciencia, se están abriendo, al menos en sus capacidades, pero son descuidados, y su tendencia natural hacia el mal crece inadvertida y descontrolada. El momento mismo en que se podría ejercer con mayor ventaja un cuidado juicioso sobre la formación del carácter, se deja pasar sin mejoras; se permite que la pasión aumente de modo desenfrenado y que la voluntad propia alcance un grado de determinación que se endurece hasta convertirse en obstinación. Y la madre descuidada que, alguna vez pretendió iniciar un sistema de formación moral (diciéndose siempre a sí misma que todavía había bastante tiempo para ello), cuando comienza de verdad se asombra al ver que el sujeto de su disciplina es demasiado difícil de manejar. Entonces descubre que ha descuidado tanto su propia preparación para acometer sus deberes que no sabe cómo empezar ni lo que tiene que hacer en realidad. El niño mal educado sigue creciendo, no sólo en estatura y fuerza, sino en su caprichoso carácter y su obstinada voluntad propia; la pobre madre no tiene control. En cuanto al padre, está demasiado ocupado con las preocupaciones del trabajo como para ayudar a su compañera imperfecta; así se manifiesta la escena descrita por Salomón, del muchacho consentido (Pr. 29:15)…

Madre joven, empieza bien. Dirige a ese primer hijo con juicio; echa mano de toda tu destreza, de todo tu afecto, de toda tu diligencia y tu dedicación a la hora de formarlo; una vez adquirida la costumbre, todo será comparativamente más fácil con los que vengan después. Es probable que la novedad de ese primer hijo, los nuevos afectos que provoca y el nuevo interés que crea (si no tienes cuidado) te sorprendan con la guardia baja y distraigan tu atención de la gran obra de formación moral. El primer hijo es el que hace que una mujer sea una buena madre o una imprudente.

Y así como es de gran importancia que inicies tu excelencia maternal con el primer hijo, también es de igual importancia, como he dicho anteriormente, para él y para todo aquel que se vaya añadiendo, que empieces pronto. Como hemos observado, la educación no comienza con el abecedario, sino con la mirada de la madre; con el gesto de aprobación del padre o con una señal de reprobación; con la suave presión de una hermana sobre la mano o con el noble acto de paciencia de un hermano; con un puñado de flores en un verde valle, en las colinas o en un prado de margaritas; con hormigas que se arrastran, casi imperceptibles; con abejas que zumban y colmenas de cristal; con agradables paseos por caminos sombreados y con pensamientos dirigidos con afecto, tonos y palabras cariñosas a la naturaleza, a la belleza, a la práctica de la benevolencia y al recuerdo de Aquel que es la fuente de todo lo bueno. Sí y, antes de que se pueda hacer todo esto, antes de que se puedan enseñar lecciones de instrucción al niño a partir de las flores, los insectos y los pájaros, la formación moral puede empezar: La mirada de su madre, su gesto de aprobación o su señal de reprobación.

Una de las mayores equivocaciones en la que caen las madres es la de suponer que los dos o tres primeros años de la vida del niño no tienen importancia en lo que respecta a su educación. La verdad es que la formación del carácter es lo más importante de todo. Se ha dicho y, con razón, que el carácter del niño puede cobrar forma, para ahora y para la eternidad, a partir de las impresiones, de los principios implantados y de los hábitos formados durante esos años. Es perfectamente evidente que, antes de poder hablar, el niño es capaz de recibir una formación moral. Una mujer sabia puede desarrollar pronto la conciencia o el sentido moral, después de que el niño haya pasado su primer cumpleaños o antes. De modo que él puede aprender a distinguir desde muy temprana edad entre lo que su madre considera bueno o malo, entre lo que le agradará o le desagradará. ¡Vamos, las criaturas animales lo hacen! Y si a ellos se les puede enseñar esto, ¿no lo aprenderán los niños pequeños? Se admite que hay más razón en muchos animales que en los niños muy pequeños. Los animales pueden ser enseñados para saber lo que pueden y lo que no pueden hacer aun siendo muy pequeños, y los niños también. A menudo, escucho decir a algunas madres que sus hijos son demasiado pequeños como para enseñarles a obedecer. La madre que actúa sobre la máxima de que los niños pueden tener su propia forma de ser durante un cierto número de años o, incluso meses, descubrirá a sus expensas que no olvidarán esa lección rápidamente. La formación moral puede y debe preceder a la formación intelectual. Cultivar los afectos y la conciencia debería ser el principio y el fundamento de la educación, y facilitará cualquier esfuerzo sucesivo ya sea del niño o de aquellos que lo entrenan o lo enseñan… ¡Madre temerosa, tímida y angustiada, no te asustes! La oración traerá la ayuda de Dios y su bendición.

La permisividad imprudente es la más común, como también es el peligro más perjudicial en el que una madre joven puede caer. Sé amable; deberías serlo. Una madre que no sea amorosa, que tenga el corazón duro, impone un doble desprestigio sobre su feminidad y sus relaciones. El amor es su poder, su instrumento… No puede hacer nada, y menos que nada, sin él. En ese caso, su amor debe ser como el del Padre divino que dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo” (Ap. 3:19). ¿Puedes decirle que no a un niño cuando, con encantadoras sonrisas, voz suplicante u ojos llorosos, te pide aquello que no le conviene recibir? ¿Puedes quitarle algo que, probablemente, sea perjudicial para él, pero a lo que le causará dolor renunciar? ¿Puedes corregirle por sus defectos cuando tu corazón se levanta en oposición a tu juicio? ¿Puedes soltarlo de entre tus brazos, en el momento adecuado para hacerlo, cuando él sigue aferrándose a tu cuello y llora por seguir allí? ¿Puedes exigir obediencia en lo que a él le resulta difícil, pero para ti es una orden necesaria? ¿Puedes oponerte a sus lágrimas, ser firme en tu propósito, inflexible en tu exigencia y vencer primero a tu propio corazón resistiéndote rotundamente, para poder conquistar el suyo? ¿O te permites ser subyugada para poner fin a la disputa y, suavizando sus sufrimientos, fomentar el mal genio que debería ser erradicado cueste lo que cueste? Quien no pueda responder a todas estas preguntas de manera afirmativa no está preparada para ser madre. En una familia debe haber disciplina. Hay que obedecer a los padres. Date por vencida en esto y estarás educando a tus hijos para el mal y no para el bien. Aquí advierto de nuevo: Empieza pronto. Coloca rápido el yugo suave y fácil. El caballo se entrena cuando es un potrillo. Las bestias salvajes se doman mientras todavía son jóvenes. Tanto los humanos como los animales crecen pronto y superan el poder de la disciplina… Si consideras a tus hijos como seres inmortales destinados a la eternidad y competentes para los disfrutes del cielo, te esforzarás desde su más tierna infancia para impregnar su mente de ideas piadosas. Es la inmortalidad que rescata de la pequeñez y la insignificancia todo lo que está relacionado con ella y, por tanto, levanta en un grado considerable la exaltada honra de la madre.

Ella ha dado a luz, por la ordenación soberana del Todopoderoso, a un ser que no tiene una existencia meramente pasajera, ni cuya vida perecerá como la de la bestia del campo, sino a uno que es inmortal. El bebé que amamanta, por débil e indefenso que pueda parecer, posee en su interior un alma racional, un poder intelectual, un espíritu que el tiempo que todo lo devora no puede destruir y que nunca morirá, sino que sobrevivirá a los esplendores del glorioso sol y al ardiente resplandor de toda la parte material del cielo. A lo largo de los siglos infinitos de la eternidad, cuando todos estos hayan servido su propósito y respondido al fin benéfico de su creación y hayan sido borrados de su posición en las inmensas regiones del espacio, el alma del niño más humilde brillará y mejorará ante el trono eterno, llena de santo deleite y amor divino, y siempre activa en las alabanzas de su bendito Creador. Madre, tal es tu dignidad, tu exaltado honor. Siente y valora tu rica distinción al haber sido llamada a educar a los hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso, y a preparar a la santa familia que morará en aquellas muchas mansiones de la casa de su Padre, que el Señor Jesús ha ido a preparar. Entrégate a ese glorioso trabajo. Pero sé juiciosa en todo lo que haces, no sea que produzcas prejuicio contra la fe verdadera, en lugar de influir en la mente en su favor. Usa tu más cálido afecto, tu mayor alegría, tus sonrisas más encantadoras cuando enseñes la fe a tus hijos. Acércate tanto como te sea posible a una forma angelical. Representa la fe cristiana en toda su belleza, hermosura, santidad e inefable dulzura. Que lo vean en tu carácter, a la vez que lo oigan de tus labios.

Tomado de “To Young Mothers” (A las madres jóvenes) en Female Piety(La piedad femenina), reeditado por Soli Deo Gloria.


John Angell James (1785-1859): Predicador y autor congregacionalista inglés; nació en Blandford Forum, Dorset, Inglaterra.