Niños: Busquen al buen pastor

ROBERT MURRAY M’CHEYNE (1813-1843)

“Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas”. —Isaías 40:11

Niños queridos: Jesús es el Buen Pastor. Extendió sus brazos en la cruz y su pecho fue atravesado por una lanza. Esos brazos les pueden recoger y ese pecho está listo para recibirlos. Oro por ustedes todos los días pidiendo que Cristo los salve. Él me dijo a mí: “Apacienta mis corderos” y todos los días le devuelvo a él sus palabras: “Señor, apacienta mis corderos”. Anhelo verles en el regazo de Jesucristo. Creo que Cristo ha recogido a algunos de ustedes. ¿Pero no habrá más para recoger? ¿No habrá más retoños verdes para quitar del fuego? ¿No habrá otros que deseen cobijarse bajo la vestidura blanca de Jesús? ¡Ay, vengan! porque “aún hay lugar” (Lc. 14:22). Eleven sus corazones a Dios, mientras les cuento algo más del Buen Pastor.

Todo pastor debe tener un rebaño y Cristo también. Cierta vez vi un rebaño en un valle cerca de Jerusalén. El pastor iba al frente y llamaba a las ovejas, y ellas conocían su voz y le seguían. Dije: “¡Éste es el modo como Jesús guía a sus ovejas!”. ¡Ah, que sea yo una de ellas!

(1) El rebaño de Cristo es un rebaño pequeño. Escucha lo que dice Jesús: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lc. 12:32). Ora pidiendo estar en el rebaño pequeño. Fíjate en el mundo: [Billones] de hombres, mujeres y niños de distintos países, color, idioma, marchan hacia el tribunal. ¿Es éste el rebaño de Cristo? ¡Ay, no! Millones incontables jamás han escuchado el dulce nombre de Jesús y, del resto, la mayoría no ve la hermosura de la Rosa de Sarón. El rebaño de Cristo es pequeño. Fíjate en esta ciudad. ¡Cuántos andan por las calles en un día de descanso! ¡Qué rebaño tan grande! ¿Es éste el rebaño de Cristo? No. Me temo que la mayoría no son hermanos y hermanas de Cristo. No se parecen a él. No siguen al Cordero ahora y no lo seguirán en la eternidad. ¡Observa los estudios dominicales! ¡Cuántos rostros infantiles y juveniles vemos allí! ¡Cuántos ojos radiantes de alegría! ¡Cuántas almas preciosas! ¿Es éste el rebaño de Cristo? No, no. La mayoría tiene un corazón duro y de piedra. La mayoría ama el placer más que a Dios. La mayoría ama el pecado y no le dan importancia a Cristo… quiero llorar cuando pienso cuántos vivirán una vida de pecado, morirán una muerte horrible y pasarán la eternidad en el infierno. Queridos niños: Oren pidiendo ser como un lirio entre muchas espinas; ser los pocos corderos, en medio de un mundo de lobos.

(2) Las ovejas de Cristo son ovejas marcadas. En la mayoría de los rebaños, las ovejas están marcadas, a fin de que el pastor pueda identificarlas. La marca se hace con frecuencia con alquitrán en el lomo lanudo de la oveja. A veces es la primera letra del nombre del dueño. Se ponen las marcas para no perderlas cuando andan entre otras ovejas. Lo mismo sucede con el rebaño de Jesús. Cada una de sus ovejas tiene dos marcas:

Una marca está hecha con la sangre de Jesús. Cada oveja y cordero en el rebaño de Cristo una vez fue culpable y manchado de pecado, totalmente inmundo. Pero cada uno ha sido atraído por la sangre de Jesús y limpiado en ella. Son como ovejas “que suben del lavadero” (Cnt. 4:2). Todos pueden decir: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5). ¿Tienes tú esta marca? Fíjate y mira si la tienes. Nunca podrás estar en el cielo, a menos que la tengas. Cada uno allí ha lavado sus vestiduras y “las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Ap. 7:14).

Otra marca está hecha por el Espíritu Santo. Ésta no es una marca que puedes ver desde afuera, como la marca en la lana blanca de las ovejas. Está muy, muy adentro en el interior, donde al hombre le es imposible ver. Es un nuevo corazón. “Os daré corazón nuevo” (Ez. 36:26). Éste es el sello del Espíritu Santo que da a todos los que creen. Con poder infinito, extiende su mano invisible y, silenciosamente, cambia el corazón de todos los que en realidad son de Cristo. ¿Tienes tú un corazón nuevo? Nunca irás al cielo sin él. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). Queridos niños, oren pidiendo estas dos marcas de las ovejas de Jesús: Perdón a través de su sangre y un nuevo corazón. Toma esto muy en serio y procura muy en serio obtener las dos ahora mismo. Pronto vendrá el Pastor Principal y pondrá sus ovejas a su mano derecha, y las cabras a su izquierda. ¿Dónde estarás tú aquel día?

(3) Todas las ovejas de Cristo se mueven en rebaño. A las ovejas les encanta andar juntas. Una oveja nunca anda con un lobo o un perro, sino siempre con el rebaño. Especialmente cuando amenaza una tormenta, se mantienen cerca unas de las otras. Cuando los nubarrones oscurecen el cielo y comienzan a caer las primeras gotas de lluvia, los pastores dicen que entonces ven a las ovejas bajando desde los cerros y juntándose en algún valle resguardado. Les encanta mantenerse juntas. Lo mismo sucede con el rebaño de Jesús. No les gusta andar con el mundo, sino siempre unos con los otros. El cristiano ama al cristiano. Tienen la misma paz, el mismo Espíritu, el mismo Pastor, el mismo rebaño en los cerros de la inmortalidad. Especialmente en el día oscuro y nublado —como tarde o temprano uno lo será—, las ovejas de Cristo se sienten impulsadas a estar juntas y llorar juntas. Les encanta orar juntas, cantar alabanzas y esconderse juntas en Cristo… Pequeños: “Amémonos unos a otros” (1 Jn. 4:7). Hazte compañero de los que temen a Dios. Huye de todos los demás. ¿Quién puede abrazar el fuego y no quemarse?…

(1) Murió por ellos.“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn. 10:11). Ésta es la belleza principal en Cristo. Las heridas que estropearon la hermosura de su cuerpo lo hacen maravilloso a los ojos del pecador necesitado. Todos los que ahora y eternamente serán las ovejas de Cristo, estuvieron una vez condenados a morir. Eran objeto de la ira de Dios. Estaban a punto de caer en el lago de fuego. Jesús les tuvo compasión, dejó el seno de su Padre, se vació a sí mismo, se convirtió en “gusano, y no hombre” (Sal. 22:6) y murió por los pecados de muchos. “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). Ésta es la gracia del Señor Jesús: Todos en su rebaño pueden decir: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).

(2) Los busca y los encuentra. Nunca buscaríamos a Cristo, si primero no nos buscara él a nosotros. Nunca encontraríamos a Cristo, si no nos encontrara él “porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Cierta vez le pregunté a un pastor de ovejas: “¿Cómo encuentra a las ovejas perdidas en la nieve?”. “Ah”, respondió, “vamos a los barrancos profundos donde van las ovejas en las tormentas. Las encontramos acurrucadas juntas debajo de la nieve”. “¿Y pueden salir cuando les quita la nieve?”. “Oh, no. Si tuvieran que dar un paso para salvarse, no podrían hacerlo. Así que sencillamente vamos donde están y las cargamos para sacarlas”. Ah, ésta es precisamente la manera cómo Jesús salva a las ovejas perdidas. Nos encuentra en los fosos profundos del pecado, helados y muertos. Si tuviéramos que dar un paso para salvar nuestra alma, no podríamos hacerlo, pero él extiende su brazo y nos carga para sacarnos. Esto hace para cada oveja que salva. ¡Gloria, gloria, gloria sea a Jesús, el Pastor de nuestra alma!…

(3) Las alimenta. “El que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Jn. 10:9). Si Jesús te ha salvado, te alimentará. Alimentará tu cuerpo. “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25)… Alimentará tu alma. El que alimenta a la florecita en la grieta del escarpado precipicio, donde ninguna mano del hombre la puede alcanzar, alimentará tu alma con gotas silenciosas de rocío celestial.

Nunca olvidaré la historia de una niña en Belfast, Irlanda. Se ganó una Biblia en el estudio dominical como premio por su buena conducta. Ésta llegó a ser realmente un tesoro para ella. Se alimentaba de su contenido. Sus padres eran malos. Con frecuencia ella les leía, pero se ponían cada vez peor. Esto le rompió el corazón a Eliza (que así se llamaba la niña). Quedó postrada y nunca volvió a levantarse. Quiso ver a su maestro. Cuando éste llegó, levantando la Biblia de ella, dijo: “No estás sin una compañera, mi querida niña”. “No”, respondió ella.

“Gozo la Santa Palabra al leer, cosas preciosas allí puedo ver.Y sobre todo que el gran Redentor, es de los niños el tierno Pastor.Con alegría yo cantaré al Redentor, tierno Pastor,Que en el Calvario por mí murió, sí, sí, por mí murió”338.

Apenas había terminado de recitar las líneas cuando echó para atrás la cabeza y falleció. Queridos niños, ésta es la manera como Jesús alimenta a su rebaño. Es un Pastor tierno, constante y todopoderoso. Si pasas a ser parte de su rebaño, él te alimentará todo el trayecto hasta la gloria.

Todo pastor cuidadoso trata suavemente a los corderos del rebaño. Cuando los rebaños están viajando, los corderos no pueden ir muy lejos: Con frecuencia se cansan y acuestan. Entonces, el pastor tierno se agacha, les pone sus brazos por debajo y los acuesta en su regazo. El Señor Jesús es un pastor así y los niños salvos son sus corderos. Los recoge en sus brazos y los lleva en su regazo. Ha recogido a muchos corderos culpables y los ha llevado a la casa de su Padre. A algunos los ha recogido desde este mismo lugar que ustedes y yo conocemos tan bien.

Antes de venir al mundo, Jesús cuidaba a los corderos. Samuel era un niño muy pequeño, no más grande que el más pequeño de ustedes cuando se convirtió. Vestía un efod de lino. Su madre le cosía una túnica pequeña y se la llevaba cada año. Una noche, mientras dormía en el lugar santo, cerca de donde guardan el Arca de Dios, oyó una voz que llamaba: “¡Samuel!”. Se levantó y corrió a Elí que ya no veía bien y le dijo: “Aquí estoy, ¿para qué me llamaste?”. Y Elí dijo: “Yo no te he llamado. Vuelve y acuéstate”. Así lo hizo, pero por segunda vez oyó la voz que lo llamaba: “¡Samuel!”. Se levantó y fue a donde Elí, y dijo: “Aquí estoy, ¿para qué me llamaste?”. Pero Elí volvió a responder: “Yo no te llamé, mi hijo; vuelve a acostarte”. Por tercera vez la voz santa llamó: “¡Samuel!”. Se levantó y fue a donde Elí diciendo lo mismo. Entonces Elí comprendió que el Señor había llamado al muchacho. Por lo tanto, Elí dijo: “Ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye”. Samuel se volvió a acostar. Una cuarta vez —¡con cuánta frecuencia llama Cristo a los niñitos!— la voz llamó: “¡Samuel, Samuel!”. Entonces Samuel contestó: “¡Habla, porque tu siervo oye!”. De esta manera Jesús tomó en sus brazos a este cordero y lo llevó en su regazo porque: “Samuel creció, y Jehová estaba con él… porque Jehová se manifestó a Samuel en Silo…” (1 S. 3:5-10; 19, 21).

Niñitos, a quienes ansío ver nacer y crecer en Cristo: Oren pidiendo que el Señor mismo se les revele. Algunos dicen que son ustedes demasiado chicos para convertirse y ser salvos, pero Samuel no era demasiado chico. Cristo puede abrir los ojos de un niño con la misma facilidad que los de un anciano. Sí, la infancia es la mejor etapa en la que ser salvo. No eres demasiado joven para morir, no demasiado joven para ser juzgado y, por lo tanto, no demasiado joven para acudir a Cristo. No te contentes con oír a tus maestros hablar acerca de Cristo. Ora para que se revele a ti. Dios quiera que haya muchos pequeños “Samuel” entre ustedes.

Jesús sigue cuidando a los corderos. El Duque de Hamilton tenía dos hijos. El mayor [se enfermó de tuberculosis] siendo apenas un muchacho, lo cual lo llevó a la tumba. Dos pastores fueron a verlo donde yacía en la mansión de la familia cerca de Glasgow. Después de una oración, el muchacho tomó su Biblia de debajo de la almohada y leyó 2 Timoteo 4:7-8: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia”. Agregó: “¡Esto, señores, es mi gran consuelo!”. Cuando se acercaba su muerte, llamó a su hermano menor y le habló con gran cariño. Terminó con estas palabras significativas: “Ahora bien, Douglas, en poco tiempo serás un duque, pero yo seré un rey”…

¿Te gustaría poder partir así? Vé ahora a un lugar solitario; arrodíllate y clama al Señor Jesús. No te pongas de pie hasta haberlo encontrado. Ora pidiendo ser recogido en sus brazos y llevado en su regazo. Toma la punta de su vestidura y di: “No debo dejarte —no me atrevo a dejarte— no te dejaré ir hasta que me bendigas”.

Tomado de “To the Lambs of the Flock” (A los corderos del rebaño) en Memoir and Remains of Robert Murray M’Cheyne (Memorias y pensamientos de Robert Murray M’Cheyne), reimpreso por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


Robert Murray M’Cheyne (1813-1843): Pastor presbiteriano escocés de St. Peter’s Church, Dundee, cuyo ministerio se caracterizó por una profunda santidad personal, oración y poderosa predicación evangélica; nacido en Edimburgo, Escocia.