Los fundamentos del Día del Señor
BENJAMIN B. WARFIELD (1851-1921)
Cuando queremos hacer memoria de los fundamentos del Día de reposo santo en la Palabra de Dios, es natural que la primera fuente a la que recurramos sea el Decálogo433. Allí leemos el mandamiento original que es el fundamento del Día de reposo del cual nuestro Dios se declaró ser el Señor. Cuando lo presentó, reafirmó su autoridad divina declarándose ser Señor del Día de reposo, lo cual ya había sido establecido por el propio mandamiento.
Los Diez Mandamientos fueron dados a Israel y, por supuesto, en un lenguaje que sólo podía ser considerado para Israel. Los vemos presentados por un prefacio, sin duda, adaptado y redactado precisamente para tocar el corazón del pueblo israelita como las ordenanzas provenientes de su propio Dios, el Dios a quien le debían su liberación de la esclavitud y su establecimiento como un pueblo libre: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Éx. 20:2). Esta afirmación, específicamente a Israel, se mantiene a lo largo de todo el documento. Cuando algo se refiere específicamente a Israel y a cada parte de la nación, siempre se adapta de manera estrecha a las circunstancias especiales de la vida de Israel… También podemos ver que era un pueblo que ya conocía todo lo relacionado con el Día de reposo santo y que lo que necesitaba no era más información, sino sólo acordarse del mandamiento: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éx. 20:8).
Nada puede ser más claro entonces, que los Diez Mandamientos fueron definitivamente dirigidos al pueblo israelita y que enuncian los deberes que le corresponden, aunque no se limitan a éste. Samuel R. Driver434 describe los Diez Mandamientos como “un resumen conciso, pero integral, de los deberes de los israelitas hacia Dios y el hombre…”. Ésta es una descripción muy adecuada. Son dirigidos al israelita. Le dan un resumen conciso pero integral de sus deberes para con Dios y el hombre. Pero el israelita también es un hombre como todos. Y, entonces, no debiera sorprendernos descubrir que los deberes del israelita para con Dios y el hombre, cuando expresados sumariamente, son simplemente los deberes de todo ser humano en sus relaciones con Dios y con el hombre, sea griego o judío, circunciso o incircunciso, bárbaro o escita, esclavo o libre. Así es… No hay ningún deber impuesto a los israelitas en los Diez Mandamientos que no se aplique igualmente a todas las personas en todas partes. Estos mandamientos no son más que una publicación positiva a Israel de los deberes humanos universales, la moralidad que debiera practicar toda la humanidad.
No fue sólo natural, sino inevitable, que esta proclamación positiva de los deberes humanos universales a un pueblo en particular, fuera hecha de una manera especial, adaptándolos específicamente a ese pueblo específico y en sus circunstancias particulares; y era indiscutiblemente apropiado que se redactara de manera que su contenido fuera comprendido en su totalidad por este pueblo en particular e impactara sus corazones con una fuerza especial. No obstante, este elemento particular insertado en el estilo de su declaración, no le quita a estos mandamientos ninguna obligación intrínseca y universal. Sólo los viste de una atracción adicional para aquellos a quienes iba dirigida esta proclamación particular en ese momento. No es que no se aplique a todos el deber de no cometer homicidio, ni adulterio, de no hurtar, de no dar falso testimonio y de no codiciar ningún bien de su prójimo. No obstante, a los israelitas se les ordena cumplir estos mandamientos en razón de que le deben una obediencia singular a Dios, quien los ha tratado con una manifestación única de su gracia. Y no deja de ser el deber de todos los hombres adorar solamente al Dios verdadero con una adoración espiritual, no profanar su nombre ni negarle el tiempo necesario para servirle, ni dejar de reverenciarlo. Pero estos deberes impactan de manera especial el corazón contrito de los israelitas al reconocer la gran realidad de que este Dios se ha mostrado a sí mismo de una manera única como su Dios. La inclusión del mandamiento sobre el Día de reposo en medio de esta serie de deberes humanos fundamentales, identificados como los valores básicos de la moralidad que Dios requiere de su pueblo escogido, es también aplicable _a todos los humanos de todos los tiempos_como un elemento esencial de la buena conducta humana básica.
Resulta evidente que éste era el concepto que tenía nuestro Señor sobre el tema… Nos dice explícitamente que su misión con respecto a la ley no era abrogarla, sino “cumplirla” o sea, desarrollarla a su máximo potencial en cuanto a su alcance y poder. La ley, declara con mucha solemnidad, no es susceptible a ser descartada, sino que nunca dejará de ser autoritativa y obligatoria. “Porque de cierto os digo” (Mt. 5:18), dice, empleando por primera vez en el registro de sus preceptos esta fórmula para hacer una declaración imperativa: “hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Mientras exista el tiempo, existirá la ley con toda su validez, aun en su más pequeño detalle… Ahora bien, la ley de la cual nuestro Señor hace una afirmación imperativa en cuanto a su validez eterna incluye, como una de sus partes prominentes, sólo los Diez Mandamientos. Porque, cuando procedió a ilustrar sus declaraciones con ejemplos para demostrar cómo es que él cumple totalmente la ley, comienza presentando ejemplos a considerar de los Diez Mandamientos: “No matarás” (Mt. 5:21); “No cometerás adulterio” (Mt. 5:27). Es con los Diez Mandamientos manifiestamente en su mente que declara que ni una jota ni una tilde de la ley pasarán hasta que todo se haya cumplido.
Tal Maestro, tal discípulo. Hay un pasaje esclarecedor en la epístola de Santiago que se refiere a la ley con el fin de enfatizar con fuerza la unidad y el carácter obligatorio de cada uno de sus preceptos: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10)… Por lo tanto, si guardamos la ley en general, pero fallamos en uno de sus preceptos, no sólo hemos quebrantado ese, sino también toda la ley de la cual ese precepto forma parte. Ahora bien, el tema que más nos interesa es que Santiago ilustra esta doctrina con los Diez Mandamientos. Declara que es el mismo Dios el que ha dicho “No cometerás adulterio y no matarás”. Si no cometemos adulterio, pero sí homicidio, somos transgresores de la santa voluntad de este Dios, expresada en todos los preceptos, no simplemente en uno. Santiago hubiera podido tomar cualquier otro de los mandamientos del Decálogo para ilustrar su enseñanza, el Cuarto, al igual que el Sexto o Séptimo. Es evidente que piensa en el Decálogo como un resumen práctico de los deberes fundamentales del ser humano y dice, en efecto, que es obligatorio para todos nosotros, y que todos sus preceptos son iguales porque todos proceden de Dios y anuncian su santa voluntad.
Encontramos una alusión al Decálogo igualmente instructiva en la carta de Pablo a los Romanos (Ro. 13:8-10). Pablo está hablando de uno de sus temas favoritos: El amor como cumplimiento de la Ley. “El amor no hace mal al prójimo;…”, dice, “así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Ro. 13:10). Porque todos los preceptos de la ley —está pensando aquí sólo en nuestros deberes hacia nuestros prójimos— se resumen en un mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Ro. 13:9). Para ilustrar esta proposición, enumera algunos de los preceptos más relevantes, tomados de la segunda tabla del Decálogo: “Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás…” (Ro. 13:9). Resulta claro que Pablo piensa en los Diez Mandamientos como un resumen de los principios fundamentales de la moralidad esencial y que tienen, como tales, validez eterna. Cuando declara que el amor es el cumplimiento de estos preceptos, por supuesto que no significa que el amor los remplace, como si pudiéramos contentarnos con amar a nuestro prójimo y no preocuparnos para nada de los detalles de nuestra conducta hacia él. Lo que quiere decir es, precisamente lo contrario, porque el que ama a su prójimo tiene en su interior un manantial de conducta correcta hacia su prójimo, lo cual lo impulsa a cumplir sus obligaciones con él. El amor no abroga la ley, sino que la cumple.
Pablo no fue el originador de este concepto de la relación del amor con la ley. Leemos que antes que él, su Señor dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento” (Mt. 22:37-38). “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mt. 22:39-40)… El amor, volvemos a decir, no significa abrogar la ley, sino cumplirla.
No necesitamos más ejemplos. Nada puede ser más claro que el hecho de que nuestro Señor y los escritores del Nuevo Testamento trataban a los Diez Mandamientos como la personificación —en una forma adecuada para encomendárselos a Israel— de los elementos de la moralidad esencial, obligatorios para todos los tiempos y válidos en todas las circunstancias de la vida. Toda referencia a ellos tiene el propósito, no de desacreditarlos, sino limpiarlos de los agregados oscuros de años de falta de comprensión y de tradición profana, y enfocar su esencia misma e irradiar por doquier su más puro contenido ético. Observamos cómo nuestro Señor encara los dos mandamientos que dicen: “No matarás, no cometerás adulterio”, casi al principio del Sermón del Monte que ya hemos mencionado. Todo lo externo y mecánico en la aplicación acostumbrada de estos mandamientos es descartado de una vez por todas, el principio moral central es mantenido con firmeza y… desarrollado sin vacilación hasta su máxima expresión. Por ejemplo, el homicidio se revela en su origen, el cual es la ira, y no sólo con referencia a la ira, sino en un lenguaje áspero, también al origen del adulterio identificado en los impulsos carnales de la mente y los sentidos y en la poca importancia dada al lazo matrimonial. No se trataba aquí de abrogar estos mandamientos o de limitar su aplicación. Más bien, fue que su aplicación se ha extendido inmensamente, aunque “extendido” no sea justamente la palabra correcta, digamos, en cambio, que se han profundizado. Pareciera que en las manos de nuestro Señor fueron enriquecidos y ennoblecidos, se hicieron más valiosos y [fértiles], incrementaron su hermosura y su esplendor. En realidad, no han cambiado nada. Más bien, nuestros ojos han sido abiertos para ver los preceptos tal como son: Puramente éticos, que declaran deberes, tanto fundamentales como absolutos.
No tenemos un comentario formal parecido que haya hecho nuestro Señor acerca del cuarto mandamiento. Pero tenemos el comentario de su vida y eso es tan revelador y tiene el mismo efecto de profundizar y ennoblecer que los efectos ya mencionados. No existía ningún mandamiento con más capas de tradición legalista que éste. Nuestro Señor se vio obligado, en el simple proceso de vivir, a deshacerse de estas capas de superposiciones que cubrían al mandamiento, para ir poniendo al descubierto la verdadera ley del Día de reposo para que el hombre la viera cada vez con mayor claridad como el reposo ordenado por Dios y del que el Hijo del Hombre es Señor. Por eso expone una serie de declaraciones críticas, según la ocasión lo requiere, cuyo propósito es darnos una glosa sobre este mandamiento similar en carácter a las exposiciones más formales del Sexto y Séptimo mandamiento.
Entre estos, uno que se destaca con gran énfasis, dice: “Es lícito hacer el bien en el día de reposo”. Y esto nos lleva a la declaración: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Jn. 5:17). Es obvio que para nuestro Señor, el Día de reposo no era un día de ociosidad absoluta: La inactividad no era su marca. La inactividad no fue el sello del Día de reposo de Dios cuando descansó de las obras de la creación que había hecho. Hasta este mismo momento, sigue trabajando continuamente, y, en imitación de él, nuestro Día de reposo también está lleno de trabajo. Dios no descansó porque estaba cansado, ni porque necesitaba un intervalo en sus labores, sino porque había completado la obra que se había propuesto hacer (humanamente hablando) y lo había hecho bien. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera… Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo” (Gn. 1:31, 2:2). Estaba ahora listo para emprender otro trabajo. Y nosotros, como él, tenemos que hacer la obra que nos encomendó: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra” (Éx. 20:9), después dejándolo a un lado, tenemos que realizar otro tipo de tarea. No es del trabajo como tal, sino nuestro_propio_ trabajo, el que tenemos dejar a un lado el Día de reposo. “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra”, dice el mandamiento, o como lo expresa Isaías: “Si retrajeres del día de reposo tu pie” (es decir, si dejas de pisotearlo), “de hacer tu voluntad en mi día santo” (ese es el modo de pisotearlo) “y lo llamares (día de) delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado” (Is. 58:13-14).
En suma, el Día de reposo es el Día del Señor, no el nuestro, y en ese día tenemos que hacer la obra del Señor, no la nuestra; ese es nuestro “reposo”… El descanso no es la verdadera esencia del día de reposo o la finalidad para la cual fue instituido, es un medio para cumplir un fin, y el cumplimiento de ese fin es el verdadero “descanso” del Día de reposo. Tenemos que descansar de nuestros propios quehaceres para poder entregarnos a las cosas de Dios.
El Día de reposo procedió de las manos de Cristo, por lo que no le quitó nada de su autoridad ni despojó nada de su gloria, sino que mejoró su autoridad tanto como su gloria. Al igual como lo hizo con los otros mandamientos, lo limpió de lo que era local o temporario de las prácticas nacionalistas del pueblo de Dios para asegurar su pureza, y marchó adelante con su contenido ético universal. Entre los cambios que tuvo en su forma externa se incluye el cambio en el día de su observancia. Por lo tanto, no hubo ningún perjuicio en contra del Día de reposo como fue ordenado a los judíos, sino que Cristo le agregó una nueva dimensión. Además, el Señor, siguiendo el ejemplo de su Padre cuando terminó la obra que éste le había dado, descansó el Día de reposo en la paz de su sepulcro. Pero aún tenía trabajo por hacer. Y cuando amaneció el primer día de la nueva semana, que era el primer día de una nueva era —la era de salvación— se levantó del descanso en el sepulcro e hizo nuevas todas las cosas. Como lo dice de una forma tan hermosa C. F. Keil: “Cristo es el Señor del Día de reposo (Mt. 12:8) y, después de completar su obra, también descansó en el Día de reposo. Pero volvió a levantarse el domingo y, por su resurrección, que es su promesa al mundo de los frutos de su obra redentora, él ha hecho a este día, el Día del Señor para su Iglesia. Su pueblo nuevo, la Iglesia, debe festejar este día hasta que el Capitán de su salvación vuelva y, cuando haya finalizado el juicio de todos sus enemigos, la llevará al descanso de aquel Día de Reposo santo que Dios preparó para toda la creación por medio de su propio reposo después de haber terminado con el cielo y la tierra”435. Cristo se llevó a la tumba el Día de reposo y sacó de la tumba el Día del Señor la mañana de su resurrección.
Es cierto que no tenemos ningún registro de que nuestro Señor haya requerido un cambio de día para la observancia del Día de reposo santo. Tampoco nos han dado tal mandato ninguno de los apóstoles a quienes él les dio la tarea de fundar su Iglesia. No obstante, por las acciones, tanto de nuestro Señor como las de sus apóstoles, parece encargarnos que observemos el primer día de la semana como el Día de reposo cristiano. No es sólo que nuestro Señor resucitara aquel día; parece que se hace un cierto énfasis precisamente en el hecho de que fue el primer día de la semana que él resucitó. Todos los relatos de su resurrección lo mencionan. Lucas, por ejemplo, después de decir que Jesús resucitó “el primer día de la semana” (Lc. 24:1), al llegar al relato de su aparición a los dos discípulos camino a Emaús, incluye lo que casi parece un énfasis innecesario de que esto también sucedió “en ese mismo día”. No obstante, es en el relato de Juan donde este énfasis más se destaca. Nos dice: “El primer día de la semana”, María Magdalena, estando aún oscuro de mañana, vino al sepulcro encontrándose con la tumba vacía. Y un poco después: “Y como fue tarde aquel día, el primero de la semana”, Jesús se apareció a sus seguidores reunidos… Después de señalar explícitamente que fue precisamente en la noche del primer día de la semana que se apareció a sus discípulos reunidos, Juan vuelve a destacar intencionadamente que su próxima aparición fue “ocho días después, [cuando] estaban otra vez sus discípulos dentro” (Jn. 20:26). Es decir, fue el primer día de la semana siguiente que Jesús volvió a manifestarse a ellos. Parece seguro que nuestro Señor, habiendo coronado el día de su resurrección con sus manifestaciones, desapareció una semana entera para volver a aparecer únicamente el Día de reposo siguiente… Pareciera que bajo esta sanción directa del Señor resucitado, el primer día de la semana se estaba convirtiendo en el día designado para las reuniones cristianas.
El que los cristianos [se vieran tempranamente obligados] a separase de los judíos (ver Hechos 19:9) y a establecer tiempos regulares para reunirse, lo sabemos por una exhortación en la epístola a los Hebreos (He. 10:25). Una frase de Pablo sugiere que su día común de reunión era “cada primer día de la semana” (1 Co. 16:2). Resulta evidente por lo que dice Hechos 20:7 que la costumbre era que “el primer día de la semana… se reunían los discípulos para partir el pan”. Dicha práctica ya estaba tan arraigada a mediados de los años del trabajo misionero de Pablo, que se sintió obligado a quedarse una semana entera en Troas para poder reunirse ese día con los hermanos… Aprendemos, por una referencia en Apocalipsis (1:10), que la designación “el día del Señor” ya se había establecido entre los cristianos… Con todos estos antecedentes, no nos sorprende que la Iglesia emergiera de la Era Apostólica con el primer día de la semana firmemente establecido como su día de observancia religiosa.
Pero si queremos tener una idea integral de cómo Pablo solía cristianizar y también universalizar los Diez Mandamientos, a la vez que preservaba toda la sustancia y autoridad formal, veamos este consejo: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Ef. 6:1-3). Observemos, primero, de qué manera presenta el Quinto Mandamiento aquí como prueba apropiada de que la obediencia a los padres es lo justo. Habiendo afirmado que lo era, Pablo afirma que el mandamiento lo requiere. De esta manera, demuestra que la Iglesia cristiana simplemente daba por sentado la autoridad del quinto mandamiento. Observamos, en segundo lugar, cómo la autoridad de este mandamiento —ya reconocido como incuestionable— se extiende a todo el Decálogo. Pero este mandamiento no se menciona aquí como un precepto aislado, sino como parte de una serie de decretos con el mismo peso que los demás, difiriendo de ellos únicamente por el hecho de ser: “el primer mandamiento con promesa”. Observemos, en tercer lugar, cómo toda la manera de enunciar el Quinto Mandamiento que le da una forma y un estilo adaptado específicamente a la antigua dispensación, es dejada a un lado y, en su lugar, adopta un estilo que lo universaliza al decir: “Para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Ef. 6:3). Toda alusión a Canaán —la tierra que Jehová, Dios de Israel, había prometido a Israel— se elimina y, con ello, todo lo que pueda parecer que se aplica exclusivamente a él, es eliminado y con ello todo lo que da a la promesa o al mandamiento cualquier apariencia de que se aplicara exclusivamente a Israel. En su lugar, hace una declaración amplia, válida no sólo para el judío que adora al Padre en Jerusalén, sino para todos los adoradores auténticos en todas partes que lo adoran en espíritu y en verdad (Jn. 4:24). Esto parece aún más extraordinario porque Pablo, al referirse al mandamiento, le da atención especial a su promesa, enfatizando su origen divino. Es muy evidente que está totalmente seguro de lo que declara a sus lectores [gentiles]. Y eso significa que universalizar la lectura de los Diez Mandamientos era una costumbre ya establecida en la Iglesia Apostólica.
¿Podemos dudar que como Pablo, y con él toda la Iglesia Apostólica, consideraba al Quinto Mandamiento, consideraba también al Cuarto? ¿Qué preservaba en ellos toda su sustancia y su autoridad total, pero le eliminaba todo lo que tendía a limitarlo a una aplicación local y temporaria? ¿Y por qué no habría esto de haber incluido, como parece evidente que lo hacía, la sustitución del día del Dios de Israel (que había librado a su pueblo de la esclavitud en Egipto) al Día del Señor Jesús (quien lo había librado de una esclavitud peor que la de Egipto con una liberación más grande, una liberación de la cual la de Egipto era sólo un tipo)? Pablo estaría tratando con el Cuarto Mandamiento, precisamente como encara el Quinto, con indiferencia hacia la sombra del Día de reposo y haciendo que toda la obligación del mandamiento fuera santificar el nuevo Día del Señor, el monumento a la segunda y mejor creación.
No hay ninguna duda de que esto fue precisamente lo que hizo y, con él, toda la Iglesia Apostólica. Y el significado de eso es que observamos el Día del Señor como lo hacemos, por autoridad de los apóstoles de Cristo, bajo la sanción perfecta de la Ley eterna de Dios.
Tomado de Sunday: The World’s Rest Day(El domingo, día de reposo mundial), de dominio público.
Benjamin Breckinridge Warfield (1851-1921): Profesor presbiteriano de teología del Seminario Princeton; nacido cerca de Lexington, Kentucky, Estados Unidos.