Guardianas de los manantiales

PETER MARSHALL (1902-1949)

Érase una vez, cierta ciudad que creció al pie de una cordillera. Se refugiaba al abrigo de las protectoras alturas, de tal modo que el viento que hacía estremecerse las puertas y arrojaba puñados de granizo contra los cristales de las ventanas, era un viento cuya furia quedaba amortizada. En lo alto, en las colinas, el extraño y tranquilo morador de un bosque se hizo cargo de ser el Guardián de los manantiales. Patrullaba los montes y, dondequiera que encontraba un manantial, limpiaba sus estanques marrones de sedimentos y hojas secas, de barro y moho y retiraba toda materia extraña para que el agua que borboteaba a través de la arena corriera limpia, fría y pura. Saltaba chispeante sobre las rocas y caía alegremente en cascadas de cristal hasta que, aumentados por otros arroyos, se convertía en un río de vida para la ocupada ciudad. Las ruedas de molino giraban por su fuerza. Sus aguas refrescaban los jardines. Los chorros de las fuentes salpicaban como diamantes en el aire. Los cisnes navegaban sobre su cristalina superficie y los niños reían jugando en sus orillas, bajo el resplandor del sol.

Pero el Gobierno Municipal estaba formado por un grupo de hombres de negocios tercos y endurecidos. Examinaron el presupuesto municipal y descubrieron en él el salario del Guardián de los manantiales. El tesorero preguntó: “¿Por qué deberíamos pagar a este pintoresco guardabosque? Nunca lo vemos; no es necesario en la vida laboral de nuestra ciudad. Si construimos un depósito justo por encima de la ciudad, podemos prescindir de sus servicios y ahorrarnos su salario”. Por consiguiente, el Gobierno Municipal votó para deshacerse del coste innecesario del Guardián de los manantiales y hacer un depósito de cemento.

De modo que el Guardián de los manantiales dejó de visitar los marrones estanques, pero observó desde las alturas mientras se construía el depósito. Una vez acabado, desde luego que no tardó en llenarse de agua; pero el agua no parecía la misma. No se veía tan limpia y una espuma verdosa pronto ensució la superficie estancada. Hubo constantes problemas con la delicada maquinaria de los molinos porque, con frecuencia se atascaba por el fango, y los cisnes encontraron otro hogar por encima de la ciudad. Al final, una epidemia se propagó con furia y los pegajosos y amarillentos dedos de la enfermedad alcanzaron cada hogar de cada calle y camino.

El Gobierno Municipal volvió a reunirse. Sus miembros, apenados, se enfrentaron a la difícil situación de la ciudad y, francamente, reconocieron su error al haber despedido al Guardián de los manantiales. Lo buscaron y le hicieron salir de su choza de ermitaño, en lo alto de los montes, y le rogaron que regresara a su antigua y alegre labor. Aceptó encantado y empezó de nuevo a hacer sus rondas. El agua no tardó en volver a salir pura y cantarina, bajando por los túneles de helechos y musgos, y a centellear en el depósito limpio. Los molinos giraron de nuevo como antes. El hedor desapareció. La enfermedad disminuyó y los niños convalecientes que jugaban al sol volvieron a reír porque los cisnes habían regresado.

No me tomen por alguien fantasioso, demasiado imaginativo o demasiado extravagante en mi lenguaje, cuando digo que pienso en las mujeres y, en especial en nuestras madres, como Guardianas de los manantiales. Aunque poética, la frase es veraz y descriptiva. Sentimos su calidez, su influencia benéfica y, sin embargo, ¡qué olvidadizos hemos sido! Por mucho que hayamos dado por sentados los preciosos dones de la vida, somos conscientes de recuerdos nostálgicos que surgen del pasado: Las punzantes fragancias dulces y tiernas del amor. Nada de lo dicho ni de lo que se podría decir o de lo que se dirá jamás, sería lo bastante elocuente, expresivo o adecuado para articular esa emoción peculiar que sentimos por nuestras madres. Por tanto, convertiré mi tributo en una súplica a las Guardianas de los manantiales que desean ser fieles a sus tareas.

En ningún tiempo ha habido mayor necesidad de Guardianas de los manantiales ni ha habido tantos manantiales contaminados que limpiar. Si el hogar falla, el país está condenado. El fracaso de la vida y la influencia familiar marcará el de la nación. Si las Guardianas de los manantiales desertan de sus puestos o son infieles respecto a sus responsabilidades, la perspectiva futura de este país es, desde luego, muy negra. Esta generación necesita Guardianas de los manantiales que sean lo bastante valientes para limpiar los manantiales que han sido contaminados. No es tarea fácil; tampoco es una labor popular; pero debe hacerse por el bien de los hijos y las jóvenes mujeres de hoy deben llevarla a cabo.

La emancipación192 de la condición de mujer empezó con el cristianismo y acaba con él. Tuvo su comienzo una noche de hace mil novecientos años, cuando una mujer llamada María tuvo una visión y recibió un mensaje del cielo (Lc 1:26-38). Vio las nubes hendidas de la gloria y las almenas ocultas del cielo. Escuchó el anuncio angelical de la noticia casi increíble: De todas las mujeres de la tierra —de todas las Marías de la historia— ella sería la única que llevaría por siempre entrelazada la rosa roja de la maternidad y la rosa blanca de la virginidad. Se le dijo… que sería la madre del Salvador del mundo.

Fue hace mil novecientos años “cuando Jesús mismo, un bebé, se dignó existir y bañó en lágrimas infantiles su divinidad” y, aquella noche, cuando aquel diminuto Niño yacía en la paja de Belén, empezó la emancipación de la mujer. Cuando creció y empezó a enseñar el camino de la vida, condujo a la mujer a un nuevo lugar en las relaciones humanas. Le concedió una nueva dignidad y la coronó de nueva gloria para que, dondequiera que haya llegado el evangelio cristiano durante diecinueve siglos, las hijas de María hayan sido respetadas, reverenciadas, recordadas y amadas; y es que los hombres han reconocido que ser mujer es algo sagrado y noble, que las mujeres son de un barro más fino… Así, quedó para el siglo veinte, en nombre del progreso, de la tolerancia, de la amplitud de mente, de la libertad, derribarla de su trono e intentar hacerla igual al hombre. Ella quería igualdad… y así es que, en nombre de una tolerancia de mentalidad abierta, los vicios del hombre se han convertido ahora en los de la mujer.

La tolerancia del siglo veinte ha ganado para la mujer el derecho a estar intoxicada, a que su aliento huela a alcohol, a fumar, a trabajar [fuera de casa] y actuar como un hombre; ¿acaso no es igual a él? Hoy lo llaman “progreso”…, pero mañana, oh vosotras las Guardianas de los manantiales, es necesario hacerles ver que esto no es progreso. Ninguna nación ha progresado jamás en dirección descendente. Ningún pueblo ha llegado jamás a ser grande, bajando sus valores. Ningún pueblo se volvió bueno adoptando una moralidad más suelta. No es progreso cuando el tono moral es más bajo de lo que era. No es progreso cuando la pureza no es tan dulce. No es progreso cuando la feminidad ha perdido su fragancia. Sea lo que sea, ¡no es progreso!

Necesitamos Guardianas de los manantiales que se den cuenta de que, lo que es socialmente correcto, puede no serlo moralmente… Esta generación ha visto emerger todo un nuevo tipo de feminidad de entre la desconcertante confusión de nuestro tiempo. Hoy, en los Estados Unidos tenemos un nivel más alto de vida que en cualquier otro país o cualquier otro tiempo de la historia mundial. Tenemos más automóviles, más películas de cine, más teléfonos, más dinero, más orquestas de swing, más radios, más televisores, más clubs nocturnos, más crímenes y más divorcios que cualquier otra nación del mundo. Las madres modernas quieren que sus hijos disfruten de las ventajas de este nuevo día. Quieren, si es posible, que tengan un diploma universitario que colgar en la pared de su dormitorio y lo que muchas de ellas consideran igualmente importante, la oferta para ingresar en una fraternidad o una hermandad de mujeres. Están desesperadamente angustiadas porque sus hijas sean populares, aunque el precio no se llegue a considerar hasta que no sea demasiado tarde. En resumen, quieren que sus hijos tengan éxito, pero la definición habitual del éxito es ampliamente materialista en consonancia con la corriente de nuestro tiempo.

El resultado de todo esto es que el hijo moderno se cría en un hogar decente, culto, cómodo, pero por completo alejado de Dios y la fe. A nuestro alrededor, viviendo a la sombra misma de nuestras grandes iglesias y hermosas catedrales, los niños crecen sin una partícula de formación o influencia cristiana. Por lo general, los padres de hijos así, han abandonado del todo la búsqueda de fundamentos en la fe. En un principio, es probable que tuvieran algún tipo de idealismo impreciso respecto a lo que deberían aprender sus hijos. Recuerdan algo de la instrucción doctrinal recibida cuando eran niños y sienten que algo así debería transmitirse a los hijos hoy; sin embargo, no pueden hacerlo porque la simple verdad es que no tienen nada que dar. Nuestra moderna amplitud mental ha sacado la educación en la fe cristiana193 de los días escolares. Nuestra forma moderna de vivir y nuestro moderno alejamiento de Dios y la fe la han sacado de los hogares.

Al pensar en tu propia madre, recordándola con amor y gratitud, con deseoso o único anhelo, estoy bastante seguro de que los recuerdos que calientan y ablandan tu corazón no son, en absoluto, como aquellos recuerdos que tendrán los hijos de hoy… Y es que, sin duda, recuerdas el olor del almidón fresco en el delantal de tu madre o el aroma de una blusa recién planchada, del pan recién horneado, la fragancia de las violetas que ella llevaba prendidas en su pecho. ¡Sería una gran pena que lo único que uno pudiera recordar fuera el aroma del tabaco tostado, de la nicotina y el olor de la cerveza en el aliento!

El desafío de la maternidad de los tiempos modernos es tan viejo como la maternidad misma. Aunque la madre estadounidense promedia tiene ventajas que las mujeres pioneras nunca conocieron; ventajas materiales: Educación, cultura, avances de la ciencia y la medicina; aunque la madre moderna sabe mucho más sobre esterilización, dietas, salud, calorías, gérmenes, drogas, medicamentos y vitaminas de lo que sabía su madre, existe un tema sobre el que no tiene un conocimiento tan extenso y se trata de Dios.

El reto moderno para la maternidad es el desafío eterno: El de ser una madre piadosa. La frase misma suena extraña a nuestros oídos. Ahora no la oímos nunca. Escuchamos hablar de una clase u otra de mujeres: Hermosas, listas, sofisticadas, profesionales, de talento, divorciadas, pero rara vez oímos hablar en realidad de una mujer piadosa194 o de un hombre piadoso195.

Creo que las mujeres se acercan más a cumplir la función que Dios les asignó en el hogar que en ningún otro sitio (Tit 2:3-5: 1 Ti 5:14; Pr 7:10-11). Es mucho más noble ser una buena esposa que ser Miss América. Es mayor logro establecer un hogar cristiano que producir una novela mediocre llena de obscenidades… El mundo tiene bastantes mujeres que saben cómo celebrar sus cócteles, que han perdido todas sus ilusiones y su fe. El mundo tiene suficientes mujeres que saben cómo ser brillantes. Necesita a algunas que sean valientes. El mundo tiene bastantes mujeres populares. Necesita más que sean puras. Necesitamos mujeres y hombres también, que prefieran ser bíblicamente rectos y no socialmente correctos.

No nos engañemos; sin cristianismo, sin educación cristiana, sin los principios de Cristo inculcados en la joven vida, estaremos criando196 a meros paganos. Tendrán un físico perfecto, serán brillantes en lo intelectual, pero serán espiritualmente paganos. No nos engañemos. La escuela no está intentando enseñar los principios de Cristo. La Iglesia sola no puede. No se le pueden enseñar a un niño, a menos que la madre197 misma los conozca y los practique todos los días. Si no tienes vida de oración tú misma, es un gesto bastante inútil que obligues a tu hijo a decir sus oraciones cada noche. Si tú nunca entras a la iglesia, es más bien fútil que los envíes [allí]. Si has convertido las mentiras sociales en una práctica, te resultará difícil enseñarle a tu hijo a ser veraz. Si dices cosas mordaces sobre tus vecinos y sobre otros miembros de la Iglesia, te será complicado enseñarle a tu hijo el significado de la amabilidad…

Cuenta un ministro que fue al hospital a visitar a una madre que acababa de dar a luz a su primer hijo. Era una chica distintivamente moderna. Su hogar era como el de la mayoría de las jóvenes parejas casadas. “Cuando entré en la habitación, estaba incorporada en la cama, escribiendo. ‘Adelante’, dijo sonriendo. ‘Estoy en mitad de la limpieza de la casa y quiero su ayuda’. Yo no había oído nunca hablar de una mujer que limpiara la casa estando en una cama de hospital. Su sonrisa era contagiosa; parecía haber descubierto una nueva y divertida idea. ‘He tenido una maravillosa oportunidad de pensar aquí —empezó a decir— y me puede ayudar a poner en orden las cosas en mi mente, si puedo hablar con usted’. Soltó el lápiz y el bloc de notas, y cruzó las manos. A continuación, respiró profundamente y comenzó: ‘Desde que era una niña pequeña odiaba cualquier tipo de restricción. Siempre quise ser libre. Cuando acabé la escuela secundaria, tomé un curso de negocios y encontré trabajo, no porque necesitara el dinero, sino porque quería estar por mi cuenta. Antes de que Joe y yo nos casáramos, solíamos decir que no seríamos esclavos el uno del otro. Y después de casarnos, nuestro apartamento se convirtió en el cuartel general para una multitud de personas exactamente iguales a nosotros. En realidad, no éramos malos, pero hacíamos lo que queríamos’. Se detuvo por un minuto y sonrió tristemente. ‘Dios no significaba gran cosa para nosotros; le ignorábamos. Ninguno de nosotros quería tener hijos o, al menos, pensábamos que no los queríamos. Y cuando supe que iba a tener un bebé, me asusté’. Hizo una nueva pausa y pareció desconcertada. ‘¿No es divertido lo que se suele pensar?’. Casi había olvidado que yo estaba allí; hablaba de la antigua chica que había sido antes de su gran aventura. Entonces, recordándome de repente, prosiguió: ‘¿Por dónde iba? Oh sí, bueno, las cosas son distintas ahora. Ya no soy libre ni quiero serlo. Y lo primero que debo hacer es limpiar la casa’. En ese momento, retomó la hoja de papel que estaba sobre la colcha. ‘Esta es mi lista de limpieza de la casa. Ve, cuando lleve a Betty a casa, al salir del hospital, nuestro apartamento será su hogar y no solo el mío y de Joe. Y ahora mismo no es adecuado para ella. Algunas cosas tendrán que salir de allí, por el bien de Betty. Y tengo que hacer una limpieza de mi corazón y de mi mente. No soy tan solo yo misma: Soy la madre de Betty. Y eso significa que necesito a Dios. No puedo hacer mi trabajo sin Él. ¿Oraría usted por Betty, por mí y por Joe, y por nuestro nuevo hogar?’.

“Y vi en ella a todas las madres de hoy, madres en diminutos apartamentos y en granjas solitarias. Madres en grandes casas y en viviendas campestres suburbanas, que se están encontrando con el desafío antiguo: El de criar a sus hijos en el amor y el conocimiento de Dios. Y me pareció ver a nuestro Salvador con los brazos llenos de niños, en la remota Judea, dirigiéndole a esa madre, y a todas las madres, la vieja invitación tan necesaria en estos tiempos: ‘Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios’ (Mr. 10:14)”.

Tomado de Keepers of the Springs, disponible para todo el público en Internet.


Peter Marshall (1902-1949): Predicador presbiteriano escocés-americano; dos veces nombrado capellán del Senado de los Estados Unidos; nacido en Coatbridge, Escocia.