Gracia para la sumisión de una esposa

WILLIAM GOUGE (1575-1653)

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”. —Efesios 5:22-24

Cuatro gracias son necesarias para sazonar el sometimiento de una esposa: Esta conclusión general podría aplicarse al asunto de la sumisión y también, a la forma de la sumisión. Para que la Iglesia reconozca a Cristo como su superior, le tema interiormente, lo reverencie con sus actos, le obedezca, absteniéndose de hacer aquello que Él prohíbe y también llevando a cabo aquello que Él ordena… hay cuatro virtudes especialmente necesarias a tal efecto, con las que la Iglesia sazona su sometimiento a Cristo; que las esposas también pueden y deben hacer lo mismo con su sometimiento a sus esposos…

I. La humildad es esa gracia que evita que uno tenga un concepto de sí mismo más elevado de lo necesario… si en el corazón de la esposa hay humildad, hará que tenga una mejor opinión de su esposo que de sí misma, y que esté más dispuesta a estar sujeta por completo a él. El Apóstol requiere esta gracia en todos los cristianos como si fuera la salsa general que condimenta todos los demás deberes (Fil. 2:3; Ef. 4:2). Pero de una forma peculiar, es necesaria para los de rango inferior89; sobre todo para las esposas porque existen muchas prerrogativas correspondientes al lugar que ocupan y que pronto las hará pensar que no deberían estar sujetas, a menos que tengan una mentalidad humilde. Que la Iglesia sazona con ella su sumisión queda claro en el libro del Cantar de los Cantares, donde ésta reconoce a menudo, su propia humildad y la excelencia de su cónyuge. Por tanto, así como la Iglesia está humildemente sujeta a Cristo, que las esposas lo estén a sus maridos.

Lo contrario es el orgullo, que hincha a las esposas y las hace pensar que no hay razón por la que deberían estar sometidas a sus maridos. Ellas pueden gobernarse a sí mismas bastante bien, sí, y también a sus maridos, ¡como ellos lo hacen con ellas! No hay vicio más pestilente que éste para un subalterno. Es la causa de toda rebelión, desobediencia y deslealtad: “Ciertamente la soberbia concebirá contienda” (Pr. 13:10).

II. La sinceridad es la gracia que hace que uno realmente sea por dentro lo que parece ser por fuera. Ésta es esa sinceridad de corazón que se les exige, de forma expresa, a los siervos y que puede aplicarse a las esposas porque tiene que ver con todos los tipos (Ef. 6:5). Como sólo lo discierne el Señor, quien escudriña todos los corazones (Hch. 1:24), llevará a la esposa a mantener un ojo en Él en todo lo que hace y a esforzarse para ser aprobada por Él por encima de todo… Aunque no hubiera ningún otro motivo en el mundo que la moviera a la sujeción, por motivos de conciencia hacia Cristo, debería someterse. San Pedro testifica sobre mujeres santas, que confiaban en Dios y estaban sujetas a sus esposos (1 P. 3:5). Esto implica que la conciencia de ellas hacia Dios las hace estar sujetas a sus esposos. ¿No estaba la sumisión de Sara sazonada de sinceridad cuando en su interior, en su corazón, llamaba señor a su esposo (Gn. 18:12)?

Hay grandes razones por las que las esposas deberían someterse en sinceridad:

  1. En su sumisión a sus esposos, están tratando con Cristo, en representación del cual están ellos. Aunque sus esposos, que no son sino hombres, sólo ven el rostro y la conducta externa, Cristo ve su corazón y su carácter interior. Aunque sus esposos sólo vean las cosas que hacen delante de ellos y sólo se enteran de lo que hacen delante de otros, Cristo ve y sabe las cosas que se hacen en los lugares más secretos, cuando nadie más puede estar, y sólo la persona misma está enterada de ellas. Admitamos que en su conducta externa proporcionan gran contentamiento a sus esposos y los complacen de todas las maneras, si no hay sinceridad en ellas ¿con qué cara comparecerán delante de Cristo? Él les pedirá cuenta por ello. Delante de Él, nada de su complemento externo les servirá.

  2. Aquí existe una diferencia principal entre una verdadera esposa cristiana piadosa y una mujer que es meramente natural. Esta última puede estar sujeta con un motivo ulterior, como por ejemplo para que su esposo pueda amarla más o para vivir de la manera más tranquila y apacible con él; o para poder obtener con mayor facilidad aquello que desea de manos de su esposo; o por temor a desagradar y enojar a su marido, sabiendo que es un hombre airado y furioso. Como al ser de otro modo él podría comportarse peor con ella, podría carecer de muchas cosas necesarias o recibir muchos golpes por no ser sumisa.

Pero la mujer cristiana siente respeto por la ordenanza de Cristo, quien convierte a su esposo en su cabeza, y por su Palabra y Voluntad, a través de las cuales se le ordena sumisión. Así, las mujeres santas se sujetaron (1 P. 3:5). La esposa cristiana no puede ser santa si no se sujeta porque éste es el dulce aroma que Cristo disfruta cuando llega hasta Él y el que hace que las cosas le sean agradables y aceptables.

  1. El beneficio de que esta virtud esté plantada en el corazón de una esposa es muy grande y esto, tanto para su esposo como para sí misma. Para su esposo será la manifestación del respeto de ella delante de los demás, a sus espaldas como delante de él mismo en su presencia. Hará que ella le sea fiel y que ponga especial cuidado en hacer su voluntad dondequiera que él esté, con ella o lejos de ella. Para ella, por cuanto le ministrará un dulce consuelo interno, aunque su esposo no tomara nota de su sujeción, la malinterpretara o la exigiera con dureza. Y es que ella podría decir como Ezequías: “Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos” (Is. 38:3).

El disimulo y una mera sujeción complementaria externa es lo contrario a la sinceridad, cuando la esposa incluso llega a menospreciar a su marido en su corazón como Mical hizo con David (2 S. 6:16), pero le pone buena cara cuando él está delante… Aunque una esposa así debería llevar a cabo todos los deberes mencionados con anterioridad, para Dios estos no contarían en absoluto, si se hicieran con un corazón de doble ánimo y no con sencillez de corazón…

**III.**Laalegría es más aparente que la sinceridad y hace que la sujeción sea más agradable, no sólo a Dios, sino también al hombre, quien por sus efectos puede discernirla con facilidad. Y es que Dios, quien hace todas las cosas de buena gana y con alegría, espera que sus hijos le sigan en esto y, por tanto, se muestren como tales. “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7), no sólo al que da limosna con alegría, sino al que cumple así todos sus deberes para con Dios y con el hombre.

Para los hombres, hacen que acepten de mejor manera cualquier deber cuando observan que se hace con alegría. Esto incluso embelesó a David de gozo, ver cómo su pueblo ofrecía sus dones de buena gana al Señor (1 Cr. 29:9). Cuando un esposo ve que su mujer realiza su deber con buena disposición y alegría, no puede sino sentir un aumento de amor. Esta alegría se manifiesta por una realización hábil, rápida y pronta de su deber. La disposición de Sara a obedecer muestra que aquello que hizo, lo llevó a cabo de buena gana. Que la Iglesia se sujeta así a Cristo es evidente en las palabras de David: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder” (Sal. 110:3). Por tanto, así como la Iglesia está sometida a Cristo con alegría, sométanse las esposas a sus maridos.

Contraria a esta alegría es la disposición huraña de algunas esposas que se sujetan a sus esposos y los obedecen, pero con el rostro tan sombrío y agrio, con lloriqueo y murmuración, que afligen a sus esposos más por sus modos de lo que pueden agradarles con aquello que hacen. En esto se muestran como ante una vaca maldita, que habiendo proporcionado una abundancia de leche, la tira con el talón… Semejante sujeción no lo es en absoluto. No puede ser aceptable a Dios ni provechosa para sus esposos, ni alentadora para sus propias almas.

**IV.**Laconstancia es una virtud que hace que las demás sean perfectas y establece una corona sobre ellas, sin la cual todas juntas son nada. Se encuentra en aquellas esposas que, después de haber empezado bien, siguen actuando así hasta el final, recogiendo así el fruto de todo. Tiene que ver tanto con la continuidad sin interrupción como con la perseverancia, sin rebelarse ni darse por vencida. Así como no basta con estar sujeta a tropezones —ofreciendo toda buena obediencia en unos momentos y, en otros, obstinación y rebeldía—, tampoco es suficiente ser una buena esposa al principio, para resultar ser mala después. Debe haber un proceder diario, una perseverancia a través del tiempo, mientras marido y mujer vivan juntos. Esta gracia se hallaba en aquella de la que se dice: “Le da ella bien y no mal todos los días de su vida” (Pr. 31:12). Así eran todas las santas esposas elogiadas en las Escrituras… La Iglesia añade esta gracia a todas las demás virtudes que posee y, en todas las partes de su sujeción, permanece constante y fiel hasta la muerte, llegando así a recibir por fin la recompensa de su santa obediencia que es la plena y perfecta comunión con su esposo, Cristo Jesús, en el cielo. Respecto a su constancia inamovible, se dice: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Por tanto, así como la Iglesia está constantemente sujeta a Cristo, que las esposas lo estén a sus maridos.

Sobre el grado de la obediencia de la esposa: La medida de la sujeción de la esposa queda establecida bajo estos términos generales, “en todo”, que no deben tomarse de forma tan absoluta como si no admitieran restricción o limitación alguna. Y es que entonces contradecirían advertencias como estas: “En el temor de Dios; como al Señor; en el Señor” (Ef. 5:21-22; Col. 3:18). El hombre es tan corrupto por naturaleza y de un carácter tan perverso que con frecuencia quiere y ordena aquello que se opone a la voluntad y al mandamiento de Dios. Cuando actúa así, el principio cristiano establecido en tal caso por el apóstol debe tener lugar: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”(Hch. 5:29)… Del grado de la obediencia de la esposa saco estas dos conclusiones: 1. La esposa debe esforzarse en someter su juicio y su voluntad a los de su esposo. 2. Aunque a su juicio no esté de acuerdo con los requisitos de su esposo, debe someterse en la práctica. En lo primero, afirmo que la esposa no está sencillamente sujeta a inclinar su juicio al de su marido. Él puede estar equivocado en su juicio y ella ver su error; en este caso, a menos que el entendimiento de ella se cegara, no puede concebir que sea verdad aquello que él juzgue como tal… Esta sumisión, hasta de su juicio, no sólo respeta las cosas necesarias, para las que su marido tiene la expresa garantía determinada por las Escrituras, sino también para las cosas dudosas e indiferentes. Y es que esta cláusula de “en todo” abarca incluso esto. La sujeción de la esposa, no sólo respeta su práctica, sino también su juicio y su opinión; si ella es capaz de llevarlos a la legitimidad y a la funcionalidad de lo que su esposo requiere, lo hará con mucha más alegría…

La presunción de las esposas que se creen más sabias y más capaces de juzgar mejor los asuntos que sus esposos es la actitud contraria a lo que se espera de ellas. No niego que una esposa pueda tener más comprensión que su esposo: Algunos hombres son muy ignorantes y sin sentido. Y, por otra parte, algunas mujeres están bien instruidas y, así, han alcanzado gran medida de conocimiento y discreción. Sin embargo, muchas, aunque sus maridos tengan bastante y buen entendimiento —sabios y discretos—, siguen pensando que algo que una vez concibieron como verdad debe serlo necesariamente. Tal es su obstinación que no hay manera de convencerlas de que puedan estar equivocadas. Afirman que nadie, de ningún modo, conseguirá hacerles creer que lo están, aunque todos los esposos del mundo puedan ser de otra opinión… La última conclusión acerca de que la esposa ceda en la práctica a lo que su esposo requiere, aunque en su razonamiento no piense lo mismo acerca de cómo hacerlo, es que ella tiene respeto por las cosas indiferentes, es decir, por aquellas que no están expresamente ordenadas, ni prohibidas por Dios como los asuntos externos al hogar, su ordenación, la disposición de los bienes, recibir invitados, etc.

Pregunta: ¿No puede razonar con su esposo sobre las cuestiones que, en opinión de ella, no se han tratado como es debido y esforzarse por convencerlo para que no siga presionando al respecto, intentando hacerle ver que el tema en cuestión sigue sin resolverse (según piensa ella), tal como ella lo ve?

Respuesta: Con modestia, humildad y reverencia puede hacerlo y él debería escucharla como hizo el esposo de la sunamita (2 R. 4:23-24). Si a pesar de todo lo que ella pueda decir, él persiste en su decisión y quiere hacerlo a su manera, ella debe ceder… Si su esposo le ordena hacer aquello que Dios ha prohibido de manera expresa, ella no debería rendirse en modo alguno. Si lo hace, se podría denominar más bien como una conspiración conjunta del marido y su esposa contra la voluntad de Dios —como Pedro le dijo a Safira, la mujer de Ananías: “¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor?” (Hch. 5:9)—, en lugar de la sujeción a la imagen de Dios en su esposo.

En segundo lugar, que ella ceda en las cosas indiferentes atiende mucho a la paz en la familia, así como el que los súbditos se rindan a sus magistrados en estas cosas, hace mucho por la paz de la comunidad. Y es que en las diferencias y en las disensiones, una parte debe ceder o lo más probable es que se produzca un gran daño…

De las razones que mueven a las esposas a realizar su deber, de todas, la principal razón que el apóstol da a entender aquí, está tomada del lugar en el que Dios ha colocado al marido y que, por ello, se da a entender primeramente en las palabras “como al Señor”. A continuación, se expresa con mayor claridad y de un modo más directo en las siguientes palabras: “El marido es la cabeza de la esposa”… Sobre la semejanza entre el marido y Cristo, el Apóstol deduce que la esposa debería parecerse a la Iglesia y, por tanto, concluye: “Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”.

Razón 1: El lugar donde Dios ha establecido al marido, al servir para dirigir a la esposa en su forma de sujetarse, de la que ya he hablado con anterioridad, también sirve para impulsarla a rendirse a dicha sujeción tal como se le exige, lo cual aparecerá en las dos conclusiones que siguen y derivan de ello: 1. Al sujetarse a su marido, la esposa está sujeta a Cristo. 2. Al negarse a sujetarse a su esposo, la mujer se está negando a sujetarse a Cristo. Que estas dos conclusiones se sacan justamente y con derecho de la razón antes mencionada, es algo que demuestro mediante una inferencia similar a la que hace el Espíritu Santo de la misma manera… Es evidente que Jesucristo, incluso en la condición de hombre y hecho carne, estaba en la habitación y en el lugar de su Padre, tras lo cual le dijo a Felipe, quien deseaba ver al Padre: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Ahora, observa lo que Cristo sugiere, por una parte: “El que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt. 10:40) y, por otra: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn. 5:23). Asimismo, es evidente que los ministros del evangelio ocupan el lugar de Cristo porque esto es lo que afirma el Apóstol de sí mismo y de otros: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo” (2 Co. 5:20)… Aplicando esta razón, espero que las esposas que viven bajo el Evangelio posean tanta fe y piedad como para reconocer que les conviene estar sujetas al Señor Jesucristo. Aprendan aquí, pues, una parte especial y principal de la sujeción a Cristo, que es estar sujetas a sus maridos. Así mostrarán que son las esposas de Cristo el Señor, como afirma el Apóstol acerca de los siervos obedientes: “[Son] siervos de Dios” (1 P. 2:16).

Una vez más, espero que nadie esté tan vacío de toda fe y piedad como para negarse a someterse a Cristo: Tomemos nota aquí de que, si alguna se niega deliberadamente a sujetarse a su marido, se estará negando a sujetarse a Cristo. Por este motivo, puedo aplicar adecuadamente a las esposas lo que el Apóstol dice sobre los súbditos: Cualquiera que se resista al poder y a la autoridad del esposo, se resiste a la ordenanza de Dios y, quien se resista a ella, recibirá sobre sí condenación (Ro. 13:2).

Este primer motivo es fuerte. Si las esposas cristianas lo consideraran como es debido, estarían más dispuestas y se someterían con mucha más alegría que muchas otras; no pensarían tan a la ligera del lugar del esposo, ni hablarían con tanto reproche contra los ministros de Dios que declaran con claridad el deber que ellas tienen para con ellos, como hacen muchas.

Razón 2: La segunda razón es parecida a ésta y está tomada del cargo del marido: él es la cabeza de su esposa (1 Co. 11:3) y, en otros lugares, también se da esta misma razón. Esta metáfora muestra que, para su esposa, él es la cabeza de un cuerpo natural, ocupa un lugar más eminente y también es más excelente en dignidad. En virtud de ambos, es quien dirige y gobierna a su mujer. La naturaleza nos enseña que esto es así en el caso de un cuerpo natural y, al darle el Apóstol al marido el derecho de ser cabeza, nos enseña que también es la norma respecto al esposo…

Vayan ustedes, pues, oh esposas, a la escuela de la naturaleza, contemplen las partes y los miembros externos del cuerpo. ¿Acaso desean estar por encima de la cabeza? ¿Son renuentes a someterse a la cabeza? Dejen que su alma aprenda de su cuerpo. ¿No sería monstruoso que el costado estuviera por encima de la cabeza? Si el cuerpo no quisiera estar sujeto a la cabeza, ¿no sobrevendría destrucción sobre ella, sobre el cuerpo y sobre todas sus partes? Igual de monstruoso y, mucho más, es que la esposa esté por encima de su marido, ya que el trastorno y la ruina que caerían sobre la familia serían tan grande o más. Así, el orden que Dios ha establecido en esto se vería derrocado por completo. Y aquellos que lo derriben se mostrarían en oposición a la sabiduría de Dios porque Él ha establecido dicho orden. Como esta razón sacada de la naturaleza tiene fuerza para llevar a las paganas y a las salvajes mismas a sujetarse, ¿cuánto más deberían las esposas cristianas estar sujetas, ya que esto es conforme a la Palabra de Dios y ésta lo ratifica?

Razón 3: La tercera razón, tomada de la semejanza del marido con Cristo en esto, añade aún más a la primera razón: Al ser cabeza, es como Cristo. Existe una especie de comunión y coparticipación entre Cristo y el marido. Son hermanos de oficio, como dos reyes de varios lugares.

Objeción: No existe igualdad entre Cristo, el Señor del cielo y un marido terrenal. ¡La disparidad entre ellos es infinita!

Respuesta: Aun así, puede haber parecido y comunión… Podría haber un parecido donde no hay paridad y una semejanza donde no hay igualdad. El glorioso y resplandeciente sol en el firmamento y la tenue vela de una casa tienen cierta comunión y el mismo oficio que es dar luz. Sin embargo, no hay igualdad entre ellos. Del mismo modo, el esposo, no sólo se parece a la cabeza de un cuerpo natural, sino también a la gloriosa imagen de Cristo, y es para su esposa lo que Cristo es para su Iglesia…

Razón 4: La cuarta razón, tomada del beneficio que la esposa recibe de su marido, subraya aún más la idea que aquí estamos tratando. Aunque Cristo sea propiamente el Salvador del cuerpo, incluso en esto, tiene el esposo un parecido con Cristo y es, en cierto modo, un salvador. Y es que, en virtud de su lugar y cargo, es por una parte su protector, para defenderla del daño y protegerla del peligro y, por otra parte, es el proveedor de todas las cosas precisas y necesarias para ella; a este respecto, ella es tomada de sus padres y amigos y se compromete por completo a él… él la recibe a ella misma y todo lo que ella tiene. De nuevo, él le transmite todo lo que tenga para el bien de ella y para su uso. En relación al marido, David compara a la esposa con una viña (Sal. 128:3), dando a entender que ella es elevada por él a esa talla de honor que tiene, como la vid por el árbol o la estructura cerca de la cual está plantada. Por el honor de él, ella es dignificada; por la riqueza de él, ella es enriquecida. Debajo de Dios, él es todo en todo para ella: En la familia es un rey para gobernarla y ayudarla, un sacerdote para orar con ella y por ella, un profeta para enseñarle e instruirla. Así como la cabeza está colocada en el lugar más alto del cuerpo y contiene el entendimiento para gobernar, dirigir, proteger y, por todos los medios, procurar el bien del cuerpo; y así como Cristo está unido a la Iglesia como esposo y es su Cabeza para salvarla, preservarla y proveerle; para este fin se ha situado al marido en su lugar de superioridad. Su autoridad le fue conferida para que fuera el salvador de su esposa… Así como la Iglesia está sabiamente gobernada, protegida y segura sometiéndose a su Cabeza, Jesucristo; y así como el cuerpo participa de mucho bien y es protegido de mucho mal por estar sujeto a la cabeza, si la esposa está sujeta a su marido, le irá mucho mejor. Todo el provecho y el beneficio de esto serán de ella. Si, por tanto, ella busca su propio bien, ésta es una forma y un medio ordenado por Dios para este fin; que lo busque en esto…

Razón 5: La última razón tomada del ejemplo de la Iglesia, también tiene mucha fuerza para convencer a las esposas respecto a la sumisión. Los ejemplos prevalecen más en el caso de algunas que el precepto. Si hay un ejemplo que tenga fuerza, éste es el mayor. Y es que no es el ejemplo de una solamente, sino de muchas; y no son personas ignorantes y perversas, sino con entendimiento, sabias, santas y justas, incluso todas las santas que existieron, existen o existirán. Y es que la Iglesia contiene todo lo que está debajo de ella, incluso toda esa sociedad de santos escogidos por Dios, en su eterno consejo, redimidos por Cristo por su preciosa sangre y eficazmente llamados por el Evangelio de salvación, quienes tienen el Espíritu de Dios, el cual trabaja de forma interna y poderosa sobre ellos, sin dejar afuera las almas mismas de los hombres justos y perfectos que ahora triunfan en el cielo… Obsérvese cómo se describe esta Iglesia en los versículos 26 y 27. Que se piense, por tanto, con frecuencia en este ejemplo: Nadie se arrepentirá nunca de seguirlo porque marca el único camino correcto a la gloria eterna, donde, quien lo siga, llegará con toda seguridad.

Sin embargo, para mostrar la fuerza de esta razón con mayor claridad, nótense estas dos conclusiones que se derivan de ella: 1. La esposa debe estar tan sujeta a su esposo como la Iglesia a Cristo. De otro modo, ¿por qué debería recalcarse este ejemplo sobre ella? ¿Por qué el marido está en el lugar de Cristo y se asemeja a Él? 2. La sujeción de la esposa a su marido, que responde a la sujeción de la Iglesia a Cristo, es una prueba de que ella pertenece a la Iglesia y que la guía el mismo Espíritu que guía a la Iglesia. Y es que es algo que no se puede realizar por el poder de la naturaleza; es una obra sobrenatural y, por tanto, una prueba del Espíritu.

Por tanto, oh esposas cristianas, así como sus maridos se parecen a Cristo por el lugar que ocupan, ustedes también se asemejan a la Iglesia por su práctica. De las dos cosas, ésta es la más elogiable porque la primera es una dignidad, mientras que la segunda es una virtud. La verdadera virtud es mucho más gloriosa que cualquier dignidad.

Estas razones bien equilibradas y la fuerza de todas ellas juntas, no pueden sino funcionar en la persona más obcecada. Por tanto, si esta idea de la sumisión parece una píldora que es demasiado amarga como para digerirla bien, dejen que sea endulzada por el jarabe de estas razones y podrán tragarla mucho mejor y su efecto será más benigno.

Tomado de Of Domestical Duties (Sobre los deberes domésticos), Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.


William Gouge (1575-1653): Ministro puritano que sirvió por cuarenta y seis años en Blackfriars, Londres; nació en Stratford-Bow, en el condado de Middlesex, Inglaterra.