Estímulo a las madres
JAMES CAMERON (1809-1873)
En ningún ámbito del esfuerzo cristiano son las influencias deprimentes más numerosas que en el que ustedes ocupan como madres pero, bendito sea Dios porque existe una fuente inagotable de todo lo que necesitan para su estímulo y apoyo. Permítanme dirigir su atención, en primer lugar, al hecho alentador siguiente:
La obra a la que están ustedes dedicadas es, directa y preeminentemente, la obra de Dios. El gran fin para el cual el universo creado fue llamado a existir y por el que se sostiene de siglo en siglo, es la _manifestación de la gloria divina._En todo lo que Dios hace o permite que se haga, Él está motivado por esta consideración. Todos los instrumentos —angélicos y humanos, racionales e irracionales, animados e inanimados— sirven para favorecer este gran designio en todos sus actos. La tendencia del funcionamiento que, al parecer, está involucrado en toda la maquinaria del universo, ya sea moral o física, tiene por objeto producir movimiento en esta única dirección. Mediante las provisiones correctivas del evangelio, en la salvación del hombre caído se fomenta este gran fin de manera especial porque: “La multiforme sabiduría de Dios [se da] a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Ef. 3:10).
¿Y por medio de quién se debe levantar una Iglesia redimida de entre los hijos pecadores de los hombres? Por medio de aquellos que, por la gracia de Dios, han sido liberados de la culpa y del poder del pecado, y convertidos en vasijas para honra, santificados, útiles al Señor” (2 Ti. 2:21). Por medio de la acción humana, una multitud que ningún hombre puede numerar, será reunida en el redil del Redentor. ¡Y ustedes son aquellas a quienes Dios ha nombrado para entrenar a aquellos que deben embarcarse en esta gloriosa empresa! ¡A ustedes se les ha encomendado la tarea de moldear y formar a esos agentes humanos por medio de los cuales se debe realizar el gran propósito de Dios de glorificarse a sí mismo para siempre, a la vista de todos los seres inteligentes! En sus manos están los líderes del sentimiento público de la siguiente generación, los Luteros, los Knoxes… los Whitefields, los Wilberforces de una época futura. Están en sus manos y, a través de ellos, ustedes manejan los destinos de millones de seres que aún no han nacido. Ya he hablado de la tremenda responsabilidad de semejante situación; pero existe otra luz bajo la cual también me gustaría que la consideraran.
¡Consideren qué situación tan honorable es que se les haya encomendado la parte más importante de la obra de Dios! Consideren cómo las lleva a estar tan cerca de Dios: El tener en sus manos el entrenamiento, no sólo de sus soldados, sino de aquellos que han de ser los dirigentes de sus ejércitos y conducirlos a la victoria gloriosa, aunque sin derramar sangre. Ustedes ocupan la posición más alta, más noble y más honorable en la que puede situarse un ser humano. No murmuren que están excluidas de los campamentos, de los consejos y de los senados; la suya es una vocación más elevada. Ustedes están directamente ocupadas en esa obra que ha empleado las lenguas, las plumas, el trabajo, el corazón de lo mejor y más sabio del mundo en cada época: La obra para la que vivió la buena comunidad de los profetas, por la que tanto se esforzó la gloriosa compañía de los apóstoles, por la que murió el noble ejército de mártires. Para ser testigos del progreso de esta obra, los ángeles se encorvan desde sus tronos exaltados y observan, con el más intenso interés, el desarrollo de cada plan, de cada principio y el cumplimiento de cada acontecimiento que incide en ello.
Para fomentar esta obra, el Hijo del Altísimo dejó el trono del cielo y se convirtió en un peregrino en la tierra219, se sometió al reproche y a la burla de los hombres, a la angustia y al oprobio de la cruz. Para esto, el Padre y el Hijo enviaron también al Espíritu divino. En resumen, ésta es la obra para cuya promoción se han desplegado y se siguen desplegando continuamente, las más nobles energías del cielo y de la tierra. Comparados con esto, los fugaces intereses del tiempo se reducen a una mota. ¿Pero cómo obtener estímulo de tales consideraciones? Es muy obvio; por ejemplo, así: Si están ustedes involucradas en una obra que Dios tiene más en mente (por así decirlo) que cualquier otra cosa en el universo porque de esa forma se manifestará su propia gloria de un modo más abundante, ¿pueden ustedes suponer por un momento que Él las dejará esforzarse duramente en esa obra, de forma desapercibida y desamparadas? Semejante suposición es irreverente hacia Dios y absurda por igual. Admitirlo sería desacreditar la sabiduría y la bondad divinas.
En una conexión inmediata pues y teniendo en consideración que en lo que ustedes están involucradas es en la obra de Dios, consideren en segundo lugar, lo siguiente: Que Dios siempre está deseoso de concederles la fuerza y la sabiduría que necesitan para el desempeño exitoso de sus importantes deberes. Él está siempre sentado en el trono de gracia, preparado para dispensar bendiciones, incontables y ricas, a todo aquel que las pida. Su oído no se aparta nunca del clamor del necesitado que suplica. ¡Qué fondo de aliento inagotable representa esta verdad! En el momento en que su corazón esté abrumado, acudan a la Roca que es más alta que ustedes (Sal. 61:2). Con la confianza del amor filial, echen su carga sobre el Señor, con la seguridad de que Él las sustentará. Él no puede decepcionar las expectativas que su propia Palabra les enseña a apreciar. Él será su Instructor, su Consejero, su Guía, su Consolador, su Refugio, su Fortaleza, su Sol y su Escudo. ¿Sienten que carecen de fuerza? _Vayan a Dios._Él es el Todopoderoso en Quien mora toda la fuerza. ¿Sienten que les falta sabiduría? _Vayan a Dios._Él es el “único y sabio Dios” (1 Ti. 1:17) y de su sabiduría, “[Él] da a todos abundantemente y sin reproche” (Stg. 1:5). ¿Sienten que carecen de paciencia? _Acudan a Dios._Él es “el Dios de la paciencia” (Ro. 15:5). ¿Sienten que corren el peligro de desmayar por el camino? Vayan a Dios. “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Is. 40:29). En resumen, ¿se sienten abatidas bajo un sentido de insuficiencia e indignidad? Acudan a Dios. La suficiencia que ustedes necesitan está en Él (2 Co. 3:5). “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Co. 9:8). En todas las generaciones, Él ha sido la morada de su pueblo, un refugio en el día de la aflicción, sostén y apoyo en tiempo de angustia.
Escuchen los dulces compases del dulce cantor de Israel, quien probó a menudo la fidelidad de Dios a sus promesas:
“Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre. Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias. El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él (Sal. 34:3-8).
Pueden obtener gran estímulo al considerar que miles de madres cristianas han probado la fidelidad de Dios a su promesa y han tenido la felicidad de ser testigos del éxito de sus esfuerzos en la conversión de su descendencia. La historia de la Iglesia de Dios está llena de ejemplos sobre el presente asunto. Consideremos uno o dos.
El caso de San Agustín220… es uno impresionante. Fue uno de los adornos más resplandecientes del cristianismo en la última parte del siglo IV y principios del V. Sin embargo, hasta sus veintiocho años vivió en pecado. De su extraordinaria obra Confesiones221 que escribió tras su conversión, nos enteramos de que se liberó de todo lo que lo ataba y se entregó “a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Ef. 4:19). Sin embargo, tenía una madre piadosa y, en medio de sus idas y venidas, las lágrimas y las oraciones se elevaban como memorial delante de Dios. Por fin, su clamor fue escuchado y llegó la respuesta. De labios de su propio hijo, un día recibió las alegres noticias de su conversión a Dios y la voz de lamento se transformó en cántico de alabanza. No mucho después, mientras viajaban juntos, ella dijo: “Hijo mío, ya no me queda nada que hacer aquí. El único motivo por el que deseaba vivir era tu conversión y el Señor me la ha concedido ahora de un modo abundante”. Cinco días después, enfermó de fiebre y, en unos pocos días, su espíritu voló a esa dichosa región donde todas las lágrimas son enjugadas para siempre. Y el hijo por el que había derramado tantas lágrimas y susurrado tantas oraciones, vivió para ser la admiración de su época y el medio de conversión para millares de sus congéneres.
El eminente siervo de Cristo, John Newton222, ¡fue hijo de una madre que oraba mucho! Incluso en la peor época de su vida, tan profano y disoluto223 como era, la influencia de los piadosos consejos que recibió en su infancia jamás fue destruida. Él mismo dejó constancia escrita de que, en medio de la impiedad más atrevida, el recuerdo de las oraciones de su madre, lo obsesionaba continuamente. En ocasiones, esas impresiones eran tan fuertes que “casi podía sentir la suave mano de su madre sobre su cabeza, como cuando ella solía arrodillarse junto a él, al principio de su niñez, y suplicaba la bendición de Dios sobre su alma”. No hay razón para dudar de que estas impresiones, recibidas en la infancia y que mantenían aferrado el espíritu en la vida [posterior], estaban entre los medios principales por medio de los cuales se detuvo su carrera de pecado y se convirtió en un celoso y exitoso propagador del evangelio que durante tanto tiempo había despreciado.
Un fiel y celoso ministro de Cristo le escribió a un amigo el siguiente relato sobre sí mismo:
… ¡Ah!, Señor mío, usted sabe muy poco de mis obligaciones para con la gracia todopoderosa y el amor redentor. Recuerdo consternado y lleno de horror el tiempo en el que yo estaba a la vanguardia de la impiedad… Aun ahora, mi corazón sangra al pensar en las noches en que, furioso por la embriaguez, regresaba junto a mi tierna madre, entre las dos y las tres de la madrugada, abría la ventana de golpe, vertía un torrente de insultos y me hundía en la cama, como un monstruo de iniquidad. A la mañana siguiente, me despertaba una voz triste, ahogada por profundos sollozos y lágrimas. Escuchaba y, para mi asombro inexpresable, descubría que era mi madre, que derramaba su alma en este lenguaje:
‘¡Oh Señor! ¡Ten misericordia, misericordia, misericordia de mi pobre hijo! Señor, no quiero, no puedo abandonarlo; sigue siendo mi niño. Estoy segura de que no está aún fuera del alcance de tu misericordia. Oh, Señor, escucha, escucha, te lo suplico, las oraciones de una madre. Perdona, oh perdona, al hijo de su vejez. “¡Oh, hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 S. 19:4).’
¡Sí! Preciosa madre, tus oraciones han sido contestadas y tu hijo —tu hijo inútil y culpable— sigue viviendo como monumento de gracia sin fin e incomprensible misericordia…
Permitan que un hecho más sea suficiente. Es uno que dice mucho en prueba de nuestra posición. Se inició una investigación en seis seminarios teológicos de los Estados Unidos, que pertenecían a tres denominaciones distintas de cristianos, mediante la cual se determinó que de quinientos siete estudiantes que estaban siendo educados para el ministerio, no menos de cuatrocientos veintiocho eran hijos de madres que oraban.
¡Madres cristianas! ¡Sean valientes! Están rodeadas de una gran nube de testigos: Testigos de la fidelidad de la promesa de Dios, testigos del poder de la oración con fe, testigos de la eficacia de una instrucción en la fe sana. Sigan adelante en su obra, con santa confianza. Grandes y muchas son, ciertamente, sus dificultades, ¡pero mayor es el que está con ustedes que todo lo que pueda estar en su contra! “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos” (Is. 26:4). A su tiempo segarán, si no desmayan (Gá. 6:9). Que el Señor les conceda gracia para ser fieles y que puedan, al final, tener la indecible felicidad de entrar, junto con todos los que han sido encomendados a su cuidado, en el lugar santo celestial, para celebrar allí por siempre la alabanza del amor redentor y servir a Dios sin cesar, día y noche.
Tomado de Three Lectures to Christian Mothers(Tres conferencias para madres cristianas).
James Cameron (1809-1873): Ministro congregacional inglés que nació en Gourock, Firth of Clyde, Escocia.
La madre de Jesús tuvo una fe muy firme y práctica en su Hijo, respecto a aquel de quien los ángeles y los profetas le habían dado testimonio. Le había visto durante su infancia y le había observado como niño; y no sería nada fácil creer en la divinidad de alguien a quien has sostenido en brazos siendo un bebé para alimentarlo de tus pechos. Desde su maravilloso nacimiento, ella creyó en Él. — Charles Haddon Spurgeon
¿Qué es un hijo sino una parte de ti mismo envuelta en otra piel? — John Flavel
Recuerdo que San Agustín escribe sobre su madre Mónica, diciendo que plantó los preceptos de la vida en su mente con sus palabras, los regó con sus lágrimas y los nutrió con su ejemplo. Un precioso patrón para todas las madres. — John Flavel