El padre debe ser piadoso

NICHOLAS BYFIELD (1579-1622)

Las señales del verdadero cristiano que posee la verdadera gracia en este mundo y que será salvo en el cielo cuando muera puede dividirse en dos catálogos148: Uno más breve y el otro más amplio. Uno de estos catálogos lo describe con unas marcas que lo distinguen externamente entre todos los hombres. La amplia categoría a la que me refiero de manera especial, como forma más infalible y eficaz de prueba, contiene señales que en su mayoría no son observadas por otros hombres o, por lo menos, no de forma completa, sino que le son conocidas a él y que no se pueden hallar en alguien reprobable149.

En la primera categoría del catálogo: El verdadero cristiano suele descubrirse por estas marcas.

1.No participará “en las obras infructuosas de las tinieblas” (Ef. 5:11). No caminará “en consejo de malos” ni se detendrá “en camino de pecadores” (Sal. 1:1). No se asociará con hacedores de iniquidad (2 Co. 6:14-18).

  1. Afligirá y humillará su alma por sus pecados, lamentando y llorando por ellos… Considera que sus pecados son su mayor carga. No puede burlarse del pecado.

  2. Se esfuerza para ser santo en todas sus conversaciones, vigilando sus propios caminos en todo momento y en todas las compañías (Sal. 50:23; 2 P. 3:11).

  3. Toma conciencia del menor de los mandamientos como del mayor, evita el lenguaje sucio, las bromas vanas y la lascivia150 (Ef. 5:4), así como la prostitución, los juramentos menores y también los mayores, los discursos que puedan ser causa de reproche, así como los actos violentos.

  4. Ama, estima y se esfuerza en la poderosa predicación de la Palabra por encima de todos los tesoros terrenales.

  5. Honra y considera a los piadosos, y se deleita en la compañía de aquellos que de verdad temen a Dios por encima de todos los demás (Sal. 15).

  6. Es cuidadoso en la santificación del [Día de Señor]; no se atreve a violar el santo descanso por trabajar ni desatiende los santos deberes que pertenecen al servicio de Dios, en público ni en privado (Is. 56, 58).

  7. No ama al mundo ni las cosas que en él hay (1 Jn. 2:15), sino que le afectan con sinceridad las cosas que conciernen a una vida mejor. Así ama, en cierta medida, la venida de Cristo (2 Ti. 4:8).

  8. Es benigno (Stg. 3:17). Perdona a sus enemigos, desea la paz y hace el bien a los que lo persiguen, si está en sus manos (Mt. 5:44-45).

  9. Sigue en la profesión de la sinceridad del evangelio cuyos deberes realiza, según sabe que Dios se lo requiere en el asunto de su alma, a pesar de las oposiciones de las personas profanas o la aversión de los amigos carnales.

  10. Establece una rutina diaria de servicio a Dios y lo hace también con su familia, si es que la tiene. Se ejercita en la Palabra de Dios como gozo principal de su corazón y como el refugio diario de su vida, pidiéndole ayuda a Él continuamente. Estas son las señales del catálogo más breve.

[Segundo catálogo:]… Ahora, con la ayuda de Dios, para ayudar a los cristianos más débiles… procuraré expresarme en esta doctrina de poner a prueba el estado del verdadero cristiano, en un examen más claro y fácil. Dejaré… este nuevo catálogo a la bendición de Dios y a la libre elección de cómo quiera usarlo el lector piadoso, según le resulte más agradable a su propio gusto, ya que ambos están justificados y fundados en la prueba infalible de la inmutable verdad de Dios…

En las Escrituras existen tres tipos de lugares (en mi opinión) que apuntan a las razones de infalible seguridad en aquellos que puedan alcanzarlas. _Primero,_señaloesos lugares que afirman de manera expresa que tales y tales cosas son señales. Por ejemplo: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Jn. 3:14). Aquí, el Espíritu Santo nos muestra de forma manifiesta que el amor de los hermanos es una señal por la cual el cristiano puede saber que ha pasado de muerte a vida. Por tanto, el apóstol Pablo nos proporciona detalles para que sepamos si la aflicción de ellos era piadosa o no (2 Co. 7:11). Así también el profeta David (Sal. 15) quien proveyó diversas señales por las que se puede conocer al hombre que mora en el santo monte de Dios. El apóstol Santiago también nos dice cómo podemos conocer la sabiduría de lo alto: Reconociendo los frutos y los efectos de ésta (Stg. 3:17). El apóstol Pablo también nos indica cómo podemos saber si tenemos el Espíritu de Cristo en nosotros o no (Ro. 8:9, 15; Gá. 5:22; 4:6-7).

En segundo lugar, descubro señales que marcan para qué tipo de gracias en el hombre están hechas las promesas de Dios. Y es que razono de este modo: Cualesquiera que sean los dones de Dios en el hombre, que lo lleven al alcance de las promesas de la misericordia eterna de Dios, ese don debe ser una señal infalible de salvación… Por tanto, el hombre que puede encontrar esos dones en sí mismo será, ciertamente, salvo. Por ejemplo, el reino de los cielos se ha prometido a los que son “pobres en espíritu” (Mt. 5:3). A partir de ahí, entiendo que esa pobreza de espíritu es una señal infalible. Puedo decir lo mismo del amor a la Palabra, la rectitud del corazón, del amor de Dios y del amor a la venida de Cristo.

En tercer lugar, encuentro otras señales mediante la observación de lo que los hombres piadosos han dicho por sí mismos en las Escrituras, cuando han aducido a su propia prueba del interés que tienen en el amor de Dios o la esperanza de una mejor vida. Considera cómo han demostrado que no eran hipócritas. Cualquier cristiano puede probar del mismo modo que tampoco lo es. Por ejemplo, Job, acusado de hipocresía y postrado bajo la dura mano de Dios, defiende su causa y demuestra que no es un hipócrita, aludiendo a su constancia en los caminos divinos y su incesante estima por la Palabra de Dios: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:10-12).

Ahora, aunque algunas señales son generales y podrías dudar de la exposición151, a saber, de qué forma es infalible esa señal en tal o tal sentido… puedes observar que presento la señal tal como se expone en varios otros versículos. Por ejemplo, el amor de los hermanos es una prueba general. Ahora bien, ¿cómo sabré que tengo el amor apropiado por los hermanos? Esto lo explico yendo a otros versículos en los que se alude a las explicaciones particulares de esta señal.

  1. La primera forma en que un cristiano puede probarse a sí mismo es, pues, examinarse en su humillación por el pecado, si es correcta o no. Y es que bajo este epígrafe se abarca la explicación de la doctrina de la pobreza de espíritu y de la tristeza piadosa y, por tanto, en general, del arrepentimiento de los pecados.

En este asunto de la humillación, el verdadero cristiano demuestra haber alcanzado aquello que ningún reprobado podría lograr jamás y esto es evidente en diversos detalles, tal como, en primer lugar, tener una visión y un sentido verdadero de sus pecados. Discierne la pecaminosidad de su vida, pasada y presente; está afectado y afligido bajo la carga de sus ineptitudes o faltas y sus corrupciones diarias. Ve su miseria en lo que respecta a sus pecados (Mt. 11:29; 5:4).

  1. Tiembla ante la Palabra de Dios y teme su desagrado, aunque no flaquea por sus amenazas (Is. 66:1-2).

  2. Renuncia a sus propios méritos y rechaza toda opinión de que la verdadera felicidad radica en sí mismo o en ningún otro bajo el sol. [Está] plenamente convencido de que no puede salvarse por ninguna obra que pueda hacer ni ser feliz disfrutando con las cosas mundanas152. Por tanto, está decidido por completo a buscar el bien supremo del favor de Dios, sólo en Jesucristo.

  3. Llora con sinceridad y en secreto por sus pecados, así [se lamenta] 1. por todos los tipos de pecados, los secretos y los conocidos; por los pecados menores y los mayores; por los males presentes de su naturaleza y de su vida, así como de los pecados que ha amado, que le han resultado en ganancia y que le han complacido. Sí, sufre por el mal que se adhiere a sus mejores obras y también por sus malas obras (Is. 6:5, 1:16; Ro. 7:24; Mt. 5:6). 2. Por el pecado en sí y no porque le traiga, o pudiera acarrearle, vergüenza o castigos en esta vida, o en el infierno. 3. Está tan afligido por sus pecados, como acostumbraba a estarlo o como lo está ahora, por las cruces en su estado153. Se lamenta con la misma sinceridad por las tristezas que cayeron sobre el Hijo de Dios por su pecado, como si él hubiera perdido a su único hijo (Zac. 12:10-11) o, al menos, se esfuerza en esto y se juzga a sí mismo si las aflicciones mundanas lo preocupan más que sus pecados (Sal. 38:5).

  4. Sufre de verdad y se enoja en el alma por las abominaciones que otros cometen para deshonra de Dios, para difamar a la religión verdadera o para la perdición de las almas de los hombres, como Lot (2 P. 2:7), David (Sal. 119:136) y los lamentadores señalados para el propio pueblo de Dios (Ez. 9:4).

  5. Le afecta, le aflige y sufre de corazón por los juicios espirituales que alcanzan a las almas de los hombres, así como los hombres impíos acostumbran abatirse por las cruces temporales. De modo que él sufre y le desconcierta ver la dureza de corazón (cuando no puede lamentarse como le gustaría), por el hambre de la Palabra, por la ausencia de Dios, por las blasfemias de los impíos o cosas parecidas (Sal. 44:2-3, 137; Neh. 1:3-4; Is. 63:17).

  6. Siente mayor impulso a humillarse y lamentarse por sus pecados cuando siente que Dios es más clemente. La bondad divina le hace temer más a Dios y odiar sus pecados, en vez de odiar la justicia [de Dios] (Os. 3:5).

  7. Sus sufrimientos son tales que sólo pueden aliviarse por medios espirituales. Ni el deporte ni la compañía alegre lo relajan. Su consuelo sólo procede de Dios en alguna de sus ordenanzas. Ya que fue el Señor quien lo hirió mostrándole sus pecados, sólo acude a Él para ser sanado de sus heridas (Os. 6:1-2; Sal. 119:24, 50).

  8. Es inquisitivo154 en su dolor: Preguntará el camino y desea saber cómo puede ser salvo. No puede ahogar ni disuadir sus dudas en tan gran asunto. Ya no se atreve a ser ignorante del camino al cielo. No es descuidado como solía ser, sino que está seriamente inclinado a conseguir directrices de la Palabra de Dios respecto a su reconciliación, santificación155 y salvación (Jer. 50:4-5; Hch. 2:37).

  9. Teme ser engañado y, por tanto, no se satisface fácilmente. No descansará sobre una esperanza común ni se deja llevar por las probabilidades. Tampoco lo satisface que otros hombres tengan una buena opinión de él. No le complace el haber enmendado algunas faltas ni el empezar a arrepentirse, sino que se arrepiente y sigue arrepintiéndose, es decir que toma un segundo impulso para asegurarse de que su arrepentimiento se ha llevado a cabo de manera eficaz (Jer. 31:19).

  10. Los deseos de una sana reforma de su vida lo guían con vehemencia… la tristeza piadosa [por el pecado] siempre tiende a la reforma y a una enmienda sana.

  11. En todas sus aflicciones, él tiene una confianza interna en la misericordia y la aceptación de Dios, de manera que ninguna desgracia puede arrancarle la consideración, la seguridad interna y la esperanza en la misericordia de Dios. En la misma inquietud de su corazón, el deseo de su alma es para el Señor y delante de su presencia. Aunque nunca está demasiado desanimado, espera en Dios para recibir la ayuda de su rostro y, en cierta medida, condena la incredulidad de su propio corazón. Confía en el nombre de Dios y en sus compasiones que nunca faltan (Sal. 38:9, 42:5, 11; Lm. 3:21; Sof. 3:12).

  12. Su amor por Dios lo inflama de una manera maravillosa, si Él le da a conocer, en algún momento, que escucha sus oraciones156. En medio de sus tristezas más desesperadas, su corazón queda aliviado si sus oraciones tienen éxito, si obtienen su deseo (Sal. 116:1, 3).

  13. Mantiene su alma vigilada a diario. Se juzga a sí mismo por sus pecados delante de Dios, detectando sus pecados, acusándolos y condenándolos. Le confiesa sus pecados a Dios de manera particular, sin esconder ninguno de ellos, es decir, sin abstenerse de orar contra cualquier pecado que conoce por sí mismo, guiado por algún deseo que siga teniendo de seguir en él. Mediante esta señal puede estar seguro de tener el Espíritu de Dios y de que sus pecados son perdonados (1 Jn. 1:7; 1 Co. 11:32).

  14. Vierte sus peticiones a diario delante de Dios. Clama a Él con afecto y confianza, aunque sea con gran debilidad y muchos defectos, como el niño pequeño lo hace con su padre. Descubre así el Espíritu de adopción en él (Ro. 8:15; Ef. 3:12).

  15. Está deseoso —sin fingimientos— de deshacerse de cada uno de sus pecados. No hay pecado que, a su saber, [esté] en él, que no desee no haber cometido jamás con la misma sinceridad con la que espera que Dios nunca se lo impute157. Ésta es una señal que nunca falla, una fundamental (2 Ti. 2:19).

  16. Se conforma con recibir de la mano de Dios el mal158 como el bien, sin murmurar ni olvidar su integridad, siendo consciente de lo que merece y teniendo el deseo de ser aprobado por Dios, sin tener en cuenta la recompensa. Esto demostró que Job era un hombre santo y recto (Job 1:1; 2:3, 10).

[Finalmente], 18. Su espíritu no tiene engaño (Sal. 32:2). Desea más ser bueno que el hecho de que piensen que lo es. Busca el poder de la piedad [en lugar] de la demostración de ella (Job 1:1; Pr. 20:6-7). Su alabanza es de Dios y no de los hombres (Ro. 2:29). Y, de esta forma, vemos gran parte de la prueba de su humillación.

Tomado de The Signs of a Wicked Man and the Signs of a Godly Man(Las señales de un hombre malvado y las señales de un hombre piadoso)_,_Puritan Publications, www.puritanpublications.com.


Nicholas Byfield (1579-1622): Predicador y autor anglicano y puritano, nació en Warwickshire, Inglaterra.