El legado de una madre para su hijo que aún no ha nacido
ELIZABETH JOSCELIN (1595 - C. 1622)209
Durante largo tiempo, con frecuencia y empeño, presenté ante Dios mi deseo de poder ser madre de uno de sus hijos y, ahora que se acerca ese momento, espero que su designio haya sido que tú seas para mí, y esto me lleva a considerar por qué te deseé con tanto afán y (habiendo descubierto que la verdadera razón fue hacerte feliz), cómo podría alcanzar esa felicidad para ti.
Sabía que no tenía nada que ver con mi reputación, mi riqueza, mi fortaleza corporal o mis amistades, aunque todas estas cosas son grandes bendiciones. Por tanto, sería una petición muy débil desearte sólo como heredero de mi fortuna. No, nunca tuve por objetivo una herencia tan pobre, como el mundo entero, para ti. Tampoco le habría suplicado a Dios tanto dolor, como sé que debo soportar, tan solo para darte riquezas terrenales que hoy podrían hacer de ti un gran hombre y mañana un pobre mendigo. Tampoco me movió a desearte la esperanza de hacerte saltar, durante tu infancia, sobre mis rodillas. Y es que sé que todo el deleite del que una madre puede disfrutar es miel mezclada con hiel210.
Pero la verdadera razón por la que con tanta frecuencia me arrodillé delante de Dios por ti es para que pudieras ser heredero del reino de los cielos. Que a este fin, le suplico humildemente al Dios Todopoderoso, puedas inclinar tus actos y, que si fuera su bendita voluntad, te dé una medida tan abundante de su gracia que puedas servirle como ministro suyo, si Él hace de ti un hombre.
Cierto es que, este siglo, considera el ministerio como un oficio desdeñable, sólo adecuado para los hijos de los pobres, los hermanos menores y quienes no tienen otro medio de subsistir. Pero, por el amor de Dios, no te desalientes con tales discursos vanos: Fortalécete recordando el gran valor que tiene, a los ojos de Dios, ganar un alma, y pronto descubrirás qué gran puesto es ser ministro para el Dios vivo. Si a Él le place conmover tu corazón por medio de su Espíritu Santo, resplandecerá y arderá de celo por servirle. El Señor abra tus labios y tu boca para elevar su alabanza (Sal. 51:15).
Si se me diera bien escribir, me gustaría anotar todo lo que comprendo del feliz estado de los ministros verdaderos y esforzados. Sin embargo, puedo decir claramente que, de todos los hombres, por su llamado son de verdad los más felices. Están familiarizados con Dios, trabajan en su viña y son tan amados por Él que les proporciona abundancia de conocimiento. ¡Por favor, sé uno de ellos! No permitas que la burla de los hombres malvados te estorbe. Mira cómo ha provisto Él, suficientes medios para ti. No necesitas obstaculizar tu estudio por buscar sustento como hicieron los israelitas estorbando su trabajo para ir a buscar paja (Éx. 5:6-23). Si no estás satisfecho con esto, no lo estarás, aunque tengas más. ¡Que Dios te libre de la codicia!
Deseo para ti que, aunque adoptes el llamado espiritual, no busques los beneficios de la Iglesia211, ni los ascensos, aunque los valoro porque tengo grandes motivos para ello; pero preferiría que fueras verdaderamente un ministro tan humilde y con tanto celo que tu único fin sea servir a Dios sin desear nada para ti mismo, excepto el reino de los cielos. Sin embargo, así como no deseo que procures estas cosas, también me gustaría que fueras tan cuidadoso como para no descuidar las bendiciones de Dios, sino que recibas con toda gratitud lo que Él te concede y que seas un esmerado administrador que lo distribuya entre todos los que tengan necesidad.
No tenía más elección que manifestar este deseo por escrito, por temor a que la voluntad de Dios para mí fuera que pereciera sin tener tiempo de hablar contigo.
Y si fueras una hija… sigue leyendo y verás mi amor y mi preocupación por ti y que tu salvación es tan grande como si fueras un hijo, y mi temor mayor aún.
Tal vez, cuando seas capaz de ejercer cierto discernimiento, te pueda parecer extraño recibir estas líneas de una madre que murió cuando tú naciste. Pero ves que los hombres compran tierras y almacenan tesoro para sus bebés que no han nacido todavía, así que no te extrañe que me preocupe tanto por tu salvación, siendo ésta una porción eterna. Y no sabiendo si viviré para instruirte cuando nazcas, no me culpes por escribirte con antelación. ¿Quién no me condenaría si yo descuidara tu cuerpo mientras estás dentro de mí? Con toda seguridad, la preocupación por tu alma es muchísimo mayor. En estos dos desvelos me esforzaré mientras viva.
Reitero que, tal vez haya quien se pregunte por qué escribo de esta forma, teniendo en cuenta que existen muchos libros tan excelentes que hasta la nota más mínima que se encuentra en ellos tiene el mismo valor que todas mis meditaciones. Lo confieso y, así, me disculpo. No le escribo al mundo, sino a mi hijo quien sacará más provecho de unas cuantas instrucciones débiles procedentes de una madre muerta (que no puede alabarlo cada día ni reprenderlo como merece) que de otras mucho mejores de alguien más ilustrado. Una vez consideradas estas cosas, ni mi verdadero conocimiento de mi propia debilidad ni el temor de que esto pueda llegar a ojos del mundo y acarrear burla sobre mi tumba pueden impedir que mi mano exprese cuánto anhelo tu salvación.
Por consiguiente, amado hijo, siente mi amor en estas líneas. Y si Dios me aparta de ti, sé obediente a estas instrucciones como deberías serlo hacia mí. Las he aprendido de la Palabra de Dios; a Él le suplico que puedan ser provechosas para ti.
(1) El primer encargo que te hago aquí lo aprendí de Salomón en Eclesiastés 12:1: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”. Es un excelente comienzo y una lección adecuada para un hijo… Para dirigir tu corazón a que recuerdes a tu Creador antes de que sea demasiado tarde, medita en los beneficios que recibes continuamente. En primer lugar, cómo Él te creó cuando no eras nada; te redimió por la muerte de su único Hijo, siendo peor que nada; y ahora, por mera gracia, Él te ha dado su Espíritu Santo, santificándote para un reino eterno.212 Es posible que no puedas entender lo grandes que son estas misericordias, pero tu alma debe gritar directamente: “¿Qué puedo hacer por un Dios de tanta gracia? Todos los poderes de mi alma y mi cuerpo entregaré a su servicio. A Él dedicaré mis primeros pensamientos. Como el sacrificio de Abel (Gn. 4:4), presentaré ante Él las primicias de mi juventud. En la fuerza de mi edad caeré delante de Él y si alcanzo una edad avanzada y por debilidad no puedo inclinar mis rodillas ni levantar mis manos, con todo, mi corazón meditará en su bondad día y noche, y mi lengua siempre proclamará sus obras maravillosas”.
Cuando hayas recordado así las infinitas misericordias de Dios, es adecuado que te pongas a trabajar en su servicio de forma constante; que ordenes tus pensamientos, tus palabras y tus actos para su gloria; y que hagas pacto contigo mismo de no quebrantar las promesas que le hagas a Dios… Recuerda, te ruego, estas normas para ordenar tu vida y Dios te bendecirá a ti y tus buenos esfuerzos.
(2) En cuanto te despiertes por la mañana, cuida de no albergar en tu mente pensamientos vanos, no provechosos y, sobre todo, impíos que estorben tu sacrificio de la mañana (tu oración de acción de gracias). Prepárate de inmediato, dirigiendo tus pensamientos para meditar en las misericordias de Dios, la maldad del diablo y en tu propia debilidad. La malicia del diablo se percibe con tanta facilidad como tu debilidad; desde ahora mismo ya está merodeando, listo para atrapar cualquier buen movimiento de tu corazón, sugiriéndote cosas que son más atractivas para tu imaginación y persuadiéndote de posponer tu servicio a Dios, sólo por un breve tiempo.
Pero debes estar prevenido y armado contra sus tentaciones. Ten por seguro que, si una vez cedes, descuidando el orar a Dios, aunque sea por media hora, cuando llegue ese momento hallarás que estás mucho más incapacitado para hacerlo y que tu corazón está más torpe para orar que antes. En cambio, si te preparas para orar y, aunque te sientas apesadumbrado e infeliz al hacerlo, Dios, que escudriña el corazón y ve tu deseo de orar —aunque tú no puedas hacerlo— te alumbrará y preparará tu corazón con antelación la próxima vez para que puedas hallar consuelo. Por tanto, ten cuidado de que el diablo no te engañe porque ves que su malicia no es pequeña en sus intentos de engañarte respecto a toda felicidad presente y futura. Y puedes tener por seguro de que, si no buscas lo celestial, no tendrás gozo verdadero en los placeres terrenales.
Una vez discernida la infinita malicia del diablo y tu propia y excesiva debilidad, ¿cómo crees que fuiste protegido de sus argucias mientras dormías? ¿O tal vez piensas que sólo te acosa cuando estás despierto? No, no te engañes; no es un enemigo tan equitativo. Su odio hacia ti es tal que, si pudiera, haría pedazos tu cuerpo y te arrancaría el alma para llevársela al infierno mientras tú duermes. ¡Ay, hijo mío! Él podría haber hecho todo esto porque tu fuerza es pequeña para resistir contra él. Ahora tienes que confesar necesariamente, quién es el único capaz de protegerte: Dios y su misericordia —y no lo que tú mereces— son tu protección. Reúne, con toda tu fuerza, toda tu resolución para servirle a Él todo el día y resistir todas las tentaciones del diablo.
Entonces, ya bien despierto (porque puedes estar seguro de que a Dios no le gusta que se ore medio dormido), empieza dando gracias a Dios y a desear la continuidad de su misericordia para contigo en estas palabras, hasta que puedas descubrir la mejor forma de expresar tu propia alma: “Oh eterno Dios, que has derramado tu gracia desde el principio y que eres misericordioso hasta el final del mundo, humildemente te doy gracias porque, según tu abundante bondad, me has defendido por tu gracia durante esta noche de los peligros que podrían haberme ocurrido. Te suplico que sigas teniendo esta bondad favorable tuya hacia mí y que me concedas así, tu gracia para que en todos mis pensamientos, palabras y actos pueda buscar tu gloria y vivir eternamente en tu temor y para que pueda morir en tu favor. Te lo pido en el nombre de tu Hijo, mi único Salvador. Amén”.
(3) Una vez hayas invitado a Dios a entrar a tu alma, ten cuidado de no ofender a tan gran y glorioso Invitado… Piensa, alma pecaminosa, cuánto cuidado deberías tener cuando el Dios vivo te concede por su gracia, el morar dentro de ti: Ten cuidado, sé precavido. No le ofendas, amado hijo mío, deliberadamente… Pero si por tu debilidad pecaras contra Él, corre directamente a su presencia, antes de que pueda irse, porque Él es misericordioso y se quedará un rato después de que hayas pecado, esperando tu arrepentimiento.213 ¡Corre a toda prisa! ¡No estimes pecado alguno como pequeño! Aprende a avergonzarte del pecado; no obstante, una vez cometida la transgresión, no esperes ocultarla de Dios por ningún otro medio que no sea el arrepentimiento sincero. En la pasión214 de su Hijo, Él esconderá tus ofensas, de tal modo que las esconderá de sí mismo. El Señor no despreciará el corazón contrito y, aunque permita que estés arrodillado durante largo tiempo, Él tendrá misericordia al final. Aprende de Jacob a luchar con Dios y a clamar con espíritu ferviente: “No te dejaré, si no me bendices” (Gn. 32:26). Nuestro Salvador declaró: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11:12).
(4) Ya ves, pues, que la carrera que debe llevarte al cielo ha de realizarse con entusiasmo y no de forma perezosa. Por tanto, ten cuidado y evita todas las variantes de este pecado. Todo lo que emprendas, abórdalo con alegría. Avergüénzate de la ociosidad, como hombre; pero tiembla sólo de pensar en ella, como cristiano. Y es que puedes tener por seguro que el diablo nunca está tan feliz en sus tentaciones como cuando las utiliza sobre un hombre perezoso que no es capaz de esforzarse tanto como para resistirse a él. ¿Qué estado de desdicha puede haber mayor que éste en el mundo? En primer lugar, que Dios te odie por considerarte un parásito ocioso, un vago, no apto para su servicio y, por ende, que todo el mundo te desprecie porque te halles en la pobreza extrema. ¡Te ruego que bajo ningún concepto entregues tu juventud a la pereza! Tan pronto como hayas elevado tu oración a Dios, prepárate para levantarte y, al hacerlo, usa esta oración: “En tu nombre, me pongo en pie, oh bendito Salvador, Quien con el Padre y el Espíritu Santo me creaste y con tu propia y valiosa sangre me has redimido. Te suplico que me dirijas, me protejas y me bendigas hoy. Guíame en todo buen camino. Dirígeme y sigue obrando en mí y después de esta frágil y miserable vida, llévame a esa bendita vida que no tiene fin, por tu gran mérito y por tus misericordias. Amén”.
(5) Tan pronto como hayas salido de los brazos de la pereza, el orgullo hará diligentemente su aparición, esperando proporcionarte cualquier juguete215 vano en tu atuendo. Y aunque creo que existen diversos tipos de orgullo más pestilentes para el alma que el de la ropa, éste es bastante peligroso. Y estoy segura de que manifiesta más que cualquier otro la necedad del hombre. ¿Acaso no es monstruoso ver a un hombre, al que Dios ha creado de un modo excelente, con cada parte de sí respondiendo en la debida proporción a otra, y que por el hábito de prestar una atención necia y vana a su apariencia, acaba teniendo un aspecto tan desagradable que no se pueda hallar entre todas las criaturas de Dios nada parecido a él? Aunque un hombre no se parezca a otro en su figura o su rostro, por su alma racional es como cualquier otro; pero estos seguidores de la moda han intercambiado (me temo) su alma sensata por otra orgullosa y no razonable ¿Podrían deformarse y transformarse también por estas modas novedosas y estas conductas propias de los monos: Comportándose de forma servil, encogiéndose de hombros, con movimientos repentinos y siendo unos extravagantes de todas las formas posibles, de manera a poder decir, y con razón, que cuando van a la moda no son como ningún otro hombre? Y es que ¿quién querría ser como ellos? Te ruego que te apartes de esa vanidad, seas hijo o hija. Si eres una hija, te confieso que tu tarea será más dura porque eres más débil y tus tentaciones frente a este vicio son mayores porque verás a quienes te parezcan menos capaces, exaltadas muy por encima de ti en estos menesteres y, tal vez desearás ser como ellas y hasta sobrepasarlas. Pero cree y recuerda lo que te digo: El final de todas esas vanidades es más amargo que la hiel. ¡Qué duro será recordar el tiempo malgastado, cuando tengas más edad y no hayas alcanzado otro conocimiento que el de vestirte! Cuando te des cuenta de que la mitad de tu tiempo o quizás todo, ha transcurrido y que de todo lo que has sembrado no tienes nada que recoger, sino arrepentimiento —el arrepentimiento tardío—, ¡cuánto sufrirás! ¡Cómo acusarás a una necedad por haber producido otra, y en tu memoria proyectarás la causa de cada infortunio que ha caído sobre ti, hasta que pasando de una a otra, finalmente comprendas que tu voluntad corrupta ha sido la causa principal! Entonces percibirás, con bastante dolor, que si hubieras servido a Dios, en lugar de a tus vanos deseos, ahora tendrías paz en tu corazón. Que el Dios de misericordia te dé la gracia de acordarte de Él en los días de tu juventud.
No me malentiendas ni te permitas tomarte demasiada libertad, diciendo: “Mi madre era demasiado estricta”. No, no lo soy, porque te autorizo a seguir las modas decentes, pero no que seas una _iniciadora_de modas… En otras palabras, esto es lo único que deseo: Que no pongas tu corazón en cosas tan vanas. Verás que seguir esta conducta humilde te hará ganar reputación y amor entre los que son sabios y virtuosos.
Si deseas elogio, sigue el ejemplo de esas mujeres espirituales cuya fama de virtuosas, el tiempo no ha podido borrar, como la piadosa Ana, quien sirvió al Señor con ayuno y oración (Lc. 2:36-38); como Elisabet, quien sirvió a Dios de forma irreprensible (Lc. 1:6) y la piadosa Ester, quien enseñó a sus criadas a ayunar y orar (Est. 4:16).
Tengo tanto miedo de que pudieras caer en este pecado, que podría pasarme el poco tiempo que me queda de vida exhortándote en contra de él. Sé que es el más peligroso y sutil de los que pueden robar el corazón del hombre. Alterará todas las formas como suele ocurrir con los colores del camaleón. ¡Apártate de él por el bien de tu alma! Porque si das cabida al orgullo, es un adulador tan desvergonzado que te hará creer que eres mayor, más sabio y más instruido que todos los demás, cuando en realidad estarás demostrando ser el mayor necio entre ellos, cansándolos a todos con tu vana conversación.
Salomón afirmó: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”(Pr. 16:18). Y nuestro bendito Salvador, el verdadero ejemplo de humildad, nos exhorta a aprender de Él que era manso y humilde de corazón (Mt. 11:29). Y si nos comportamos así, Él promete que hallaremos descanso para nuestra alma. Aquí tampoco faltan las maldiciones, amenazando cuando el poder de convicción no basta:
“Porque cualquiera que se enaltece, será humillado” (Lc. 14:11). Lee las Sagradas Escrituras con frecuencia y diligencia, y hallarás continuas amenazas contra el orgullo, castigo y advertencias al respecto. No descubrirás pecado que se castigue con tanta dureza como éste: Convirtió a ángeles en demonios, al gran Nabucodonosor en una bestia (Dn. 5:21) y la carne de Jezabel en comida para perros (2 R. 9:10, 36; 1 R. 21:23). Concluiré con el dicho de un buen hombre: “Si todos los pecados que reinan en el mundo se quemaran hasta reducirlos a cenizas, las del orgullo seguirían siendo capaces de volver a producirlos todos”.
(6) Por tanto, evita todo tipo de orgullo para estar decentemente preparado; una vez hecho esto, retírate a solas a un lugar donde te humilles de rodillas y vuelvas a renovar tus oraciones, confesando humildemente y deseando con fervor el perdón de todos tus pecados. Y usa la oración matutina del doctor Smith216; no conozco una mejor ni tampoco he hallado mayor consuelo en ninguna otra. Al aconsejarte una forma establecida de oración, no te estoy prohibiendo que concibas una oración, sino que le ruego a Dios con toda humildad que te dé la gracia de orar con frecuencia basándote en tus propias meditaciones, según su voluntad.
(7) Cuando hayas acabado tu oración privada, asegúrate de no ausentarte de_la oración pública_, si esa es la costumbre de la casa donde vivas. Cuando hayas terminado, ve y ten algún recreo, para tu beneficio o por placer. Y de todos estos ejercicios reserva tiempo para sentarte y tener un buen estudio, pero sobre todo utiliza aquello que puede hacerte más grande: _La teología._Te hará más grande, más rico, más feliz que el mayor reino de la tierra, aunque pudieras poseerlo. “Si alguno me sirviere —dice Cristo—, mi Padre le honrará” (Jn. 12:26). Por tanto, si deseas honra, sirve al Señor y estate seguro de ello. Si tu objetivo es la riqueza, San Pablo te asegura que “gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1 Ti. 6:6). Si codicias el placer, pon el deleite de David delante de tus ojos: “Me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza” (Sal. 119:14). Y en el Salmo 92, declara: “Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras” (92:4). En el Salmo 4: “Tú diste alegría a mi corazón” (4:7) y si lees el Salmo 91, verás con qué clase de bendiciones alegra Dios a sus hijos. Y cuando hayas ajustado tu corazón a este estudio, será tan dulce que cuanto más aprendas más desearás y cuanto más desees, más te mostrará Dios su amor. Estudiarás muy bien en lo privado y lo practicarás en todas tus acciones en público; sopesarás tus pensamientos con tanta regularidad que tus palabras no serán ligeras. Ahora, usaré unas pocas líneas para convencerte de estar alerta respecto a tus palabras.
(8) Decir “recuerda a tu Creador cuando hables”, es tanto como si pudiera usar todas las exhortaciones e indicarte todos los peligros que pertenecen al discurso. Sin embargo, somos tan capaces de olvidar a Dios en nuestra necia conversación que, en ocasiones, con nuestro discurso haríamos de nosotros mismos dioses. Por tanto, no te tomes a mal recibir de mí unas cuantas instrucciones, aunque débiles, para ordenar tu conversación. He dedicado la mañana a la meditación, la oración, los buenos estudios y un esparcimiento honrado. El tiempo del mediodía se usa más para conversar, ya que es todo lo que un hombre puede hacer mientras come. Y es un tiempo durante el cual el hombre debería cuidar lo que habla, ya que tiene delante de sí las buenas bendiciones de Dios para renovar su cuerpo y una compañía sincera para recrear su mente. Por tanto, no debería haber nada ofensivo en tu lenguaje ni hacia Dios, ni hacia los hombres buenos. Pero, de forma más especial, ten cuidado de que ni la ligereza ni la formalidad en tu discurso te hagan tomar el nombre de Dios en vano; habla siempre de Él con reverencia y entendimiento. Y te ruego que, así como querrías que las bendiciones se multiplicaran sobre ti, no permitas que salgan de ti palabras que puedan herir los oídos castos. ¡Qué odioso es el lenguaje obsceno en las personas groseras! ¡Pero cuánto más ofensivo hace a aquel de noble nacimiento para toda compañía honrada! Salomón afirma: “El hombre cuerdo encubre su saber; mas el corazón de los necios publica la necedad” (Pr. 12:23); “el que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad” (Pr. 13:3) y “los labios de los sabios los guardarán” (Pr. 14:3).
(9) Si mantienes tus pensamientos santos y tus palabras puras, no tendré necesidad de temer porque todos tus actos serán sinceros. Pero mi miedo de que puedas conocer el camino y que, aun así te desvíes, no permitirá que mi consejo te abandone hasta que llegues al final de tu viaje.
En primer lugar, ten pues cuidado cuando estés solo de no hacer nada que no hicieras cuando los hombres te ven. Recuerda que los ojos de Dios están siempre abiertos y que tu propia conciencia será testigo contra ti. A continuación, asegúrate de que ningún acto tuyo pueda ser un escándalo para tu profesión, me refiero a la profesión de la religión verdadera. Esto, en realidad, es como decirte: “[Apártate] del mal” (1 P. 3:11). Y es que no puedes cometer un pecado que sea demasiado pequeño como para que los enemigos de la verdad no se alegren al decir: “¡Mira, éste es uno de esos que profesan a Dios de labios, pero mira qué vida lleva!”. Por tanto, el cristiano debería tener gran cuidado, sobre todo, aquellos a los que Dios ha puesto como luminares en su Iglesia.
Sea lo que sea que estés a punto de hacer, examínalo según los mandamientos de Dios: Si está de acuerdo con ellos, sigue adelante con alegría. Y aunque la respuesta no responda a tus esperanzas, nunca te aflijas ni estés resentido, sino alégrate de que se cumpla la voluntad de Dios. Deja que tu confianza en Él te asegure que todas las cosas ayudan a bien a aquellos que conforme a su propósito son llamados (Ro. 8:28).
El siguiente defecto que también es común en este siglo es la embriaguez, que es la autopista hacia el infierno. Un hombre puede viajar por ella, de pecado en pecado, hasta que el diablo le muestre que no puede llegar más lejos, como el viajero que va de posada en posada hasta que llega el final del viaje. ¡Oh hijo, piensa en lo sucio que es ese pecado que convierte al hombre en una bestia toda su vida y en un diablo cuando muere! Salomón pregunta: “¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos?” (Pr. 23:29). Y, en el versículo siguiente, responde: “Para los que se detienen mucho en el vino” (Pr. 23:30). Y, hasta el final del capítulo, presenta las desgracias ocasionadas por este vicio.
Para poder evitar este pecado, pon cuidado en la elección de tus amigos porque son ellos los que te traicionarán para que caigas en este pecado. No escojas jamás a un borracho como compañero y, mucho menos, como amigo. Ser un borracho es ser un hombre que no es apto para el servicio de Dios y para la compañía de los hombres buenos. Le suplico a Dios que te dé la gracia de detestarlo.
A continuación, debo exhortarte respecto a un pecado que no puedo mencionar: Debes escudriñar tu propio corazón para hallarlo. Es tu pecado más querido: para disfrutarlo, podrías resistirte a todos los demás, al menos eso crees. Pero no lo albergues: búscalo con diligencia en tu propia naturaleza y cuando lo hayas encontrado, lánzalo fuera de ti. Es el sutil traidor de tu alma y todos los demás pecados dependen de él. No hay tanto peligro en todo el resto al que te enfrentas como en éste, al que no estás dispuesto a llamar pecado.
(10) Después de pasar el día en los ejercicios piadosos y sinceros, regresa por la noche de nuevo a alguna buena meditación o estudio. Concluye con oración, encomendándote a Dios; así disfrutarás de tu cena. Cuando esto esté hecho y llegue el momento del descanso, acaba el día como lo empezaste, con humilde acción de gracias por todos los beneficios recibidos ese día y con sincero arrepentimiento por todos los pecados cometidos, mencionándolos y lamentándolos. Cuanto más a menudo saldes tus cuentas con Dios, más tranquilo será tu sueño y despertarás con el corazón lleno de gozo, dispuesto a servir al Señor.
Por último, encomiéndate tú y todo lo que tienes a Dios en oración ferviente, sirviéndote tanto de las oraciones vespertinas del señor Smith como de las matutinas. Aunque ambas son para la familia, también se pueden reducir fácilmente para la oración privada de un hombre. De modo que, al irte a la cama, descansa, empezando y acabando en Aquel que es el Primero y el Último (Is. 44:6; 48:12; Ap. 1:11, 17; 22:13). Pasa así los seis días en los que tienes que trabajar para que puedas estar preparado para celebrar el Día de reposo, al que pertenece otro “Acuérdate” (Éx. 20:8).
(11) Acuérdate de santificar el Día de reposo. Este deber que Dios mismo ordenó, tan a menudo y con tanto empeño en el Antiguo Testamento, que tanto se nos confirma en el Nuevo por la resurrección de nuestro Salvador, en cuya memoria se le llama Día del Señor y que la Iglesia celebra perpetuamente, aunque en estos días muchos no guardan el Día de reposo (o, como mucho, sólo una sombra de éste), como si no formáramos parte de la creación ni de la redención del mundo. ¿Dónde podríamos encontrar a alguien que perdiera un buen negocio en lugar de llevarlo a cabo en el Día del Señor? ¿O que ponga freno a sus propios deseos para santificar ese día?
Por tanto, viendo este peligro en el que puedes verte fácilmente atrapado por la sutileza del diablo y seguir a la multitud, no puedo más que exhortarte, con todas mis fuerzas, a que observes con cuidado el Día del Señor. Para ello, te ruego que prestes atención al cuarto mandamiento:
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Éx. 20:8-11).
Si quieres aprender cómo servirle como un buen erudito, Él te enseñará de una forma admirable, tanto a través de las normas como por el ejemplo. En primer lugar, mediante las normas: No hagas en él obra alguna. A continuación, por el ejemplo: Él creó el mundo entero en seis días y descansó en el séptimo; por tanto, lo bendijo.
Al ver que Dios así te ordena por su poder, te convence en su misericordia y te enseña, tanto por las normas como por su propio ejemplo lleno de gracia; ¿cómo puedes estar tan desprovisto de gracia, no, de sentido común, para no obedecer a un _Señor_tan justo? ¿A un _Padre_tan misericordioso? ¿A un _Maestro_tan lleno de gracia? Si no conviertes el observar este día en un asunto de conciencia, puede ser que poseas de algún modo una torpe seguridad y que te adules por ella, mientras que en realidad, no haces conciencia de nada porque estoy convencida de que si no puedes prescindir de profanar este día, ya sea para provecho tuyo o por placer, no vacilarás en otra ocasión parecida y quebrantarás todos los mandamientos restantes, uno detrás de otro.
Por consiguiente, por el amor de Cristo, ten cuidado para que el diablo no te engañe; no permitas tampoco que sus intermediarios te aparten del deber de este día. Él _siempre_está atareado, preparado y al alcance para apartarte de Dios, pero ese día, sin lugar a dudas, redobla todas sus fuerzas. Hará que se te cierren los ojos de sueño; enviará pesadez y torpeza a tu corazón y, quizás, puede incluso hacer que tu cuerpo sufra dolor, si de esta forma puede prevalecer. Con toda seguridad, usará cualquier destreza, cualquier truco, para apartarte de la casa de Dios y de la congregación de su pueblo. Te corresponderá a ti fortalecerte contra él en la misma proporción de la fuerza de sus prácticas contra ti ese día. ¡No permitas en modo alguno que te aleje de la iglesia! Dios ha prometido estar presente allí y allí está. ¿Osarás tú, necio infeliz, ausentarte de Él? Sé bien que no. Acude, pues, a la oración con un corazón preparado por la oración y, por el camino, medita en las grandes misericordias de Dios en la creación del mundo, su mayor misericordia al redimirlo y mezcla en tus reflexiones, oraciones que puedan aplicar estas grandes bendiciones a ti mismo.
¡Acércate, pues, y entra con celo reverente y ferviente en la casa de Dios! Y, deshaciéndote de todos tus pensamientos, excepto aquellos que puedan avanzar la buena obra que estás a punto de hacer, dobla tus rodillas e inclina tu corazón a Dios, deseando su Espíritu Santo para poder unirte a la congregación en oración ferviente y atención formal a su palabra predicada. Aunque oigas, quizás, predicar al ministro de un modo débil, en tu opinión, aun así, préstale atención; descubrirás que transmitirá algo de provecho para tu alma, ya sea algo que no hayas oído antes, que no hayas notado, que hayas olvidado o que no hayas puesto bien en práctica. Es bueno que se te recuerden con frecuencia, estas cosas relativas a tu salvación… Aprende, pues, a preparar tu corazón temprano para ese día; si lo observas como es debido, Dios te bendecirá a ti y tus labores durante toda la semana. Hasta aquí me he esforzado por exhortarte en lo que concierne a tus deberes hacia Dios.
(12) De los cuales, la honra que le debes a tus padres es una parte que no puede separarse porque Dios lo ordena: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx. 20:12). Es el primer mandamiento de la Segunda Tabla, así como “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éx. 20:3) lo es de la Primera. Siendo la idolatría el mayor pecado contra Dios y el de la desobediencia a los padres el cabecilla de los pecados contra el hombre, se nos advierte contra ellos, como si en el caso de caer en ellos, ya fuera demasiado tarde para evitar los demás. Y es que, si nos convertimos una vez en idólatras de corazón, ya no nos costará trabajo alguno inclinarnos ante una imagen, usar en vano el santo nombre de Dios o profanar su Día de reposo. De modo que, si nos atrevemos a desobedecer a unos padres buenos, nada más quebrantar la Ley de Dios así, el robo, el asesinato, el adulterio, la falsedad y la codicia entran con facilidad.
(13) El siguiente deber igual a éste, es uno que debes realizar respecto a todo el mundo en general: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mt. 7:12). Éste es el mandamiento que nuestro Salvador nos da: “Amaos los unos a los otros”. Así se distinguirá que somos suyos, si nos amamos unos a otros como Él nos amó a nosotros (Jn. 13:34-35). Pero dentro de todo lo que se nos ordena, no hay _nada_más contrario a nuestra perversa naturaleza que amar al prójimo como a nosotros mismos. Podemos envidiarle fácilmente si es rico o burlarnos de él si es pobre; _¿pero amarlo?_No, el diablo tiene más habilidad que eso. Para él sería muy duro que los hombres empezaran, de repente, a amarse unos a otros; por ello, usa toda su arte para instigar disensión entre tantas personas como pueda y para mezclar el amor con la hipocresía.
Para evitar esto, considera bien que Dios es el autor de la paz y el amor, y que la lucha y la discusión proceden del diablo. Entonces, si eres hijo de Dios, haz las obras de Dios: Ama a tu prójimo como Él te ha ordenado, no sea que provoques a nuestro bendito Salvador cuando vea en ti esa marca del diablo —_la malicia—_y te diga lo que les dijo una vez a los judíos:“Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Jn. 8:44).
Hijo, te ruego que tengas cuidado y no ofendas a Dios tan gravemente como para que te niegue como alguien de los suyos porque no amas a aquellos que le pertenecen. Si esto se sopesa bien, bastará para hacer que todos los hombres sean benévolos, aunque sólo sea por temor a odiar a aquellos a los que Dios ama. Sin embargo, creer o juzgar que Dios debería odiar aquello que tú odias es una falta de amor tan impía que un buen cristiano debería temblar necesariamente, sólo con pensarlo. Dios no te ha dado autoridad alguna para juzgar a ningún hombre, pero sí te ha ordenado que ames a tu enemigo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:44-45). Sine fine finis.217
Tomado de The Mother’s Legacy to Her Unborn Child(El legado de una madre para su hijo que aún no ha nacido)_,_de dominio público.
Elizabeth Brooke Joscelin (1595 - c. 1622): Nieta del teólogo y obispo anglicano, William Chaderton (c. 1540-1608); nacida en Cheshire, Inglaterra.
Cualquier enseñanza que lleve a los hombres y a las mujeres a pensar en el vínculo del matrimonio como señal de esclavitud y sacrificio de toda independencia, a interpretar la feminidad y la maternidad como un trabajo pesado y una interferencia en el destino más elevado de la mujer, cualquier opinión pública respecto a cultivar el celibato como más deseable y honroso o sustituir cualquier otra cosa por el matrimonio y el hogar, no sólo invalida la ordenanza de Dios, sino que abre la puerta a crímenes abominables y amenaza los fundamentos mismos de la sociedad. — A. W. Pink.
El poder de la madre radica en que ora por su hijo. —Abraham Kuyper
La madre que sigue presente cuando sus hijos son pequeños debería ser muy diligente a la hora de enseñarles las cosas buenas y recordárselas. Cuando los padres están fuera, las madres tienen oportunidades más frecuentes para enseñarlos, hablarles de lo que es más necesario y cuidarlos. ¡Éste es el mayor servicio que la mayoría de las mujeres pueden hacer para Dios en el mundo! Muchas iglesias que han sido bendecidas con un buen ministro pueden dar gracias a la piadosa educación de las madres. Y muchos miles de almas en el cielo pueden agradecer el santo cuidado y la diligencia de las madres como primer medio efectivo. De este modo (mediante la buena educación de sus hijos), las buenas mujeres son, por lo general, grandes bendiciones, tanto para la Iglesia como para el estado. —Richard Baxter