Del Día de reposo al Día del Señor
ARCHIBALD A. HODGE (1823-1886)
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo”. —Éxodo 20:8
El propósito de este artículo es consignar el fundamento sobre el que la fe de la Iglesia universal descansa cuando, mientras reconoce el Cuarto Mandamiento como una parte integral de la Ley Moral suprema, universal e inalterable, aparta el primer día de la semana para este propósito, sustituyendo, por razones obvias, el séptimo día por la autoridad de los apóstoles inspirados y, por lo tanto, de Cristo mismo.
Notemos que el día específico de la semana en que debe guardarse el Día de reposo, aunque determinado por razones reveladas por la voluntad de Dios después de la creación, nunca fue ni puede ser lo esencial en la institución misma. El mandamiento de observar el Día de reposo es, en su esencia, tan moral e inmutable como los mandamientos de no hurtar, no cometer homicidio o adulterio. Tiene, como estos, su fundamento en la constitución universal y permanente, y en las relaciones de la naturaleza humana. Fue designado para satisfacer las necesidades físicas, morales, espirituales y sociales del hombre; proveer un tiempo adecuado para la instrucción bíblica de las personas y la adoración pública y privada a Dios, y brindar un periodo adecuado de descanso del cansancio del trabajo secular. El establecimiento de una cierta proporción de tiempo apropiada, que es observada por la comunidad de cristianos y naciones cristianas con regularidad, y es obligatoria por autoridad divina, y constituye, por lo tanto, la esencia misma de la institución. Estos elementos esenciales son los mismos en las dos dispensaciones436.
El Día de reposo, como fue divinamente establecido en el Antiguo Testamento, es justo lo que todos los hombres necesitan hoy. Dios ordenó que todos dejaran de hacer trabajo secular y santificaran ese tiempo dedicándolo a la adoración a Dios y al bien de la humanidad. Los cultos del templo se fueron incrementando y, más adelante, se agregó la instrucción y la adoración en las sinagogas. Les fue otorgado a los hombres y a los animales como un privilegio, no como una carga (Dt. 5:12-15). Los judíos siempre lo obedecieron y después de ellos también lo festejaban los cristianos primitivos como un festival, no un ayuno437.
Con el correr del tiempo, —como sucedió con las demás partes de la voluntad revelada de Dios— este mandato se fue cubriendo con capas superpuestas de interpretaciones y agregados farisaicos y rabínicos. Cristo lo limpió de éstas, tal como lo hizo con el resto de la Ley. Él vino a “cumplir toda justicia”, por lo tanto, guardaba el Día de reposo, íntegra y estrictamente, y enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo, descartando las interpretaciones engañosas y conservando el sentido espiritual esencial como ordenó Dios. Declaró que “el día de reposo fue hecho por causa del hombre” (Mr. 2:27), el genus homo438 y, en consecuencia, es obligatorio para todos los hombres para siempre, adaptándose a la naturaleza y las necesidades de todos los hombres en todas las condiciones históricas.
Por otra parte, es evidente que el día específico apartado como de reposo no es, en absoluto, la esencia de su institución y tiene que depender de la voluntad positiva de Dios, la que, por supuesto, puede sustituir un día por otro en ocasiones apropiadas y por razones adecuadas.
La introducción de una nueva dispensación, significó que un sistema enfocado en una nación en particular y de carácter preparatorio [Israel], fuera remplazado por uno permanente y universal [la Iglesia], que abarca a todas las naciones hasta el fin del mundo. Ésta fue, ciertamente, una ocasión apropiada. La Ley Moral, expresada en los Diez Mandamientos escritos por el dedo de Dios en una roca y establecidos como fundamento de su trono entre los querubines y las condiciones de su pacto, debe permanecer. Los tipos, las leyes municipales especiales de los judíos y todo lo que no fuera esencial al Día de reposo santo u a otras instituciones permanentes deben ser cambiados.
El hecho maravilloso de la resurrección del Señor Jesús el primer día de la semana es una razón adecuada para designarlo como Día de reposo cristiano en lugar del séptimo día. El Antiguo Testamento comienza con un relato del génesis del cielo y la tierra, y la antigua dispensación se fundamenta primeramente en la relación de Dios como Creador del universo y del hombre.
El Nuevo Testamento comienza con un relato del génesis de Jesucristo y revela al Creador encarnado como nuestro campeón victorioso sobre el pecado y la muerte. El reconocimiento de Dios como Creador es común a todo sistema teísta; el reconocimiento de la resurrección del Dios encarnado es exclusivamente del cristianismo. El reconocimiento de Dios como Creador es común a todo sistema teísta y se conserva en el reconocimiento de la resurrección de Cristo, mientras que el artículo de fe actual lleva en sí mismo todo el contenido de la fe cristiana, además de esperanza y vida. La realidad de la resurrección consuma el proceso de redención que es parte de la iglesia. Es la razón de nuestra fe, el fundamento de nuestra fe y la promesa de nuestra salvación personal y del triunfo final de nuestro Señor como Salvador del mundo. Es la piedra fundamental del cristianismo histórico y, en consecuencia, de todo teísmo vivo en el mundo civilizado. Un requisito esencial de un apóstol era haber sido testigo ocular el de la resurrección. Su doctrina se resumía como una predicación de “Jesús y la resurrección” (Hechos 1:2; 17:18; 23:6; 24:21).
Durante su vida, Jesús había afirmado que era “Señor del día de reposo” (Mr. 2:28). Después de su resurrección, señaló el primer día de la semana, no el séptimo, por cómo se reveló. El día que resucitó se apareció a sus discípulos en cinco ocasiones. Retirándose durante un intervalo, reapareció el siguiente “primer día de la semana”439. Estando reunidos sus discípulos, y Tomás con ellos: “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros” (Jn. 20:19). El día de Pentecostés cayó ese año “el primer día de la semana” y encontrándose los discípulos reunidos de común acuerdo: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos… Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:1, 4) y descendió sobre ellos el don del Espíritu Santo prometido. Muchos años después, el Señor se apareció a Juan en Patmos y le otorgó su última gran Revelación en el “día del Señor”: “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta” (Ap. 1:10). Todos los cristianos primitivos observaban el día del Señor como el festejo semanal de la resurrección del Señor.
Las Escrituras también están llenas de evidencias de que los miembros de las iglesias apostólicas acostumbraban reunirse en sus respectivos lugares con el propósito de adorar juntos al Señor (1 Co. 11:17, 20; 14:23-26; He. 10:25). Que estas reuniones se realizaban el “primer día de la semana” es indudable y lo prueba la acción de Pablo en Troas: “Y nosotros, pasados los días de los panes sin levadura, navegamos de Filipos, y en cinco días nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días. El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche” (Hch. 20:6-7). También por sus órdenes a las iglesias en Corinto y Galacia: “En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas” (1 Co. 16:1-2). Es evidente que para entonces ya habían hecho el cambio porque podemos rastrear una cadena intacta y consistente de testimonios desde el tiempo de los apóstoles hasta el presente. Los motivos del cambio dados por los antiguos padres cristianos venían de los apóstoles y son totalmente congruentes con todo lo consignado acerca del carácter, la vida y las doctrinas de estos. Por lo tanto, el cambio contaba con la sanción de los apóstoles y, en consecuencia, la autoridad del mismo “Señor del Día de reposo”.
Desde la época de Juan, quien fue el primero en darle a la institución su mejor y más sagrado nombre —“Día del Señor”— hay una cadena ininterrumpida e irrepetible de testimonios de que el “primer día de la semana” era observado como el día de adoración y descanso cristiano. Durante mucho tiempo, la expresión “día de reposo” continuó siendo aplicada al séptimo día. Por costumbre y, en conformidad con los sentimientos naturales de los convertidos judíos, los cristianos primitivos siguieron observando ambos días durante mucho tiempo. Guardaban cada séptimo día, excepto el anterior a la Pascua cuando el Señor había estado en el sepulcro, al igual que cada primer día, como un festival. Después de un tiempo, [el romanismo], en oposición al judaísmo, lo observaba como día de ayuno. Realizaban ese día reuniones religiosas públicas. Pero el día ya no se consideraba sagrado, nunca suspendían su trabajo ni lo prohibían. Por otro lado, cualquier tendencia a volver a su observancia antigua estrictamente como un día santo o sagrado de alguna manera, como se consideraba el primer día de la semana, se desaprobaba juzgándolo como un abandono de la libertad del evangelio y el retorno a las [prácticas] ceremoniales de los judíos.
Los cristianos primitivos llamaban a su propio día, al cual le daban preeminencia y una obligación exclusiva: “el Día del Señor”, “el primer día de la semana”, “el octavo día” y, en su comunicación con los paganos, llegaron a llamarlo, como lo hemos hecho nosotros, según su antiguo uso popular: “dies solis”: “domingo”. Una comparación de los pasajes en que estas designaciones fueron usadas por los cristianos primitivos muestra con una seguridad absoluta que significan el mismo día, puesto que todos se definen como aplicándose al día después del Día de reposo judío o al día en que Cristo resucitó.
Ignacio de Antioquia440, amigo cercano de los apóstoles, martirizado en Roma no más de quince años después de la muerte de Juan, en su epístola a los Magnesianos, capítulo 9, dice: “Así pues, los que habían andado en prácticas antiguas alcanzaron una nueva esperanza, sin observar ya los sábados, sino moldeando sus vidas según el Día del Señor, en el cual nuestra vida ha brotado por medio de Él y por medio de su muerte…”. Llama al Día del Señor “la reina y el principal de todos los días” (de la semana).
El autor de la epístola de San Bernabé, escribiendo antes o, a más tardar, poco después de la muerte del apóstol Juan dice, en el capítulo 15: “Festejamos con alegría el octavo día, en que además, Jesús se levantó de entre los muertos”.
Justino Mártir441 dice: “En el día llamado domingo hay una asamblea de todos los que viven en las ciudades o en los distritos rurales, y las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas son leídos… porque es el primer día cuando Dios disipó las tinieblas y el estado natural original de las cosas y formó el mundo y porque es el día en que Jesucristo nuestro Salvador se levantó de entre los muertos”. “Por lo tanto, permanece como el principal y el primero de los días”. El testimonio sigue uniforme e intacto…
Tertuliano442, escribiendo al final del siglo II, dice: “En el Día del Señor, los cristianos, en honor a la resurrección del Señor… deben evitar todo lo que puede causar ansiedad y aplazar todo trabajo del mundo, no sea que den lugar al diablo”.
Atanasio443 dice explícitamente: “El Señor transfirió la observancia (del Día de reposo) al Día del Señor”.
El autor de los sermones de Tempore444 dice: “Los apóstoles transfirieron la observancia de la noche del Día de reposo a la noche del Día del Señor y, por lo tanto, los hombres deben abstenerse de todo trabajo del campo y negocios seculares, y ocuparse únicamente del servicio divino”…
El testimonio de todos los grandes reformadores y todas las ramas históricas modernas de la Iglesia Cristiana coinciden… (1)Lutero445, Calvino446 y otros reformadores enseñaron que el Día de reposo fue ordenado para toda la raza humana en el momento de la creación [y] (2) que una de sus características esenciales fue diseñada para ser una obligación universal y perpetua…
El cambio de día por parte de la Iglesia apostólica es comprobado por el testimonio histórico de la Iglesia primitiva y de los reformadores, a lo que podríamos agregar, si el espacio lo permitiera, pero contra lo cual no existe ninguna evidencia contraria. Esto, al igual que los pasajes ya citados, demuestra que el cambio se efectuó por autoridad de los apóstoles y, por ende, por la autoridad de Cristo. Por medio de los apóstoles predicando a “Jesús y la resurrección” y observando y estableciendo el primer día de la semana para servicios religiosos se confirma la importancia y pertinencia del cambio, “testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo” (He. 2:4). Desde el gran Día Pentecostal del Señor, este día ha sido observado por el auténtico pueblo de Dios y bendecido por el Espíritu Santo. Ha sido reconocido y usado como un medio esencial y preeminente para edificar el reino de Cristo y efectuarla salvación de su simiente. Y este reconocimiento divino ha existido en cada época y nación en proporción directa con la fiel consagración del día para sus propósitos espirituales. No es posible que una adoración supersticiosa de la voluntad humana o una idea equivocada hubiera sido coronada con sellos uniformes y discriminantes de [aprobación divina por mil ochocientos años].
Tomado de The Sabbath: The Day Changed; the Sabbath Preserved,(El día cambiado; el día de reposo santo preservado), de dominio público.
Archibald Alexander Hodge (1823-1886): Pastor, teólogo presbiteriano estadounidense y director del Seminario Princeton; nacido en Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos.