Consejo a los padres reformados

RICHARD BAXTER (1615-1691)

Pablo172: ¡Bienvenido vecino! ¿Qué tal la nueva vida que has iniciado? Ya has asumido las instrucciones… pero, ¿qué descubres al practicarlas?

Saúl: Siento que he descuidado neciamente y durante mucho tiempo una vida necesaria, noble y gozosa, y que esto me ha hecho perder el tiempo. Me siento un inepto poco dispuesto a practicarla. Descubro que las cosas que me has prescrito son altas, excelentes y, sin duda, deben resultar sumamente dulces para los que tengan la aptitud y la disposición adecuadas. Hallo cierto placer en mis débiles comienzos; sin embargo, la grandeza de la obra y la torpeza de mi mente reducen mucho su dulzura mediante muchas dudas, temores y dificultades. Cuando fallo, me resulta difícil el arrepentirme de la forma correcta y, por fe, correr a Cristo en busca de perdón…

Pablo: ¿Cuál es tu gran dificultad que requiere consejo?

Saúl: Descubro que hay mucho trabajo por hacer en mi familia: Gobernarlos en el temor de Dios, hacer mi deber para con todos ellos y, sobre todo, educar a mis hijos y adorar a diario a Dios, entre todas mis tareas. ¡Y me veo tan incapaz para ello que estoy dispuesto a omitirlo todo! Te ruego que me ayudes con tu consejo.

Pablo: Mi primer consejo para ti es que, con la ayuda de Dios, decidas llevar a cabo tu deber lo mejor que puedas. Consagra tu familia a Dios y reconócelo como Señor y Amo de ella. Úsala como sociedad santificada a Él.

Mi oración es que permitas que estas razones fijen tu resolución:

  1. Si Dios no es el señor de tu familia, el diablo lo será. Y si no se sirve a Dios primero en ella, la carne y el mundo ocuparán su lugar. Espero no tener la necesidad de decirte qué señores tan malos son estos, cuán malvadas sus obras y qué mala su paga.

  2. Si consagras tu familia a Dios, Él será su Protector. Se ocupará de su seguridad y provisión como de quien le pertenece. ¿Acaso no necesitas un Protector así? ¿Podrías tener Uno mejor u ocuparte tú del bienestar y de la seguridad tanto tuya como de los tuyos, de un modo más excelente? Y si tu familia no es de Dios, son sus enemigos y están bajo su maldición como rebeldes…

  3. Una familia santa es un lugar de consuelo, una iglesia173 de Dios. ¡Qué gozo será para ustedes vivir juntos a diario, con la esperanza de que todos volverán a reunirse y a vivir juntos en el cielo! ¡Pensar que esposa, hijos y siervos serán, en breve, conciudadanos tuyos de la Jerusalén celestial! ¡Qué agradable unirse con un solo corazón y mente en el servicio de Dios y en sus alegres alabanzas! ¡Qué encantadores serán los miembros de la familia cuando cada uno lleve la imagen de Dios! ¡Qué abundancia de disputas y desdichas se evitarán, cosas que el pecado produciría entre ellos a diario! Y cuando cualquiera de ellos muera, ¡con cuánto consuelo estarán los demás junto a su lecho y acompañarán su cadáver a la tumba, teniendo buenas esperanzas de que el alma sea recibida en la gloria por Cristo! Sin embargo, si tu familia es impía, será como un nido de avispas o como una cárcel, llena de desacuerdos e irritaciones. Te resultará doloroso mirar a tu esposa o a tus hijos a la cara y pensar que lo más probable es que acaben en el infierno. Su enfermedad y su muerte será diez veces más dura para ti sabiendo de su final lamentable e inadvertido.

  4. Tu familia tiene una necesidad tan constante de Dios que Él te ordena que le sirvas constantemente. Así como todo hombre tiene sus necesidades personales, también las familias tienen las suyas, que Dios debe suplir o serán unos desdichados. Por tanto, el deber familiar debe ser tu trabajo.

  5. Las familias santas174 son seminarios de la Iglesia de Cristo en la tierra y es mucho lo que recae sobre ellas para mantener el interés de la fe cristiana175 en el mundo. De ahí proceden los santos magistrados, cuando los hijos de grandes hombres tienen una santa educación. ¡Y qué bendición para los países que cuentan con ellos! De ellas surgen santos pastores y maestros para las iglesias, quienes como Timoteo reciben santas instrucciones de sus padres y la gracia del Espíritu de Cristo en su tierna infancia. Muchas congregaciones, felizmente alimentadas con el pan de vida, pueden darle gracias a Dios por los esfuerzos de un pobre hombre o mujer que ha educado a un hijo en el temor de Dios (2 Ti. 3:15) para que fuera su santo y fiel maestro. Aunque el aprendizaje se imparte en las escuelas, la piedad procede con mayor frecuencia de la educación de unos padres cuidadosos. Cuando los hijos y los criados asisten a la Iglesia con una mente que entiende, piadosa y preparada, las labores del pastor serán de gran beneficio para ellos; recibirán lo que oyen con fe, amor y obediencia. Tener un rebaño así, será un gran gozo para el ministro y para todos los que sean así y se reúnan en santa asamblea y adoren a Dios con un corazón alegre. Tales adoradores serán aceptables para Dios. Sin embargo, cuando las familias se juntan en crasa ignorancia, con unos corazones no santificados, están ahí sentadas como imágenes, comprendiendo muy poco de lo que se dice, vuelven a su hogar sin haber hecho mucho progreso, a pesar de las labores del ministro. Los movimientos de su lengua y cuerpo son la mayor parte de la adoración que elevan a Dios, pero no le ofrecen sus corazones, en fe y amor, como sacrificio a Él; tampoco sienten el poder y la dulzura de la Palabra ni lo adoran en espíritu y en verdad (Jn. 4:24).

  6. En una época en que las iglesias están corrompidas y los buenos ministros escasean, y los malos engañan a las personas o son deficientes en su trabajo, no queda mejor provisión que las familias piadosas para llevar adelante la piedad. Si los padres y los maestros enseñan a sus hijos… con fidelidad, adoran a Dios con ellos en santidad y de manera constante, y los gobiernan con cuidado y en orden, esto cubrirá, en gran parte, la falta de enseñanza pública, de adoración y de disciplina. Es mi deseo que Dios agite así los corazones de las personas para que hagan que sus familias sean como pequeñas iglesias para que no quede a merced del poder de los malos gobernantes o pastores extinguir la fe cristiana o desterrar la piedad de ningún país. Y es que,

  7. La enseñanza, la adoración y la disciplina familiar tienen muchas ventajas de las que las iglesias carecen. 1. Tú solo tienes a unos cuantos que enseñar y gobernar, y el pastor tiene a muchos. 2. Los tuyos siempre están contigo y puedes hablarles tan oportunamente y con la frecuencia que quieras, ya sea a todos juntos o uno por uno; él no puede hacerlo. 3. Están ligados a ti por la relación, el afecto y el pacto, así como por sus propias necesidades e intereses; con él lo están de otro modo. La esposa y los hijos confían más en tu amor hacia ellos que en el del ministro, y el amor abre el oído al consejo. Los hijos no se atreven a rechazar tus palabras porque puedes corregirlos o hacer que su estado en este mundo sea menos confortable. Sin embargo, el ministro todo lo hace mediante la escueta exhortación y, si los echa de la iglesia por su impenitencia, no pierden nada por ello en el mundo. Y, a menos que no sea por una ardiente persecución, las familias no tienen tantas restricciones en cuanto a la sana doctrina, la adoración y la disciplina, como suelen tener las iglesias y los ministros. ¿Quién te silencia o te prohíbe catequizar y enseñar a tu familia? ¿Quién te prohíbe orar o alabar a Dios con ellos, tan frecuentemente como puedas y con todas tus fuerzas? ¿Acaso muchos padres no muestran una hipocresía autocondenadora cuando se quejan de los que son crueles perseguidores —de aquellos que nos prohíben a nosotros, ministros, predicar el evangelio —, pero descuidan la enseñanza de sus propios hijos… aunque nadie se lo impide (tan difícil es ver nuestros propios pecados y nuestro deber en comparación con los de otros hombres)?

  8. Tienes obligaciones mayores y más cercanas para con tu familia que las que tienen los pastores para con todas las personas. Tu esposa es como tu propia carne; tus hijos son, por así decirlo, partes de ti mismo. La naturaleza os ata con el afecto más tierno y, por tanto, con el mayor deber hacia ellos. ¿Quién debería preocuparse más por el alma de los hijos que sus propios padres? Si tú no provees para ellos y los matas de hambre, ¿quién los alimentará? Por tanto, si alguna vez has tenido corazón de padre, si te importa lo que ocurra con las almas de tus hijos para siempre, conságralos a Dios, enséñales su Palabra, edúcalos en santidad, frénalos de pecar y prepáralos para la salvación.

Saúl: Debo confesar que el afecto natural me dice que existe gran razón para lo que dices y mi propia experiencia me convence de ello porque si mis padres me hubieran instruido y gobernado mejor en mi infancia, es probable que yo no hubiera vivido como un ignorante y un impío. Por desgracia, pocos padres cumplen con su deber. Muchos se toman mayores molestias por sus caballos y su ganado que por el alma de sus hijos.

Pablo: ¡Ojalá pudiera decir lo que tengo en lo profundo de mi corazón a todos los _padres_del país! Me atrevería a decirles que las multitudes son más crueles que los osos y los leones con sus propios hijos. Dios ha confiado las almas de los hijos al cuidado de los padres en la misma medida que sus cuerpos. Son ellos… quienes tienen que enseñar a sus hijos (Dt. 6:6-8; 11:19-20). Son ellos quienes tienen que catequizarlos y recordarles el estado de su alma, su necesidad de Cristo, la misericordia de la redención, la excelencia de la santidad y de la vida eterna. Son ellos quienes tienen que velar por los hijos con sabiduría, amor y diligencia para salvarlos de la tentación, de Satanás y del pecado, y dirigirlos mediante el ejemplo de una vida santa.

Pero, por desgracia, si enseñan a sus hijos a recitar el Credo176, el Padrenuestro y los Diez Mandamientos, nunca los instruyen para que los comprendan. Nunca les recuerdan formalmente sus corrupciones naturales, la necesidad y el uso de un Salvador y un Santificador, del peligro del pecado y del infierno, del camino de una vida santa o del gozoso estado de los santos en gloria. Les enseñan su oficio y su negocio en el mundo, pero nunca cómo servir a Dios y ser salvo. Los reprenden por esas faltas que van contra sí mismos o contra su prosperidad en el mundo, pero las que son contrarias a Dios y a su propia alma, ¡ni las consideran! Si mediante su propio ejemplo no les enseñan a vivir sin orar, a descuidar la Palabra de Dios, a maldecir, a decir palabras feas, a hablar obscenidades y a ridiculizar la vida santa… sí soportan en ellos toda esta impiedad. Se conforman con que pasen el Día del Señor en ocios y deportes, en lugar de aprender la Palabra de Dios y practicar su santa adoración para que puedan estar más dispuestos a realizar su trabajo la semana siguiente. En resumen, enseñan traicioneramente a sus hijos a servir a la carne, al mundo y al diablo… y a descuidar, por no decir menospreciar, a Dios el Creador, Redentor y Santificador de almas… De manera que su educación no es sino una enseñanza o permitir… bajo el nombre de cristianos, que se rebelen contra Dios y Jesucristo.

¿Acaso no es esto mayor traición y crueldad que si mataran de hambre sus cuerpos y los devolvieran desnudos al mundo? Sí, o que si los asesinaran y se comieran su carne. Si un enemigo hiciera esto no sería tan malo como si lo hiciera un padre. Más aún, considera si el diablo mismo no es menos cruel en sus esfuerzos por condenarlos de lo que lo son sus padres. El diablo no es su padre; no tiene relación alguna con ellos, no tiene el cargo de educarlos y salvarlos. Él es un conocido y renegado enemigo, y no se puede esperar nada mejor de él. ¡Pero que un padre y una madre descuiden, traicionen y anulen así el alma de sus hijos para siempre! ¡Ellos que deberían amar a sus hijos como a sí mismos y tener el más tierno cuidado de ellos! ¡Es una crueldad más que diabólica y desleal!

¡Arrepentíos, arrepentíos, asesinos apóstatas e inmisericordes de las almas de vuestros hijos! Arrepentíos por vuestro propio bien. Por el bien de ellos. ¡Enséñales… y diles lo que es el cristianismo! Les has transmitido una naturaleza pecaminosa; ayúdalos para que se instruyan en el camino de la gracia. ¿Pero cómo podemos esperar que tengas misericordia del alma de tus hijos si no la tienes de la tuya propia? ¿O cómo podrías ayudarlos a entrar a ese cielo que tú mismo menosprecias? ¿O salvarlos del pecado, que es tu propio deleite y oficio?

Saúl: Tu queja es triste y justa. No obstante, en mi opinión los hombres creen que la enseñanza de sus hijos pertenece al maestro de escuela y al ministro solamente, y no a ellos.

Pablo: Los padres, los maestros y los pastores, todos tienen varias partes que realizar, y ninguno logra cumplir con su trabajo de forma beneficiosa sin el resto, pero la tarea de los padres es la primera y la mayor de todas… Un ministro debería encontrar a todos sus oyentes catequizados y educados en santidad para que la Iglesia pueda ser una Iglesia de verdad; sin embargo, si un centenar o muchos centenares de padres… echan su trabajo encima de un ministro, ¿crees que esto se llevará a cabo bien? ¿O sería de sorprender que tuviéramos iglesias impías de cristianos profesantes que no son cristianos, que odian al ministro, su doctrina y una vida santa…?

Sé que todo esto no excusará a los ministros de hacer lo que puedan por personas así. Si les envías a tus hijos… ignorantes e impíos, deberán hacer lo mejor que puedan. ¡Pero qué mayor bien podría hacer y qué cómodo sería su llamado, si los padres hicieran su parte!

Mucho se habla de la maldad del mundo y no hay hombres (excepto los malos gobernantes y los malos pastores) que hagan más por empeorarlo que los malos padres. La verdad es que son instrumentos del diablo (como si éste los contratara) para traicionar las almas de sus familias entregándolas a su poder y conduciéndolas al infierno con mayor ventaja de la que tendría un extranjero o que el diablo en su propio nombre y a su manera. Muchos de los que piden la reforma de la Iglesia y la del estado, son ellos mismos las plagas de los tiempos y ni siquiera pueden reformar una pequeña familia. Si los padres reformaran a sus familias y acordaran una educación santa para sus hijos, la Iglesia y el estado quedarían pronto reformados al ser constituidos por tales familias reformadas.

Saúl: Te ruego que me resumas tales instrucciones por escrito como mejor te parezca, con respecto a la totalidad de mi deber para con mis hijos, y así podré hacer mi parte. Y si alguno de ellos perece, su condenación no será culpa mía.

Pablo: … Que la enseñanza que les impartas con este fin incluya las palabras, el significado, los debidos afectos y la práctica. Es decir: (1) Enséñales las palabras de… el Credo177, el Padrenuestro, los Diez Mandamientos y del catecismo, así como los textos de las Escrituras que tengan el mismo sentido. (2) Enséñales el significado de todas esas palabras. (3) Añade también algunas convicciones familiares y sinceras, así como motivos que agiten en ellos unos afectos santos. (4) Y muéstrales la forma de practicarlo todo.

Ninguna de estas cosas te servirá sin el resto. (1) Si no enseñas las formas de palabras íntegras o sanas, los privarás de una de las mayores ayudas para el conocimiento y la solidez en la fe. (2) Si no les enseñas el significado, las palabras no tendrán utilidad alguna. (3) Si no estimulas sus afectos, todo esto no será más que una opinión muerta y tenderá a ser una especie de religión de soñadores y habladores, apartada del amor de Dios. (4) Y si no los conduces a la práctica de todo lo que antecede, se fabricarán una religión de afectos celosos corrompidos por una vida común o que pronto muere por falta de combustible. Por tanto, asegúrate de proporcionarles todo esto… Cuando les enseñes las palabras de las Escrituras y el catecismo, que sea de una forma clara, y entremezcla con frecuencia preguntas y discursos familiares sobre la muerte, el juicio, la eternidad y las distintas preparaciones para enfrentarse a todo ello. Hay muchos que profesan [ser cristianos] y que enseñan a sus hijos a adoptar el camino de escuchar, leer, repetir sermones y juntarse en constante adoración, pero es evidente que todo esto es sólo una formalidad acostumbrada porque carece de algún discurso o conversación familiar —serio y de avivamiento— interpuesto de vez en cuando.

Para esto, (1) Trabaja con el fin de proveerles la mayor reverencia a Dios y a las Sagradas Escrituras. A continuación, muéstrales la Palabra de Dios respecto a todo lo que tú quieras que ellos sepan y hagan, porque hasta que sus conciencias no estén bajo el temor y el gobierno de Dios, no serán nada. (2) No les hables nunca de Dios y de las cosas santas, a menos que lo hagas con la mayor gravedad y reverencia, de modo que les pueda influir, tanto tu _manera_de hacerlo como el _asunto_que tratas. La razón es que, si se acostumbran a la ligereza, la broma o a jugar con las cosas santas, se endurecerán y estarán perdidos. (3) Por tanto, evita ese tipo de frecuencias y la formalidad en los deberes que carecen de importancia porque tienden a endurecerlos en la inercia y el desdén. (4) Verifica a menudo lo que saben, qué los afecta y qué han decidido; lo que hacen tanto en su práctica pública como en secreto. No los dejes con descuido a merced de sí mismos, sino vigílalos estrechamente.

Usa toda tu destreza y tu diligencia, de palabra y hecho, para que una vida santa les parezca el tipo de vida más honorable, provechoso, seguro y agradable del mundo, que pueda ser su deleite constante. Todo tu esfuerzo consiste en hacer que las cosas buenas les resulten gratas. Impide que sientan la fe cristiana como una carga o que la consideren algo vergonzoso, inútil o desagradable. A tal fin, (1) empieza y mezcla las partes más fáciles, como la historia de las Escrituras178. La naturaleza se complace antes con la historia que con el precepto, e insinúa, dulcemente, el amor por la bondad en la mente de los hijos… (2) Habla mucho de la alabanza de los hombres santos antiguos y posteriores porque la alabanza debida de una persona atrae a la misma causa y camino. Y habla también de la justa deshonra que pertenece a aquellos necios y bestias que son los despreciadores, burladores y enemigos de la piedad. (3) No los abrumes con aquello que por su calidad o cantidad no puedan soportar. (4) Explícales bien la riqueza de la gracia y el gozo de la gloria. (5) Ejercítalos mucho en los salmos y la alabanza.

Deja que tu conversación y tu conducta tiendan a desacreditar la sensualidad, la voluptuosidad179, el orgullo y la mundanalidad. Cuando los necios elogien el lujo ante sus hijos, tú señálales a los tuyos que el orgullo es el pecado del diablo; enséñales a desear el lugar más humilde y a ceder su sitio a otros. Cuando les hablen de riquezas, casas elegantes y ascensos180, adviérteles que estas cosas son los cebos del diablo mediante los cuales le roba a Dios el corazón de los hombres para que puedan ser condenados. Cuando otros los mimen y complazcan sus apetitos, diles a menudo lo bajo y sucio que es comer y beber más por apetito que por la razón. Y esfuérzate así en hacer que el orgullo, la sensualidad y la mundanalidad les resulten odiosos. Haz que lean con frecuencia Lucas 12:16, 18, Santiago 4 y 5, Romanos 8:1-2 y Mateo 5:1-21 y 6.

Con sabiduría ve quebrantando sus propias voluntades y hazles saber que deben obedecer y amar la voluntad de Dios y la tuya. La voluntad propia del hombre es el gran ídolo del mundo y entregarse a ésta es algo próximo al infierno. Señálales lo odiosa y peligrosa que es la terquedad. No permitas que su dieta consista en lo que ellos tengan en mente y tampoco los obligues a aquello que odian… Déjales tener, con moderación, aquello que sea íntegro… ¡Difícilmente se vence un apetito corrupto, fortalecido por la costumbre, con toda la enseñanza y el consejo posible! Sobre todo, no permitas que se acostumbren, cada vez más, a la bebida fuerte porque es una de las mayores trampas para la juventud. Conozco a algunos padres “sabios” (¡sabios en ampliar la ruina eterna del alma de sus hijos!) que siguen afirmando que cuanto más intentan refrenarlos, mayor será la avidez con la que la busquen cuando tengan libertad. ¡Infelices los hijos que tengan semejante padre! Como si la experiencia de todo el mundo no nos hubiera dicho ya, hace mucho tiempo, que la costumbre aumenta la rabia del apetito y que, mediante la costumbre, la moderación se convierte en un hábito… Aquellos que les enseñan sobriedad [a sus hijos] con la copa bajo la nariz o moderación ante un banquete constante o una mesa llena de comida deliciosa —y eso en su imprudente181 juventud— merecen ser contados entre los maestros del diablo y no con los de Dios.

Por tanto, si sus fantasías reposan con avidez en cualquier vanidad, niégasela y explíqueles por qué. No los acostumbres a tener lo que quieran; hazles saber que eso es precisamente lo que el diablo desea de ellos para que puedan ver satisfecha su propia voluntad carnal. Pero deben orar a Dios: “Hágase tu voluntad” y negar la suya.

Al amar sus almas, mantenlos tan lejos como puedas de las tentaciones. Los niños no están preparados para luchar contra las fuertes tentaciones. Su salvación o su condenación dependen en gran manera de esto. Por consiguiente, mi corazón se derrite al pensar en la desgracia de dos tipos de personas: (1) Los hijos de los paganos, infieles, herejes y malvados, a quienes se les enseñan los principios del pecado y de la impiedad desde su más tierna infancia, y quienes escuchan cómo se hace burla y se reprocha la verdad y la piedad y (2) los hijos de la mayoría de los grandes hombres y caballeros cuya condición hace que les parezca necesario vivir en esa plenitud continua… que representa tan firme tentación diaria para que sus hijos cometan los pecados de Sodoma: Soberbia, saciedad de pan y completa ociosidad (Ez. 16:49). Para ellos es tan difícil ser personas piadosas y formales como para quienes se crían en teatros, cervecerías y tabernas. ¡Qué desgracia! ¡Pobres hijos que han de obtener su salvación con la misma dificultad con la que un camello pasa por el ojo de una aguja! No es de sorprender que el mundo no sea mejor cuando los ricos deben ser los gobernantes del mismo, personas cuya forma de actuar fue descrita por Cristo y Santiago (Lc. 12:19; 16:1-31; Stg. 5:1-6).

Por tanto, asegúrate (1) de educar a tus hijos con una dieta moderada y saludable; y aparta de ellos los alimentos tentadores y, en especial, las bebidas. (2) Críalos en el trabajo constante, que nunca dejará la mente o el cuerpo ociosos, sino a las horas de recreo necesarias que tú les permitas. (3) Deja que sus esparcimientos tiendan más a la salud de su cuerpo que a la diversión de una imaginación corrompida; no les permitas jugar por dinero, [leer] libros de romance y [escuchar] necios relatos y baladas182 lascivas. Sé tú quien limita su tiempo [de ocio] y no permitas que sea más de lo que necesita su salud y su trabajo… (4) Que su atuendo sea sencillo, decente y cálido, pero no llamativo [ni que se arreglen de forma] que indique orgullo ni tiente a las personas a ello183. (5) Asegúrate, cuando vayan creciendo hacia la madurez, de protegerlos de las ocasiones, de la cercanía o de la familiaridad con personas del sexo opuesto que sean una tentación.

Ten la precaución de mantener a tus hijos en buena compañía y protégelos cuanto puedas de las malas. Antes de que te des cuenta, los hijos impíos los infectarán con su lengua y sus prácticas perversas: Les enseñarán con rapidez a beber, a jugar y a hablar de manera obscena, a decir palabrotas, a burlarse de la piedad y la sobriedad y ¡la naturaleza corrompida es como la yesca! Sin embargo, la compañía de muchachos y siervos formales y piadosos los acostumbrarán a un lenguaje sobrio y piadoso, y fomentará en ellos el conocimiento y el temor de Dios o, al menos, los apartará de grandes tentaciones.

Que todo lo que hagas con ellos sea con amor y sabiduría: No les permitas tanta familiaridad contigo que pueda producir desprecio y tampoco seas tan distante de ellos como para tentarlos a no amarte y no sentirse a gusto en tu compañía. Deja que perciban el tierno corazón de un padre, que se sientan amados por ti y que vean que todo tu consejo y gobierno es para bien suyo y no para tus propios fines o tus pasiones…

Mantén una vigilancia especial sobre su lengua, en especial contra las cosas obscenas y la mentira. Y es que las corrupciones peligrosas logran rápidamente el dominio de este modo.

Enséñales a darle un alto valor al tiempo. Diles lo precioso que es debido a la brevedad de la vida del hombre, de la grandeza de su obra y de cuánto depende la eternidad de estos momentos inciertos. Esfuérzate en conseguir que la pérdida de tiempo les resulte odiosa. Presenta la muerte ante sus ojos y pregúntales con frecuencia si están preparados para morir.

Permite que la corrección se use con sabiduría, conforme la necesiten; ni con tanta severidad como para causarles desafecto hacia ti ni con tan poca como para dejarlos en un ciclo de pecado y desobediencia. Que sea siempre en amor y más por pecar contra Dios que por asuntos mundanos. Y muéstrales versículos en contra del pecado y a favor de la corrección…

Ora fervientemente por ellos y encomiéndalos a la fe en Cristo… Ve delante de ellos como ejemplo santo y sobrio, y deja que tu práctica les indique cómo quieres que ellos sean, sobre todo en la representación de la piedad como algo deleitable y en vivir con la gozosa esperanza del cielo.

Estos son los consejos que te recomiendo con fervor en esta importante tarea. No obstante, debes saber que las almas de tus hijos son tan preciosas y que la diferencia entre el bien y el mal tan grande, que nada de esto te parezca demasiado. Sin embargo, así como te gustaría tener ministros que no se rindan en el cargo que desempeñan, también debes hacerlo tú, sabiendo que un padre mudo y ocioso no es menos excusable que un ministro infiel, mudo y ocioso. El Señor te de la destreza, la voluntad y la diligencia para practicar todo esto porque para mí, la debida educación de los hijos es una de las tareas más necesarias y excelentes del mundo.

Tomado de “The Poor Man’s Family Book” (El Libro de la familia del hombre común) en The Practical Works of the Rev. Richard Baxter(Las obras prácticas del rev. Richard Baxter)_,_Tomo 19 (Londres: James Duncan, 1830).


Richard Baxter (1615-1691): Predicador y teólogo puritano y anglicano que nació en Rowton, Shropshire, Inglaterra.