A los hijos de padres consagrados

CHARLES H. SPURGEON (1834-1892)

“Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre; átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello”. —Proverbios 6:20-21

Creo que para cualquier chico o chica que ha tenido un padre y una madre consagrados, el mejor camino de vida que pueden planear es seguir el camino al cual los principios de sus padres los conduce. Por supuesto, hemos avanzado mucho más que los adultos, ¿no es cierto? Los jóvenes son maravillosamente despiertos e inteligentes y los mayores no llegan a su altura. Sí, sí, esto es lo que decimos antes de que crezca la barba. Es posible que cuando seamos más maduros, no nos sintamos tan engreídos. De cualquier modo, yo, que no soy muy mayor, pero que ya no me atrevo a llamarme joven, me arriesgo a decir que, en lo que a mí respecta, anhelo únicamente continuar las tradiciones de mi familia. No quiero encontrar otra senda que no corra paralela a la de los que me precedieron. Y creo, queridos amigos, que ustedes que han visto la vida santa y feliz de sus antepasados cristianos, harán bien en hacer una pausa y pensarlo bien antes de desviarse, ya sea a la derecha o a la izquierda, del curso tomado por esos seres queridos consagrados. Creo que no es probable que Dios bendiga o considere sabia una vida que comienza con la idea de cambiar todo y descartar todo lo que su familia piadosa ha practicado.

No quiero tener reliquias de oro o plata; pero aunque muriera mil veces, nunca podría descartar al Dios de mi padre, al Dios de mi abuelo, al Dios de mi bisabuelo ni al Dios de mi tatarabuelo. Tengo que considerar esto como el haber principal que poseo. Mi oración es que los jóvenes y las señoritas piensen de la misma manera. No manchen las tradiciones gloriosas de las vidas nobles que les fueron legadas. No avergüencen el escudo de sus padres, no manchen el honor de sus predecesores con ningún pecado y transgresión suya. ¡Dios les ayude a creer que la mejor manera de vivir una vida noble es actuar como actuaron los que les educaron en el temor de Dios!

Salomón nos dice que hagamos dos cosas con las enseñanzas que hemos recibido de nuestros padres. Primero, las llama “mandamientos” y dice: “Átalos siempre en tu corazón” porque merecen ser adoptados. Muestren que aman estas cosas atándolas en su corazón. ¡El corazón es el punto vital! Hagan que haya allí consagración. Amen las cosas de Dios. Si pudiéramos tomar a los chicos y las chicas y hacer que profesen ser cristianos sin realmente amar la santidad, eso sería simplemente convertirlos en hipócritas, lo cual no es lo que deseamos. No queremos que digan ustedes que creen lo que no creen ni que parezcan gozarse de lo que realmente no gozan. Pero nuestra oración —¡oh que fuera la oración de ustedes también!— es que reciban ayuda para atar estas cosas en su corazón. Merecen que vivan por ellas, merecen que estén dispuestos a _morir_por ellas y valen más que todo el resto del mundo: Los principios inmortales de la vida divina que proviene de la muerte de Cristo. “Átalos siempre en tu corazón”.

Luego Salomón, porque no quería mantener en secreto estas cosas como si se avergonzara de ellas, agrega: “Enlázalos a tu cuello” porque merecen ser mostradas con atrevimiento. ¿Viste alguna vez a un dignatario usando el emblema de su puesto? No se avergüenza de usarla. Y los policías usan sus insignias. Recuerdo muy bien la enorme importancia que llegan a tener y se aseguran de usarlas. Ahora bien, ustedes que aman a Dios, enlacen sus creencias a su cuello. ¡No se avergüencen de ellas! Úsenlas como un adorno. Úsenlas como el dignatario usa su emblema. Cuando están en un grupo, nunca se avergüencen de decir que son cristianos. Y si hay compañías con quienes no pueden estar como cristianos, pues entonces, evítenlas totalmente. Díganse a sí mismos: “No iré donde no puedo presentar a mi Señor. No iré a donde no pueda él ir conmigo”. Descubrirán que esa decisión les será de gran ayuda para determinar a dónde irán y a dónde no irán. Por lo tanto, átenlas a su corazón, enlácenlas a su cuello. ¡Dios les ayude a hacer esto y, de esta manera, seguir en los pasos de aquellos santos que los precedieron!…

Pero primero, ¡crean en el Señor Jesucristo! Entréguense totalmente a él y él les dará la gracia para permanecer firmes hasta el fin.

Predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres, Inglaterra, en el culto del domingo a la noche del 27 de marzo de 1887, reimpreso por Pilgrim Publishers.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico y el predicador más leído en el mundo, aparte de los que se encuentran en las Escrituras; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.