1. Las marcas del Espíritu

Permíteme, en último lugar, describir los efectos particulares que el Espíritu produce en las almas en las que habita.

Considero esta parte del tema como la más importante de todas. Hasta ahora he hablado en términos generales de los grandes principios rectores que deben guiarnos al examinar la obra del Espíritu Santo. Ahora debo acercarme más y hablar de las marcas específicas por las cuales se puede discernir la presencia del Espíritu Santo en el corazón de cualquier individuo. Afortunadamente, con la Biblia como nuestra luz, estas marcas no son difíciles de descubrir.

Deseo presentar algunas premisas antes de entrar de lleno en el tema. Es necesario para despejar el camino.

a. Misterios profundos

Admito sin reservas que hay algunos misterios profundos acerca de la obra del Espíritu. No puedo explicar la manera en que Él entra en el corazón. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Jn 3:8). No puedo explicar por qué entra en un corazón y no en otro, por qué se digna habitar en este hombre y no en aquel. Solo sé que así es. Actúa como un soberano. Para usar las palabras del Catecismo de la Iglesia,1 Él santifica «al pueblo elegido de Dios». Pero también recuerdo que no puedo explicar por qué nací en la Inglaterra cristiana y no en el África pagana. Estoy satisfecho con creer que toda la obra de Dios está bien hecha. Es suficiente para mí estar en la corte del Rey, sin ser del consejo del Rey.

b. Gran diversidad

Admito sin reservas que hay una _gran diversidad_en las operaciones por las cuales el Espíritu lleva a cabo Su obra en las almas de los hombres. Hay diferencias en las edades en las que comienza a entrar en el corazón. Con algunos comienza joven, como con Juan el Bautista y Timoteo. Con otros comienza en la vejez, como con Manasés y Zaqueo. Hay diferencias en los _sentimientos_que Él despierta primero en el corazón. A algunos los conduce mediante un fuerte terror y angustia, como al carcelero de Filipos. A otros los conduce abriendo apaciblemente sus corazones para que reciban la verdad, como a Lidia, la vendedora de púrpura. Hay diferencias en el tiempo que se emplea en efectuar este cambio completo de carácter. Con algunos el cambio es inmediato y repentino, como lo fue con Saulo cuando viajó a Damasco. Con otros es gradual y lento, como lo fue con Nicodemo el fariseo. Hay diferencias en los instrumentos que Él usa para despertar el alma de su muerte natural. Con algunos usa un sermón; con otros, la Biblia; con otros, un tratado; con otros, el consejo de un amigo; con otros, una enfermedad o aflicción; con otros, ninguna cosa en particular que pueda ser identificada claramente. Es muy importante comprender todo esto. Exigir que todas las personas se ajusten a un solo tipo de experiencia es un gravísimo error.

c. Pequeños comienzos

Admito sin reservas que los inicios de la obra del Espíritu son a menudo pequeños e imperceptibles. La semilla de la que se forma el carácter espiritual a menudo es muy pequeña al principio. La fuente de la vida espiritual, al igual que la de muchos ríos caudalosos, a menudo es en su inicio un pequeño riachuelo. Por lo tanto, los inicios de la obra del Espíritu en un alma generalmente son pasados por alto por el mundo, con frecuencia no son debidamente valorados y alentados por otros cristianos y, casi sin excepción, son completamente mal entendidos por el alma misma que es el sujeto de ellos. Que eso nunca se olvide. El hombre en el que el Espíritu comienza a obrar rara vez es consciente, hasta mucho después, de que su estado mental en el momento de su conversión surgió a partir de la entrada del Espíritu Santo.

Pero aún así, después de todas estas concesiones y consideraciones, hay ciertos grandes efectos principales que el Espíritu produce en el alma en la que mora, los cuales son siempre uno y el mismo. Los que tienen el Espíritu pueden ser guiados al principio por diferentes caminos, pero siempre son llevados tarde o temprano a un mismo camino estrecho. Sus opiniones principales en religión son las mismas. Sus deseos principales son los mismos. Su andar general es el mismo. Pueden diferir ampliamente unos de otros en su carácter natural, pero su carácter espiritual en sus rasgos principales es siempre uno. El Espíritu Santo siempre produce una clase general de efectos. Sin duda hay matices y variedades en la experiencia de aquellos en cuyos corazones obra, pero el esquema general de su fe y su vida es siempre el mismo.

d. Las marcas en orden

¿Cuáles son, entonces, estos efectos generales que el Espíritu siempre produce en aquellos que realmente lo tienen? ¿Cuáles son las marcas de Su presencia en el alma? Esta es la cuestión que queda ahora por considerar. Tratemos de ordenar estas marcas.

  1. Todos los que tienen el Espíritu son vivificados por Él y se les da vida espiritual. En la Escritura se le llama el «Espíritu de vida» (Ro 8:2). Nuestro Señor Jesucristo dice: «El espíritu es el que da vida» (Jn 6:63). Todos nosotros, por naturaleza, estamos «muertos en delitos y pecados» (Ef 2:1). No tenemos ni sensibilidad ni interés por la religión. No tenemos fe, esperanza, temor ni amor. Nuestros corazones están en un estado de letargo; son comparados en las Escrituras con una piedra. Podemos estar vivos en lo que respecta al dinero, el aprendizaje, la política o el placer, pero estamos muertos hacia Dios. Todo esto cambia cuando el Espíritu entra en el corazón. Él nos levanta de este estado de muerte y nos hace nuevas criaturas. Él despierta la conciencia e inclina la voluntad hacia Dios. Hace que las cosas viejas pasen y que todo se haga nuevo. Nos da un nuevo corazón. Nos hace despojarnos del viejo hombre y revestirnos del nuevo.

Él toca la trompeta en el oído de nuestras facultades adormecidas y nos envía a caminar por el mundo como si fuéramos seres nuevos. ¡Cuán diferente era el Lázaro encerrado en la tumba silenciosa al Lázaro que salió a la orden de nuestro Señor! ¡Cuán diferente era la hija de Jairo que yacía fría en su lecho en medio del llanto de sus amigos, a la hija de Jairo que se levantó y habló a su madre como era su costumbre! Así de diferente es el hombre en quien mora el Espíritu de lo que era antes de que el Espíritu viniera a él.

Apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu aquel cuyo corazón está evidentemente lleno de todo menos de Dios: duro, frío e insensible? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen al Espíritu son enseñados por Él. En la Escritura se le llama «espíritu de sabiduría y de revelación» (Ef 1:17). Fue la promesa del Señor Jesús: «Él os enseñará todas las cosas… Él os guiará a toda la verdad» (Jn 14:26; 16:13). Todos somos por naturaleza ignorantes de la verdad espiritual. «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Co 2:14). Nuestros ojos están cegados. No conocemos a Dios, ni a Cristo, ni a nosotros mismos, ni al mundo, ni el pecado, ni el cielo, ni el infierno, como deberíamos. Vemos todo bajo perspectivas incorrectas. El Espíritu cambia por completo este estado de cosas. Él abre los ojos de nuestro entendimiento. Nos ilumina. Nos llama de las tinieblas a la luz admirable. Nos quita el velo. Él brilla en nuestros corazones y nos hace ver las cosas como realmente son. No es de extrañar que todos los verdaderos cristianos estén tan notablemente de acuerdo en lo esencial de la verdadera religión. La razón es que todos han aprendido en una escuela: la escuela del Espíritu Santo. No es de extrañar que los verdaderos cristianos puedan entenderse de inmediato y encontrar un terreno común de comunión. Aquel cuyas lecciones nunca se olvidan les ha enseñado el mismo idioma.

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu aquel que ignora las doctrinas principales del evangelio y está ciego a su propio estado? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen el Espíritu son guiados por Él a las Escrituras. Este es el instrumento por el cual Él obra de manera especial en el alma. La Palabra es llamada «la espada del Espíritu» (Ef 6:17). Se dice que los que nacen de nuevo son «renacidos… por la palabra» (1P 1:23). Toda la Escritura fue escrita bajo Su inspiración. Él nunca enseña nada que no esté escrito en ella. Él hace que el hombre en quien Él habita tenga su delicia «en la ley de Jehová» (Sal 1:2). Así como el niño de pecho desea la leche que la naturaleza le ha proporcionado y rechaza cualquier otro alimento, así el alma que tiene el Espíritu desea la leche sincera de la Palabra. Así como los israelitas se alimentaban del maná en el desierto, así los hijos de Dios son enseñados por el Espíritu Santo a alimentarse del contenido de la Biblia.

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu quien nunca lee la Biblia o solo la lee formalmente? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen el Espíritu son convencidos por Él de pecado. Este es un oficio principal que el Señor Jesús prometió que cumpliría. «Cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado» (Jn 16:8). Solo Él puede abrir los ojos de un hombre a la verdadera magnitud de su culpa y corrupción ante Dios. Siempre hace esto cuando entra en el alma. Nos coloca en nuestro lugar correcto. Nos muestra la vileza de nuestros propios corazones y nos hace clamar como el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lc 18:13). Derriba esas nociones orgullosas, de justicia propia y de auto justificación con las que todos nacemos y nos hace sentir como deberíamos sentirnos: «Soy un hombre malo y merezco estar en el infierno». Los ministros pueden alarmarnos durante una pequeña temporada. La enfermedad puede romper el hielo de nuestros corazones. Pero el hielo pronto se congelará de nuevo si no es descongelado por el soplo del Espíritu, y las convicciones que no son la obra de Él pasarán como el rocío de la mañana.

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede tener el Espíritu el hombre que nunca siente la carga de sus pecados y no sabe lo que es ser humillado al pensar en ellos? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen al Espíritu son guiados por Él a Cristo para salvación. Una parte especial de Su oficio es testificar de Cristo, tomar de las cosas de Cristo y mostrárnoslas (Jn 15:26; 16:15). Por naturaleza, todos pensamos labrarnos nuestro propio camino al cielo. En nuestra ceguera pensamos que podemos hacer las paces con Dios. El Espíritu nos libra de esta miserable ceguera. Nos muestra que, en nosotros mismos, estamos perdidos y sin esperanza, y que Cristo es la única puerta por la que podemos entrar en el cielo y salvarnos. Nos enseña que solo la sangre de Jesús puede expiar el pecado, y que solo por Su mediación puede Dios ser justo y el que justifica al impío. Nos revela la idoneidad y adecuación a nuestras almas de la salvación de Cristo. Nos revela la belleza de la gloriosa doctrina de la justificación por la fe sola. Derrama en nuestros corazones el poderoso amor de Dios que hay en Cristo Jesús. Así como la paloma vuela a la hendidura bien conocida de la roca, así el alma de quien tiene el Espíritu huye a Cristo y descansa en Él (Ro 5:5).

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu quien no sabe nada de la fe en Cristo? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen el Espíritu son santificados por Él. Él es «el Espíritu de santidad» (Ro 1:4). Cuando mora en los hombres, les hace ir tras el «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gal 5:22-23). Hace que sea _natural_para ellos, mediante su nueva «naturaleza divina», estimar rectos todos los mandamientos de Dios «sobre todas las cosas» y aborrecer «todo camino de mentira» (2 P 1:4; Sal 119:128). El pecado ya no les resulta agradable. Se entristecen cuando son tentados por él. Se avergüenzan cuando son alcanzados por él. Su deseo es librarse completamente de él. Sus momentos más felices son cuando pueden caminar más cerca de Dios. Sus momentos más tristes son cuando están más lejos de Él.

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tienen el Espíritu aquellos que ni siquiera pretenden vivir estrictamente de acuerdo con la voluntad de Dios? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen al Espíritu son de mente espiritual. Para usar las palabras del apóstol Pablo: «Los que son del Espíritu [piensan] en las cosas del Espíritu» (Ro 8:5). El tono general, la tendencia y la inclinación de sus mentes están a favor de las cosas espirituales. No sirven a Dios por impulsos y de manera intermitente, sino de manera habitual. Pueden ser desviados por tentaciones fuertes, pero la tendencia general de sus vidas, costumbres, gustos, pensamientos y hábitos es espiritual. Lo ves en la forma en que pasan su tiempo libre, en la compañía que les gusta mantener y en su conducta en sus propios hogares. Y todo es el resultado de la naturaleza espiritual implantada en ellos por el Espíritu Santo. Así como la oruga, cuando se convierte en mariposa, ya no puede conformarse con arrastrarse en la tierra, sino que volará hacia arriba y usará sus alas, así también los afectos del hombre que tiene el Espíritu siempre se elevarán hacia Dios.

Apelo nuevamente a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tienen el Espíritu aquellos cuyas mentes están totalmente concentradas en las cosas de este mundo? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen el Espíritu sienten en su interior un conflicto entre la vieja naturaleza y la nueva. Las palabras del apóstol Pablo se aplican en mayor o menor grado a todos los hijos de Dios: «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne… para que no hagáis lo que quisiereis» (Gal 5:17). Sienten en sus pechos un principio santo, que les hace deleitarse en la ley de Dios, pero sienten en su interior otro principio, que trata de dominarlos y lucha por arrastrarlos hacia abajo y hacia atrás. Algunos sienten este conflicto más que otros, pero todos los que tienen el Espíritu lo conocen y es una buena señal. Es una prueba de que el hombre fuerte armado ya no reina en el interior como antes, con dominio indiscutible. La presencia del Espíritu Santo puede conocerse tanto por la guerra interior como por la paz interior. El que ha sido enseñado a descansar y esperar en Cristo será siempre uno que lucha y hace guerra contra el pecado.

Apelo nuevamente a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu quien no sabe nada del conflicto interior y es siervo del pecado, del mundo y de su propia voluntad? Juzga por ti mismo.

  1. Todos los que tienen el Espíritu aman a otros que tienen el Espíritu. De ellos escribe el apóstol Juan: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos» (1 Jn 3:14). Cuanto más ven del Espíritu Santo en alguien, más querido es para ellos. Lo consideran como un miembro de la misma familia, un hijo del mismo Padre, un súbdito del mismo Rey y un compañero de viaje con ellos en un país extranjero hacia la misma patria. Es la gloria del Espíritu traer de vuelta algo de ese amor fraternal que el pecado ha expulsado miserablemente del mundo. Hace que los hombres se amen unos a otros por razones que para el hombre natural son necedad: en virtud de un Salvador común, una fe común, un servicio común en la tierra y la esperanza de un hogar común. Él establece amistades, independientemente de la sangre, el matrimonio, el interés, los negocios o cualquier motivo mundano. Une a los hombres, haciéndoles sentir que están unidos a un gran centro: Jesucristo.

Nuevamente apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu aquel que no encuentra placer en la compañía de personas que tienen una mente espiritual, o que incluso se refiere a ellas como santas en tono de burla? Juzga por ti mismo.

  1. Finalmente, todos los que tienen el Espíritu son enseñados por Él a orar. En la Escritura se le llama «espíritu de gracia y de oración» (Zac 12:10). Se dice que los elegidos de Dios «claman a Él día y noche» (Lc 18:7). No pueden evitarlo. Puede que sus oraciones sean mediocres, débiles y vagas, pero sienten el deber de orar. Algo dentro de ellos les dice que deben hablar con Dios y exponerle sus necesidades. Así como el bebé llorará cuando sienta dolor o hambre porque es su naturaleza, así la nueva naturaleza implantada por el Espíritu Santo obligará al hombre a orar. Tiene el Espíritu de adopción, y debe clamar: «¡Abba, Padre!» (Gal 4:6).

Una vez más apelo a todo lector pensante. ¿Puede decirse que tiene el Espíritu el hombre que nunca ora o que se contenta con decir unas pocas palabras formales con un corazón apático? Por última vez digo: Juzga por ti mismo.

Tales son las marcas y señales por las cuales creo que se puede discernir la presencia del Espíritu Santo en un hombre. Las he expuesto tal como me parece que se nos presentan en las Escrituras. Me he esforzado por no exagerar nada y por no ocultar nada. Creo que no hay verdaderos cristianos en quienes no se puedan encontrar estas marcas. Algunas de ellas, sin duda, sobresalen más prominentemente en algunos y otras, en otros. Mi propia experiencia es clara y decidida, que nunca he visto a una persona verdaderamente piadosa, incluso de las clases más pobres y humildes, en quien, con una observación cercana, no se puedan descubrir estas señales.

Creo que marcas como estas son la única evidencia segura de que estamos siguiendo el camino que conduce a la vida eterna. Exhorto a todos aquellos que desean asegurar su llamado y elección a que se aseguren de que poseen estas marcas. Sé que hay maestros pretenciosos de la religión que parecen muy espirituales y que desprecian la mención de «marcas», y las llaman «legales». No me importa que las llamen legales, siempre y cuando esté convencido de que son bíblicas. Y, con la Biblia ante mí, doy mi opinión con confianza de que aquel que carece de estas marcas carece del Espíritu de Dios.

Muéstrame a un hombre que tenga estas características y lo reconoceré como hijo de Dios. Puede ser pobre y humilde en este mundo. Puede ser vil a sus propios ojos y a menudo dudar de su propia salvación. Pero tiene en su interior lo que solo viene de lo alto y nunca será destruido: la obra del Espíritu Santo. Dios es suyo. Cristo es suyo. Su nombre ya está escrito en el libro de la vida, y dentro de poco el cielo será suyo.

Muéstrame a un hombre en quien no se encuentren estas características y no me atreveré a reconocerlo como un verdadero cristiano. No me atrevo, como hombre honesto. No me atrevo, como amante de su alma. No me atrevo, como lector de la Biblia. Puede que haga una gran profesión religiosa. Puede que sea culto, grande en el mundo y moral en su vida. Nada de eso tiene valor si no tiene al Espíritu Santo. Está sin Dios, sin Cristo, sin esperanza sólida y, a menos que cambie, se quedará finalmente sin cielo.

Footnotes

  1. Catecismo del Libro de Oración Común (1662).