1. Cómo saber si tenemos al Espíritu

En segundo lugar, permíteme señalar la gran regla general y el principio por el cual se puede decidir si tenemos al Espíritu.

Puedo entender perfectamente que la idea de saber si tenemos al Espíritu sea desagradable para muchas mentes. No ignoro las objeciones que Satanás suscita de inmediato en el corazón natural. «Es imposible saberlo», dice una persona. «Es algo profundo y fuera de nuestro alcance». «Es algo demasiado misterioso como para indagar en él», dice otro. «Debemos contentarnos con dejar el tema en la incertidumbre». «Es un error pretender saber algo al respecto», dice un tercero. «No estamos hechos para estudiar estas cuestiones. Solo es propio de entusiastas y fanáticos hablar de tener al Espíritu». Escucho tales objeciones sin que me afecten. Afirmo que se puede saber si un hombre tiene al Espíritu. Se puede saber, es posible saberlo, se debe saber. No se necesita ninguna visión del cielo, ninguna revelación de un ángel para discernirlo. Solo se necesita una investigación paciente a la luz de la Palabra de Dios. Iniciemos esa investigación.

a. No todos tienen al Espíritu

No todos los hombres tienen al Espíritu Santo. Considero que la doctrina de una luz espiritual interior de la que goza toda la humanidad es un engaño que no es bíblico. Creo que la noción moderna de la inspiración universal es un sueño sin fundamento. Sin lugar a dudas, Dios no se ha dejado a Sí mismo sin un testigo en el corazón del hombre caído. Él ha dejado en cada mente suficiente conocimiento del bien y del mal para hacer a todos los hombres responsables. Ha dado a cada hijo de Adán una conciencia, pero no ha dado a cada hijo de Adán el Espíritu Santo. Un hombre puede tener buenos deseos como Balaam, hacer muchas cosas como Herodes, estar casi persuadido como Agripa y temblar como Félix y, sin embargo, estar tan completamente destituido de la gracia del Espíritu como lo estaban estos hombres. El apóstol Pablo nos dice que antes de la conversión los hombres pueden «conocer a Dios» en cierto sentido y dar «testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos» (Ro 1:21; 2:15). Pero también nos dice que, antes de la conversión, los hombres están «sin Dios» y «sin Cristo», «sin esperanza» y son las mismas «tinieblas» (Ef 2:12; 5:8). El mismo Señor Jesús dice del Espíritu: «El mundo…no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Jn 14:17).

_No todos los miembros de las iglesias y las personas bautizadas tienen al Espíritu._No veo fundamento en las Escrituras para decir que todo hombre que recibe el bautismo recibe el Espíritu Santo y que debemos considerarlo nacido del Espíritu. No me atrevo a decir a los bautizados que todos tienen al Espíritu y que solo necesitan avivar «el fuego del don de Dios» en su interior para salvarse (2 Ti 1:6). Veo, por el contrario, que Judas habla de los miembros de la iglesia visible de su tiempo como los «que no tienen al Espíritu». Algunos de ellos probablemente habían sido bautizados por manos de los apóstoles y admitidos en plena comunión con la iglesia profesante. No importaba. No tenían al Espíritu (Jud 1:19).

Es inútil intentar evadir el poder de esta sola expresión. Enseña claramente que tener al Espíritu no es el destino de cada hombre y no es la porción de cada miembro de la iglesia visible de Cristo. Muestra la necesidad de encontrar alguna regla y principio general por la cual se pueda determinar la presencia del Espíritu en un hombre. Él no mora en todos. El bautismo y la pertenencia a la iglesia no son pruebas de Su presencia. Entonces, ¿cómo sabré si un hombre tiene el Espíritu?

b. Efectos visibles

La presencia del Espíritu en el alma de un hombre solo puede conocerse por_los efectos_ que produce. Los frutos que Él produce en el corazón y en la vida del hombre son la única evidencia en la que se puede confiar. La fe, las opiniones y la práctica de un hombre son los testigos que debemos examinar si queremos averiguar si un hombre tiene el Espíritu. Esta es la regla del Señor Jesús: «Cada árbol se conoce por su fruto» (Lc 6:44).

Los efectos que produce el Espíritu Santo pueden verse siempre. Puede que el hombre del mundo no los entienda. En muchos casos pueden ser débiles y confusos, pero donde está el Espíritu, no se esconde. Él no está inactivo cuando entra en el corazón. No se queda quieto, no duerme. Él hará notar Su presencia. Él brillará poco a poco a través de las ventanas de los hábitos diarios y la conversación de un hombre, y manifestará al mundo que está en él. Una morada dormida, inactiva y silenciosa del Espíritu es una noción que agrada a las mentes de muchos. Es una noción para la cual no veo autoridad en la Palabra de Dios. Estoy totalmente de acuerdo con la homilía de Pentecostés: «Como el árbol se conoce por sus frutos, así también el Espíritu Santo».

En cualquiera que vea los efectos y frutos del Espíritu, en ese hombre veo a alguien que tiene al Espíritu. Creo que no solo es caritativo pensar así, sino que sería una presunción dudarlo. No espero ver al Espíritu Santo con mis ojos carnales ni tocarlo con mis manos. Pero no necesito que un ángel descienda para mostrarme dónde mora; no necesito una visión del cielo para decirme dónde puedo encontrarlo. Solo muéstrame a un hombre en quien se puedan ver los frutos del Espíritu, y veré a alguien que tiene al Espíritu. No dudaré de la presencia interior de la causa omnipotente cuando vea el hecho exterior de un efecto evidente.

c. Ejemplos naturales

¿Puedo ver el viento en un día de tormenta? No, pero puedo ver los efectos de su fuerza y su poder. Cuando veo que las nubes se mueven ante él y que los árboles se inclinan bajo su acción; cuando lo oigo silbar a través de puertas y ventanas o aullar alrededor de las chimeneas, no dudo ni por un momento de su existencia. Digo: «Hay viento». Lo mismo sucede con la presencia del Espíritu en el alma.

¿Puedo ver el _rocío_del cielo cuando cae en una tarde de verano? No puedo. Cae suave y gradualmente, silencioso e imperceptible. Pero cuando salgo por la mañana después de una noche sin nubes y veo cada hoja que centellea de humedad y siento cada brizna de hierba húmeda y mojada, digo de inmediato: «Ha descendido el rocío». Lo mismo sucede con la presencia del Espíritu en el alma.

¿Puedo ver la mano del sembrador cuando camino por los campos de trigo en el mes de julio? No la veo. No veo más que millones de espigas llenas de grano que se inclinan hacia el suelo por la madurez. Pero ¿supongo que la cosecha llegó por casualidad y creció por sí misma? Nada de eso. Cuando veo esos campos de trigo, sé que un día trabajaron el arado y la grada, y que allí hubo una mano que sembró la semilla. Lo mismo sucede con la obra del Espíritu en el alma.

¿Puedo ver el líquido magnético en la aguja de la brújula? No puedo. Actúa de un modo misterioso y oculto. Pero cuando veo que ese trocito de hierro gira siempre hacia el norte, sé de inmediato que está bajo la influencia secreta del poder magnético. Lo mismo sucede con la obra del Espíritu en el alma.

¿Puedo ver el resorte espiral de mi reloj cuando miro su esfera? No. Pero cuando veo que las manecillas dan vueltas y marcan las horas y los minutos del día en sucesión regular, no dudo de la existencia del resorte. Lo mismo sucede con la obra del Espíritu.

¿Puedo ver el timonel del barco de regreso a casa cuando aparece por primera vez en el horizonte y sus velas se blanquean? No puedo. Pero cuando estoy de pie en la cabeza del muelle y veo ese barco siguiendo su curso sobre el mar hacia la boca del puerto, como si tuviera vida propia, sé muy bien que hay alguien en el timón que guía sus movimientos. Así es con la obra del Espíritu.

Insto a todos mis lectores a recordar esto. Establezcan como un principio fijo en sus mentes que, si realmente el Espíritu Santo está en un hombre, se verá en los efectos que produce en su corazón y vida.

d. Engaños peligrosos

Cuídate de suponer que un hombre puede tener el Espíritu cuando no hay evidencia externa de Su presencia en el alma. Pensar así es un engaño peligroso y antibíblico. Nunca debemos perder de vista los amplios principios establecidos para nosotros en las Escrituras: «Si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad…En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Jn 1:6; 3:10).

No tengo duda de que has oído hablar de una clase miserable de cristianos llamados antinomianos. Son personas que se jactan de tener un interés en Cristo, y dicen que han sido absueltas y perdonadas, mientras que, al mismo tiempo, viven en pecado deliberado y en abierta violación de los mandamientos de Dios. Me atrevería a decir que tales personas están miserablemente engañadas. Van a descender al infierno porque viven aferrados a una mentira. El verdadero creyente en Cristo ha «muerto al pecado» (Ro 6:2). Todo hombre que tiene verdadera esperanza en Cristo «se purifica a sí mismo, así como Él es puro» (1 Jn 3:3).

Pero te hablaré de un engaño tan peligroso como el de los antinomianos y mucho más insidioso. Ese engaño consiste en convencerse a uno mismo de tener al Espíritu morando en el corazón, mientras que no se ven frutos del Espíritu en su vida. Creo firmemente que este engaño está arruinando a miles, tan ciertamente como el antinomianismo. Es tan peligroso deshonrar al Espíritu Santo como lo es deshonrar a Cristo. Es tan ofensivo para Dios fingir un interés en la obra del Espíritu como lo es fingir un interés en la obra de Cristo.

De una vez por todas, exhorto a mis lectores a que recuerden que los efectos que produce el Espíritu son las únicas evidencias fidedignas de Su presencia. Decir que el Espíritu Santo mora en ti sin que se lo vea en tu vida es en verdad una obra descabellada. Confunde los primeros principios del evangelio. Confunde la luz y las tinieblas, la naturaleza y la gracia, la conversión y la no conversión, la fe y la incredulidad, los hijos de Dios y los hijos del diablo.

Solo hay una posición segura en este asunto. Solo hay una respuesta segura a la pregunta: «¿Cómo decidiremos quiénes tienen al Espíritu?». Debemos tomar nuestra posición en el antiguo principio establecido por nuestro Señor Jesucristo: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7:20). Donde esté el Espíritu habrá fruto. Quien no tiene frutos del Espíritu no tiene el Espíritu. Una obra del Espíritu que no se siente, que no se ve y que es inoperante es un engaño seguro. Donde realmente está el Espíritu, este será sentido, visto y conocido.