Conclusión
Y ahora permíteme terminar este documento con algunas observaciones prácticas que surgen naturalmente del tema que contiene.
a. Tu deber
¿Quieres saber, en primer lugar, cuál es tu deber inmediato? Escúchame y te lo diré.
Debes examinarte con calma sobre el tema que he tratado de presentarte. Debes preguntarte seriamente cómo afecta a tu alma la doctrina del Espíritu Santo. Te ruego que por unos minutos mires a cosas más elevadas que las de la tierra y a cosas más importantes que las temporales. Ten paciencia conmigo mientras te hago una pregunta sencilla. Te la hago solemne y afectuosamente, como alguien que desea tu salvación. ¿Tienes al Espíritu?
Recuerda, no te estoy preguntando si crees que todo lo que he dicho es cierto, correcto y bueno. Te pregunto si tú mismo, que estás leyendo estas líneas, tienes al Espíritu Santo en tu interior.
Recuerda, no te estoy preguntando si crees que el Espíritu Santo es dado a la iglesia de Cristo, y que todos los que pertenecen a la iglesia están al alcance de Sus operaciones. Te pregunto si tú mismo tienes al Espíritu en tu propio corazón.
Recuerda, no te estoy preguntando si a veces sientes remordimientos de conciencia y buenos deseos que revolotean en tu interior. Te pregunto si realmente has experimentado la obra vivificante y renovadora del Espíritu en tu corazón.
Recuerda, no te estoy pidiendo que me digas el día o el mes en que el Espíritu comenzó Su obra en ti. Me basta con que los árboles frutales den fruto sin preguntar el momento preciso en que fueron plantados. Pero sí te pregunto: ¿Estás produciendo alguno de los frutos del Espíritu?
Recuerda, no te estoy preguntando si eres una persona perfecta y nunca sientes nada maligno en tu interior. Pero sí pregunto, solemne y seriamente, si tienes en tu corazón y en tu vida las marcas del Espíritu.
Espero que no me digas que no sabes cuáles son las marcas del Espíritu. Las he descrito claramente. Ahora las repito brevemente para llamar tu atención sobre ellas. 1. El Espíritu vivifica los corazones de los hombres. 2. El Espíritu enseña las mentes de los hombres. 3. El Espíritu conduce a la Palabra. 4. El Espíritu convence del pecado. 5. El Espíritu atrae a Cristo. 6. El Espíritu santifica. 7. El Espíritu hace a los hombres espirituales. 8. El Espíritu produce conflicto interior. 9. El Espíritu hace que los hombres amen a los hermanos. 10. El Espíritu enseña a orar. Estas son las grandes marcas de la presencia del Espíritu Santo. Plantea la pregunta a tu conciencia como un hombre. ¿Ha hecho el Espíritu alguna de estas cosas por tu alma?
Te exhorto a que no dejes pasar muchos días sin intentar responder a mi pregunta. Te convoco, como un fiel centinela que golpea a la puerta de tu corazón, a llevar el asunto a una conclusión. Vivimos en un mundo en decadencia, desgastado y cargado de pecado. ¿Quién puede saber «qué dará de sí el día»? (Pr 27:1). ¿Quién vivirá para ver otro año? ¿Tienes al Espíritu?
b. El gran defecto de nuestro tiempo
¿Quieres saber, en segundo lugar, cuál es el gran defecto del cristianismo de nuestro tiempo? Escúchame y te lo diré.
El gran defecto del que hablo es sencillamente este: que el cristianismo de mucha gente no es cristianismo verdadero en absoluto. Sé que tal opinión suena dura y sorprendentemente insensible. No puedo evitarlo, ya que estoy convencido, tristemente, de su veracidad. Yo solo quiero que el cristianismo de la gente sea el de la Biblia; sin embargo, en muchos casos, tengo serias dudas de que esto sea así.
En Inglaterra existe un gran número de personas que asisten regularmente a la iglesia o la capilla como un formalismo. Siguen este camino porque sus padres o madres lo hicieron, y se ha convertido en una práctica arraigada en el país. Asistir a un servicio religioso y escuchar un sermón es una costumbre establecida y, por lo tanto, lo siguen haciendo. Sin embargo, en lo que respecta a la auténtica fe religiosa, que es vital y salvadora, ni la conocen ni les interesa en absoluto. No pueden ofrecer una explicación coherente de las doctrinas fundamentales del evangelio. La justificación, la regeneración y la santificación son «cuestiones de palabras, y de nombres» que no pueden explicar (Hch 18:15).
Puede que tengan una noción vaga de que deberían participar en la Cena del Señor, y quizás puedan articular algunas ideas superficiales sobre Cristo. Sin embargo, carecen de una comprensión profunda del camino hacia la salvación. En cuanto al Espíritu Santo, apenas pueden decir algo más sobre Él que haber oído Su nombre y haberlo repetido en el Credo.[^5]
Ahora bien, si algún lector de este artículo está consciente de que su religión es como la que he descrito, solo le advertiré afectuosamente que recuerde que tal religión es completamente inútil. Ni salvará, ni consolará, ni satisfará, ni santificará su alma. Y el simple consejo que le doy es que la cambie por algo mejor sin demora. Recuerda mis palabras. No servirá al final.
c. Una verdad bajo ataque
¿Quieres saber, en tercer lugar, una verdad en el evangelio acerca de la cual necesitamos ser especialmente cuidadosos hoy en día? Escucha y te lo diré.
La verdad que tengo en mente es la verdad sobre la obra del Espíritu Santo. Toda verdad, sin duda, es constantemente atacada por Satanás. No deseo ni por un momento exagerar el oficio del Espíritu, ni exaltarlo por encima del sol y centro del evangelio: Jesucristo. Pero sí creo que, junto con el oficio sacerdotal de Cristo, ninguna verdad en la actualidad se pierde de vista con tanta frecuencia y es tan astutamente atacada como la obra del Espíritu. Algunos le hacen daño por negligencia ignorante. Su conversación gira en torno a Cristo. Pueden decirte algo acerca del Salvador, pero si les preguntas acerca de esa obra interna del Espíritu que experimentan todos los que _realmente_conocen al Salvador, no tienen ni una palabra que decir. Algunos socavan la obra del Espíritu al darla por sentada.
La pertenencia a la Iglesia y la participación en los sacramentos se convierten en sustitutos de la conversión y la regeneración espiritual. Algunos hacen daño a la obra del Espíritu al confundirla con la actividad natural de la conciencia. Según este punto de vista tan bajo, solo los más endurecidos y degradados de la humanidad están destituidos del Espíritu Santo. Vigilemos y estemos en guardia contra todas estas desviaciones de la verdad. Cuidémonos de abandonar la proporción de las declaraciones del evangelio. Que una de nuestras principales consignas en el día presente sea: ¡No hay salvación sin la obra interior del Espíritu! ¡No hay ninguna obra interior del Espíritu Santo a menos que pueda ser vista, sentida y conocida! ¡No hay ninguna obra salvadora del Espíritu que no se manifieste en arrepentimiento hacia Dios y fe viva hacia Jesucristo!
d. Motivo de gran esperanza
¿Quieres saber, en cuarto lugar, la razón por la cual nosotros, que somos ministros del evangelio, nunca nos desesperamos de nadie que nos escuche mientras viva? Escucha y te lo diré.
Nunca nos desesperamos porque creemos en el poder del Espíritu Santo. Podríamos desesperarnos cuando miramos nuestro propio desempeño. A menudo estamos hartos de nosotros mismos. Podríamos desesperarnos cuando miramos a algunos que pertenecen a nuestras congregaciones. Parecen tan duros e insensibles como la piedra del molino. Pero recordamos al Espíritu Santo y lo que ha hecho. Recordamos al Espíritu Santo y consideramos que no ha cambiado.
Puede descender como el fuego y derretir los corazones más duros. Puede convertir al peor hombre o mujer entre nuestros oyentes y dar una nueva forma a todo su carácter. Y así seguimos predicando. Esperamos por el Espíritu Santo. ¡Oh, que nuestros oyentes comprendieran que el progreso de la verdadera religión no depende de la fuerza o del poder, sino del Espíritu del Señor (Zac 4:6)! ¡Oh, que muchos de ellos aprendieran a apoyarse menos en los ministros y a orar más por el Espíritu Santo! Oh, que todos aprendieran a esperar menos de las escuelas, de los folletos y de la maquinaria eclesiástica, y que, aunque utilizaran todos los medios con diligencia, buscaran más fervientemente el derramamiento del Espíritu.
e. La voz de la conciencia
¿Quieres saber, en quinto lugar, lo que debes hacer si tu conciencia te dice que no tienes al Espíritu? Escucha y te lo diré.
Si no tienes el Espíritu, debes acudir de inmediato al Señor Jesucristo en oración y suplicarle que tenga misericordia de ti y te envíe el Espíritu. No tengo la menor compasión por aquellos que dicen a los hombres que oren primero por el Espíritu Santo para luego acudir a Cristo. No veo ningún respaldo en las Escrituras para decir eso. Solo veo que, si los hombres sienten que son pecadores necesitados y condenados, deben acudir primero y ante todo, directa y sinceramente, a Jesucristo. Veo que Él mismo dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Jn 7:37). Sé que está escrito: «Tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios» (Sal 68:18). Sé que Su oficio especial es bautizar con el Espíritu Santo y que en Él habita toda la plenitud (Jn 1:33; Col 1:19). No me atrevo a pretender ser más sistemático que la Biblia. Creo que Cristo es el lugar de encuentro entre Dios y el alma, y mi primer consejo para cualquiera que desee el Espíritu debe ser siempre: «Ve a Jesús, y cuéntale tu necesidad».
Además, diría, si no tienes el Espíritu, debes ser diligente en prestar atención a esos medios de gracia a través de los cuales obra el Espíritu. Debes escuchar regularmente esa Palabra, que es Su espada. Debes asistir habitualmente a las asambleas donde se promete Su presencia. Debes, en resumen, encontrarte en el camino del Espíritu si quieres que el Espíritu te haga bien. El ciego Bartimeo nunca habría recibido la vista si se hubiera sentado perezosamente en casa y no hubiera salido a sentarse junto al camino. Zaqueo nunca habría visto a Jesús y llegado a ser hijo de Abraham si no hubiera corrido antes y subido al sicómoro. El Espíritu es un Espíritu amoroso y bueno; pero quien desprecia los medios de gracia resiste al Espíritu Santo.
Recuerda estas dos cosas. Creo firmemente que ningún hombre que haya seguido honestamente y con perseverancia estos dos consejos no haya tenido tarde o temprano el Espíritu.
f. Dudas y temores
¿Quieres saber, en sexto lugar, lo que debes hacer si tienes dudas acerca de tu propio estado y no puedes saber si tienes al Espíritu? Escucha y te lo diré.
Si dudas de si tienes al Espíritu, debes examinar con calma si tus dudas son fundadas. Me temo que hay muchos verdaderos creyentes que carecen de toda seguridad firme en cuanto a su propia condición. Dudar es su vida. Les pido a esas personas que tomen sus Biblias y consideren con calma los motivos de su preocupación. Les pido que consideren de dónde proviene su percepción del pecado, por débil que sea; su amor a Cristo, por débil que sea; su deseo de santidad, por débil que sea; su deleite en la compañía del pueblo de Dios; su inclinación a la oración y a la Palabra. Digo: ¿de dónde proceden estas cosas? ¿Salieron de tu propio corazón? Seguramente no. La naturaleza no produce tales frutos. ¿Vienen del diablo? Por supuesto que no. Satanás no lucha contra Satanás. ¿De dónde, entonces, repito, vinieron estas cosas? Te advierto que tengas cuidado de no contristar al Espíritu Santo dudando de la realidad de Sus operaciones. Te digo que ya es hora de que reflexiones si no has estado esperando una perfección interna que no tenías derecho a esperar y, al mismo tiempo, subestimando ingratamente una obra real que el Espíritu Santo ha efectuado verdaderamente en tu alma.
Un gran estadista dijo una vez que, si un extranjero visitara Inglaterra por primera vez con los ojos vendados y los oídos abiertos, escuchando todo pero sin ver nada, bien podría suponer que Inglaterra estaba en el camino de la ruina, tantas son las quejas del pueblo inglés. Y sin embargo, si ese mismo extranjero viniera a Inglaterra con los oídos tapados y los ojos abiertos, viendo todo pero sin escuchar nada, probablemente supondría que Inglaterra era el país más rico y próspero del mundo, tantos son los signos de prosperidad que vería.
Con frecuencia me siento inclinado a aplicar esta declaración al caso de los cristianos que dudan. Si creyera todo lo que dicen de sí mismos, ciertamente pensaría que están en mal estado. Sin embargo, los veo viviendo como lo hacen, hambrientos y sedientos de justicia, pobres en espíritu, deseando la santidad, amando el nombre de Cristo, manteniendo hábitos de lectura de la Biblia y de oración, entonces, al ver estas cosas dejo de temer. Confío más en lo que veo que en lo que escucho. Veo señales manifiestas de la presencia del Espíritu, y solo me apena que ellos mismos se nieguen a verlas. Veo que el diablo les roba su paz al infundir estas dudas en sus mentes, y lamento que se dañen a sí mismos al creerle. Sin lugar a dudas, algunos profesantes bien pueden dudar si tienen al Espíritu, porque no tienen señales de gracia en ellos. Pero muchos alimentan en sus mentes un hábito de duda para el cual no tienen causa, y del cual deberían avergonzarse.
g. Sé lleno del Espíritu
¿Quieres saber, en último lugar, lo que debes hacer si realmente tienes al Espíritu? Escúchame y te lo diré.
Si tienes al Espíritu, procura ser «lleno del Espíritu» (Ef 5:18). Bebe profundamente de las aguas vivas. No te conformes con un poco de religión. Ora para que el Espíritu llene cada rincón y cámara de tu corazón, y que no quede en él ni una pulgada de espacio para el mundo y el diablo.
Si tienes al Espíritu, «no contristéis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4:30). Es fácil para los creyentes debilitar su sentido de Su presencia y privarse de Su consuelo. Pequeños pecados no mortificados, pequeños malos hábitos de temperamento o de lengua no corregidos, y pequeñas conformidades con el mundo, todos estos hábitos son susceptibles de ofender al Espíritu Santo. ¡Oh, si los creyentes recordaran estas cosas! Hay mucho más para disfrutar del cielo en la tierra de lo que muchos de ellos obtienen. ¿Por qué no lo consiguen? No vigilan suficientemente sus caminos diarios, y así apagan y estorban la obra del Espíritu. El Espíritu debe ser un Espíritu completamente santificador si ha de ser un consolador para tu alma.
Si tienes al Espíritu, esfuérzate por producir todo«el fruto del Espíritu» (Gal 5:22). Lee la lista que el apóstol ha elaborado, y nota que no se descuida ninguno de estos frutos. ¡Oh, si los creyentes buscaran más «amor» y más «gozo»! Entonces harían más bien a todos los hombres. Entonces se sentirían más felices ellos mismos. Entonces harían la religión más hermosa a los ojos del mundo.
Quiero instar encarecidamente a cada lector de estas páginas a prestar seria atención a lo que se ha expresado. Que estas no hayan sido escritas en vano. Únete a mí en oración para que el Espíritu sea derramado desde lo alto con una influencia más abundante que nunca. Ora para que sea derramado sobre todos los creyentes, dentro y fuera del país, para que estén más unidos y sean más santos. Ruega que sea derramado sobre judíos, musulmanes y paganos, para que muchos de ellos se conviertan.
Ora para que sea derramado sobre los católicos romanos, especialmente en Italia e Irlanda. Ora para que sea derramado sobre tu propio país, y para que sea librado de los juicios que merece. Ora para que sea derramado sobre todos los ministros y misioneros fieles, y para que su número se multiplique por cien.
Ora, sobre todo, para que Él sea derramado con abundante poder sobre tu propia alma, para que, si no conoces la verdad, puedas ser enseñado a conocerla, y que, si la conoces, puedas conocerla mejor.