1. La importancia de tener al Espíritu

Permíteme, en primer lugar, explicar la inmensa importancia de tener al Espíritu.

Es absolutamente necesario aclarar este punto. A menos que lo comprendas, parecerá que estoy hablando en vano en todo este escrito. Una vez que tu mente lo asimile, la mitad del trabajo que deseo hacer en tu alma ya estará hecho.

Puedo imaginarme fácilmente a algún lector diciendo: «¡No veo la utilidad de esta pregunta! Supongamos que no tengo el Espíritu, ¿dónde está el gran daño? Trato de cumplir con mi deber en este mundo. Voy a la iglesia con regularidad. Recibo el sacramento1 de vez en cuando. Creo que soy tan buen cristiano como mi prójimo. Hago mis oraciones. Confío en que Dios perdonará mis pecados por causa de Cristo. No veo por qué no debería llegar finalmente al cielo sin complicarme con preguntas difíciles sobre el Espíritu».

Si piensas de esta manera, te ruego que me prestes atención durante unos minutos, mientras intento darte razones para pensar de otra manera. Créeme, nada menos que la salvación de tu alma depende de tener al Espíritu. La vida o la muerte, el cielo o el infierno, la felicidad eterna o la miseria eterna están ligados al tema de este documento.

a. Sin parte en Cristo

Recuerda, en primer lugar, que si no tienes al Espíritu, no tienes parte en Cristo y no tienes derecho al cielo.

Las palabras del apóstol Pablo son claras e inequívocas: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él» (Ro 8:9). Las palabras del apóstol Juan no son menos claras: «Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado» (1 Jn 3:24). La morada de Dios Espíritu Santo es la marca común de todos los verdaderos creyentes en Cristo. Es la marca del Pastor en el rebaño del Señor Jesús, que los distingue del resto del mundo. Es el sello del orfebre en los genuinos hijos de Dios, que los separa de la escoria y de la masa de falsos profesantes. Es el sello propio del Rey en aquellos que son Su pueblo peculiar, probando que son de Su propiedad. Son «las arras» que el Redentor da a Sus discípulos creyentes mientras están en el cuerpo, como promesa de la «redención» plena y completa que vendrá en la mañana de la resurrección (Ef 1:14). Este es el caso de todos los creyentes. Todos tienen al Espíritu.

Que se entienda claramente que el que no tiene al Espíritu no tiene a Cristo. El que no tiene a Cristo no tiene perdón de sus pecados, ni paz con Dios, ni derecho al cielo, ni esperanza bien fundamentada de ser salvo. Su religión es como una casa construida sobre la arena. Puede verse bien cuando hace buen tiempo. Puede satisfacerle en tiempos de salud y prosperidad. Pero cuando se levanta el diluvio y sopla el viento, cuando la enfermedad y los problemas vienen contra él, caerá y lo enterrará bajo sus ruinas. Vive sin una buena esperanza, y sin una buena esperanza muere. Se levantará de nuevo solo para ser miserable. Se presentará en el juicio solo para ser condenado. Verá a los santos y a los ángeles mirando y recordará que pudo haber estado entre ellos, pero demasiado tarde. Verá a miríadas perdidas a su alrededor y descubrirá que no pueden consolarlo, pero será demasiado tarde. Este será el fin del hombre que piensa alcanzar el cielo sin el Espíritu.

Graba estas verdades en tu memoria y nunca las olvides. ¿No vale la pena recordarlas? Sin el Espíritu Santo en ti, no hay parte en Cristo. Sin parte en Cristo, no hay perdón de pecados. Sin perdón de pecados, no hay paz con Dios. Sin paz con Dios, no hay título para el cielo. Sin título para el cielo, no hay admisión al cielo. Sin admisión en el cielo, ¿y entonces qué? Sí, ¿entonces qué? Bien puedes preguntar. ¿Hacia dónde huirás? ¿Qué camino tomarás? ¿A qué refugio correrás? No hay ninguno. Solo queda el infierno. Al no ser admitido en el cielo, debes hundirte finalmente en el infierno.

Pido a todos los lectores de este documento que presten atención a lo que digo. Tal vez te alarmes, pero ¿acaso no será de beneficio para ti que te sientas alarmado? ¿Acaso he dicho algo más que una simple verdad bíblica? ¿Dónde está el eslabón defectuoso en la cadena de razonamiento que has oído? ¿Dónde está la falla en el argumento? Creo en mi conciencia que no hay ninguno. De no tener el Espíritu a estar en el infierno, no hay más que un largo tramo de escalones descendentes. Al vivir sin el Espíritu ya estás en la cima. Al morir sin el Espíritu encontrarás el camino hacia el fondo.

b. No hay santidad de corazón

Recuerda, por otra parte, que si no tienes al Espíritu, no tienes santidad de corazón y no eres apto para el cielo.

El cielo es el lugar al que todos esperan ir después de la muerte. Sería bueno que muchos consideraran con calma qué clase de morada es el cielo. Es la morada del Rey de reyes: «Muy limpio eres de ojos para ver el mal» (Hab 1:13), y tiene que ser necesariamente un lugar santo. Es un lugar en el que la Escritura nos dice que no entrará «ninguna cosa inmunda, o que hace abominación» (Ap 21:27). Es un lugar donde no habrá nada perverso, pecaminoso o sensual, nada mundano, necio, frívolo o profano. Que el codicioso recuerde que allí no habrá más dinero. Que el que va tras los placeres recuerde que _allí_no habrá más carreras, teatros, lectura de novelas ni bailes. Que el borracho y el jugador recuerden que allí no habrá más bebidas fuertes, ni más dados, ni más apuestas, ni más cartas. La presencia eterna de Dios, de los santos y de los ángeles; el cumplimiento perpetuo de la voluntad de Dios; la ausencia completa de todo lo que Dios no aprueba: estas son las cosas principales que constituirán el cielo. Será un eterno día de reposo.

Todos nosotros estamos por naturaleza completamente desprovistos de la capacidad para disfrutar de este cielo y su felicidad. No podemos gustar de sus bendiciones. No tenemos ojos para ver su belleza. No tenemos corazón para sentir sus consuelos. En lugar de libertad, lo percibiríamos como esclavitud. En lugar de una libertad gloriosa, lo percibiríamos como una constante restricción. En lugar de un espléndido palacio, sería para nosotros una lúgubre prisión. Un pez en tierra firme, una oveja en el agua, un águila en una jaula y un salvaje pintado en un salón real se sentirían más a gusto y en su lugar que un hombre natural en el cielo. Sin santidad nadie verá al Señor (Heb 12:14).

Es oficio especial del Espíritu Santo preparar las almas de los hombres para este cielo. Solo Él puede cambiar el corazón terrenal y purificar los afectos mundanos de los hijos de Adán. Solo Él puede poner sus mentes en armonía con Dios y afinarlas para la compañía eterna de los santos, los ángeles y Cristo. Solo Él puede hacer que amen lo que Dios ama, que odien lo que Dios odia y que se deleiten en la presencia de Dios. Solo Él puede arreglar los miembros de la naturaleza humana, rotos y dislocados por la caída de Adán, y lograr una verdadera unidad entre la voluntad del hombre y la de Dios. Y esto lo hace por cada uno que se salva. Está escrito que los creyentes se salvan según la misericordia de Dios, pero es «por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Ti 3:5). Son elegidos para la salvación, pero es «mediante la santificación por el Espíritu», así como por «la fe en la verdad» (2 Ts 2:13).

Que esto también quede grabado en tu memoria. No hay entrada al cielo sin que el Espíritu haya entrado primero en tu corazón en la tierra. No hay admisión a la gloria en la otra vida sin previa santificación en esta vida. Si el Espíritu Santo no vive en ti en este mundo, no hay cielo en el mundo venidero. No estarías apto para ello. No estarías preparado para ello. No te gustaría. No lo disfrutarías. En la actualidad se usa mucho la palabra santo. Nuestros oídos están cansados de «santa iglesia», «santo bautismo», «días santos», «agua santa», «cultos santos» y «santos sacerdotes». Pero una cosa es mil veces más importante, y es ser hecho un hombre realmente santo por el Espíritu. Debemos ser hechos «participantes de la naturaleza divina» mientras estamos vivos (2 P 1:4). Debemos sembrar para el Espíritu si queremos cosechar la vida eterna (Gal 6:8).

c. Sin derecho a ser considerado cristiano

Recuerda, por otra parte, que si no tienes al Espíritu, no tienes derecho a ser considerado un verdadero cristiano, ni voluntad o poder para llegar a serlo.

Se requiere poco para hacer un cristiano, según el estándar del mundo. Basta con que un hombre sea bautizado y asista a algún lugar de adoración, y los requisitos del mundo están satisfechos. La creencia del hombre puede no ser tan inteligente como la de un turco; puede ser profundamente ignorante de la Biblia. Su práctica puede no ser mejor que la de un pagano; muchos hindúes respetables podrían avergonzarlo. Pero ¿qué importa eso? ¡Es inglés! Ha sido bautizado. Va a la iglesia o a la capilla y se comporta decentemente cuando está allí. ¿Qué más quieres? Si no lo llamas cristiano, se te considera alguien muy severo.

Pero se necesita mucho más que esto para hacer de un hombre un verdadero cristiano según la norma de la Biblia. Requiere la cooperación de las tres Personas de la bendita Trinidad. La elección de Dios el Padre, la sangre y la intercesión de Dios el Hijo y la santificación de Dios el Espíritu deben reunirse en el alma que ha de ser salva. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo deben unirse para realizar la obra de hacer de cualquier hijo de Adán un verdadero cristiano.

Este es un tema profundo que debe ser tratado con reverencia. Pero donde la Biblia habla con decisión, allí también podemos hablar con decisión; y las palabras de la Biblia no tienen sentido si la obra del Espíritu Santo no es tan necesaria para hacer de un hombre un verdadero cristiano como la obra del Padre o la obra del Hijo. Se nos dice que «nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12:3). El verdadero cristiano, nos enseña la Escritura, es «nacido del Espíritu» (Jn 3:6). Vive «por el Espíritu» (Ga 5:25). Los verdaderos cristianos «son guiados por el Espíritu de Dios» (Ro 8:14). Por el Espíritu mortifican las obras del cuerpo. Por el Espíritu tienen acceso al Padre por medio de Jesús (Ef 2:18). Sus gracias son todas el «fruto del Espíritu» (Ga 5:22). Son «templo del Espíritu Santo» (1 Co 6:19). Son «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2:22). Andan «conforme al Espíritu» (Ro 8:4). Son fortalecidos por el Espíritu (Ef 3:16). Por el Espíritu aguardan «por fe la esperanza de la justicia» (Gal 5:5). Estas son expresiones escriturales claras. ¿Quién se atreverá a contradecirlas?

La verdad es que la profunda corrupción de la naturaleza humana haría imposible la salvación si no fuera por la obra del Espíritu. Sin Él, el amor del Padre y la redención del Hijo se nos presentan en vano. El Espíritu debe revelarlos. El Espíritu debe aplicarlos o, de lo contrario, seremos almas perdidas.

Nada menos que el poder de Aquel que se movió sobre la faz de las aguas en el día de la creación puede levantarnos de nuestra baja condición. Aquel que dijo: «Sea la luz; y fue la luz» (Gn 1:3) debe pronunciar la palabra antes de que alguno de nosotros se levante a la novedad de la vida. Aquel que descendió el día de Pentecostés debe descender sobre nuestras pobres almas muertas antes de que puedan ver el reino de Dios. Las misericordias y las aflicciones pueden mover la superficie de nuestros corazones, pero por sí solas nunca alcanzarán al hombre interior. Los sacramentos, los servicios y los sermones pueden producir una formalidad externa y vestirnos con una piel de religión, pero no habrá vida. Los ministros pueden hacer comulgantes y llenar las iglesias de fieles asiduos; solo el poder omnipotente del Espíritu Santo puede hacer verdaderos cristianos y llenar el cielo de santos glorificados.

Que esto también quede escrito en tu memoria y nunca lo olvides. ¡No hay verdadero cristianismo sin el Espíritu Santo! Debes tener al Espíritu en ti, así como a Cristo por ti, para llegar a ser salvo. Dios debe ser tu Padre amoroso, Jesús debe ser tu Redentor conocido, el Espíritu Santo debe ser tu Santificador sentido, o de lo contrario, será mejor para ti no haber nacido.

Insisto en el tema para que todos los que lean estas páginas lo consideren seriamente. Confío en que he dicho lo suficiente para mostrarte que es de vital importancia para tu alma tener al Espíritu. No es un punto oscuro y misterioso de la teología. No es una pregunta ligera cuya respuesta importe poco en un sentido o en otro. Es un tema en el que está ligada la paz eterna de tu alma.

Puede que no te gusten las noticias. Puedes llamarlo entusiasmo, fanatismo o extravagancia. Yo me baso en las enseñanzas claras de la Biblia. Digo que Dios debe morar en tu corazón por el Espíritu en la tierra o nunca morarás con Dios en el cielo.

«Ah», dirás, «no sé mucho al respecto. Confío en que Cristo será misericordioso. Espero finalmente ir al cielo». Yo te respondo que no existe ningún hombre que haya probado la misericordia de Cristo que no haya recibido también de Su Espíritu. No existe ningún hombre que haya sido justificado que no fuera también santificado. No existe ningún hombre que haya ido al cielo que no fuera conducido allí por el Espíritu.

Footnotes

  1. Sacramento – la cena del Señor.