Santidad ¿es necesaria para la salvación
I. C. Herendeen
Santidad
¿es necesaria para la salvación?
Introducción
El tema que tenemos delante es supremamente vital e importante. Ruego encarecidamente al lector que le preste la más seria y atenta consideración, si en verdad aprecia su salvación eterna.
II Timoteo 4:2 nos manda: «Predica la palabra; insta a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina». El siervo del Señor está obligado a “no retener nada de lo que sea provechoso” para sus oyentes, si ha de ser un siervo fiel. Él debe proclamar todo el consejo de Dios. A veces esto requiere tratar asuntos que no son del todo agradables, como dice Ezequiel 2:5 de sus oyentes: «Oigan o dejen de oír». Ninguno de nosotros disfruta ser «reprendido» o «corregido», pero a veces esto es necesario para nuestro bien espiritual, así como un médico se ve obligado en ocasiones a dar medicina amarga para que su paciente recobre la salud.
Confío en que el Espíritu de Dios bendiga este mensaje al corazón de cada lector, haciéndole consciente de cuán lejos ha caído de «la gloria de Dios» y de cuán pecaminosamente ha dejado de alcanzar el alto estándar de la Palabra de Dios. Y también, que traiga a todo lector no salvo a tal convicción profunda de pecado que clame con angustia de alma: «¿Qué debo hacer para ser salvo?». Pues el Infierno es profundo y eterno. ¡Vuélvete, pobre pecador, vuélvete y huye ahora, porque mañana puede ser eternamente demasiado tarde!
Como ya se ha dicho, este tema es de la mayor importancia y exige la más estrecha atención de todos los que profesan ser cristianos. Quienquiera que seamos, debemos ser santos. Pero, ¿lo somos? Permítame preguntarle: ¿cómo están las cosas entre su alma y Dios? Le ruego que no despache esta pregunta a la ligera, como si fuese de poca consecuencia, porque en ella está en juego su bien o mal eterno. Multitudes de cristianos profesantes viven en un descuido total respecto a la manera en que el Señor quiere que vivan. ¿Y por qué? Porque la manera en que el Señor demanda que vivan es desagradable para la carne, nuestra vieja naturaleza pecaminosa. Que todos oigan y presten atención al edicto divino: «si vivimos conforme a la carne, moriremos» (Ro. 8:13), es decir, moriremos la muerte eterna.
Muchos parecen no darse cuenta de que la santidad es necesaria para la salvación. Es tan necesaria como creer, como tener fe. Esto se declara con absoluta claridad en las Santas Escrituras.
1. ¿Qué es la santificación o santidad?
Es de suma importancia que sepamos qué es realmente la santificación o santidad. Arthur W. Pink la define así: “La santificación evangélica es la santidad del corazón que nos lleva a amar a Dios supremamente, de modo que nos entreguemos enteramente a Su servicio constante en todas las cosas, y a Su disposición sobre nosotros como nuestro Señor absoluto, ya sea para prosperidad o adversidad, para vida o para muerte; y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La santidad evangélica no consiste solamente en obras externas de piedad y caridad, sino en pensamientos puros, impulsos y afectos del alma, y en la ausencia de concupiscencias pecaminosas”.
Alexander Cruden dice: “La verdadera santidad consiste en una conformidad con la naturaleza y la voluntad de Dios, por la cual un santo se distingue del mundo no renovado, y no es movido por sus principios y preceptos, ni gobernado por sus máximas y costumbres”.
Cuando hemos sido renovados por el Espíritu Santo, ha sido infundido en nosotros un anhelo ardiente de ser como Cristo en todos nuestros caminos. Odiamos y evitamos todo pecado conocido, y nos esforzamos por guardar todo mandamiento conocido de Dios. Diremos con David: «Por eso estimo rectos todos tus preceptos acerca de todas las cosas, y aborrezco toda senda de mentira» (Sal. 119:128). Con Pablo, nos deleitaremos en obedecer la ley de Dios «según el hombre interior» (Ro. 7:22). Vamos a querer y procurar tener la mente de Cristo y ser conformados a Su imagen. Seremos prontos para pensar lo mejor de los demás, para soportar y perdonar como Cristo nos perdonó. Procuraremos ser humildes y mansos, negándonos a nosotros mismos para ser de ayuda a otros, pacientes en las pruebas, guardándonos separados de la gente mundana, religiosa o no. Obedeceremos el mandato del Señor: «Salid de en medio de ellos y apartaos». Seremos mansos, templados y abnegados. El amor de Cristo nos constreñirá a abstenernos de toda mentira, hablar mal, chismes, deshonestidad, juramentos, tratos injustos con nuestro prójimo. Nos esforzaremos por hacer atractiva nuestra religión a otros mediante nuestra manera de vivir exterior. En otras palabras, procuraremos que seamos en realidad lo que profesamos ser; no jugaremos conscientemente al hipócrita. Apuntaremos en todo tiempo y en todas las cosas a «hacer[lo] todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:31). A la luz de esto, preguntémonos: ¿Eres santo? ¿Lo eres?
2. La necesidad de la santidad
Esta necesidad surge del hecho de que todos hemos nacido en pecado y hemos sido «concebidos en maldad» (Sal. 51:5), y por lo tanto tenemos corazones que aborrecen la santidad. El Señor Jesús dijo a los líderes religiosos de su tiempo, los fariseos, que «los hombres amaron más las tinieblas (el pecado) que la luz» (Cristo).
En Hebreos 12:14 leemos: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». Y dado que es muy posible que el lector albergue la esperanza y expectativa de ver al Señor algún día, este texto emite una solemne advertencia: nos presenta un asunto de la mayor importancia; nos revela cuán vital es que «seamos santos», pues la ausencia de santidad nos excluirá para siempre de la presencia del Señor. Siendo esto así, sería prudente que demos a este tema nuestra consideración inmediata y seria, no sea que carezcamos de ella, o pensemos que somos santos cuando en realidad no lo somos. La sola posibilidad de estar equivocados respecto a nuestro estado espiritual debería hacernos “temblar y estremecernos”, y llevarnos a no darnos descanso hasta tener prueba segura, a la luz de la Escritura, de que poseemos esta santidad. Este decreto divino (que seamos santos) no concierne solo a algunos, sino a todos, sea quien sea o lo que sea. TODOS deben ser «santos», o —se nos advierte— jamás «verán al Señor».
Estos mismos pensamientos son enfatizados nuevamente en Mateo 5:8, donde el Señor Jesús nos dice que solo «los de limpio corazón verán a Dios». De estas Escrituras vemos que Dios no llamará a una comunión íntima consigo mismo a quienes son corruptos o impíos, pues Amós 3:3 pregunta: «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?». Y otra vez: «¿Qué concordia Cristo con Belial?» ¿O un pecador impío con un Dios santo? Nuestro Dios es «glorioso en santidad» (Éx. 15:11), y aquellos a quienes Él separa para Sí deben ser santos, deben ser «participantes de su santidad» (Hb. 12:10), porque nuestro Dios no es un Dios que «se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti» (Sal. 5:4). Si hemos de ser salvos y morar eternamente con Dios, debemos ser tanto reconciliados con Él como santificados en nuestro hombre interior.
Esto no lo podemos lograr por nosotros mismos, ni por la simple profesión de cristianismo, ni por hacer unas pocas buenas obras, porque estas no nos darán acceso al Santo. A menos que “nazcamos del Espíritu”, y seamos lavados en la preciosa sangre de Cristo y seamos santos, jamás veremos a Dios. A menos que seamos justificados, regenerados y santificados, no tenemos la vida de Dios en nosotros, por más que profesemos lo contrario; no somos verdaderos cristianos a los ojos de Dios, y con seguridad perderemos el cielo al final.
¿Dirás: «Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?». Debemos recordar que no seremos llevados al cielo sobre lechos floridos y fáciles. Cristo mismo nos dice que debemos «esforzarnos» si queremos «entrar por la puerta angosta».
¡Ay!, con cuán meras formas de piedad, con simples apariencias externas y rituales, tantos están satisfechos. La fiel predicación de la Palabra parece no tener efecto alguno en ellos. Nada los lleva a clamar como Job en la antigüedad: «He aquí que yo soy vil… me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 40:4; 42:6). No, mientras se mantengan libres de los pecados más groseros que son castigados entre los hombres, su conciencia parece muerta para todas las demás cosas; no parecen en absoluto turbados por la depravación y la corrupción de su naturaleza, si es que acaso son conscientes de tal depravación y corrupción.
El Espíritu de Dios nos ha revelado en Proverbios 30:12: «Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia». De esto aprendemos que esta «generación» nunca ha sido lavada por el Espíritu Santo, a pesar de la buena opinión que tienen de su propio estado; se consideran puros cuando en realidad están «inmundos». Así era en los días de Cristo con los fariseos, quienes constantemente se lavaban las manos y las copas, entregados a un interminable ciclo de abluciones ceremoniales, e ignorando todo el tiempo que «por dentro estaban llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mt. 23:25, 27).
Tristemente, esto mismo es cierto de una multitud de asistentes a las iglesias en el día de hoy. Quizás asistan con regularidad a los cultos, sean ortodoxos en sus opiniones hasta donde las poseen; den con regularidad y liberalidad a la iglesia; pero en lo que respecta al asunto supremo del estado de sus corazones delante de un Dios santo, su conciencia parece completamente tranquila. No están en lo más mínimo preocupados, pues están muertos en su profesión, teniendo nombre de que viven, pero «están muertos» (Ap. 3:1). Están perfectamente satisfechos con una profesión vana, sin vida, sin fruto, vacía y falsa. Todo lo que les importa es aparecer morales y rectos ante los hombres, y algunos ni siquiera se preocupan por eso. Ignoran por completo que Dios no se complace en sus prácticas externas a menos que el Espíritu de santidad los santifique. Pero sabemos que con tales sacrificios Dios no se agrada, a menos que el corazón primero sea cambiado para ser conformado a la naturaleza y voluntad de Dios. Para que nuestras obras sean aceptables a Dios, deben brotar de un amor y deleite en hacer Su voluntad de manera gozosa, sin rehusar ni murmurar contra ningún deber, como si fuese un yugo gravoso de llevar.
¡Prestad atención! A menos que seamos purificados de la contaminación del pecado, así como absueltos de la culpa de él, jamás estaremos aptos para la comunión con Dios. Leemos en Apocalipsis 21:27: «No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira». Vemos entonces que la santidad personal es tan imperativa para la salvación como lo es el perdón de los pecados. ¿Somos conscientes de esto?
Walter Marshall, quien escribió en 1629, dijo: “Muchos son propensos a imaginar que por salvación no se entiende otra cosa que ser librados del infierno y gozar de felicidad y gloria celestiales”. Y añadió: “Dios nos salva de nuestra impureza pecaminosa aquí mediante el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo (Tit. 3:5), así como del infierno en lo porvenir. Cristo fue llamado “Jesús” (Salvador) porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21). Por lo tanto, la liberación de nuestros pecados es parte de nuestra salvación, la cual comienza en esta vida con la justificación y la santificación, y se perfecciona en la glorificación en la vida venidera. Concluimos, entonces, que la santidad en esta vida es absolutamente necesaria para la salvación, no como el medio para el fin, sino como parte del mismo fin… sin santidad nunca veremos a Dios, y somos tan indignos de Su gloriosa presencia como los cerdos lo son de la cámara real de un rey terrenal”.
Y continúa diciendo: “Grandes multitudes de personas ignorantes que viven bajo el Evangelio endurecen sus corazones en el pecado y arruinan sus almas para siempre al confiar en Cristo para una salvación imaginaria que en absoluto consiste en santidad, sino únicamente en el perdón del pecado y en la liberación de los tormentos eternos. Quieren ser libres de los castigos debidos al pecado, pero aman tanto sus concupiscencias que odian la santidad y no desean ser librados del servicio del pecado… No desean sinceramente la verdadera salvación si no desean ser hechos santos y justos en sus corazones y vidas”.
Así escribió este piadoso hombre hace unos 250 años. ¡Ojalá tuviéramos muchos como él hoy, predicando tan fielmente la Palabra! ¡Oh, que clamemos al Señor con sinceridad para que nos salve no solo de “las eternas quemazones y del fuego consumidor”, sino también del PECADO! Si no clamamos de esta manera, entonces carecemos de un verdadero deseo de la salvación de Dios. Recordemos que, donde no hay liberación práctica del servicio del pecado en nuestra vida diaria, somos extraños a la gracia salvadora de Dios. ¿Nos damos cuenta de esto? Oímos mucho acerca de cómo obtener el perdón de nuestros pecados, pero ¡qué poco se dice sobre la necesidad de ser limpiados de la contaminación del pecado y cómo hacerlo! Hay grandes multitudes que asienten fácilmente a la suficiencia del sacrificio expiatorio de Cristo y que, ¡ay!, no saben nada ni se preocupan por la pureza del corazón, y aun así profesan ser salvos. Se imaginan que, con tal de tener fe, todo estará bien al final, aunque no sean santos. Satanás, como ángel de luz, los ha engañado. Y está engañando a multitudes más en la misma forma.
Pero si examinamos la fe que profesan y la probamos a la luz de la Palabra, ¿qué encontramos que valga? Nada en absoluto en lo que respecta a la entrada al cielo. Tal fe no es mejor que la de los demonios, que «creen y tiemblan» (Stg. 2:19). La fe de los escogidos de Dios es «conforme a la piedad» (Tit. 1:1); es una «fe santísima» (Jud. 20); es una fe que «purifica el corazón» (Hch. 15:9); una fe que «obra por el amor» (Gál. 5:6). Si tan solo nos detuviéramos a considerar, nos daríamos cuenta de que la santidad es necesariamente requerida por la misma naturaleza de Dios. ¡Un Dios santo debe demandar un pueblo santo! No puede ser de otra manera. Muchas veces en la Escritura se le llama «el Santo de Israel», y el clamor de los ángeles es: «Santo, Santo, Santo» (Is. 6:3). Por cuanto Dios es inefablemente santo, Él demanda santidad de nosotros. Levítico 11:44 dice: «Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo». Este es un mandamiento divino, no un simple consejo que seamos libres de atender o de descuidar a nuestro antojo.
Necesitamos recordar que nuestro «Dios es tan puro de ojos que no puede ver el mal ni mirar la iniquidad» (Hab. 1:13). ¿Cómo, entonces, podrá mirar con aceptación a rebeldes sin ley, pecadores inmundos, obradores de iniquidad? Él no puede, ni lo hará; pues como Josué dijo a su pueblo: «Él es Dios santo» (Jos. 24:19). La santidad es la perfección de todos los atributos de Dios, y Dios hace de la santidad de Su propia naturaleza el fundamento de Su demanda de santidad en nosotros. ¡Pero muchos hoy tienen escasa idea de cuán santo es en verdad nuestro Dios! El dios de muchos ciertamente no es el Dios de la Santa Escritura.
Repetimos, es tan necesario que seamos santos en nuestra vida diaria como lo es que seamos justificados. Los hombres yerran gravemente al concluir que, porque la piedad y la obediencia no salvan, pueden alcanzar el cielo sin ellas. Debemos recordar que Dios no ha comprado para nosotros seguridad en el pecado, sino salvación del pecado. Nunca lo olvidemos. Cada día que pasa nos acerca más al final de la jornada de la vida, y nos equivocamos tristemente si imaginamos que nos acercamos al cielo mientras seguimos el camino que lleva al infierno. El camino ancho y espacioso por el cual tantos viajan conduce a la destrucción eterna. Solo el «camino estrecho y angosto» lleva a la «vida», y (nuestro bendito Señor añade palabras que deberían estremecernos) «pocos son los que la hallan» (Mt. 7:14). «Pocos» serán salvos porque sienten que el precio de la salvación es demasiado alto, porque la «puerta» es demasiado «estrecha» y el «camino» demasiado «angosto» para andar por él. ¿Serás tú de los «pocos» que serán salvos, o de los «muchos» que perecen en sus pecados?
No hay otra manera de ser piadosos sino crecer en santidad. Debemos ser santos, porque Dios así lo demanda de nosotros. Si verdaderamente le amamos, desearemos con todo nuestro corazón agradarle, ser santos y obedecerle. Él es nuestro soberano Legislador, y no hacemos más que despreciar a nuestro Señor y Maestro divino si no cumplimos con Sus demandas. «El que me ama, (no: debería guardar, sino:) guardará mi palabra» —declara Cristo en Juan 14:23. Nuestras vidas diarias deben «anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable». Debemos glorificarle en este mundo que lo rechaza. «A los que me honran, yo honraré» nos dice Él. No le honramos con expresiones vanas de nuestros labios, sino con una vida santa… una vida separada en corazón y propósito del mundo y de los mundanos, sean religiosos o no. «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:15).
Probablemente nada ha hecho más para traer mayor oprobio sobre el Evangelio de Cristo que la indiferencia, la impiedad, la falsedad e incluso las vidas perversas de aquellos que profesan llevar Su nombre. Así como el nombre de Dios era blasfemado entre los gentiles a causa de los judíos impíos en los días de Pablo, así ocurre hoy por las vidas impías de muchos de los que profesan ser seguidores de Cristo.
Citamos al obispo J. C. Ryle: “Miro al mundo y veo que la mayor parte de él yace en maldad. Miro a los que profesan ser cristianos y veo que la vasta mayoría no tienen del cristianismo más que el nombre. Abro la Biblia y oigo al Espíritu decir: “Sin santidad nadie verá al Señor”. Seguramente este texto debería llevarnos a considerar nuestros caminos y escudriñar nuestros corazones. Seguramente debería levantar en nosotros pensamientos solemnes y llevarnos a la oración”.
Quizás digas: Si fuésemos como usted dice que debemos ser, eso nos haría peculiares. ¿No nos dice Tito 2:14 que «Cristo se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras»? El verdadero pueblo de Dios siempre fue distinto del mundo que lo rodeaba. 2 Pedro 3:11 dice: «¿Qué clase de personas debéis ser vosotros en santa y piadosa manera de vivir?». Lo que nada nos cuesta, nada vale. Querido lector, permítame con toda seriedad presionar esto sobre su corazón: debemos tener algo más que un mero nombre cristiano. Para citar nuevamente al obispo Ryle: “Debemos ser santos en la tierra si alguna vez hemos de ser santos en el cielo. Él no lleva a nadie al cielo sino a aquellos a quienes santifica en la tierra. Las cosas viejas deben pasar, debemos llegar a ser nuevas criaturas”.
Es estremecedor saber cuán lejos puede llegar una persona en la profesión de religión y aun así no tener gracia, estar muerta ante los ojos de Dios y perderse al final. Judas Iscariote es un buen ejemplo. Cuando el Señor advirtió a los apóstoles que uno de ellos lo traicionaría, ninguno preguntó: ¿es Judas? Jamás lo sospecharon. No nos contentemos con que Cristo haya obrado una obra de gracia en nuestros corazones, a menos que podamos mostrar evidencia clara de la obra del Espíritu Santo en nosotros.
El obispo Ryle también escribió: “No me sitúo por encima de otros, y si alguien pregunta: “¿Quién es usted para escribir de esta manera?”. Yo respondo: “Soy una criatura muy pobre en verdad”. Pero digo que no puedo leer la Biblia sin desear ver a muchos creyentes más espirituales, más santos, más sencillos de corazón, más celestiales, más entregados de lo que son ahora. Quiero ver entre los creyentes más del espíritu de peregrinos, una separación más decidida del mundo, una conversación [manera de vivir] más evidentemente celestial, un andar más cercano con Dios. Ciertamente necesitamos en este día un estándar más alto de santidad, una santidad que distinguía a los santos de antaño. Nuestra plata se ha vuelto escoria, nuestra sal ha perdido su sabor. Estamos más que medio dormidos. Oh amigos, despertemos, porque «la noche está avanzada y el día se acerca». Echemos fuera todo peso y el pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, limpiándonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (Hb. 12:1; 2 Co. 7:1)»”.
A. W. Pink escribe: “Las condiciones en el mundo religioso están hoy tan bajas que las demandas de Dios se han rebajado, y el alto estándar de la Palabra de Dios tan descuidado y tan poco enfatizado, que es realmente raro encontrar cristianos profesantes profundamente preocupados por su estado espiritual. Tal es el bajo estándar que existe ahora, que muy pocos del pueblo del Señor tienen concepciones claras y perturbadoras de cuán lejos están de alcanzar el modelo santo que Dios ha puesto ante nosotros en Su Palabra. Ideales tan débiles y defectuosos de vida cristiana prevalecen ahora, que aquellos que se libran de los pecados más groseros que el mundo condena están perfectamente tranquilos, y se imaginan que todo está bien, y por lo tanto, poco temor de Dios hay en sus almas. Nuestros sentidos y percepciones espirituales están tan embotados que casi cualquier cosa se considera aceptable delante de Dios”. Muchos parecen pensar que son aceptados por Dios mientras sean exteriormente religiosos, morales, buenos ciudadanos y honestos.
El Dr. Lloyd-Jones, en su valiosa obra El Sermón del Monte, escribe: “El Evangelio de Jesucristo se ocupa del corazón… el corazón es el tema central de Su enseñanza. ¿Por qué? Porque el corazón es el centro de la personalidad, afecta las emociones, es la fuente de donde todo procede. «Bienaventurados los de limpio corazón», no meramente en lo externo, sino en lo profundo de su ser y en la fuente de toda actividad. Los de limpio corazón son aquellos que lloran por la impureza de sus corazones. Ser «limpio de corazón» significa guardar «el primer y gran mandamiento», que es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Además, significa que debemos vivir «para la gloria de Dios» en todo aspecto, y que este debe ser el supremo deseo de nuestra vida… Significa que deseamos a Dios, que deseamos servirle, y nuestro Señor declara aquí que solo aquellos que así lo hacen «verán a Dios». Por eso digo que esta es una de las declaraciones más solemnizadoras de toda la Sagrada Escritura, y sin embargo los hombres y mujeres reducen esto a un pequeño asunto de decencia, de moralidad, o de interés intelectual en las doctrinas de la fe cristiana. Pero recordemos que, si verdaderamente pertenecemos al Señor Jesucristo, estamos siendo preparados para entrar en la presencia del Rey de reyes; el día viene cuando veremos al Dios bendito cara a cara, ya no a través de un espejo oscuramente. ¿Nos damos cuenta de que estamos siendo preparados para esto? ¿Y ponemos nuestros afectos en las cosas no vistas y eternas? Si es así, entonces nuestra mayor preocupación, el supremo objetivo y deseo de nuestra vida será tener un «corazón limpio», ser «santos»”.
3. Conclusión
1 Juan 3:3 declara: «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro». Ahora bien, un «corazón puro» no significa, ni puede significar, un corazón del cual todo pecado ha sido quitado. No fue así con Job, como ya hemos mencionado, quien dijo: «He aquí que yo soy vil» (Job 40:4). No fue así con Daniel, quien reconoció: «y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se me cambió en desfallecimiento» (Dn. 10:8). Aun el piadoso Pablo, quien fue arrebatado hasta el tercer cielo y volvió otra vez, gemía diciendo: «¡Miserable de mí!» (Ro. 7:24). Cuando nacemos de nuevo en la regeneración, una nueva naturaleza o principio de vida nos es comunicado, el cual contiene en sí mismo deseos puros, intenciones puras. El temor de Dios es implantado, y el amor de Dios es derramado en nuestros corazones, y esto resulta en que nuestras almas suspiren por Dios, anhelando una plena conformidad a Su santa voluntad, y un sincero y continuo deseo y empeño de agradarle en todas las cosas. Un «corazón puro» es aquel que aborrece la impureza, que odia y evita el pecado, que hace conciencia aun de imaginaciones y deseos insensatos y pecaminosos, y de toda mala obra. Es un corazón que se siente completamente insatisfecho consigo mismo por causa del orgullo, la incredulidad, la enemistad, los malos pensamientos, y porque con demasiada frecuencia se permite el pecado en la vida, y no se confiesa ni abandona pronta y humildemente.
Nunca conoceremos la naturaleza del pecado de manera experimental hasta que entendamos lo que es la santidad. A. W. Pink escribe: “La santidad en el cristiano es principalmente una cualidad moral que produce conformidad a la voluntad o ley divina, y mueve a su poseedor a proponerse la gloria de Dios en todas las cosas. Esto, y nada menos que esto, puede satisfacer los requerimientos divinos: y este es el mayor don que Dios concede a Su pueblo”.
1 Juan 3:4 declara: «el pecado es infracción de la ley», lo cual no es otra cosa que un atropello contra los santos mandamientos de Dios, un acto de desafío contra el todopoderoso Legislador. Citando nuevamente a A. W. Pink: “El pecado, entonces, es un estado interno del corazón que rehúsa estar sujeto a Dios. Es desechar la ley divina, y levantar en su lugar la propia voluntad y complacencia propia. Sabiendo que la santidad es lo opuesto al pecado, esto nos ayuda a determinar algo más de la naturaleza de la santificación. La santificación es esa obra de la gracia divina en el creyente que lo restaura a la lealtad a Dios, regulando sus afectos y acciones en armonía con Su voluntad, escribiendo la ley en el corazón, moviéndolo a hacer de la gloria de Dios su fin y propósito supremo. Esa obra divina comienza en la regeneración y solo se completa en la glorificación. Solo después de que el principio de santidad nos ha sido impartido podemos discernir el verdadero carácter del pecado”.
Sean cuales sean los días o años que nos resten en esta escena terrenal, que sean santos, y entonces serán felices. Si vivimos, vivamos para el Señor. Resolvamos firmemente desde este mismo momento vivir como conviene a santos, el asunto principal de nuestra vida: «despojaos del viejo hombre con sus hechos, y vestíos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Col. 3:9-10). ¡Oh, que seamos hallados en paz por Él, sin mancha e irreprensibles en la venida del Señor! «Os ruego que soportéis la palabra de exhortación» (Hb. 13:22).