Preparándose para el matrimonio

James A. La Belle

Preparándose para el matrimonio

Hemos visto que el matrimonio es una ordenanza divina que Dios ha honrado de diversas maneras. También hemos visto que Dios ordenó el matrimonio con varios propósitos en mente y que, por tanto, se complace en bendecirlo con diversos beneficios1. ¿Por qué, entonces, tantos matrimonios no manifiestan este honor ni disfrutan de estos beneficios? La causa puede rastrearse, en la mayoría de los casos, hasta aquellos que se casan sin tener en cuenta al Señor del matrimonio. Si entramos al matrimonio de manera precipitada, insensata y sin buscar la bendición del Señor, entonces no podemos esperar que sea la experiencia deleitosa que fue diseñada para ser.

Nuestra entrada en el matrimonio es la raíz y el fundamento del mismo. Si el fundamento es defectuoso, entonces la casa no puede ser estable; si la raíz está podrida, también lo estarán las ramas y el fruto. Para procurar el honor que el Señor ha puesto sobre el matrimonio y disfrutar de sus beneficios, debemos acercarnos al estado matrimonial con la debida preparación y escoger sabiamente a nuestros cónyuges.

  1. Preparación debida

Casi todos entienden el valor de la preparación. Cuando tenemos una tarea importante por delante, como un examen en la escuela, una entrevista de trabajo o la visita de un supervisor a nuestro lugar de empleo, hacemos lo necesario para prepararnos y no ser tomados por sorpresa. Pero si optamos por “improvisar”, un solo fracaso o momento embarazoso suele ser suficiente para curarnos de tal indiferencia y enseñarnos una valiosa lección.

Otros factores pueden hacer que la preparación sea una necesidad absoluta. Por ejemplo, la necesidad de preparación aumenta en proporción al efecto que tendrá el resultado sobre nosotros y sobre otros. Algunas cosas que hacemos son relativamente insignificantes en comparación con otras que tienen un efecto dominó en nosotros y quienes nos rodean. Asimismo, una oportunidad limitada también puede determinar cuán importante es la preparación. El incentivo para prepararse crece exponencialmente si sabemos que solo tenemos una oportunidad para algo.

Scudder defendía el valor de la preparación, diciendo: “Los marineros aprenden su destreza antes de lanzarse a las profundidades; todos los artesanos estudian la teoría antes de la práctica; los hombres sabios pasan largo tiempo en contemplación antes de aventurarse en la acción. Es una regla conocida: la deliberación debe ser larga cuando la determinación puede darse solo una vez; y donde no hay lugar para segundas reflexiones que corrijan un error anterior, los primeros pensamientos deben ser cuidadosos, para que el error sea prevenido”2.

El matrimonio amerita preparación. Es “el atar un nudo que nada sino la muerte puede desatar”3. Tiene un efecto determinante sobre el gozo o la aflicción de nuestras vidas; y es una institución a la cual Dios se ha complacido en otorgar muchas bendiciones preciosas. Además, el matrimonio amerita una preparación proporcional. Sin preparación para el matrimonio —decía Whately—, sería como intentar volar sin alas, caminar sin piernas o ver sin ojos4. La forma correcta de entrar al estado honorable del matrimonio es “un asunto de máxima consecuencia para el bienestar5 o la miseria del hombre en esta vida, según se haga bien o mal”6.

¿Qué clase de preparación, entonces, es necesaria para asegurar un matrimonio feliz y piadoso? Dos cosas son absolutamente necesarias para sentar las bases de un disfrute estable y bendecido del matrimonio durante todos los días de tu vida. Primero, por la gracia de Dios, debes escoger a Dios para ti mismo; y segundo, debes buscar a tu cónyuge de parte de Dios.

a. Escoge a Dios para ti mismo

Las bendiciones y el honor del matrimonio dependen de honrar y glorificar a Dios en él. La principal preocupación de quien entra en el matrimonio debe ser, por la gracia de Dios, escoger a Dios antes que escoger a su cónyuge. “El pacto personal con Cristo debe preceder al pacto matrimonial”, dijo den Ouden7. “Debemos estar casados con Cristo —dijo Manton— antes de casarnos el uno con el otro; el pacto matrimonial debe iniciarse y concluirse entre Cristo y tú”8.

Lo que el matrimonio requiere de nosotros está mucho más allá de nuestras capacidades y fuerzas naturales. Los esposos y las esposas necesitan ayuda y gracia divinas para cumplir con sus deberes mutuos. Además, toda bendición y consuelo que el matrimonio ofrece exige una respuesta de alabanza y gratitud hacia Dios. Por lo tanto, la primera piedra que debe colocarse en el fundamento de un buen matrimonio es confiar en Cristo como nuestro Salvador. En la epístola dedicatoria al tratado de Henry Scudder La elección de un hombre piadoso, Jeremiah Whittaker escribió: “Antes que el Señor incline tu corazón a pensar en alguna elección [de cónyuge] en la tierra, permítenos rogarte que hagas tu elección en el cielo, para que el Señor Jesús sea el guía de tu juventud y así el Dios de tu vejez”9.

¿Cómo puede un hombre ser un esposo fiel a su esposa si carece del ejemplo del señorío de Cristo sobre él? (1 Co. 12:12-13, 27; Ef. 5:25-27). ¿Cómo puede un hombre ser un buen padre para sus hijos si no comprende el ejemplo de la paternidad de Dios? Para poner el fundamento de su fidelidad como esposo y padre en el matrimonio, un hombre debe rendirse primero al amor, cuidado y señorío de Cristo antes de buscar una esposa. De la misma manera, ¿cómo puede una mujer ser una esposa sumisa y colaboradora con su esposo si es una extraña a la sumisión y honra a Cristo? (Ef. 5:22-23). ¿Cómo puede una mujer ser una madre fiel a sus hijos si es ajena al cuidado, amor y nutrición que Dios da a sus hijos? Para poner el fundamento de su propia fidelidad como esposa y madre en el matrimonio, ella debe rendirse primero al amor, cuidado y ternura de Dios antes de procurar casarse.

Además, aunque el matrimonio ofrece beneficios y consuelos incomparables, también puede traer aflicciones y cuidados que están ausentes en la vida de soltero. ¿Cómo puede una persona estar lista para la abnegación, el servicio, el sacrificio y el amor que requiere el matrimonio si no está ya acostumbrada a ese comportamiento como discípulo de Cristo? (Mr. 8:34). ¿Cómo puede una persona ejercer el perdón que se necesita en el matrimonio si no ha experimentado primero el perdón de Dios? (Ef. 5:32). ¿Cómo puede una persona tener la paciencia, benignidad y fidelidad requeridas de un cónyuge y un padre, si no posee primero el Espíritu de Dios? (Gá. 5:22-23). ¿Cómo puede una persona ejercer castidad y pureza en el lecho matrimonial si los deseos de su corazón no han sido subyugados por la hermosura y el señorío de Jesucristo? (Job 31:1-4). ¿Cómo puede un hombre o una mujer aventurarse al matrimonio sin salvación, la cual los equipa para sus deberes y los arma contra sus tribulaciones? (Fil. 4:13).

Por lo tanto, es indispensable estar casados con Cristo en la salvación antes de casarnos con un cónyuge terrenal. Nuestro amor por Él y nuestra unión con Él no solo guiarán nuestras decisiones al buscar un cónyuge, sino que servirán como raíz y fundamento de nuestros matrimonios, haciendo que den fruto que honre a Dios, que agrade a nuestros cónyuges y que sea testimonio al mundo, al mismo tiempo que dé estabilidad a nuestros matrimonios en medio de todas las tormentas y pruebas de la vida. “En cuanto a vuestra fe en Jesucristo —escribió Greenham—, entended que el matrimonio es santo únicamente para aquellos cuyos corazones han sido santificados por la fe en su nombre. Y aunque Dios siempre aprobará su propia ordenanza [el matrimonio], sin embargo, necesariamente resultará perjudicial al final para aquellos que no buscan su bendición”10.

b. Busca a tu cónyuge de parte de Dios

La segunda cosa necesaria para un matrimonio piadoso es buscar a tu cónyuge de parte de Dios. Pues si, como declara Santiago 1:17, «toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces», y como testifica Proverbios 19:14, «la mujer prudente es de Jehová», entonces los buenos y apropiados cónyuges están en la mano de Dios y deben ser buscados de Él. Dios es, como dijo Scudder, “el gran Patrón, en cuya familia se hallan todas las personas prudentes, sabias, virtuosas y piadosas que se pueden desear; y si deseas a una de estas personas, empléate a obtener el favor de Dios [y] así hallarás una buena esposa» (Pr. 18:22)11.

Todo objetivo tiene un camino que conduce hacia él. Pero, como dice Proverbios 14:12, «hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte». Hay muchos caminos torcidos e indirectos que pueden cumplir el objetivo de un hombre, pero incluyen mucho sufrimiento, arrepentimiento y esfuerzo innecesario. En cambio, también hay un camino que lleva a un fin deseado con consuelo y deleite (Pr. 11:8; 21:23)12.

¿Cuál es el camino seguro que lleva a un cónyuge piadoso y a un matrimonio feliz? Scudder aconsejaba: “Ahora bien, si tu propósito es casarte, y casarte en el Señor, con una esposa y una buena esposa, con quien puedas comenzar tus días con gozo, continuarlos en paz, y terminarlos con consuelo, si este es el fin de tus pensamientos, entonces, sin duda, el camino más directo y recto para obtenerlo será buscarla de parte de Dios”13. Reyner dijo que este “hacer de Dios el comienzo de nuestros matrimonios” implica varias cosas: “Buscar con fervor el consejo y dirección de Dios en ello; que Él guíe nuestro afecto hacia el objeto correcto; que Él nos ayude a escoger un yugo apropiado; que la mujer sea un consuelo como ayuda idónea y el hombre una cabeza adecuada; y que esperemos recibirnos mutuamente como un don especial y una muestra del favor de Dios”14. Un cónyuge bueno y adecuado es, por tanto, el regalo del Señor para ti y la elección del Señor para ti, no el fruto de tu diligente búsqueda.

Para animarte a buscar tu cónyuge de la mano de Dios, considera las siguientes verdades. Primero, considera que Dios, el Escudriñador de todos los corazones (1 Cr. 28:9), es quien mejor puede guiarte y dirigirte hacia un cónyuge bueno y apropiado. Porque nuestras elecciones solo pueden hacerse con base en las apariencias, las cuales con frecuencia no representan el corazón verdadero (cf. 1 Sam. 16:6-7), es necesario buscar la ayuda de Aquel que ve y conoce el corazón. Como dijo Scudder, un cónyuge bueno y adecuado es “una flor que no crece en todo jardín, una hierba que no se encuentra en todo campo; [uno que] no se halla en cualquier casa. Puedes buscar mucho tiempo sin encontrarlo, y hallarlo y ser engañado, a menos que Dios te dirija”15.

Segundo, el Señor es quien mejor te conoce a ti y conoce tus necesidades. Un buen matrimonio une a dos personas complementarias. ¿Y quién sino el Señor sabe mejor qué tipo de persona te complementará? Sométete humildemente a la sabiduría del Dios omnisciente y perfectamente sabio (Job 36:5; Sal. 147:5).

Tercero, buscar un cónyuge del Señor es la manera más fácil de encontrar uno. ¡Qué fácilmente halló Adán a Eva! No solo dormía mientras ella era formada, sino que Dios mismo se la trajo (Gn. 2:21-23). Cuando buscamos un cónyuge del Señor, podemos dejar el asunto en Sus manos y, con confianza, paz y paciencia, esperar Su dirección. Él no defraudará a los que en Él esperan (Pr. 3:5-6; Sal. 27:14). No extraviará a quienes lo buscan, sino que ordenará sus pasos y afirmará sus caminos (Sal. 37:23-24). En verdad, Él preparará primero nuestra unión en el cielo, y luego, sin falta, nos guiará a nuestros cónyuges, y a nuestros cónyuges hacia nosotros. “Ningún matrimonio se consuma en la tierra que no haya sido primero dispuesto y concertado en el cielo; y ninguno es bendecido aquí que no haya sido misericordiosamente concedido allá”, observó Gataker16.

Cuarto, considera que nadie ha hallado un cónyuge bueno y adecuado de mejor manera que recibiéndolo de la mano del Señor. Muchos han encontrado un cónyuge rico, de alto rango social, hermoso o hermosa, cortés o amable; pero sin la bondad y la idoneidad que el Señor provee en un cónyuge, esas otras cualidades pronto resultan vanas y se desvanecen. Considera la ansiedad, el descontento, la decepción e incluso el desconcierto que llenan a quienes buscan un cónyuge aparte de Dios. Solo quienes buscan su cónyuge de parte del Señor “gozan de mucho deleite y paz al buscar, contentamiento al encontrar y consuelo al poseer”17.

Quinto, reconoce el gobierno supremo de Dios sobre todas las cosas y sométete a Su guía y dirección en un asunto que afecta no solo nuestra felicidad y obediencia a Él (Ef. 5:22, 25), sino también a los hijos que habremos de criar en Su nombre (Mal. 2:15). Scudder dijo: “Si nos lanzamos a un asunto de tanto peso y nos aventuramos en asuntos de tanta importancia sin comunicarlo a Dios, sin buscarle a Él por ello, ni implorar Su ayuda y asistencia para llevarlo a cabo, ¿qué es esto sino arrancarnos el yugo de Su cuello, desechando toda obediencia y sujeción a Él, como si no dependiéramos de Él, y por tanto quisiéramos [volar] en todas direcciones de Su presencia?”18.

Sexto, sea cual sea el resultado del matrimonio, la única manera en que podremos hallar consuelo en nuestras decisiones es si podemos decir con plena paz de conciencia que nuestros esposos o esposas fueron buscados y recibidos del Señor (Pr. 16:9; 3:5-6). Si tu esposa resulta ser la mujer virtuosa y piadosa que buscaste, entonces “el consuelo fluirá por todos lados; gran consuelo te será devuelto, que Dios se dignó graciosamente a inclinar Su oído hacia ti y darte tan favorable prenda de Su bondad. Cada vez que pongas tus ojos en ella, podrás con gozo levantar tus ojos a Dios y decir: «He aquí, esta es la esposa que tú me diste», y bendecirle porque te ha dado una heredad tan buena”19.

Pero si tu esposa resulta ser una mujer problemática y difícil, aún podrás hallar consuelo —decía Scudder— si tienes “el testimonio interior de tu conciencia, que da testimonio a tu favor, de que sinceramente encomendaste tu camino al Señor, y te apoyaste en Él para recibir dirección en esto. He aquí, puedes estar seguro de que todo obrará para tu bien. Aquel que te llevó a esta condición, te sostendrá en ella. O aliviará el peso de tu carga, o fortalecerá la debilidad de tus hombros”20. Por el contrario —proseguía Scudder—, si este matrimonio fue “una tela tejida por ti mismo”, entonces tú mismo has traído esta cruz sobre ti, y debes “poner tu mano sobre tu boca [y] someterte con paciencia; el arrepentimiento será lo más apropiado para tu consuelo”21.

Séptimo, si buscaste a tu cónyuge del Señor y puedes reconocer Su mano en tu matrimonio, estarás capacitado para darle gracias por tu cónyuge y armado contra la tentación de lamentar tu elección. Como escribió Scudder: “Esto te guardará de arrepentirte de tu unión, de desear no haberte casado con esta persona, y de desear haberlo hecho con tal o cual. Ya no podrás decirle al otro, ni reprocharle: «Yo podría haberme casado con alguien tan hermoso, tan bien parecido, tan rico, tan capacitado». No, ahora verás que no podías haber tenido a otro; este es el hombre, esta es la mujer que Dios me ha dado. Debes decir: “Por tanto, me satisfaré agradecida y contentamente con esta mi suerte y porción”22.

Finalmente, considera los beneficios de recibir un cónyuge de la mano de Dios23. Primero, esto te animará a dar toda la gloria a Dios por el consuelo y deleite que encuentres en tu cónyuge. A menudo olvidamos que la mano detrás de todas nuestras bendiciones es la del Señor (Sal. 103:2-5), y no lo alabamos suficientemente por sus misericordias. Pero cuando recibes a tu cónyuge de la mano de Dios, tu corazón será movido a alabarle durante todo el matrimonio. Segundo, tendrás una mayor obligación de glorificar a Dios en tu matrimonio cuando reconoces que tu cónyuge viene de Él, pues esto convierte tu matrimonio en una mayordomía que te ha sido confiada. El matrimonio es un “talento” que debemos invertir para Su gloria. Tercero, las cruces y pruebas del matrimonio se aliviarán al saber que no entraste a esta relación ciegamente o movido por pasiones, sino que recibiste a tu cónyuge del Señor. Aquel que te dio un cónyuge también te sostendrá en el matrimonio para que obre el bien que Él ha determinado. Cuarto, te capacita para orar por las necesidades de tu cónyuge, sean temporales o espirituales, como por aquel(a) que Dios te ha dado. Quinto, te ayudará a aceptar más voluntariamente la separación en la muerte, cuando reconozcas la mano del Señor en tu matrimonio. Aquel que da libremente, tiene libertad también para quitar, y podemos ser consolados al saber que tanto el dar como el quitar son actos de Su sabiduría y amor.

En resumen, la felicidad de nuestros matrimonios tiene mucho que ver con la persona con quien nos casamos. Si somos descuidados o pecaminosos en nuestras elecciones, sin duda las lamentaremos, porque las bendiciones del Señor se apartarán de nosotros. Por tanto, debemos buscar a nuestros cónyuges de parte de Dios si queremos ser agradecidos y estar contentos en el matrimonio.

2. Cómo buscar un cónyuge

¿Cómo puede uno buscar un cónyuge de parte de Dios? Por el mismo medio con que se buscan todas las demás misericordias de Dios: la oración. “Si el siervo de Abraham oró al Señor para que prosperara su misión (Gn. 24:12), cuando fue a escoger esposa para otro —escribió Smith—, ¡cuánto más deberías orar tú cuando vayas a escoger una esposa para ti mismo, para que luego puedas decir: «Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos»!”24.

Un cónyuge debe obtenerse de la mano del Señor en respuesta a una súplica ferviente y dirigida. Como dijo Crisóstomo: “Cuando busques esposa, corre hacia Dios; porque no se avergüenza de actuar como tu padrino… Cuando estés afanada buscando esposo, ora a Dios y di: «Señor, entrégame a quien quieras, y a quien tú quieras, a mí»”25. Ambrosio lo expresó así: “Que [el hombre] asedie el trono de la gracia con fervorosa oración; una buena esposa es un don inmediato de Dios… Un tesoro tan raro y precioso [como una esposa piadosa] debe ser solicitado y buscado ante el propiciatorio de la misericordia de Dios con extraordinaria insistencia y celo; y si ella se obtiene de la mano de Dios por medio de la oración, se hallará en ella mil veces más dulzura y consuelo que si hubiese sido enviada por una providencia ordinaria”26.

¿Qué debemos pedir exactamente al Señor? Scudder sugiere lo siguiente27:

Primero, pide que Dios te dé sabiduría y entendimiento, para que cuando conozcas a una posible pareja, tu corazón no se distraiga con su belleza, riqueza o cualidades naturales, y así descuides lo que debe ser tu principal preocupación: la gracia en el corazón. “No ames primero y luego consideres; más bien, considera primero y después ama. Fija tu atención principalmente en el alma de la persona”, escribió Steele28.

Segundo, pide al Señor que no ate tus afectos a alguien cuyos afectos no estén ya atados a Él, y que tu amor no sea entregado a quien no ha entregado su amor a Él. Puesto que podemos ser engañados por las apariencias agradables, debemos rogar al Señor que escudriñe y pruebe nuestros corazones, y que no permita que nuestros afectos sean desviados por un “fuego pintado”.

Tercero, si después de que tus afectos se han inclinado hacia otra persona descubres que la verdad de la gracia no está en su corazón, entonces debes rogar a Dios fervientemente por la gracia de retirar tus afectos de esa persona, para que no permanezcas pecaminosamente apegado a alguien que podría alejarte del Señor. “Ruega a Dios —decía Scudder— que Aquel que somete todas las cosas a sí mismo, someta también tus afectos y los lleve a la sujeción de su voluntad, para que sean como el siervo del Capitán, que va y viene a su voluntad”29.

¿Cómo puede alguien esperar hallar un cónyuge del cual esperar placer y consuelo y con quien glorificar a Dios, si no consulta primero al Señor con mucha oración? Dios sigue siendo el gran y sabio Casamentero (Gn. 2:22). ¿Por qué habríamos siquiera de intentar buscar un cónyuge sin Su ayuda y dirección? (Pr. 18:22). Steele exhortaba: “Cuando veas que estás llamado al [matrimonio], asegúrate de encomendarlo fervientemente a Dios en oración, como lo hizo el siervo de Abraham (Gn. 24:12). De este modo, «reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas» (Pr. 3:6). Ningún asunto es tan crítico, ninguno tan de peso; y por tanto, ningún asunto exige tanto una oración solemne y ferviente”30.

Vayamos, pues, a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche (Stg. 1:5), y pidámosle no solo que nos conceda un cónyuge, sino que nos una con aquel que sea apropiado para nosotros. Vayamos a Dios y pidámosle que nos una a nuestro cónyuge no solamente por la ordenanza del matrimonio, sino también por la mano de Su buena, sabia y amorosa providencia31. Porque, como escribió Manton: “Dios ordenará todas las cosas para bien, cuando no vamos delante, sino que le seguimos… y no nos atrevemos a emprender nada que no esté conforme a Su voluntad”32. “Es cosa bienaventurada —añadía— estar bajo la dirección de Dios, ser guiado o apartado por un Guía tan sabio, tan poderoso y tan suficiente; porque se complace en hacer bien a tales personas, y se deleita en Sus resoluciones de prosperarlas”33.

3. Cómo encontrar un cónyuge apropiado

No solo debemos buscar a nuestros cónyuges del Señor mediante la oración, sino que también debemos examinar a aquellos que Él pone en nuestro camino para ver si son adecuados para nosotros. Es decir, no basta con buscar un cónyuge por medio de la oración; debemos también buscarlo en oración. Nuestra principal preocupación debe ser que Dios nos guíe y dirija en nuestras decisiones; pero, bajo la protección de Su providencia, debemos mirar aquellas cualidades en una persona que la hacen apta como compañera o compañero.

Dos cosas deben ahora ocupar nuestra atención: Primero, ¿qué distingue a un buen cónyuge? Segundo, ¿cuáles son las señales de un cónyuge agradable? Los puritanos se preocupaban de que ninguna de estas consideraciones fuera pasada por alto, y de que la primera tuviera prioridad sobre la segunda, ya que una persona debe primero estar calificada como buena antes de considerar su congenialidad. Smith escribió: “Cuando estas [dos consideraciones] son observadas con cuidado, pueden unirse y decir, como dijeron Labán y Betuel (Gn. 24:50): «De Jehová ha salido esto», y por tanto, no hablaremos en contra” (Gn. 24:50). ¡Cuán felices son aquellos en quienes la fe, el amor y la piedad están ya casados, antes de que ellos mismos se casen!34

Muchos se acarrean dolores innecesarios porque invierten este orden. Ponen sus afectos sobre alguien que no está calificado como buen cónyuge, con la esperanza de que el amor corregirá todo error. Pero ningún grado de amor puede hacer apto a quien está descalificado. Es decir, por más que amemos a alguien, no podemos volver su corazón a Dios como para considerarlo lícitamente.

a. La señal de un buen cónyuge

La señal de un buen cónyuge es la presencia de gracia salvadora verdadera o de piedad, es decir, una relación personal con el Señor Jesucristo como Salvador. Quienes carecen de esta señal —por más amables, hermosos o encantadores que parezcan— no son adecuados para nosotros, pues los que pertenecemos al Señor Jesucristo no tenemos ningún derecho ni justificación para cortejar, salir o casarnos con ellos. ¿Puede Aquel en quien no hay «ningunas tinieblas» (1 Jn. 1:5) darnos un cónyuge en quien no hay más que tinieblas y ninguna luz? ¿Por qué, entonces, consideraríamos siquiera una relación sentimental con tal persona? Según el apóstol Pablo, la unidad con Cristo es el criterio de un buen cónyuge. Pablo dice a la iglesia de Corinto que tenemos libertad para casarnos “con quien queramos; solo en el Señor” (1 Co. 7:39).

Es pecado que un creyente se case con un incrédulo, pues la Escritura nos insta a casarnos solo en el Señor. La importancia de esta marca es reforzada por los siguientes consejos de varios puritanos. “Casarse en el Señor —escribía Daniel Rogers— es usar de toda nuestra diligencia discreta para buscar compañeros que (por caridad y evidencia) ya estén desposados con el Señor Jesús su esposo por la fe, y como señal de ello, se mantengan cerca de Él en obediencia; o que estén esforzándose sinceramente por llegar a estarlo… Pero ten cuidado —continuaba— de no intentar ningún matrimonio en el cual no pueda percibirse ninguna de estas cosas”35.

Cuando Robert Bolton aconsejaba sobre cómo asegurar entra correctamente al matrimonio, comenzaba con esta señal como el primer y más importante punto a considerar. Escribía:

En cuanto al primer punto: que tu elección sea en el Señor, conforme a la regla del bienaventurado San Pablo: «solo en el Señor» (1 Co. 7:39). Que la piedad sea el primer motor de tu afecto, la consideración principal y primordial en este asunto de máxima importancia; y entonces, considera el físico, la familia, la dote y demás cosas externas y añadiduras mundanas, como accesorios confortables, dignos de ser considerados solo en segundo lugar. Que diga el mundo lo que quiera; para una mente verdaderamente noble y ennoblecida por la gracia, la más absoluta conjunción de belleza, oro, linaje, ingenio o cualquier otra cosa notable y admirable en ese sexo, no debería ser nada, ni tener el más mínimo peso en comparación con la pluma más ligera sobre la cabeza de una dama, si se compara con una graciosa disposición y un corazón piadoso. La religión, o el temor de Dios, así como es generalmente el fundamento de toda felicidad humana, debe ser especialmente considerada como el fundamento de todo consuelo y bienaventuranza que el hombre y la mujer desean hallar al disfrutarse mutuamente. Jamás hubo oro, ni grandes amistades, ni belleza, ni ostentación externa que ataran de forma verdadera y confortante el lazo matrimonial. Solo el vínculo dorado y noble del cristianismo y la gracia tiene el poder y el privilegio de hacer de ese vínculo tan querido algo hermoso y perdurable, que pueda sazonar y fortalecer esa cercanía inseparable con verdadera dulzura e inmortalidad36.

Immanuel Bourne propuso “veinte vínculos de oro del amor” para preservar un fuerte amor entre esposo y esposa. Encabezando estos vínculos —y haciendo que los demás dependieran de este— estaba el cuidado especial de asegurarse de que uno se case con un creyente verdadero, es decir, no solo con alguien que profese ser cristiano, sino con alguien que viva piadosamente y tema a Dios. “Porque así —escribió Bourne— los matrimonios se contraen con mayor prosperidad, y puede esperarse una bendición cuando ambas partes casadas temen a Dios. Tales personas son declaradas bienaventuradas por el Espíritu Santo” (Sal. 112:1-3). “Pero por el contrario… sin el temor de Dios… puede esperarse más bien una maldición que una bendición”37.

Jeremy Taylor dio directrices similares: “Comienza, por tanto, con Dios. Cristo es el Presidente del matrimonio y el Espíritu Santo es la Fuente de las purezas y de los amores castos, y Él es quien une los corazones. Por lo tanto, que nuestra primera solicitud sea en el tribunal del cielo y con propósitos de piedad, seguridad o caridad. Que ningún espíritu impuro los contamine… que todos estos compromisos comiencen con afectos religiosos”. Taylor continuaba: “A veces rogamos a Dios por una esposa… y solo Él sabe qué llegará a ser esa esposa, y por qué disposiciones y costumbres… pero no necesitaremos temer respecto al desenlace si la religión, las intenciones puras y la prudencia manejan y dirigen todo el proceso”38.

El autor anónimo de El nuevo deber completo del hombre enseñaba que la salvación del futuro cónyuge debe ser la principal consideración en el matrimonio, ya que no solo hará feliz el matrimonio, sino que también se ajustará mejor a nuestra propia relación con Cristo: “Quienquiera que tenga intención de casarse, no debe fijarse tanto en la apariencia exterior o en la belleza, riqueza, etc., sino más bien en las cualificaciones espirituales de la persona con la que desea unirse; esto hará que ese estado de vida sea verdaderamente santo y servirá al gran fin de la salvación del alma. Aunque una cantidad suficiente de recursos para vivir con comodidad es deseable, un hombre o mujer virtuoso vale más que todas las riquezas y honores que el mundo pueda ofrecer”39.

William Whately escribía con franqueza sobre los problemas y desafíos en el matrimonio; pero aconsejaba a sus lectores que, dado que muchos de los problemas matrimoniales provienen del pecado, muchos pueden evitarse desde el principio si se tiene cuidado de casarse en el Señor. En consecuencia, dirigía al hombre soltero a “entrar discreta y religiosamente en el matrimonio, observando tal cuidado debido, que pueda desde su misma entrada cortar de raíz y detener la fuente de muchos problemas… Lo más importante al construir es poner un buen fundamento. Sin duda, así es en este asunto del matrimonio, en el cual, quien hace una entrada piadosa y sabia, hallará que su andar será mucho más llevadero y confortable de lo que cualquier esfuerzo posterior podría lograr, si no hubo este primer cuidado”40.

Whately añadía más adelante: “Tener un compañero de yugo adecuado evitará muchos problemas matrimoniales y hará que todo sea más fácil. Ahora bien, en un compañero de yugo, lo principal que se debe desear es la virtud y la piedad; y quien, al elegir, les dé el primer lugar, seguramente será bendecido en su elección. Pero quien antepone otras cosas más bajas y vanas, actúa de manera absurda y necia, y pone la carreta delante de los caballos… nunca podrá avanzar cómodamente por el camino que desea seguir”41. Advertía: “Jóvenes, no se destruyan a ustedes mismos buscando una buena apariencia, sino que tanto padres como hijos juzguen como Dios juzga, y sigan Su consejo, que dice: No el rico, no el hermoso, sino que «el justo es más excelente que su prójimo» (Pr. 12:26)”. “Quien mejor asegura la felicidad en el matrimonio es aquel que no elige el cuerpo más fino, el rostro más hermoso, la mayor riqueza o la mejor posición, sino el corazón más santo, el alma más rica, el espíritu más bello y el hombre o mujer más virtuoso. Este es el fundamento de la dicha en el matrimonio. Pon este fundamento desde el principio, [porque] de otro modo nunca podrás levantar un edificio confortable”42.

Richard Steele ofreció varias formas para ayudar a una persona a ser fiel en sus deberes conyugales. Al exhortar a sus oyentes a tener gran consideración en la elección de un cónyuge, Steele urgía:

Fija principalmente tu atención en el alma de la persona. Muchos se casan para unir tierras, o dinero con dinero; pero asegúrate de que su alma encaje bien con la tuya. Pues ninguna belleza, amigos ni dote te asegurarán una vida confortable si el orgullo, la ira o cualquier otra concupiscencia domina en el alma. ¿Y por qué habrías de casarte con una cruz perpetua por algún provecho o deleite momentáneo? Por tanto, corresponde al hombre —y especialmente a la mujer— procurar casarse con un miembro de Cristo, una persona religiosa; [de quien] se puede esperar con mayor razón el cumplimiento consciente43 de sus respectivos deberes. Y si tales personas no resultan ser los mejores esposos o esposas, no es por causa de su piedad, sino por su falta de ella43.

Exhortando a sus oyentes a rendirse completamente a Dios para poder ser buenos esposos:

Hasta que no seáis regenerados y santificados de forma salvadora, no podéis agradar a Dios, ni ser plena bendición el uno para el otro. Ciertamente podéis convivir como paganos civilizados; pero ¿qué es esto en comparación con la vida cristiana? La religión os unirá firmemente a Dios; la religión os unirá firmemente el uno al otro. Un buen temperamento puede hacer mucho; pero una nueva naturaleza añadida a ello hará aún más44.

Henry Smith ofrecía este consejo al elegir una esposa (aplicable igualmente al elegir un esposo): El primer consejo es que sea piadosa,

porque nuestro cónyuge debe parecerse a la esposa de Cristo, es decir, adornada con dones y bordada con virtudes, como si nos casáramos con la misma santidad. El matrimonio entre el hombre y la mujer es comparado por el apóstol con el matrimonio de Cristo y la iglesia (Ef. 5:29). Ahora bien, la iglesia es llamada santa… sin mancha… hermosa por dentro… Así también nuestro cónyuge debe ser santo, sin mancha y hermoso por dentro. Así como Dios mira el corazón (1 Sam. 16:7), nosotros también debemos mirar el corazón, porque eso es lo que hemos de amar, y no el rostro45.

Más adelante Smith observaba:

Aunque la herejía y la irreligión no son causa de divorcio —como enseña Pablo—, sí son causa de restricción… Cristo dice en Mateo 19:6 y Marcos 10:9: «Lo que Dios juntó no lo separe el hombre»; así también puedo decir: Que ningún hombre junte lo que Dios separa. Pues si nuestro padre terrenal debe estar complacido con nuestro matrimonio, ¡cuánto más deberíamos agradar a aquel Padre que ordenó el matrimonio!46

William Secker afirmaba que una esposa (y esto aplica también a un esposo) debe ser santa, perteneciente al Señor como cristiana: “Si el adulterio puede separar un matrimonio ya contraído, la idolatría puede impedir un matrimonio no consumado. El ganado de diversas especies no debía mezclarse: «No os unáis en yugo desigual» (2 Co. 6:14). Es peligroso tomar por esposa a quien no quiere tomar a Dios por esposo. No conviene47 que una sola carne sea de dos espíritus distintos. ¿No hay otro árbol que te guste en el jardín, sino precisamente el que da fruto prohibido?48

Finalmente, Richard Baxter escribió: “No permitas que los motivos carnales te persuadan a unirte a una persona impía. Más bien, que el santo temor de Dios tenga preferencia en tu elección sobre toda excelencia mundana. No te cases con un cerdo por causa de un comedero de oro, ni con un alma fea por causa de un cuerpo hermoso”49.

Si hay tan grande beneficio en casarse “solamente en el Señor”, entonces también debe haber gran peligro en casarse fuera de Él. Para evitar ese peligro, Secker advirtió contra tres cosas que comúnmente extravían a los pretendientes:

No escojas por belleza; no escojas por riquezas; no escojas por dignidad. Porque el que busca belleza, compra un retrato; el que ama por riquezas, hace una transacción; y el que se precipita por dignidad, se casa con una multitud a la vez50.

Respecto a la belleza, Secker advertía:

Si la carne de una mujer tiene más de belleza que su espíritu de cristianismo, es como veneno en dulces, lo más peligroso (Gn. 6:2)… Cuídate de pecar ante las señales más atractivas51.

Respecto a las riquezas, decía:

Algunos están tan degenerados que creen que cualquiera es suficientemente bueno… con tal de que tenga suficiente dinero. ¡Cuídese, porque a veces la bolsa y la carga vienen juntas! Cuando Temístocles52 iba a casar a su hija, dos pretendientes la cortejaban: uno rico pero necio, y otro sabio, pero pobre. Y, al preguntársele cuál de los dos prefería para su hija, respondió: “Prefiero que tenga un hombre sin dinero que dinero sin un hombre53.

Respecto a la dignidad de linaje o posición social, escribió:

Un buen árbol puede alimentar ramas estériles. Así también, hay hijos que no honran a sus padres, sino que les traen afrenta: descienden de un linaje noble, pero sus pensamientos son indignos… La piedad es un honor mayor que el linaje. Ella es la mejor dama que hereda sus propios méritos, y no el linaje degenerado de la virtud ajena54.

Baxter citó varios problemas que enfrentan quienes se casan fuera del Señor55. Primero, decía, provoca gran sospecha de impiedad. Los cristianos que conocen tanto la miseria de un alma incrédula como la excelencia de un alma en la que se ve la imagen de Dios, nunca pueden ser indiferentes a unirse en matrimonio con un impío. Por tanto: “Quien prefiere deliberadamente las riquezas y la belleza en otro antes que la imagen y el temor de Dios da una señal muy peligrosa de un corazón sin gracia. Si valoras más la belleza y las riquezas que la piedad, tienes una de las señales más seguras de que tú mismo eres impío… ¿No muestra esto que o no crees en la Palabra de Dios, o que no amas ni estimas Su causa? De otro modo, tomarías a Sus amigos como tus amigos y a Sus enemigos como tus enemigos… ¿Puedes casarte tan fácilmente con un enemigo de Dios?”56.

Segundo, quienes temen a Dios desean un cónyuge que sea ayuda para el alma, que los impulse hacia el cielo, que ore con ellos y los anime a amar a Dios y tener la mente puesta en lo celestial. Si te casas con un impío, o bien no tienes ese deseo, o sabes que no has escogido nada más sabio que elegir agua para encender fuego, o una cama de nieve para calentarte57. Los frutos de un yugo desigual serán solo sufrimiento, pues ambos intentarán tirar del mismo yugo en direcciones opuestas. Como escribió un puritano: “Donde el enlace es impropio58, donde la unión en cuerpo es desunión en espíritu, donde hay afectos, corazones y religiones contrarios, deberes sin cumplimiento, uno contradiciendo al otro, o uno de los dos tan insensato que no admite amonestación— ¿cuáles son los frutos sino ira, amargura, contienda, dominio, contradicción; tomarlo todo por el lado malo; celos, reproches, descontento, engaño, tretas secretas, conspiraciones; necesidades59 sin compadecerse el uno del otro, trabajos sin ayudarse mutuamente; buscando cada uno su propio crédito con descrédito para ambos, con muchos otros [frutos] tan dolorosos de mencionar como cualquiera de los ya dichos?60.

Tercero, si te casas con un incrédulo, no tendrás un ayudador en el camino al cielo, sino un obstáculo. Un cónyuge incrédulo te llamará desde tus oraciones con distracciones mundanas, echará pensamientos terrenales sobre tus meditaciones y sofocará tu conversación celestial con pláticas terrenales. “Un obstáculo tan cercano, en tu propio seno —advirtió Richard Baxter— será peor que mil que estén más lejos. Así como un corazón impío, que está más cerca de nosotros, es nuestro mayor estorbo (Ro. 7:21-24), así también un esposo o esposa impía es peor para nosotros que muchos vecinos impíos”61.

Cuarto, un compañero impío será una tentación continua al pecado.

Quinto, ese cónyuge será un continuo dolor para tu alma al pensar cómo, al morir, deberán separarse y cuán terribles tormentos le esperan a él o ella mientras tú descansas en el cielo.

Sexto, un cónyuge impío será incapaz de recibir la parte principal de tu amor. Tal vez puedas amarlo como esposo o esposa, pero nunca podrás amarlo como hermano o hermana en Cristo.

b. Las señales de un cónyuge compatible

1). La importancia de la compatibilidad

Un cónyuge no solo debe ser bueno, sino también compatible, es decir, idóneo para ti como compañero. Henry Scudder advirtió: “Así como no puedes escoger a quien no es piadosa, tampoco puedes escoger a cualquiera que sí lo sea. Puede que sea buena, pero no buena para ti; puede ser una esposa apta, pero no apta para ti. Por tanto, amplía tus ruegos: que Dios no solo te provea de una buena esposa, sino de una esposa idónea, idónea en todos los aspectos”62.

Si la piedad es la primera regla para escoger esposa, entonces la idoneidad es la segunda. “No basta con ser virtuoso —escribió Smith—, sino que también hay que ser adecuado; porque diversas63 mujeres tienen muchas virtudes, y sin embargo no son adecuadas para ciertos hombres; y diversos hombres tienen muchas virtudes, y sin embargo no son adecuados para ciertas mujeres; y por eso vemos muchas veces que incluso las parejas piadosas riñen cuando están casadas, porque hay alguna falta de idoneidad entre ellos… Los que son semejantes no se esfuerzan entre sí; pero los que son diferentes, son fuego y agua. Por eso alguien observa que la concordia no es otra cosa que semejanza; y que toda contienda es por falta de idoneidad, como en las cosas que no encajan entre sí”64.

Casarse es quedar unidos bajo un mismo yugo; pero ¿cómo podrá una pareja tirar armónicamente del yugo del matrimonio si están desigualmente uncidos? William Whately dijo: “Busca, por tanto, un compañero de yugo adecuado para ti; porque el acuerdo entre los casados es el mejor alivio contra todas las tribulaciones, y esta es la manera más segura de procurar tal acuerdo”65. El matrimonio mismo no puede hacer compatibles a dos personas. Es ingenuo, si no necio, imaginar que dos personas que se perciben incompatibles antes del matrimonio, serán compatibles después de casadas, como si el matrimonio fuera una especie de remedio milagroso que borrara todos los defectos de carácter y reconciliara a dos que antes eran tan diferentes como el día y la noche. Por el contrario, el matrimonio expone el verdadero carácter y comportamiento. Lo que causa fricción antes del matrimonio, causará aún más fricción durante el matrimonio.

Por tanto, es fundamental que consideremos la idoneidad de una persona antes de casarnos con ella. Debemos observar a una persona en distintos contextos, evaluando su idoneidad mediante varias medidas diferentes. Aquellos que se precipitan al matrimonio sin juzgar la idoneidad de su pareja pronto lamentan sus decisiones y encuentran que la rutina diaria de su relación es dolorosa, pesada y penosa. Esos matrimonios rara vez son felices y, a menudo, terminan en divorcio como único medio de corregir una elección imprudente66.

2). Seis señales de idoneidad

Entonces, ¿cuáles son las señales de idoneidad? ¿Qué debe buscar una persona al discernir la compatibilidad? Isaac Ambrose ofreció lo siguiente: “Que observe y tome nota de estos seis puntos en su elección: la reputación, el rostro, el habla, el atuendo, los compañeros y la educación. Estos son como los pulsos que muestran la idoneidad y la piedad de cualquier persona con quien uno debería casarse”67. Consideremos cómo estas señales pueden ayudar a determinar la idoneidad de otro, ya sea hombre o mujer:

  1. La reputación. ¿Qué clase de reputación tiene? ¿Cómo hablan de él en su ausencia? ¿Qué tipo de crédito tiene en la comunidad, el lugar de trabajo o la escuela? Proverbios 22:1 nos dice que «más vale el buen nombre que muchas riquezas, y el favor que la plata y el oro». Busca a aquellos de quienes se hable bien, que tengan buen testimonio entre los hombres, y que no puedan ser acusados de vivir en pecado. Si el mundo habla bien de él, ¿es porque es del mundo o porque el mundo se siente atraído por su bondad? Si es piadoso, el testimonio de la iglesia debería confirmarlo. Se dijo de Zacarías y Elizabet: «Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor» (Lc. 1:6). Un buen informe de su reputación está lejos de ser infalible, pero es un buen punto de partida, y debemos tener cuidado con aquellos que no tienen buen testimonio entre el pueblo de Dios.

_2._El rostro. Reflexionando sobre Eclesiastés 8:1, Smith dijo: “La piedad está en el rostro del hombre, y la necedad está en el rostro del hombre, y la maldad está en el rostro del hombre”68. Así, el semblante de una persona revela mucho de su carácter. ¿Tiene él la mirada altiva de la que leemos en Proverbios 6:17? ¿Tiene ella la mirada arrogante que el Señor reprende en Isaías 3:16? ¿Su semblante revela un corazón airado e inconforme? ¿Revelan sus ojos un corazón lascivo y desenfrenado? Debemos tener cuidado con los rostros que revelan un corazón orgulloso, iracundo, lujurioso o inconforme, y buscar la piedad que brota de un corazón piadoso.

_3._El habla. Cristo declaró en Mateo 12:34 que «de la abundancia del corazón habla la boca». El habla es una medida confiable de una persona. El “fruto de los labios” lo condenará o lo recomendará (Mt. 12:37; Pr. 16:23; 18:7). ¿Hay impureza en su habla? Entonces hay impureza en su corazón. ¿Hay amor propio en su habla? Entonces hay amor propio en su corazón. ¿Hay coquetería en su habla? Entonces hay lujuria en su corazón. Por el contrario, ¿hay ternura y compasión en su habla? Entonces hay misericordia y amor en su corazón. ¿Hay mansedumbre y contentamiento en su habla? Entonces hay un espíritu apacible y satisfecho en su interior. Aquellos que no pueden refrenar su lengua tienen una religión vana o inútil (Stg. 1:26), por lo tanto debemos cuidarnos de aquellos cuyo hablar no es el lenguaje de Canaán que amamos.

_4._El atuendo. Cómo se viste una persona revela cómo se ve a sí misma y cómo quiere que otros la vean. ¿Se viste para que otros piensen mejor de él de lo que realmente es? Smith escribió: “No esperes encontrar algo mejor dentro que lo que ves por fuera, porque todos parecen ser mejor de lo que son; si el rostro es vanidad, el corazón es orgullo”69. ¿Se viste para los hombres o para el Señor? ¿Se viste una mujer para atraer las miradas de los hombres? Si disfruta atrayendo los ojos de los hombres, ¿qué revela esto de los deseos de su corazón? ¿O se viste con modestia para reflejar su humildad ante el Señor, de modo que su belleza —que es un don del Señor para su esposo— no se convierta en tropiezo para otros? El atuendo es, a menudo, una ventana clara a los deseos e inclinaciones del corazón. Por tanto, ten cuidado con aquellos que se visten para ser vistos como siervos de los hombres, y no como siervos de Dios (Is. 3:16).

_5._Los compañeros. Smith dijo: “Las aves del mismo plumaje volarán juntas, y los compañeros en el pecado serán compañeros en complicidad, como el joven Roboam que eligió compañeros jóvenes (1 Ry. 12:8). Las bestias domesticadas no andarán con las salvajes, ni los limpios habitarán con los leprosos. Si no se puede conocer a un hombre por otra cosa, entonces se le puede conocer por sus compañeros; porque los semejantes se apegan a los semejantes… Así, cuando David dejó la iniquidad, dijo: “Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad” (Sal. 6:8); mostrando que un hombre nunca abandona el mal hasta que abandona la compañía del mal… Por tanto, elige como compañero de tu vida a quien antes ya haya elegido compañía semejante a la tuya”70. ¿Qué clase de amigos tiene un posible cónyuge? ¿Con quién pasa su tiempo libre? Fíjate no solo en sus amigos, sino también en cómo se comporta en su presencia. ¿Lo reconoces como el mismo hombre que viste en la iglesia el pasado Día del Señor? ¿O se comporta diferente con sus amigos entre semana? ¿Es ella la misma en toda compañía, o sus amistades sacan a relucir otro lado de ella que te desagrada? Cuídate de una persona que se deleita en amigos impíos y que cambia como camaleón71 según la compañía presente.

_6._La educación. La importancia de esta marca radica en el efecto que la educación de una persona tiene sobre su pensamiento y comportamiento. “La crianza y la educación imprimen un sello en la personalidad de alguien. Grandes diferencias en hábitos, cultura y formación pueden eventualmente convertirse en fuente de irritaciones y malentendidos, lo cual afecta negativamente el matrimonio”72. Conocer la forma en que una persona fue educada puede alertarnos sobre los factores que moldearon su carácter, y ayudarnos a saber si alguien puede ser apto para nosotros o no.

Estas son las marcas comunes por las cuales puede medirse la idoneidad. Se requiere tiempo y mucha observación para hacer estas diversas evaluaciones, pero valdrá la pena cuando podamos casarnos (o abstenernos de casarnos) con confianza y paz en nuestra elección. “Todas estas cualidades no se detectan en tres o cuatro visitas —observó Smith—, porque la hipocresía se hila con hilo fino, y nadie es engañado tan a menudo como los enamorados. Aquel que desee conocer todas las cualidades de su esposa antes de casarse con ella, debe verla comer, caminar, trabajar, jugar, hablar, reír y reprender, o de lo contrario tendrá con ella menos de lo que esperaba o más de lo que deseaba”73.

Cuando estemos seguros de la piedad sincera de una persona y hayamos medido su idoneidad, podremos entrar al matrimonio con nuestros corazones completamente entregados el uno al otro. El esposo podrá amar a su esposa y fijar sus afectos en ella como la mujer más idónea que el mundo pueda ofrecer; la esposa podrá amar a su esposo como el más adecuado para ella sobre cualquier otro en toda la tierra. Y con tal contentamiento en la elección, el esposo será para su esposa como un escudo sobre sus ojos y un sello sobre su corazón (Cant. 8:6), para que no ponga sus ojos en otro hombre ni permita que otro se infiltre en su corazón; y la esposa será tan agradable a los ojos de su esposo y tan cercana a su corazón, que él pueda mirarla hasta el día de su muerte como el deleite de sus ojos y el amor de su corazón, y por tanto no se vea atraído por otra mujer.

3). Consentimiento de los padres

Otra marca de idoneidad que ofrecían los puritanos era el consentimiento de los padres. Este requisito está casi perdido en nuestra cultura actual, donde cada cual hace lo que bien le parece (Jue. 21:25) y los mandamientos de Dios son en gran parte ignorados; pero era una condición necesaria en la mente de los puritanos y debería recuperarse por la piedad, sabiduría y motivos que la sustentan.

Basados en el quinto mandamiento, los puritanos afirmaban que un hijo está obligado a pedir permiso a sus padres para casarse, de modo que la pareja pueda tener su bendición y apoyo en el matrimonio. Asimismo, los padres están obligados a ayudar a su hijo o hija a hacer una elección buena y apropiada, para que no se vean engañados en su elección, ni se desvíen de su camino, y con ello traigan aflicción a la siguiente generación. Así, Abraham proveyó esposa para su hijo Isaac (Gn. 24:23); Isaac hizo lo mismo con Jacob (Gn. 28:2); y Agar proveyó esposa para Ismael (Gn. 21:21). Además, Caleb consintió el matrimonio de su hija (Jos. 15:17); Saúl también consintió el de la suya (1 Sam. 18:27); y Noemí procuró esposo para Rut (Rt. 3:1). A la luz de estos ejemplos bíblicos, los puritanos sostenían que parte de la piedad de un hijo consiste en someterse a la guía de sus padres en el asunto del matrimonio, ya que eso honra al Señor y a Su mandamiento (Éx. 20:12). Y al hacerlo, la bendición prometida en el quinto mandamiento recaerá sobre el matrimonio y sobre la relación de los esposos con sus padres. Si bien los puritanos admitían que pueden existir algunas excepciones en las que un cónyuge puede tomarse legítimamente sin el consentimiento de los padres, estas deben ser eso mismo: excepciones que confirman la regla.

Debemos hacer todo lo posible por obtener el consentimiento de nuestros padres y abstenernos de casarnos con alguien a quien ellos no pueden recomendar, ya que nuestros padres no representan a Dios en vano. Además, nuestra sumisión hacia ellos puede ablandar sus corazones, de modo que eventualmente consientan a quien amamos; mientras que nuestra oposición voluntariosa podría arruinar tanto nuestra relación con ellos como nuestra paz de conciencia ante el Señor74. También debemos procurar su consentimiento porque, ¿a quién acudiremos cuando vengan las pruebas sino a nuestros padres? Si nos casamos sin su consentimiento, ¿cómo podremos acudir luego a ellos por ayuda? Y debemos procurar que cuando surjan dificultades en nuestro matrimonio, no nos veamos acosados por pensamientos, como los hermanos de José (Gn. 42:21), de que tal prueba ha venido sobre nosotros por nuestro pecado contra nuestros padres.

¿Qué pasa si nuestros padres son irrazonables o egoístas al oponerse a nuestro matrimonio? ¿Qué pasa si, según lo que alcanzamos a ver, no hay motivos válidos para su negativa? Debemos recordar que hemos sido llamados a honrar y obedecer a nuestros padres en el Señor (Ef. 6:1-3), lo cual es algo que el Señor sin duda tomará en cuenta y honrará. Si sentimos que nuestra elección es del Señor, pero nuestros padres no están de acuerdo, debemos, en lo normal, someternos a ellos en una sumisión piadosa, y prevalecer ante Dios en oración, para que Él ablande sus corazones por el mismo Espíritu que ha unido nuestros corazones a esa elección. Porque si Dios está en la elección, también debe estar en nuestros padres. Por tanto, luego de orar, procura el consentimiento de tus padres, ya que Dios declara que debes tenerlo (Éx. 20:12) y ellos están llamados a darlo (Dt. 7:3; Jer. 29:6).

Además, vuela al trono de la gracia y ruega a Dios que nos conceda hijos con corazones sumisos y contentos, y padres sabios y piadosos; que conceda a los hijos espíritus amorosos y confiados, y a los padres consejos tiernos y considerados; y que conceda tanto a hijos como a padres obediencia a Su Ley (Éx. 20:12). Porque, si bien los hijos deben someterse a sus padres, los padres no deben forzar a sus hijos a casarse con un incrédulo o con alguien en quien no ven compatibilidad y a quien no pueden amar por entero. Asimismo, así como los padres no deben aconsejar a sus hijos que se casen por belleza, riquezas o alto linaje, tampoco deben los hijos pedir a sus padres que aprueben matrimonios con personas por quienes solo sienten vanidad. Pues un matrimonio apresurado suele estar fundado sobre bases erradas y pronto será lamentado. Por tanto, los padres deben ayudar a sus hijos a escoger, con discernimiento y sabiduría, a alguien a quien puedan amar enteramente y de forma constante desde el día de su boda hasta el día de su despedida.

Por ello, que los padres comiencen en la juventud de sus hijos a ganar sus corazones y a demostrarles que obran para su bien, los disciplinan para su bien y oran por su bien; de modo que, cuando sus hijos busquen orientación al escoger un cónyuge y soliciten su consentimiento para casarse, los padres no se encuentren con rebeldía u obstinación si deben oponerse. Sin embargo, cuídense los padres de descuidar su deber hacia sus hijos, ya sea por no proveerles dirección o por abusar de su autoridad y posición al negar su consentimiento sin fundamentos bíblicos. Más bien, que caminen ellos mismos, como esperan de sus hijos, en el camino del deber, recordando que el Señor les ha encomendado ser fieles en esta área.

4. Una exhortación final

No podemos concluir este capítulo sin una exhortación final a casarse solamente en el Señor. Quien se casa fuera del Señor no hallará paz. El matrimonio tiene el potencial de asegurar las mayores bendiciones, así como también de acarrear los mayores dolores y cruces, dependiendo del modo en que se entra en él. ¿Por qué, entonces, habría alguien de aventurarse en el matrimonio sin el Señor y sin Su bendición? Considera el siguiente consejo de Daniel Rogers75:

Primero, niégate a ti mismo renunciando a la sabiduría de tu propia voluntad, como si no necesitaras consejo alguno y fueras capaz de hacer una elección infalible en el matrimonio. Sométete más bien al Señor por medio de la oración y la paciencia, y no te apresures a casarte ante la primera inclinación o la primera oportunidad. Puede que el Señor te haya llamado a una vida de soltería, o que te haya llamado al matrimonio, pero aún no en este tiempo. Busca la voluntad del Señor en esta materia y utiliza todos los medios para consagrarte de todo corazón al Señor con una devoción sin distracciones, hasta que Él te muestre con claridad que te llama a casarte.

Segundo, si llegas a ver que el Señor te llama al matrimonio, prepárate para él. Ora al Señor para que te enseñe abnegación, humildad, sabiduría y castidad. El matrimonio saca a la persona de sí misma y la llama a amar, servir, acompañar, atender, preferir y someterse a otro. Si estás acostumbrado a servirte a ti mismo, preferirte a ti mismo y amarte a ti mismo, el matrimonio te resultará un yugo muy pesado.

Tercero, guárdate del mal común que ha nublado tanto los ojos de los hombres, que ya no pueden ver más que la apariencia exterior de las cosas. No permitas que la belleza, las riquezas, el rango o la educación te engañen sobornando tu juicio y llevando tus afectos a excluir la piedad de los criterios. Guárdate también de la codicia, el orgullo y los pensamientos ambiciosos que llevan a tantos a pensar que son el gran partido, y por tanto demasiado buenos para cualquiera que no posea belleza, riquezas e inteligencia en un grado superior al de la mayoría.

Como dijo Rogers a los hombres que buscan esposa: “No piensen demasiado alto de sí mismos cuando hay tan poco en ustedes que iguale a la más humilde de las mujeres… sino moderad vuestros espíritus y casaos en el Señor. Si no hay estorbo alguno, y el Señor y los medios exteriores pueden concurrir, entonces la cuestión está resuelta. Pero si se diera el caso de que se ofrece una dote de quinientas libras76 con el Señor, y otra de setecientas u ochocientas sin Él… ¿qué debe hacerse entonces? Respondo: Si las demás condiciones concurren en alguna proporción tolerable, desprecia la mayor oferta y toma la menor, considerando feliz la pérdida de tu ganancia, y más feliz aún la ganancia de su gracia con esa pérdida”77. Piensa entonces no solo en lo que darías por un buen y adecuado compañero, sino en lo que estarías dispuesto a renunciar por él o ella; porque el matrimonio es algo honroso, y debes procurar su honra entrando en él por un camino digno, aunque sea a cualquier costo, no sea que pierdas su honra y por tanto también su bendición.

Cuarto, ruega al Señor fervientemente por la bendición de un buen matrimonio. Haz que el Señor vea, por tu fervor y frecuencia ante Su trono, que estás profundamente preocupado por tener un buen matrimonio y que buscas honrarle en él, y Él no te negará Su respuesta. O bien Dios te oirá y responderá, o bien te dará una razón de Su negativa, la cual, de otro modo, te satisfará. Solo recuerda que un buen cónyuge es un don precioso del Señor, y que Él no suele dejar ir fácilmente sus dádivas más valiosas, sino que le agrada ser importunado78 por ellas (Mt. 15:22-28). Además, añade un voto a tus oraciones: que si el Señor tuviera a bien concederte una esposa conforme a Su elección y provisión, entonces tú la escogerías a ella por encima de mil que se pusieran a su lado desde el mundo.

Quinto, busca el consejo de los amigos más juiciosos, imparciales y piadosos, para que no seas engañado ni por tu propia sabiduría ni por el consejo de un adulador. Dios ha prometido que te guiará en tu elección, pero también ha provisto a los hermanos para tu ánimo y apoyo.

Sexto, sé observador y cuidadoso en tus conversaciones mutuas con aquella a quien consideras una buena y adecuada compañera, para que no solo conozcas sus palabras, sino también su alma. Hablen no solo de religión, sino del poder de la religión sobre el alma. Hablen de la obra de Dios en el corazón, del poder subyugante de Cristo sobre el pecado, del poder capacitador del Espíritu sobre la carne, y de la gracia operante de Dios en el alma. No mires solo los dones, sino también las gracias. Busca los frutos del Espíritu y, especialmente, la humildad y la modestia. Los defectos menores en cada uno pronto serán suplidos por la religión cuando el amor es genuino, pero la ausencia de religión no puede ser compensada con ninguna cantidad de talentos o dones exteriores.

Finalmente, si alguno objetare que esperar un cónyuge de la elección del Señor podría llevar a algunos a perder la oportunidad de casarse, reiteramos nuestro consejo: espera en el Señor, encomienda a Él tu camino, porque Él sabe mejor lo que necesitas (Sal. 27:14; 37:5-6). Aquellos que esperan tendrán mejor fin que los que no lo hacen, pues los primeros esperan en Aquel que no puede fallarles, mientras que los segundos presumen ser más sabios que su Creador y Señor. Y si alguno objetare que hoy día no es posible hallar un cónyuge bueno y adecuado, recordémosle que el Señor, que te llama a esperar por tal cónyuge, sabe muy bien quién es y dónde está, y no fallará en traértelo.

No te dejes tentar por seguir la corriente ni la moda del mundo; porque Él no hace hijo de Abraham a nadie —si le llama a casarse— sin que también le haga hija de Abraham a quien pueda tomar por esposa en el Señor. “Usa los medios para encontrar [un cónyuge bueno e idóneo], y habiéndolo hecho, prefiere perlas antes que guijarros, y el Señor traerá el bien a los buenos, pues Él es un Dios de orden, no de confusión”[^80].

Preguntas para el estudio

  1. ¿Por qué es importante, por la gracia de Dios, “escoger a Dios para ti mismo” antes de buscar un cónyuge?

  2. ¿Qué pasajes de las Escrituras nos muestran por qué debemos buscar un cónyuge de parte de Dios?

  3. ¿Cómo debemos orar respecto a los afectos de nuestro corazón cuando buscamos un cónyuge? ¿Por qué?

  4. Menciona varias razones por las cuales un creyente debe escoger como cónyuge a otra persona piadosa.

  5. Henry Scudder dijo: “Ella puede ser buena, pero no buena para ti; puede ser una esposa idónea, pero no idónea para ti.” ¿Qué significa esto? Da algunos ejemplos.

  6. ¿Cuáles fueron los seis puntos que Isaac Ambrose propuso para evaluar a un posible cónyuge? ¿Puedes ampliar o desarrollar un poco más estos puntos?

  7. ¿Cómo puede la reputación de un posible cónyuge entre cristianos piadosos confirmar o corregir nuestra opinión sobre él o ella?

  8. ¿Qué papel deben desempeñar los padres al evaluar a un posible cónyuge?

  9. ¿Qué tan crucial es la aprobación de los padres para contraer matrimonio? ¿Por qué?

  10. ¿Por qué es importante cultivar la abnegación al buscar un cónyuge?

Footnotes

  1. Hemos visto… – Las referencias corresponden a los capítulos uno y dos de Living in a Godly Marriage.

  2. Henry Scudder (c. 1585-1652), The Godly Man’s Choice: or A Direction how single godly persons, who intend marriage, may make choice of a fit and meet yoak-fellow (London: by Mathew Simmons for Henry Overton, 1644), iii-iv.

  3. William Secker (d. 1660), “The Wedding Ring,” in The Nonsuch Professor (Virginia: Sprinkle Publications), 265. También véase The Consistent Christian por Secker, disponible en inglés en Chapel Library.

  4. William Whately (1583-1639), A Care-Cloth: or, A Treatise of the Cumbers and Troubles of Marriage (London: Impreso por Felix Kyngston for Thomas Man, 1624), i.

  5. bienestar – felicidad; prosperidad.

  6. Scudder, xiv.

  7. P. den Ouden, Liefde en Trouw bij de Puriteinen, 3rd ed. (Houten, the Netherlands: Den Hertog, 2010), 22.

  8. Thomas Manton (1620-1677), The Works of Thomas Manton (Birmingham, AL: Solid Ground Christian Books, 2008), 2:165.

  9. Scudder, iv.

  10. Richard Greenham (c. 1535 - c. 1594), “A Treatise of a Contract before Marriage” in The Works of the Reverend and Faithful Servant of Jesus Christ M. Richard Greenham, Second ed. (Londres: por Felix Kingston for Ralph Jacson, 1599), 281.

  11. Scudder, 3.

  12. Scudder, 1-2.

  13. Scudder, 2

  14. Edward Reyner (1600 - c. 1668), Considerations Concerning Marriage: the Honor, Duties, Benefits, Troubles of It (Londres: por J. T. for Thomas Newbery, 1657), 7.

  15. Scudder, 2-3.

  16. Thomas Gataker (1574-1654), Certaine Sermons, First Preached, and After Published at several times, by M. Thomas Gataker (Londres: por John Haviland for Phylemon Stephens and Christopher Meredith, 1637), 137-38.

  17. Scudder, 8.

  18. Scudder, 8-9.

  19. Scudder, 9-10.

  20. Scudder, 10.

  21. Scudder, 11.

  22. Scudder, 70-71.

  23. Manton, 2:166-68.

  24. Henry Smith (c. 1560 - c. 1591), “A Preparative to Marriage,” in The Works of Henry Smith (Stoke-on-Trent: Tentmaker Publications, 2002), 1:13.

  25. Puritan Sermons 1659-1689 (Wheaton, IL: Richard Owen Roberts Publishers, 6 vols., 1981), 2:300n; citado de Crisóstomo (c. 349-407).

  26. Isaac Ambrose (1604-1664), “Family Duties,” in Media: the Middle Things, in reference to the First and Last Things, in The Works of Isaac Ambrose (Londres: Rowland Reynolds, 1674), 228.

  27. Scudder, 12-26.

  28. Richard Steele (1629-1692), “What are the duties of husbands and wives towards each other?” in Puritan Sermons 1659-1689, 2:300. Disponible en español en Chapel Library como Deberes de los esposos y las esposas.

  29. Scudder, 16. Cf. Mateo 8:8-9.

  30. Steele, Puritan Sermons, 2:300.

  31. Gataker, 143. Véase God’s Providence por C. H. Spurgeon, disponible en inglés en Chapel Library.

  32. Manton, 2:168.

  33. Manton, 2:168.

  34. Smith, 1:18.

  35. Daniel Rogers, Matrimonial Honor (Virginia: Edification Press, 2010), 19.

  36. Robert Bolton (1572-1631), General Directions for a Comfortable Walking with God (Morgan, PA: Soli Deo Gloria, 1995), 262-63.

  37. Immanuel Bourne (1590-1672), A Golden Chain of Directions, with Twenty Gold-links of love, to preserve love firm between Husband and Wife (Londres: Impreso por J. Streater for George Sanbridge, 1669), 3-5.

  38. Jeremy Taylor (1613-1667), The Marriage Ring (1673; repr., New York: John Lane Company, 1907), 12.

  39. The New Whole Duty of Man (se cree que se originó en los 1600), 231.

  40. Whately, 68-69.

  41. Whately, 71-72.

  42. Whately, 73.

  43. Steele, Puritan Sermons, 2:300.

  44. Steele, Puritan Sermons, 2:301.

  45. Smith, 1:13. Énfasis añadido.

  46. Smith, 1:20.

  47. conviene – adecuado; apropiado; conveniente.

  48. Secker, 265.

  49. Richard Baxter (1615-1691), The Godly Home, ed. Randall J. Pederson (Wheaton, IL: Crossway Books, 2010), 41-42. Véase también Directions for Profitable Hearing and Reading and “Self-Losing,” ambos escritos por Baxter y disponibles en inglés en Chapel Library.

  50. Secker, 266.

  51. Secker, 266.

  52. Temístocles (c. 524-459 DC) – Político y general militar ateniense.

  53. Secker, 267.

  54. Secker, 267.

  55. Baxter, 42-43.

  56. Baxter, 42.

  57. Baxter, 42.

  58. impropio – no apto; inadecuado.

  59. necesidades – carencias; faltas.

  60. Ste. B., Counsel to the Husband; to the Wife Instruction (Londres: por Felix Kyngston, para Richard Boyle, 1605), 3-4.

  61. Baxter, 42-43.

  62. Scudder, 19.

  63. diversas – diferentes, varias.

  64. Smith, 1:14.

  65. Whately, 74.

  66. Aunque el divorcio por incompatibilidad es tristemente común en nuestros días, no es defendible bíblicamente (Mt. 19:4-9).

  67. Ambrose, 228.

  68. Smith, 1:16.

  69. Smith, 1:17.

  70. Smith, 1:17.

  71. camaleón – Lagarto que puede cambiar el color de su piel para mezclarse con su entorno y así evitar a los depredadores.

  72. den Ouden, 24.

  73. Smith, 1:18.

  74. Rogers, 79-80.

  75. Rogers, 43-54.

  76. una dote de quinientas libras… con el Señor – Alguien que conoce al Señor y tiene una dote o ingreso de 500 libras esterlinas.

  77. Rogers, 47.

  78. importunado – buscado con persistencia; insistentemente solicitado.