Novena Carta
Hermano Lorenzo — La Práctica de la Presencia de Dios
*Adjunto una carta a una hermana corresponsal, a quien considera con respeto y temor. Su antiguo tema, expresado concisamente.
Adjunto una respuesta a lo que recibí de —; por favor, entréguesela. Me parece llena de buena voluntad, pero se iría más rápido que la gracia. Uno no se vuelve santo de la noche a la mañana. Te la recomiendo: debemos ayudarnos mutuamente con nuestros consejos, y aún más con nuestros buenos ejemplos. Me agradecerías que me contaras de ella de vez en cuando, y si es muy ferviente y obediente.
Pensemos así a menudo que nuestro único objetivo en esta vida es agradar a Dios, que tal vez todo lo demás no sea más que locura y vanidad. Tú y yo hemos vivido más de cuarenta años en religión. ¿Las hemos empleado en amar y servir a Dios, quien por su misericordia nos ha llamado a este estado y para ese mismo fin? Me llena de vergüenza y confusión reflexionar, por un lado, en los grandes favores que Dios me ha hecho y me sigue haciendo incesantemente; y por otro, en el mal uso que he hecho de ellas y en mi pequeño avance en el camino de la perfección.
Ya que por su misericordia nos da aún un poco de tiempo, comencemos con ahínco, recuperemos el tiempo perdido, volvamos con plena seguridad a ese PADRE de misericordias, que siempre está dispuesto a recibirnos con cariño. Renunciemos, renunciemos generosamente, por amor a Él, a todo lo que no sea Él mismo; Él merece infinitamente más. Pensemos en Él perpetuamente. Depositemos toda nuestra confianza en Él: no dudo que pronto veremos los resultados al recibir la abundancia de su gracia, con la que todo lo podemos y sin la cual no podemos hacer más que pecar.
No podemos escapar de los peligros que abundan en la vida sin la ayuda real y continua de Dios; orémosle, pues, por ella continuamente. ¿Cómo podemos orarle sin estar con Él? ¿Cómo podemos estar con Él si no es pensando en Él a menudo? ¿Y cómo podemos pensar en Él a menudo si no es mediante un hábito santo que adquiramos? Me dirán que siempre digo lo mismo: es cierto, porque este es el método mejor y más fácil que conozco; y como no uso otro, se lo recomiendo a todo el mundo. Debemos conocer antes de poder amar. Para conocer a Dios, debemos pensar en Él a menudo; y cuando lleguemos a amarlo, también pensaremos en Él a menudo, porque nuestro corazón estará con nuestro tesoro. Este es un argumento que bien merece su consideración.
—
Notas personales
(Espacio para reflexiones y aplicaciones personales)