Cápitulo 4Confesión ministerial

“Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.”—Apocalipsis 2:5

En el año 1651, la Iglesia de Escocia, sintiendo acerca de sus pastores “qué profunda era su participación en transgresiones, que los pastores tienen no poca culpa de los juicios que han caído sobre la tierra”, prepararon lo que llamaron un reconocimiento humilde de los pecados en el ministerio. Este documento es impresionante e inquietante. Es quizá una de las más completas, más fieles y más imparciales confesiones del pecado pastoral que jamás se haya hecho. Varios extractos de la misma serán una introducción apropiada para este capítulo sobre confesión ministerial.

Comienza con confesar los pecados antes de entrar en el ministerio:

“Liviandad y profanidad en la conversación, inapropiada para el llamado santo que recibieron, y de las cuales no se han arrepentido totalmente. No han estudiado para estar en Cristo antes de entrar en el ministerio, ni tienen un conocimiento práctico y experiencia del misterio del evangelio en ellos mismos antes de predicárselo a otros. No se han capacitado para la obra del ministerio, ni han mejorado la oración y la comunión con Dios, las oportunidades de un ministerio viviente y otros medios, y no lamentan estas negligencias. No estudiaron sobre auto renunciación, ni resolvieron tomar la cruz de Cristo. Negligencia en querer ver el pecado y el sufrimiento y no tener un sentido de los mismos, no luchar contra la corrupción, ni mortificar ni sujetar el espíritu.”

Dice acerca de cuando entraban al ministerio:

“Entrar al ministerio sin una comisión de Jesucristo, resulta en que muchos han entrado sin ser llamados. Entrar en el ministerio no por amor a Cristo, ni por el anhelo de honrar a Dios ganando almas, sino para tener un nombre y una manera de ganarse la vida en el mundo, a pesar de la declaración solemne de lo contrario al ser aceptados.”

Enumera con discernimiento los pecados después de entrar en el ministerio:

“Ignorancia de Dios, falta de intimidad con él, incluyendo poco de Dios en sus lecturas, meditaciones y palabras. Gran egoísmo en todo lo que hacemos, actuando por nosotros mismos y para nosotros mismos. No nos importa lo infieles y negligentes que son otros, pensando que ello ofrece un contraste con el testimonio de nuestra fidelidad y diligencia, estando tranquilos y contentos, ante sus faltas. Deleitarnos muy poco en las cosas de las cuales depende nuestra comunión más íntima con Dios, gran inconstancia en nuestro andar con Dios y no reconocerlo en todos nuestros caminos. Cumpliendo los deberes, nada cuidadosos de aquellas cosas que los demás no ven. Rara vez orando en secreto a Dios, pero haciéndolo en público, y aun eso con mucha negligencia, o muy superficialmente.”

Contentos de buscar excusas

“Contentos de encontrar excusas por el descuido de nuestros deberes. Ser negligentes en leer las Escrituras en secreto, para edificarnos como cristianos; leyéndolas sólo para cumplir nuestro deber como pastores, y muchas veces aun descuidando eso. No dados a reflexionar sobre nuestros propios caminos, ni dejar que haya plenamente en nosotros una convicción, engañándonos a nosotros mismos confiando en la ausencia de pecaminosidades y teniendo un aborrecimiento por ellas a la luz de nuestra conciencia natural, y viéndolo como una evidencia de un cambio real de nuestro estado y naturaleza. No cuidando y vigilando nuestro corazón para no cometer el mal, y negligencia en analizarnos a nosotros mismos, lo cual nos impide conocernos a nosotros mismos y nos mantiene alejados de Dios. No guardarnos ni luchar contra pecados vistos y conocidos, especialmente los que predominan en nosotros. Una facilidad de ceder a las tentaciones de la época, y otras tentaciones particulares según nuestras inclinaciones y nuestras compañías.

“Inestabilidad e indecisión en los caminos de Dios, por temores o persecuciones, peligros o pérdida de estima, y deberes declinantes por temor a los celos o reproches. No estimar la cruz de Cristo y los sufrimientos en su nombre, sino más bien cambiarlos por sufrimientos causados por el amor a nosotros mismos. Un espíritu apagado, después de los dolorosos golpes de Dios sobre la tierra. No tener conciencia de la necesidad de humillarnos y ayunar secretamente solos y con nuestras familias para llorar por nuestra culpabilidad y nuestras grandes caídas, y no humillarnos públicamente de corazón. Procurar nuestro propio bienestar, a pesar de que el Señor nos llama a humillarnos.

“No tomar a pecho los tristes y duros sufrimientos del pueblo de Dios en otros países, y el hecho de que no avanza entre ellos el reino de Jesucristo y el poder de la piedad. Hipocresía refinada, querer aparentar lo que no somos. Estudiar más para aprender el vocabulario del pueblo de Dios en lugar de hacerlo para ponerlo en práctica. Confesión artificial del pecado, sin arrepentimiento; querer hacer una declaración de iniquidad, y no afligirnos por el pecado. Descuidar mucho la confesión secreta, aun de aquellas cosas que estamos convencidos que son malas. Nada de reforma, después de reconocimientos solemnes y votos privados; pensar que estamos exonerados después de la confesión. Más prontos para buscar y censurar las faltas de otros, que ver y resolver las propias. Considerar nuestro estado y nuestro andar según la estimación que otros tienen de nosotros. Estimar a los demás según coinciden o no coinciden con nosotros.

“No temer enfrentarnos con problemas, pero pretender vencerlos con nuestras propias fuerzas. No aprender a temer, al ver la caída de hombres consagrados, no entristecernos y orar por ellos. No tener en cuenta liberaciones y castigos en particular, no usarlos para mejorar, para honra de Dios y nuestra edificación y la de los demás. Poco o nada de tristeza por la corrupción de nuestra naturaleza, y menos lamentarnos y anhelar ser liberados de ese cuerpo de muerte, la raíz amarga de todas las demás iniquidades nuestras.

“La costumbre de conversar trivialidades sin frutos, para mal en lugar de para bien. Pasar el tiempo bromeando tontamente con palabras imprudentes e inútiles, muy impropio de ministros del evangelio. Los propósitos espirituales muriendo en nuestras manos cuando fueron iniciados por otros. Familiaridad carnal con hombres naturales, malvados y malignos, por lo que éstos se endurecen, el pueblo de Dios tropieza y nosotros mismos perdemos efectividad.”

Amar el placer más que a Dios

“Despreciar el compañerismo de quienes pueden beneficiarnos espiritualmente. Preferir conversar con los que pueden sernos útiles por sus talentos en lugar de aquellos que nos pueden edificar con sus dones. No considerar las oportunidades de hacerles un bien a otros. Distraernos de la oración y otros deberes cuando nos lo piden –prefiriendo omitirlos que concentrarnos en ellos. Desperdiciar el tiempo frecuentemente con diversiones y pasatiempos y amar nuestros placeres más que a Dios. Tomarnos poco o nada de tiempo para conversar del Señor con los jóvenes que se preparan para el ministerio. Conversaciones triviales y ordinarias en el Día del Señor. Despreciar exhortaciones cristianas de cualquiera de nuestro rebaño u otros, como si fueran inferiores a nosotros; y tener vergüenza de aprender algo de laicos cristianos o de aceptar sus advertencias. Antipatía o amargura contra los que nos amonestan o reprenden, y no ser fieles en amonestar a otros que recibirían bien la amonestación**.**

“No orar por los hombres que no piensan como nosotros, sino mostrarnos reservados y distanciados de ellos, estar más dispuestos de hablar de ellos que a ellos o a Dios por ellos. No pesarnos los fracasos y errores de otros, sino más bien aprovechándolos para justificarnos a nosotros mismos. Comentar y bromear sobre las faltas de otros, en lugar de sentir compasión por ellos. No ocuparnos debidamente de la vida espiritual de nuestras familias, ni procurar ser un modelo para otras familias en el gobierno de la nuestra. Prontos para mostrar enojo y pasión en nuestras familias y en las conversaciones con los demás. Avaricia, mentalidad mundana y un anhelo desmedido por las cosas de esta vida, a los cuales les sigue descuidar las obligaciones de nuestro llamado, o estar ocupados mayormente con las cosas del mundo. Falta de hospitalidad y caridad hacia los miembros de Cristo. No valorar la consagración en las personas. Y algunos le tienen miedo y aborrecen al pueblo de Dios por su piedad, procurando apagar la obra del Espíritu entre ellos.”

Confiar en nuestra propia habilidad

“No cuidar ese espíritu de dedicación a nuestros deberes pastorales que teníamos al principio de nuestro ministerio. Descuidar la lectura y otra preparación, o tener una preparación meramente literal o libresca, haciendo de un libro un ídolo, lo cual es un tropiezo para la comunión con Dios, o confiando en asistencia del pasado, y orando poco. Confiar en los dones, talentos y la dedicación a la preparación, por lo que provocamos a Dios a malograr nuestros mensajes bien ordenados y expresados. Emplear a Cristo despreocupadamente, quitándole la virtud que nos ayudaría a predicar en Espíritu y con poder. Cuando oramos pidiendo ayuda lo hacemos más pidiendo ayuda para el mensajero que para el mensaje que llevamos, sin importarnos lo que le sucede a la Palabra, sino para tener algo de ayuda para cumplir la obligación. El asunto que presentamos no es seriamente encomendado a Dios en oración, para que su pueblo despierte. Ser negligentes en orar después de haber predicado la Palabra.

“Ser negligentes en advertir, al predicar, acerca de las trampas y los pecados en asuntos públicos por parte de algunos; y el que otros hablen con demasiada frecuencia e innecesariamente acerca de transacciones y asuntos públicos. Demasiada negligencia y falta de habilidad en presentar las excelencias y la utilidad (y la necesidad de tener interés en) Jesucristo y el nuevo pacto, que debería ser el gran tema del estudio y predicación del pastor. Hablar más de Cristo por lo se dice de él que por nuestro propio conocimiento y experiencia, o por alguna impresión real de él en el corazón. El estilo demasiado legalista de la predicación de la mayoría de los pastores. Falta de seriedad en predicar el evangelio; no gustar de nada aparte de lo nuevo, por lo que las cosas importantes de la religión tienen poco peso.

“No predicar el evangelio de Cristo con sencillez, ni nosotros como siervos del pueblo, predicarlo en nombre de Cristo. Predicar acerca de Cristo, no para que los oyentes puedan conocerlo, sino para que piensen que sabemos mucho acerca de él. Hablar de la partida de Cristo de este mundo, sin un corazón quebrantado ni de manera que nos motive a aferrarnos a él. No predicar con compasión por los que corren peligro de perecer. Predicar contra pecados públicos, no para ganar almas y apartar a los hombres de sus pecados, como deberíamos, sino porque nos es de provecho decir algo acerca de estos pecados.”

Actitud pecaminosa hacia nuestros opositores

“Amargura, en lugar de celo, al hablar contra personas malignas, sectarias y escandalosas, y, por lo tanto, falta de fidelidad al hacerlo. No ocuparse de conocer la condición particular del alma de las personas para poder hablarles teniéndola en cuenta, ni guardar un registro de la misma, aun estando convencidos que sería útil hacerlo. No escoger con cuidado lo que puede ser más provechoso y edificante, y falta de sabiduría en la aplicación a varias condiciones de las almas, no cuidadosos en enfatizar el punto por medio de la aplicación sino subrayar la doctrina, ni hablar de lo dicho con la reverencia que merece su Palabra y mensaje.

“Escoger textos sobre los cuales tenemos algo que decir, en lugar de los que serían más apropiados para las condiciones de las almas y las épocas, y predicando frecuentemente de los mismos temas, para no tener que tomarnos la molestia de estudiar cosas nuevas. Una manera de leer, predicar y orar que nos alejan de Dios. Demasiado prontos para sentirnos satisfechos en el cumplimiento de nuestras obligaciones y haciendo a un lado y no escuchar los retos de la conciencia. Ser indulgentes con el cuerpo y perder mucho el tiempo. Demasiado ocupados en nuestra propia fama y los aplausos, y estar satisfechos cuando los logramos e insatisfechos cuando no los tenemos. Tímidos en presentar el mensaje de Dios, dejando a la gente morir en sus pecados sin darles advertencias. Querer cumplir los deberes con el fin de evitar censuras más bien que para recibir la aprobación de Dios.

“No hacer conocer todo el consejo de Dios a su pueblo, y en particular, no dar testimonio en momentos de deserción. No querer beneficiarnos con nuestra propia doctrina, ni con la doctrina de otros. En mayor parte predicar como si no nos importara el mensaje que llevamos a la gente. No regocijarnos con la conversión de los pecadores, sino contentarnos con la falta de crecimiento en la obra del Señor entre su pueblo para no tener que ocuparnos más; temiendo que si crece la obra tendríamos que trabajar más, y estimarían menos nuestra predicación y nuestras prácticas, y querrían más del poder de la piedad. Predicamos no como ante Dios, sino los hombres, como lo demuestran los distintos esfuerzos por prepararnos para hablar a oyentes comunes y a otros de quienes nosotros mismos aprobamos.

“Negligentes, perezosos, visitando poco a los enfermos, y si son pobres vamos una vez, y sólo cuando nos mandan llamar; pero si son ricos o de buena posición, vamos con más frecuencia sin que nos llamen. No saber hablar con el lenguaje de los sabios una palabra apropiada para el cansado.

“Perezosos y negligentes en discipular. No preparar nuestro corazón ante Dios ni luchar con él para que lo bendiga, por lo que el nombre de Señor muchas veces es tomado en vano, y los escuchas poco aprovechan. Considerando esta práctica como una obra inferior y no condescender a estudiar la manera correcta y provechosa de instruir al pueblo de Dios. Parciales en discipular, pensando que los ricos y de mejor calidad no lo necesitan aunque muchos de éstos tienen gran necesidad de instruirse. No esperar y seguir a los ignorantes sino con frecuencia reprenderles apasionadamente”.

Estas son confesiones serias –las confesiones de hombres que conocían la naturaleza del ministerio al que se habían dedicado, y que anhelaban contar con la aprobación de Aquel que los llamó, para poder rendirle cuentas con gozo y no con tristeza.

Confesar nuestras faltas

Nosotros, como ellos, encarémonos honestamente. Nuestras confesiones no debieran ser menos detalladas y escrutadoras.

  1. Hemos sido infieles.

El temor al hombre y el amor a su aplauso con frecuencia nos han hecho miedosos. Hemos sido infieles a nuestra propia alma, a nuestros rebaños y a nuestros hermanos; infieles en el púlpito, en la visitación, en la disciplina y en la iglesia. El cumplimiento de cada uno de los deberes de nuestra mayordomía ha sido tristemente infiel. En lugar de la particularización especial de un pecado reprobado, ha habido una leve alusión a él. En lugar de un reproche valiente, ha habido una tímida insinuación. En lugar de una condena sin compromiso, ha habido una débil desaprobación. En lugar de una constancia sin desvíos de una vida santa cuyo tenor uniforme debería ser una protesta contra el mundo y un reproche al pecado, ha habido una cantidad tal de infidelidad en nuestro andar y conversación, en nuestra conducta diaria y nuestra interacción con otros, que cualquier grado de fidelidad que hemos podido manifestar el Día del Señor casi se neutraliza por la falta de circunspección que nuestra vida demuestra durante la semana.

Pocos han vivido una vida tan ocupada y devota a Dios como Ussher, arzobispo de Armagh. Su erudición, el hábito de sus ocupaciones, su posición, amigos, han contribuido para mantener sus manos llenas en todo momento; además, su alma parecía escuchar continuamente una voz que decía: “Redime el tiempo, porque los tiempos son malos”. Y comenzó de niño, pues a la edad de diez años se convirtió por un sermón predicado sobre Romanos 12:1: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo”. Fue un meticuloso y dedicado predicador de la Palabra durante cincuenta y cinco años.

No obstante, ¡escuchémosle en su lecho de muerte! Cómo se aferra a la sola justicia de Cristo, y se ve él mismo, aun después de haber vivido una vida tal, sólo como pecador y necesitado. Las últimas palabras que le oyeron decir, las dijo alrededor de la una de la tarde, y las dijo a gran voz: “Pero, Señor, en especial perdóname mis pecados de omisión”. Fue por lo que había omitido, dice su biógrafo, que imploró perdón con su más ferviente último suspiro –¡él, a quien nunca se le conoció haber omitido ni una hora sino que había empleado hasta las últimas hebras de su vida para su Señor y Maestro! El mismo día que cayó enfermo por última vez, se levantó de haber escrito una de sus grandes obras y fue a visitar a una enferma, a quien le habló tan apropiada y completamente acerca del cielo como si ya hubiera estado allí, ¡No obstante, este hombre estaba oprimido por una conciencia de sus omisiones!

Lector, ¿qué piensa usted de sí mismo –sus deberes no cumplidos, sus horas sin mejoras, sus momentos de oración omitidos, sus trabajos desagradables evitados, cargándoselos a otros, su quedarse sentado tranquilo debajo de su vid y su higuera sin dedicar todos sus esfuerzos al bien de las almas de otros? “¡Señor, en especial perdóname mis pecados de omisión!”

Escuche la confesión de Edwards, con referencia a los pecados personales al igual que ministeriales: “Con frecuencia he tenido percepciones de mi propia pecaminosidad y vileza, que me han afectado mucho; con mucha frecuencia, a tal grado que me domina una especie de llanto fuerte, a veces durante mucho tiempo, por lo que me he visto forzado a encerrarme a solas. He tenido un sentido mucho más vasto de mi propia pecaminosidad y de la maldad de mi corazón de lo que jamás había tenido antes de mi conversión. Mi maldad, al mirarme a mí mismo, me ha parecido por mucho tiempo muy profunda, acaparando todo pensamiento y todas mis ideas. No sé como expresar mejor lo que opino de mis pecados que amontonar lo infinito sobre lo infinito, y multiplicar lo infinito por lo infinito. Cuando miro dentro de mi corazón y veo mi maldad, me parece un abismo infinitamente más profundo que el infierno. Y aún así me parece que mi convicción de pecado es muy pequeña y débil: es bastante como para asombrarme de no sentir más opresión por mi pecado. Últimamente he anhelado mucho tener un corazón quebrantado y humillarme ante Dios”.

  1. Hemos sido carnales y poco espirituales.

El tono de nuestra vida ha sido bajo y terrenal. Nos hemos asociado demasiado, y demasiado íntimamente, con el mundo; nos hemos acostumbrado en gran medida a sus maneras. Por lo tanto, nuestros gustos se han viciado, nuestra conciencia se ha desensibilizado, y ese sensible sentimiento de ternura que, aunque no trata de evitar el sufrimiento sí retrocede ante el contacto más remoto con el pecado, ha ido menguando, siendo remplazado por cierta dureza que antes, en los primeros días, nos creíamos incapaces de tener.

“Nuestra falta de utilidad tiene que ser atribuida con más frecuencia a nuestra falta de espiritualidad que a cualquier falta de habilidad natural”, dijo Fuller. Y Urquhart agrega: “Veo que la espiritualidad de la mente es la cualidad principal para la obra del ministerio”.

Quizá podemos recordar un tiempo cuando nuestros conceptos y objetivos estaban fijos en una norma de casi celestial altura, y contrastándolos con nuestro estado presente, nos sorprendemos ante los dolorosos cambios. Y además de la intimidad con el mundo, otras causas han intervenido para producir este deterioro de la espiritualidad en nuestra mente. El estudio de la verdad en su forma dogmática más que en su forma devocional le ha robado su frescura y poder; las actividades de cada día, cada hora, en la rutina de la labor ministerial han engendrado formulismo y frialdad; las ocupaciones en los deberes más serias de nuestro oficio, tales como tratar con las almas en privado sobre su bienestar inmortal, o guiar las meditaciones y devociones del pueblo reunido de Dios, o administrar los símbolos sacramentales –esto, realizado con frecuencia con poca oración mezclada con muy poca fe, nos ha quitado esa profunda reverencia y temor piadoso que deberíamos poseer y del cual deberíamos estar saturados. Con cuánta certeza, y con cuánto énfasis, podemos decir: “Yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado” (Romanos 7:14). El mundo no ha sido crucificado en nosotros, ni nosotros crucificados al mundo; la carne, con sus miembros, no ha sido mortificada. ¡Qué efecto triste ha tenido todo esto, no sólo sobre la paz de nuestra alma, nuestro crecimiento en la gracia, sino también sobre el éxito de nuestro ministerio!

  1. Hemos sido egoístas.

Hemos eludido el trabajo, las dificultades y la perseverancia, amando no sólo nuestra vida, sino también nuestra tranquilidad y comodidad temporal. Hemos buscado complacernos a nosotros mismos, en lugar de obedecer lo que dice Romanos 15:2: “Cada uno agrade a su prójimo en bien, a edificación”. No hemos sobrellevado “los unos las cargas de los otros” para cumplir “la ley de Dios” (Gálatas 6:2). Hemos sido mundanos y codiciosos. No nos hemos presentado ante Dios como “sacrificios vivos” poniéndonos a nosotros mismos, nuestra vida, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestras facultades –nuestro todo— sobre su altar. Pareciera que hemos olvidado totalmente este principio de auto sacrificio que como cristianos, y aún más como pastores, somos llamados a hacer. No hemos ni siquiera tenido idea alguna de nada que se parezca al sacrificio. Hasta llegar al punto en que nos era exigido un sacrificio, hemos estado dispuestos a ir, pero allí nos quedamos, viéndolo como algo innecesario, quizá considerando imprudente y necio, seguir adelante. No obstante, ¿acaso no debe ser la vida de cada cristiano, y especialmente de cada pastor, una de auto sacrificio y de negarse a sí mismo siempre, tal como fue la de Aquel que no se “agradó a sí mismo”?

  1. Hemos sido perezosos.

Hemos trabajado poco. No hemos soportado el trabajo duro como buenos soldados de Jesucristo. Aun cuando hemos cumplido lo esencial, no hemos cumplido lo demás que se esperaba de nosotros; tampoco hemos tratado de aprovechar los fragmentos de nuestro tiempo, a fin de no desaprovecharlo. ¡Horas y días valiosos han sido desperdiciados por pereza, por las compañías, por los placeres y por la lectura sin provecho o perniciosa, cuando podían haberse dedicado a la oración privada, el estudio, el púlpito o una reunión! La indolencia, la indulgencia con uno mismo, la inconstancia, la satisfacción de la carne, han arruinado nuestro ministerio como un cáncer, impidiendo las bendiciones y nuestros éxitos.

No se puede decir de nosotros: “Has trabajado por mi nombre, y no has desfallecido” (Apocalipsis 2:3). Hemos desfallecido o por lo menos nos hemos “cansado de hacer el bien”. No hemos realizado nuestra obra a conciencia. No hemos tratado honestamente a la iglesia a la cual nos comprometimos cuando fuimos ordenados. Hemos engañado a Dios, cuyos siervos profesamos ser. Hemos manifestado muy poco del amor paciente, abnegado que, como pastores, nos correspondía tener por el rebaño a nuestro cuidado. Nos hemos alimentado nosotros mismos, y no hemos alimentado al rebaño.

Considere la afirmación de Richard Baxter acerca de sus deberes ministeriales habituales, en respuesta a algunos enemigos que lo acusaban de ociosidad: “Lo peor que os deseo es que tuvierais mi tranquilidad en lugar de vuestras labores. Tengo razón para considerarme el menor de todos los santos, y no obstante, no temo decirle al acusador que considero la labor de la mayoría de los comerciantes del pueblo como un placer en comparación con la mía, aunque no la cambiaría ni con la del príncipe más encumbrado. El trabajo de ellos les preserva la salud, el mío la consume; ellos trabajan cómodos, y yo con dolor continuo; ellos tienen horas y días de recreación, yo apenas tengo tiempo para comer. Nadie los molesta en su trabajo, pero más trabajo yo, más odio y problemas atraigo”. Esto es “gastarse y desgastarse”, este es un ejemplo digno de imitar.

  1. Hemos sido fríos.

Aun siendo diligentes, ¡qué poco calor y brillo tenemos! No volcamos toda el alma en el deber, y por lo tanto éste viste el repulsivo aire de rutina y formalismo. No hablamos ni actuamos como hombres sinceros. Nuestras palabras son débiles, aun cuando son sólidas y ciertas; nuestro aspecto es descuidado, aun cuando nuestras palabras son de peso y nuestros tonos revelan la apatía que tanto nuestras palabras como nuestro aspecto disimulan. Falta amor, amor profundo, amor fuerte como la muerte, amor como hizo llorar a Jeremías en lugares secretos por el orgullo de Israel, y como hizo derramar lágrimas a Pablo al hablar de los enemigos de la cruz de Cristo. En la predicación y visitación, en nuestros consejos y reprensiones, ¡cuánto formulismo, cuánta frialdad, qué poca ternura y poco afecto! “¡Oh, que fuera yo todo corazón”, dijo Rowland Hill, “todo alma, todo espíritu para contar del glorioso evangelio de Cristo a las multitudes que perecen!”

  1. Hemos sido tímidos.

El temor nos ha llevado a suavizar o generalizar la verdad que, de haberla declarado ampliamente, hubiera generado odio y reproche hacia nosotros. Por eso no hemos declarado a nuestra gente todo el consejo de Dios. Hemos eludido reprender, reprochar y exhortar con toda paciencia y siendo fieles a la doctrina. Hemos temido enemistar a los amigos, o despertar la ira de los enemigos. Por eso nuestra predicación de la ley ha sido débil y escasa, y por eso nuestra predicación de un evangelio gratuito ha sido más imprecisa, insegura y tímida. Somos muy deficientes en lo que respecta a esa majestuosa valentía y nobleza de espíritu que distinguían a Lutero, Calvino, Knox y los hombres poderosos de la Reforma. De Lutero se decía: “Cada palabra era como una bomba”.

  1. Nos ha faltado seriedad.

Al leer la vida de Howe o Baxter, de Brainerd o Edwards, nos encontramos en la compañía de hombres que en la seriedad de su conducta y la gravedad de su aspecto eran realmente de la escuela apostólica. Sentimos que estos hombres eran de peso, tanto en sus palabras como en su vida. Vemos, también, el contraste entre nosotros y ellos con respecto a esa profunda seriedad en su aire y tono que hacía sentir a los hombres que caminaban con Dios. Cuán profunda debe ser nuestra humillación por nuestra liviandad, frivolidad, ligereza, vana alegría, necio hablar y bromear, por lo que las almas han sido heridas gravemente, el progreso de los santos ha sido demorado y el mundo tolerado todas sus desastrosas vanidades.

  1. Hemos predicado para nuestro propio bien, no para el de Cristo.

Hemos buscado el aplauso, la honra y la fama, y hemos sido celosos de nuestra reputación. Con demasiada frecuencia hemos predicado para exaltarnos a nosotros mismos en lugar de magnificar a Cristo, para que los hombres fijen su vista en nosotros, en lugar de fijarla en él y su cruz. ¿Y no hemos predicado a Cristo muchas veces con el propósito de que nos honraran a nosotros? Cristo, en los sufrimientos de su primera venida y la gloria de su segunda, no ha sido el Alfa y el Omega, el primero y el último, de todos nuestros sermones.

  1. Hemos usado palabras de sabiduría humana.

Hemos olvidado la resolución de Pablo de evitar las palabras llamativas de sabiduría humana, a fin de impedir que la cruz de Cristo sea totalmente ineficaz. ¡Hemos revertido su razonamiento al igual que su resolución, y hemos actuado como si por los discursos bien estudiados, bien pulidos y bien razonados pudiéramos hermosear la cruz para que ya no sea repulsiva, sino irresistiblemente atractiva al ojo carnal! Por eso muchas veces hemos mandado a casa a las personas muy satisfechas de sí mismas, convencidas de que eran religiosas porque se sintieron afectadas por nuestra elocuencia, conmovidas por nuestros ruegos o persuadidas por nuestros argumentos. De este modo le hemos quitado todo efecto a la cruz de Cristo y enviado a las almas al infierno con una mentira en sus manos. Así es que evitando la ofensa de la cruz y la locura de la predicación hemos trabajado en vano, lamentándonos por nuestro ministerio falto de bendiciones y frutos.

  1. No hemos predicado completamente un evangelio gratuito.

Hemos tenido miedo de hacerlo demasiado gratuito, no sea que los oyentes caigan en el libertinaje; como si fuera posible predicar un evangelio demasiado gratuito, o como si lo gratuito pudiera conducir al hombre a pecar. Sólo un evangelio gratuito puede dar paz y es sólo un evangelio gratuito lo que puede hacer santos a los hombres. La predicación de Lutero se resumía en estos dos puntos: “Que somos justificados únicamente por la fe, y que tenemos que estar seguros de que hemos sido justificados”. Y fue esto lo que exhortó a su hermano Brentio que predicara; y fue tal predicación gratuita, completa y valiente del glorioso evangelio, sin depender de obras, méritos, términos, condiciones, y sin sombras de la falsa humildad de las dudas, los temores, incertidumbres, por lo que sus labores resultaron en éxitos tan bendecidos. Vayamos y hagamos lo mismo. Junto con esto, está la necesidad de insistir que el pecador acuda inmediatamente a Dios, y demandar que en el nombre del Señor, el pecador se entregue inmediatamente de corazón a Cristo. Es extraño que las conversiones súbitas sean tan desagradables para algunos pastores. Éstas son las más bíblicas de todas las conversiones.

  1. No hemos honrado debidamente a la Palabra de Dios.

Hemos dado más importancia a los escritos de los hombres, las opiniones de los hombres y los sistemas de los hombres en nuestros estudios, que a la Palabra. Hemos bebido más de las cisternas humanas que la divina. Hemos tenido más comunión con el hombre que con Dios. Por lo tanto, el molde y el estilo de nuestro espíritu, nuestra vida, nuestras palabras se han derivado más del hombre que de Dios. Tenemos que estudiar más la Biblia. Tenemos que empapar nuestro espíritu de ella. Tenemos que no sólo guardarla dentro de nosotros, sino inyectarla en toda la textura del alma.

  1. No hemos sido hombres de oración.

El espíritu de oración ha desfallecido entre nosotros. Hemos frecuentado y gozado escasamente el lugar de la oración. Hemos permitido que las ocupaciones, el estudio o la actividad del trabajo interfieran con nuestras horas en la cámara de oración. Y el ambiente febril que ha envuelto a la iglesia y a la nación ha llegado a nuestra cámara, perturbando la dulce calma de su bendita soledad. El sueño, las compañías, las visitas sin propósito, las conversaciones y bromas necias, las lecturas livianas, las ocupaciones sin provecho, acaparan el tiempo que podríamos haber redimido para orar.

¿Por qué hay tan poca ansiedad por disponer de tiempo para orar? ¿Por qué hay tan poca programación de nuestro tiempo y ocupaciones como para asegurar una porción grande de cada día a la oración? ¿Por qué hay tanto hablar, y tan poco orar? ¿Por qué tanto ajetreo y negocios, pero tan poca oración? ¿Por qué tantas reuniones con nuestros prójimos, pero tan pocas reuniones con Dios? ¿Por qué tan poca soledad, tan poca sed del alma por las horas tranquilas y dulces de una soledad sin interrupciones cuando Dios y su hijo gozan de comunión como si nunca quisieran separarse? Es la falta de estas horas solitarias que no sólo obstaculiza nuestro propio crecimiento en la gracia sino también nos vuelve miembros tan inútiles de la iglesia de Cristo, y hace que nuestras vidas sean inservibles. A fin de crecer en la gracia, tenemos que estar mucho tiempo solos. No es en sociedad –ni siquiera una sociedad cristiana— que el alma crece con mayor rapidez y vigor. Con frecuencia, en una sola hora quieta en oración avanzaremos más que durante días en la compañía de otros. Es en el desierto que cae más fresco el rocío y el aire es más puro. Lo mismo sucede con el alma. Es cuando no hay nadie cerca más que Dios, que su presencia, como el aire del desierto que no está contaminado con el aliento del hombre, rodea y satura el alma; entonces es que uno obtiene la vista más clara y sencilla de las certidumbres eternas; entonces es que el alma recibe un maravilloso refrigerio de poder y energía.

Y es también de este modo que somos verdaderamente útiles a otros. Es cuando salimos renovados por nuestra comunión con Dios que hacemos su obra con éxito. Es en la cámara de oración que se llenan nuestros vasos con bendiciones, de modo que, cuando salimos, no podemos guardar silencio, sino que, como una necesidad bendecida, tenemos que exteriorizarlo dondequiera que vamos. No podemos decir, como dijo Isaías: “Señor, sobre la atalaya estoy yo continuamente de día, y las noches enteras sobre mi guarda” (Isaías 21:8). Nuestra vida no ha sido una de esperar la voz de Dios. “Habla, Jehová, que tu siervo oye” (1 Samuel 3:9) no ha sido la actitud de nuestra alma, el principio que guía nuestra vida. La cercanía de Dios, la comunión con Dios, el esperar en Dios, el descansar en Dios, no han sido las características de nuestro andar privado o pastoral. Por eso nuestro ejemplo ha sido tan impotente, nuestras labores tan en vano, nuestros sermones tan secos, todo nuestro ministerio tan infructuoso y débil.

  1. No hemos honrado al Espíritu de Dios.

Puede ser que con nuestras palabras hemos reconocido su actuación, pero no lo hemos mantenido continuamente ante nosotros y ante la gente. No le hemos dado la gloria que merece su nombre. No hemos buscado su enseñanza, su unción –“la unción del Santo, [por lo que] conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). Ni en el estudio de la Palabra ni en la predicación de ella hemos reconocido debidamente su oficio como el Iluminador del entendimiento, el Revelador de la verdad, el Testigo y Glorificador de Cristo. Lo hemos entristecido por la deshonra a su nombre como la tercera persona de la gloriosa Trinidad, y lo hemos entristecido por la poca importancia que le damos a su oficio como el Maestro, el Convencedor, el Confortador, el Santificador. Por eso, casi se ha apartado de nosotros, y nos ha dejado para que cosechemos el fruto de nuestra propia perversidad y falta de fe. Además, lo hemos entristecido con nuestro andar inconstante, nuestra falta de circunspección, por nuestra mundanalidad, nuestra falta de santidad, por nuestra falta de oración, por nuestra infidelidad, por nuestra falta de solemnidad, por una vida y conversación que poco se conforma al carácter de un discípulo o al cargo de embajador.

Un anciano pastor escocés escribe lo siguiente acerca de sí mismo: “Veo una falta del espíritu –del poder y demostración del Espíritu— en la oración, el habla, y la exhortación; por las que los hombres principalmente se convencen, y por las que son un terror y una maravilla para otros, de modo que se sienten sobrecogidos por ellas, de modo que producen gloria y majestuosidad; por la que los sermones de Cristo se diferenciaban de los de los escribas y fariseos, que yo considero son los reflejos de la majestad de Dios y del Espíritu de santidad que aparece y brilla a través de su pueblo. ¡Pero visto ropas sucias! ¡Ay de mí! La corona de gloria y majestad ha caído de mi sien, mis palabras son débiles y carnales, no poderosas, por lo que generan desprecio. No hay otro remedio para esto más que la humildad, el aborrecimiento del yo y el esfuerzo por mantener una comunión con Dios”.

  1. No tenemos la mente de Cristo.

No hemos seguido el ejemplo de los apóstoles, y mucho menos el de Cristo; estamos muy atrasados con respecto a los siervos, mucho más atrasados con respecto al Maestro. Hemos tenido poco de la gracia, la compasión, la humildad, la modestia, el amor del Hijo eterno de Dios. Su llanto por Jerusalén es un sentimiento con el cual no nos identificamos para nada. Su “buscar a los perdidos” es algo que no imitamos. Su “enseñar a las multitudes” es algo que evitamos porque lo consideramos demasiado para la débil carne y sangre. Sus días de ayuno, sus noches de estar en guarda y oración, no son algo que consideramos realmente como ejemplos a seguir. El hecho que no contó su vida como algo a qué aferrarse a fin de poder glorificar al Padre y realizar la obra que le encomendó, es algo que no recordamos como un principio a poner en práctica. Pero tenemos que seguir sus pasos, el siervo tiene que caminar por donde su Amo ha mostrado el camino, el pastor ayudante tiene que ser lo que el Pastor Principal fue. No hemos de buscar el descanso o las cosas fáciles en un mundo donde Aquel a quien amamos no las buscó.