Capítulo 5Avivamiento en el ministerio
Es más fácil hablar o escribir acerca de un avivamiento que ocuparse de él. Hay tanta basura para barrer hacia afuera, tantos impedimentos que encarar, tantos viejos hábitos que vencer, tanta pereza y desinterés con los cuales contender, tantas rutinas pastorales que superar, y tanto del yo como del mundo para crucificar. Tal como dijo Cristo del espíritu inmundo que los discípulos no podían sacar, podemos decir de éstos: “Este linaje no sale sino por oración y ayuno”.
Eso creía el pastor del Siglo XVII, quien después de lamentarse de las maldades de su vida y su ministerio, resolvió lo siguiente para lograr su renovación:
“(1) En imitación de Cristo y sus apóstoles, y para hacer lo bueno, me propongo levantarme temprano todas las mañanas.
“(2) Preparar, en cuanto me levanto, el trabajo que haré, y determinar cómo y cuándo lo haré; dedicarle todo mi empeño y aún al punto de rendirme cuentas y dolerme por mis fallas.
“(3) Dedicar una porción suficiente de tiempo cada día a la oración, lectura, meditación y ejercicios espirituales: a la mañana, al mediodía, a la tarde y cuando me voy a la cama.
“(4) Una vez por mes, ya sea al final o a mediados del mes, observar un día de humillación por la condición de la población, por el pueblo del Señor y su triste condición y para levantar la obra y el pueblo de Dios.
“(5) Dedicar, además de esto, un día a considerar mi propia condición, a luchar contra males espirituales y para conseguir que mi corazón sea más santo, o para lograr algún ejercicio especial, una vez cada seis meses.
“(6) Dedicar una vez por semana cuatro horas además de las que ya dedico diariamente a estar a solas, a causas especiales relacionadas conmigo o con los demás.
“(7) Dedicar tiempo los sábados a la noche a prepararme para el Día del Señor.
“(8) Dedicar total y únicamente a las cosas espirituales seis o siete días consecutivos, una vez al año, cuando mejor convenga.”
La necesidad de tener hoy un avivamiento
Tal fue la manera como se ocupó de su avivamiento personal y pastoral. Sigamos su ejemplo. Si él lo necesitaba tanto, más lo necesitamos nosotros.
En los Siglos V y VI, Gildas y Salvian se levantaron para alarmar y despertar a una iglesia indiferente y a un ministerio formal. En el Siglo XVI, esa tarea les tocó a los Reformadores. En el Siglo XVII, Baxter, entre otros, tuvo una parte preponderante en estimular la piedad lánguida y las energías adormecidas de sus colegas pastores. En el Siglo XVIII, Dios levantó hombres especiales y nobles para despertar a la iglesia y abrir el camino a una carrera ministerial más elevada y valiente. No es menor la necesidad de este siglo de que aparezca alguna influencia estimulante como esas. Hemos tenido muchos síntomas de vida, pero todavía las masas no han despertado. Necesitamos algún nuevo Baxter para sacudirnos con su voz y su ejemplo. Es lamentable ver cuánta indolencia e ineficacia pastoral sigue en nuestra patria. ¡Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo!
La infusión de nueva vida en el ministerio debería ser el objeto de un esfuerzo más directo y especial, al igual que la oración más unida y ferviente. Las oraciones de los cristianos deberían centrarse mayormente en los seminaristas, los predicadores y los pastores de la iglesia cristiana. Lo que nuestro país necesita es un ministerio viviente, y sin un ministerio tal no puede esperar escapar de los juicios de Dios. Necesitamos hombres que trabajen y oren, que cuiden las almas y lloren por ellas.
Cómo Miconio aprendió su lección
Melchior Adam, biógrafo de Miconio, el amigo de Lutero, escribió el siguiente hermoso e impresionante relato de un acontecimiento que fue el momento decisivo en su vida que lo impulsó a dedicar sus energías a la causa de Cristo. La primera noche que estaba en el monasterio, con la intención de ser monje, tuvo un sueño, y le pareció estar cruzando solo un vasto desierto. De pronto apareció un guía que lo llevó adelante a un valle bellísimo, con un arroyo placentero del cual no le fue permitido beber, y luego a una fuente de mármol con agua pura. Trató de arrodillarse para beber, cuando apareció ante él un Salvador crucificado, de cuyas heridas manaba un chorro copioso. El guía lo arrojó dentro de la fuente. Su boca tocó las heridas de las cuales fluía agua, bebió con gusto, ¡y nunca volvió a tener sed!
En cuanto había calmado su sed fue llevado por su guía para enseñarle qué grandes cosas haría para el Crucificado cuyas heridas preciosas habían derramado el agua viva en su alma. Llegó a un campo enorme cubierto de grano que se mecía en la brisa. Su guía le ordenó cosechar. Se excusó diciendo que no sabía nada de cómo hacer esa labor. “Lo que no sabes, aprenderás”, fue la respuesta. Se acercaron más, y vio a un cosechador solitario usando su hoz con un ahínco tan prodigioso como si estuviera decidido a cosechar todo el campo él solo. El guía le ordenó sumarse al obrero, y, tomando una hoz, le enseñó cómo usarla.
Luego, el guía lo llevó a un cerro. Extendió su mirada por la vasta planicie a sus pies, y, preguntó pensativamente cuánto tiempo llevaría cosechar un campo tan grande con tan pocos obreros. “Tiene que completarse antes del invierno”, contestó el guía. “Trabaja con todas tus fuerzas. El Señor de la cosecha enviará pronto más obreros”. Cansado de trabajar, Miconio descansó un momento. Nuevamente el Crucificado apareció a su lado, exhausto y herido. El guía puso su mano sobre Miconio, diciendo: “Tienes que conformarte a él”.
Con estas palabras, el dormido despertó. Pero se despertó a una vida de celo y amor. Encontró al Salvador para su propia alma, y se dedicó a predicar de él a los demás. Tomó su lugar al lado de aquel noble cosechador Martín Lutero. Se sentía estimulado por su ejemplo y trabajó con él en el vasto campo hasta que se levantaron obreros por todos lados y la cosecha fue completada antes del invierno. La lección para nosotros es: empuñen su hoz. Los campos están blancos, y son enormes, los obreros son pocos, pero hay algunos dedicados que ya los están trabajando. En años pasados hemos visto a Whitefield y Hill predicando sus sermones con pasión, como si estuvieran cosechando solos todo el campo.
Recogiendo la gran cosecha
“¿Cuándo tienes la intención de parar?” fue la pregunta que le hizo en cierta ocasión un amigo a Rowland Hill. “No hasta haber ganado a todos los que tenemos delante”, fue la pronta respuesta. Nuestra respuesta es la misma. Los campos son vastos, el grano está maduro, el tiempo de la cosecha es ahora, y por gracia emprenderemos la obra con nuestras hoces para no descansar hasta llegar donde el Cordero mismo nos guía, junto a aguas vivas, donde Dios secará el sudor del trabajo de nuestra frente cansada y secará todas las lágrimas de la tierra de nuestros ojos llenos de lágrimas. Algunos somos jóvenes y entusiastas, probablemente tengamos, por la providencia de Dios, muchos días por delante. Estos tienen que ser días de trabajo intenso, incesante, perseverante, y, si Dios nos bendice, exitosos. Trabajaremos hasta estar agotados y descansemos eternamente.
Vincent, el ministro no conformista, en su pequeño libro sobre la gran plaga y el incendio en Londres titulado: “La voz terrible de Dios en la ciudad”, da una descripción de la manera como los pastores fieles que se quedaron en medio del peligro cumplían sus deberes solemnes en pro de los moribundos, y de la manera cómo las multitudes aterrorizadas escuchaban sus palabras con ansiosa expectación, por las dudas la temible pestilencia los llevara a la tumba. Las puertas de los templos se abrían, pero los púlpitos permanecían en silencio, porque no había nadie que los ocupara. Los asalariados habían huido.
Predicando a víctimas de la plaga
Entonces los predicadores fieles de Dios que habían sido perseguidos salieron de sus escondites para llenar los púlpitos abandonados. Entonces se pusieron de pie entre los moribundos y los muertos, para proclamar vida eterna a los que estaban esperando la muerte ese mismo día. Predicaron a tiempo y fuera de tiempo. Los días de la semana o el domingo eran lo mismo para ellos. La hora podía ser la acostumbrada o la no acostumbrada, eso no importaba. No se atenían a puntos agradables de regularidad o irregularidad; levantaban sus voces como trompetas, y no retenían nada. Cada sermón podía haber sido el último que predicaran. Estaban rodeados de sepulcros abiertos, la muerte ahora no parecía meramente cierta, sino inminente, la muerte estaba más cerca que nunca, la eternidad era vista en toda su vasta realidad, las almas eran consideradas más valiosas que nunca, ya no podían desperdiciar las oportunidades. ¡Cada hora tenía más valor que todas las riquezas de los reinos, el mundo era ahora una sombra que pasaba desvaneciéndose, y los días de los hombres en la tierra habían sido reducidos de años a instantes!
¡Oh, cómo predicaban! Ninguna frase pulida, ningún argumento erudito, ningún párrafo bien elaborado enfriaba el llamado de ellos, ni hacían que sus discursos fueran ininteligibles. Ningún temor al hombre, ningún amor por recibir aplausos, ningún escrúpulo por las expresiones fuertes, ningún temor a la emoción o el entusiasmo les impedía volcar en su predicación todo el fervor de sus corazones, porque anhelaban tiernamente llegar a las almas moribundas.
“El Anciano Tiempo”, dice Vincent, “parecía estar en el púlpito con su gran guadaña, diciendo con voz ronca: ‘Trabajad mientras dura este día: porque esta noche os cortaré de entre los vivos’. La Muerte Nefasta parecía estar de pie junto al púlpito, con su flecha afilada, diciendo: ‘Tú lanza las flechas de Dios, y yo lanzaré la mía’. La tumba parecía estar al pie del púlpito, abierta, con polvo en el fondo, diciendo:
‘Alzad vuestra voz –a Dios, a los hombres,
Y cumplid ahora vuestra misión;
Aquí tenéis que yacer —cerrada vuestra boca, muerto vuestro aliento
Y silencioso en el polvo’.
“Los pastores se sentían ahora llamados a despertar y ser serios y fervorosos en su obra pastoral, a predicar junto al borde de la fosa a los miles que en ella caían. Había tal concurrencia en las iglesias donde se encontraban estos pastores que muchas veces éstos no podían acercarse al púlpito por el gentío, y se veían forzados a abrirse camino por sobre las bancas, y tales rostros jamás habían sido vistos antes en Londres, miradas tan ansiosas, oídos tan atentos, un interés tan intenso, como si absorbieran cada palabra que salía de la boca de los pastores”.
¿Alguna vez corresponde ser menos serios?
Así predicaban y así escuchaban en aquellos días de terror y muerte. En ese entonces, los hombres eran serios, al hablar al igual que al escuchar. No había frialdad, ni indolencia, ni estudiada oratoria. Realmente predicaban como hombres moribundos a hombres moribundos. Pero la pregunta es: ¿Puede ser de otra manera? ¿Debería haber alguna vez menos fervor que en aquel momento, en la predicación o menos ansiedad por escuchar? Es cierto, la vida era un poco más breve entonces, pero eso era todo. La muerte y sus implicaciones siguen siendo las mismas. La eternidad sigue siendo la misma. El alma sigue siendo la misma. Sólo se agregó un pequeño elemento en esa ocasión que no siempre existe hasta ese punto, a saber, que la vida era más breve. Pero esa era la única diferencia.
La incredulidad debilita nuestro testimonio
¿Por qué, entonces, ha de ser nuestra predicación menos ferviente, nuestros llamados menos afectuosos, nuestra insistencia menos urgente? Estamos un poco más distantes de la eternidad, eso es todo. El tiempo puede ser un poco más largo de lo que era entonces, pero apenas muy poco. Sus cuestiones eternas todavía son tan trascendentales, tan inmutables como entonces. ¡Ciertamente es nuestra incredulidad lo que es distinto! Es la incredulidad lo que causa que los pastores sean tan fríos en su predicación, tan perezosos para visitar, y tan deficientes en todos sus deberes sagrados. Es la incredulidad lo que enfría la vida y constriñe el corazón. Es la incredulidad lo que causa que los pastores manejen las realidades eternas con tanta irreverencia. Es la incredulidad lo que los deja subir con tanta liviandad a “ese terrible lugar, el púlpito” para hablarles a seres inmortales acerca del cielo y el infierno.
Escuche una de las súplicas de Richard Baxter: “Me pregunto cuando he escuchado temas de tanto peso, ¿cómo puede la gente abstenerse de clamar durante la predicación? Aún más ¿cómo puede quedarse tranquila y no acudir a sus pastores para saber qué deben hacer? ¡Oh, el cielo y el infierno ya no les preocupan más a los hombres! ¡Oh, la eternidad no les interesa más! ¡Oh, cómo podemos, cuando estamos solos, evitar pensar en que estaremos para siempre en gozo o en tormento! ¡Me pregunto cómo tales pensamientos no interrumpen nuestro sueño, ni nos vienen a mente cuando estamos cumpliendo nuestras labores! ¡Me pregunto cómo podemos hacer cualquier otra cosa, cómo podemos tener serenidad en nuestra mente, cómo podemos comer o beber o descansar hasta sabernos seguros de tener las recompensas eternas!
“¿Es un vivo o un muerto el que no se ve afectado por cuestiones de esta importancia, que está más dispuesto a dormir que a temblar cuando escucha cómo tiene que comparecer ante el tribunal de Dios? ¿Es un hombre o un terrón de arcilla lo que puede levantarse o acostarse sin verse afectado profundamente por su estado eterno, que puede seguir sus asuntos mundanos sin darle importancia al gran asunto que es la salvación o la condenación, y eso cuando sabe que está muy cerca? Realmente, señores, cuando considero el peso del asunto, me sorprendo de que los mejores santos de Dios sobre la tierra no son mejores, y no hacen más por una situación de tanto peso. Me asombro ante aquellos que el mundo considera más santos que lo necesario, y que desprecian por dar tanta importancia a la eternidad, que pueden hacer a un lado a Cristo y a sus almas dándoles tan poca importancia, que no vuelcan sus almas en cada súplica, que no están más consagrados a Dios, que sus pensamientos no son más serios en prepararse para rendir cuentas. Me asombro de que no sean cien veces más estrictos en sus vidas, y más laboriosos e incansables para conseguir la corona.
“Listos para temblar”
“En cuanto a mí mismo, cómo me avergüenzo de mi duro e indiferente corazón y del curso lento y poco provechoso de mi vida; también, el Señor lo sabe, me avergüenzo de cada sermón que predico. Cuando pienso de qué he estado hablando, y de quién me envió, y en la salvación o condenación que tiene tanto que ver con todo esto, estoy listo para temblar, no sea que Dios me juzgue por haber desdeñado sus verdades y las almas de los hombres, y no sea que en el mejor de mis sermones sea culpable por la sangre de ellos. Creo que no deberíamos decir sin lágrimas ni una palabra a los hombres acerca de cuestiones de tanta trascendencia, o hacerlo con la mayor seriedad posible. Si no fuéramos culpables del pecado que reprobamos, así sería”.
No somos serios ni en predicar ni en escuchar. Si lo fuéramos, ¿podríamos ser tan fríos, faltos de oración, tan inconstantes, tan indolentes, tan mundanos, tan diferentes de lo que deberían ser los hombres cuya toda ocupación tiene que ver con la eternidad? Tenemos que ser más serios si queremos ganar almas. Tenemos que ser más serios si hemos de caminar en los pasos de nuestro Amado Señor, o si hemos de cumplir nuestros votos. Tenemos que ser más serios si hemos de evitar ser hipócritas. Tenemos que ser más serios si hemos de acabar nuestra carrera con gozo, y obtener la corona en la venida del Señor. Tenemos que trabajar mientras dura el día, porque la noche viene cuando nadie puede obrar.