Capítulo 2Autenticidad de la vida y el andar del pastor
Salvado y santificado
EL PASTOR AUTÉNTICO tiene que ser un cristiano auténtico. Tiene que ser llamado por Dios antes de poder llamar a otros a Dios. El apóstol Pablo lo dice de este modo: “Dios… nos reconcilió a sí por Cristo; y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18). Primero, ser reconciliado, y luego recibir el ministerio de la reconciliación. ¿Estamos reconciliados nosotros los pastores? Es razonable que el hombre que actuará como guía espiritual de otros conozca él mismo el camino de salvación. Se ha dicho con frecuencia que “el camino al cielo ha sido bloqueado por profesores muertos”; pero, ¿no es cierto también que la triste obstrucción no está compuesta solamente de miembros de las iglesias? ¡Consideremos nuestra propia condición!
Como la vida del pastor es más que en un sentido la vida de un ministerio, digamos algunas palabras acerca de la vida pastoral santa.
Busquemos a Dios temprano. “Si mi corazón está sazonado temprano con su presencia, tendrá sabor a él el resto del día”. Veamos a Dios antes que a los hombres todos los días. “Debiera orar antes de ver a nadie. Con frecuencia, cuando duermo demasiado, o me encuentro temprano con otras personas, y luego tengo la oración familiar y el desayuno y visitas en la mañana, son las once o doce antes de empezar mis oraciones a solas. Éste es un sistema terrible. No es bíblico. Cristo se levantaba antes del amanecer, e iba a un lugar solitario… Las oraciones familiares pierden mucho poder y dulzura, y no les puedo hacer bien a los que vienen y me buscan. Me remuerde la conciencia. El alma, no se ha alimentado, la lámpara no se ha preparado. Luego, cuando por fin comienzo la oración a solas, el alma no está en armonía. Siento que es mejor comenzar con Dios, ver su rostro primero, para acercar mi alma a él antes de acercarme a otros… Es mejor tener una hora a solas con Dios antes de emprender cualquier otra cosa. A la misma vez, tenemos que cuidarnos de no contar nuestra comunión con Dios en minutos u horas, sino en soledad.” (McCheyne)
Escuchemos a este auténtico siervo de Cristo exhortando a un hermano amado: “Asegúrate de que tu primera y mayor atención sea a tu propia alma. Sabes que un cuerpo sano puede trabajar con poder, mucho más un alma sana. Mantén una limpia conciencia a través de la sangre del Cordero. Mantén tu comunión íntima con Dios. Procura parecerte a él en todas las cosas. Lee la Biblia primero para tu propio crecimiento, luego, para tu congregación.”
“Con él,” dice su biógrafo, “el comienzo de toda labor consistía invariablemente de la preparación de su propia alma. El precursor de las visitas de cada día era el momento tranquilo de devoción privada en las horas de la mañana. Las paredes de su cuarto eran testigos de sus oraciones de sus lágrimas al igual que sus clamores. El sonido agradable de los salmos con frecuencia brotaba de su cuarto a una hora temprana, seguido de la Palabra para su propia santificación: y pocos han percibido plenamente la bendición del primer salmo.” ¡Ojalá así fuera con todos nosotros! “La devoción”, dijo el Obispo Hall, “es la vida de la religión, el alma misma de la piedad, la más elevada expresión de la gracia”. Hemos de temer que “somos débiles en el púlpito porque somos débiles en la cámara de oración”.
“Andar con Dios”
“A fin de restaurar una verdad común a su brillo inicial poco común, hay que convertirla en acción”, escribe el Sr. Coleridge. Andar con Dios es una verdad muy común. Al convertir esta verdad en acción —¡qué brillantez adquiere! ¡La frase, qué trillada! —¡La realidad, qué excepcional! Es tal andar —no un ideal abstracto, sino una personalidad, una vida— lo que el lector es invitado a contemplar. ¡Oh, que nos dedicáramos muy en serio a esta obra excepcional de convertir la palabra en acción!
Se ha dicho del enérgico, piadoso y exitoso John Berridge que “la comunión con Dios era lo que se imponía en las últimas etapas de su ministerio. Era, realmente, su comida y bebida, y el banquete del cual nunca parecía retirarse”. Esto nos muestra el origen de su gran fortaleza. Si estuviéramos siempre sentados en este banquete, entonces podría quedar registrado acerca de nosotros por mucho tiempo, como quedó registrado de él: “En el primer año fue visitado por unas mil personas que recibieron un serio impacto espiritual.”
Estudie al orador, no al sermón
Señalaríamos más a los hombres que a su doctrina cuando alguien pregunta: ¿Cómo lograron sus éxitos? ¿Por qué no podemos nosotros tener el mismo éxito? Tomamos los sermones de Whitefield o de Berridge o de Edwards para estudiarlos o para usarlos como modelo, pero son los individuos mismos los que tenemos que tomar como principal ejemplo; el espíritu de estos hombres, más que sus obras, es de lo que tenemos que empaparnos si hemos de imitar un ministerio tan poderoso y victorioso como el de ellos. Estos eran hombres espirituales, y caminaban con Dios. Es la comunión viviente con un Salvador viviente, lo cual nos transforma a su imagen, y nos capacita para que podamos ser ministros competentes y exitosos del evangelio.
Sin esto, ninguna otra cosa da resultado. Sin esto, ni la ortodoxia, ni el aprendizaje, ni la elocuencia, ni el poder de los argumentos, ni celo, ni fervor logrará nada. Es esto lo que da poder a nuestras palabras y persuasión a nuestros argumentos, haciéndolos el bálsamo de Gilead para el espíritu herido o como flechas afiladas del Poderoso a la conciencia del rebelde acérrimo. Parece emanar de los que caminan con él en una relación santa y feliz, una virtud y fragancia bendita dondequiera que van. La cercanía a él, la intimidad con él, la asimilación de su carácter –estos son los elementos de un ministerio poderoso.
Cuando podemos decirle a las personas: “Hemos contemplado su gloria, y por lo tanto podemos hablar de ella; no hablamos de algo que nos han contado, sino que hemos visto al Rey en su gloria” —¡qué majestuosa la posición que ocupamos! ¡Nuestro poder para atraer a los hombres a Cristo brota principalmente de la plenitud de nuestro gozo personal, y la intimidad de nuestra comunión personal con él! El rostro que más refleja a Cristo, y más brilla con su amor y gracia, es el más capacitado para atraer la mirada de un mundo indiferente y aturdido, y ganar a almas inquietas apartándolas de las fascinaciones del amor mundano y belleza mundana. El ministerio lleno de poder tiene que ser el fruto de una intimidad santa, serena y amante con el Señor.
La fidelidad es esencial para lograr el éxito
“La ley de la verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios: en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad” (Malaquías 2:6). Observemos la relación que este versículo declara que hay entre la fidelidad y el éxito en la obra del ministerio, entre una vida piadosa y el “apartar de la iniquidad” a muchos. El propósito por el cual nos dedicamos al ministerio, según lo declaramos cuando fuimos ordenados, era salvar almas; el propósito por el cual todavía vivimos y trabajamos es el mismo, los medios para lograr este fin son una vida santa y un cumplimiento fiel de nuestro ministerio.
La relación entre estas dos cosas es cercana y segura. Tenemos el derecho de depender de ella. Somos llamados a orar y trabajar con la expectativa segura de que se cumpliría, y donde no se cumple, examinémonos a nosotros mismos con toda diligencia, no sea que la causa del fracaso se encuentre en nosotros mismos, en nuestra falta de fe, amor, oración, celo y calor, espiritualidad y santidad de vida, porque por éstos es que el Espíritu Santo se entristece y no da fruto. El éxito es posible, el éxito es lo que deseamos, el éxito es prometido por Dios, y nada en el mundo puede ser más amargo para un ministro fiel que carecer de él. Caminar con Dios, y ser fieles a nuestra misión es la manera segura de obtenerlo. ¡Oh, cuánto depende de la santidad de nuestra vida, lo consecuente de nuestro carácter, lo celestial de nuestro andar y conversación!
Nuestra posición es tal que no podemos permanecer neutrales. Nuestra vida no puede ser de inofensiva oscuridad. Tenemos que repeler o atraer —¡salvar o arruinar almas! ¡Entonces, qué fuerte el llamado, qué poderosa la motivación a la espiritualidad del alma y la circunspección de la vida! ¡Qué solemne la advertencia en contra de una mente mundana y la vanidad, contra la liviandad y frivolidad, contra la negligencia, la pereza y el formulismo frío!
Entre todos los hombres, el ministro de Cristo es llamado especialmente a caminar con Dios. Todo depende de esto: su propia paz y alegría, su propia recompensa futura en la próxima venida del Señor. Pero en un modo especial Dios señala a esto como la manera verdadera y segura de lograr la bendición. Éste es el gran secreto del éxito pastoral. El que camina con Dios refleja la luz de su rostro en un mundo en tinieblas; y cuánto más cerca camina, más de esta luz refleja. El que camina con Dios tiene en su porte y su rostro una dulce serenidad y un gozo santo que difunde serenidad todo alrededor. El que camina con Dios recibe e imparte vida dondequiera que va, como está escrito: de él “ríos de agua viva correrán” (Juan 7:38). No es sólo la luz de mundo sino la fuente del mundo, dispensando el agua de la vida por todos lados y haciendo que el terreno árido florezca como la rosa. Riega el desierto del mundo al ir avanzando en su curso tranquilo. ¡Su vida es bendecida, su ejemplo es bendecido, sus relaciones son bendecidas, sus palabras son bendecidas, su ministerio es bendecido! Las almas son salvas, los pecadores se convierten y muchos se apartan de su iniquidad.