Capítulo 1La importancia de un ministerio viviente
“¡Cuánto más afectarían al ministerio unos pocos hombres buenos y fervientes que una multitud de siervos tibios!” dijo Oecolampadius, el reformador suizo, un hombre que enseñó basado en la experiencia, y que dejó por escrito su experiencia para beneficio de otras iglesias y otros tiempos.
La mera multiplicación de hombres que se llaman a sí mismos ministros de Cristo de poco sirve. Pueden no ser más que “obstáculos en el camino”. Pueden ser como Acán, que causó problemas para el pueblo, o quizá como Jonás, que levantó la tempestad. Aun cuando su doctrina es buena, por su incredulidad, su tibieza y formulismo indolente, pueden hacer un daño irreparable a la causa de Cristo, paralizando y secando toda la vida espiritual a su alrededor. El ministerio tibio del que es ortodoxo en teoría con frecuencia resulta en una ruina más extensa y fatal para las almas que el ministerio de uno que es groseramente inconstante o un hereje flagrante. “¿Qué hombre en el mundo es un zángano más pernicioso que un pastor ocioso?” dijo Cecil. Y Fletcher bien dijo que “los pastores tibios hacen creyentes negligentes”. ¿Puede la multiplicación de tales pastores, cualquiera sea su número, ser contada como una bendición para un pueblo?
Cuando la iglesia de Cristo, en todas sus denominaciones, regresa al ejemplo primitivo, y, caminando en las huellas apostólicas, busca imitar más a los modelos inspirados, sin permitir que nada que sea de la tierra se interponga entre ella y su Cabeza viviente, entonces pondrá más atención en los hombres a quienes les confía el cuidado de las almas, sin importar lo erudito y capaces que sean, sino asegurándose de que se distingan por su espiritualidad, celo, fe y amor.
Al comparar a Baxter con Orton, el biógrafo del primero comenta que: “Baxter hubiera revolucionado al mundo con fuego, mientras que Orton encendía un cerillo.” ¡Cuán cierto! Pero no sólo cierto acerca de Baxter o de Orton. Estos dos señores representan a dos clases de pastores en la iglesia de Cristo en cada era y en cada denominación. Los últimos son mucho más numerosos: se pueden contar a los “Orton” por centenares, a los “Baxter” por decenas; no obstante, ¿quién no preferiría un ejemplar solitario de este último a mil de los otros?
La sinceridad ardiente de Baxter
“Cuando hablaba de temas importantes sobre el alma”, dice uno de los contemporáneos de Baxter, “uno veía a su espíritu empapado de esos temas”. ¡Con razón era bendecido con un éxito tan formidable! Los hombres que lo escuchaban sentían que estaban en contacto con alguien que reflexionaba profundamente sobre las realidades del momento infinito.
Este es uno de los secretos de la fuerza ministerial y del éxito ministerial. Y quién puede decir cuánta de la desbordante infidelidad del presente se debe no sólo a la falta de instructores espirituales –no meramente a la existencia de los escandalosamente infieles e inconstantes— sino a la frialdad de muchos que tienen la reputación de ser formales y fieles. El hombre no puede menos que sentir que si la religión vale algo, vale todo; que si demanda alguna medida de celo y calor, esto lo justifica en un máximo grado; y que no hay un punto medio entre el ateísmo irresponsable y el más intenso calor del celo religioso. Muchos desdeñan, detestan, se burlan, persiguen a esto último, mientras sus conciencias les están recordando silenciosa y constantemente que si acaso hay un Dios y un Salvador, un cielo y un infierno, cualquier cosa menos que una vida y un amor tal ¡son hipocresía, deshonestidad, perjurio!
Por lo tanto, la lección que aprenden de los discursos sin vida de la clase a la cual nos estamos refiriendo es que, ya que estos hombres no creen las doctrinas que predican, no hay necesidad de que los oyentes las crean. Si los pastores las creen únicamente porque por ellas se ganan la vida, ¿por qué los que no ganan nada con ellas van a tener escrúpulos en cuanto a negarlas?
“La predicación imprudente”, dijo Rowland Hill, “disgusta, la predicación tímida pone a dormir, la predicación audaz es la única predicación que le pertenece a Dios”.
No es meramente la fe poco sólida, ni la negligencia en los deberes, ni la inconstancia manifiesta de la vida lo que destruye la obra pastoral y arruina las almas. Uno puede estar libre de cualquier escándalo en cuanto a sus creencias o su conducta, y aun así ser un obstáculo serio para el bien espiritual de su congregación. Puede ser una cisterna seca y vacía, a pesar de su ortodoxia. Puede ser una vida helada o condenada en el preciso momento en que está hablando del camino de vida. Puede estar alejando a los hombres de la cruz mientras la proclama con sus palabras. Puede estar interponiéndose entre su rebaño y la bendición aun cuando está, exteriormente, levantando su mano para bendecirla. Las mismas palabras que de labios cálidos caerían como la lluvia, o destilaría como el rocío, brotan de sus labios como nieve o granizo, enfriando todo calor espiritual y arruinando toda vida espiritual. ¡Cuántas almas se han perdido por falta de sinceridad, falta de seriedad y falta de amor de parte del predicador, aun cuando sus palabras han sido valiosas y ciertas!
Nuestro único objetivo: Ganar almas
Damos por sentado que el objetivo del ministerio cristiano es convertir a los pecadores y edificar el cuerpo de Cristo. Ningún pastor fiel puede hacer menos. El aplauso, fama, popularidad, honra, riqueza –todo esto es vano. Si las almas no son ganadas, si los santos no maduran, nuestro ministerio es vano.
Por lo tanto, la pregunta que cada uno tiene que contestarle a su propia conciencia es: “¿Ha sido el propósito de mi ministerio, ha sido el anhelo de mi corazón ganar a los perdidos y guiarlos para que sean salvos? ¿Es la meta de cada sermón que predico, de cada visita que realizo? ¿Para esto es que oro y trabajo y ayuno y lloro? ¿Es bajo la influencia de este sentimiento que continuamente vivo, camino y hablo? ¿Para esto es que trabajo y me agoto, contando, junto con la salvación de mi propia alma, mi gozo principal ser el instrumento para que otros sean salvos? ¿Para esto es que existo? Para lograr esto, ¿moriría con gusto? ¿He visto el agrado del Señor prosperando mi mano? ¿He visto almas convertidas bajo mi ministerio? ¿Ha encontrado el pueblo de Dios refrigerio por mis palabras yéndose por su camino gozoso, o no he visto ningún fruto a mis labores y me contento con no ser bendecido? ¿Estoy satisfecho con predicar, y no saber que he hecho una impresión para salvación, ni he despertado a un pecador?
Nada que no sea un éxito positivo puede satisfacer al verdadero ministro de Cristo. Sus planes pueden avanzar sin problemas y su maquinaria externa puede funcionar sin pausa, pero sin que haya el fruto real de la salvación de las almas, lo demás no tiene ningún valor. Su sentir es: “Hijitos míos… vuelvo otra vez a estar de parto de vosotros, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19). Y es este sentir lo que le brinda el éxito.
“Los pastores” dijo Owen, “raramente son honrados con el éxito a menos que estén continuamente apuntando a la conversión de los pecadores. La resolución de que en el poder del Señor y con su bendición no carecerá de éxito, lo asegura. Es el hombre que se ha decidido enfrentar cualquier dificultad, que ha contado el costo, y, poniendo sus miras en el premio, ha determinado luchar hasta conseguirlo –este es el hombre que vence”.
La apatía del pasado ha desaparecido. Satanás ha tomado el campo activamente, y es mejor encararlo de frente. Además, la conciencia de los hombres realmente está inquieta. Dios parece estar luchando con ella extensivamente, como antes del diluvio. Un hálito del Espíritu Divino ha pasado sobre la tierra, y de allí el carácter trascendental de estos tiempos, al igual que la necesidad de mejorarlos mientras duren.
El único verdadero lugar de descanso o meta donde la duda y el cansancio, el aguijón de una conciencia intranquila y los vivos deseos de un alma insatisfecha pueden ser acallados, es Cristo mismo. No la iglesia, sino Cristo. No las doctrinas, sino Cristo. No los formulismos, sino Cristo. No las ceremonias, sino Cristo: Cristo el Dios-hombre, que dio su vida por la nuestra, sellando el pacto eterno y haciendo las paces para nosotros a través de la sangre en su cruz; Cristo, el depósito divino de toda luz y verdad, “en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento” (Colosenses 2:3). Cristo el vaso infinito, lleno del Espíritu Santo, el Iluminador, el Maestro, el que despierta, el Consolador, de modo que “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Él, sólo él es el refugio del alma atribulada, su roca sobre la cual edificar, su hogar para vivir hasta que el gran tentador sea amarrado y cada conflicto haya terminado en victoria.
Hacer frente a la “opinión” con la verdad
Hagamos frente, pues, a este “fervor” que es ahora el orgullo, pero que bien puede ser, a la larga, la ruina de esta generación, con aquello que es lo único que puede aquietar el pulso afiebrado, y tranquilizarlo hasta tener una calma bendita: el evangelio de la gracia de Dios. Todas las demás cosas son opios, drogas, falsas curas: esta es la medicina divina, esta es la única, rápida y eterna cura. No es mi “opinión” lo que tenemos que hacer frente con “opinión”, es la verdad de Dios lo que tenemos que empuñar, y aplicar el filo de la “espada del Espíritu” a las teorías de los hombres (que éstos orgullosamente llaman sus “opiniones”), hacerles sentir qué telaraña de falsedades y locuras han estado tejiendo para su propio enredo y ruina.
No son opiniones lo que necesita el hombre: necesita la Verdad. No es teología: es Dios. No es religión: es Cristo. No es literatura y ciencia, sino el conocimiento del amor gratuito de Dios manifestado en el regalo de su Hijo unigénito.
“No sé”, dice Richard Baxter, “lo que los demás piensan, pero por mi parte estoy avergonzado por mi estupidez, y me pregunto cómo es que no trato a mi alma y las de los demás como alguien que espera al gran día del Señor, y que puedo dar cabida a casi cualquier otro pensamiento y palabra, y que asuntos tan formidables no absorban totalmente mi mente. Me sorprendo de que puedo predicar acerca de ellos trivial y fríamente, y cómo puedo dejar a los hombres solos en sus pecados, y que no me acerco a ellos, y les ruego, en el nombre del Señor, que se arrepientan, sin importar el dolor o las tribulaciones que me costaran.
“Rara vez me retiro del púlpito sin que mi conciencia me redarguya porque no he sido más serio y ferviente. Me acusa no por la falta de estética y elegancia, ni porque dijera alguna palabra ordinaria, sino que me pregunta: ‘¿Cómo puedes hablar de vida y muerte con semejante corazón? ¿Cómo puedes predicar del cielo y del infierno de un modo tan indolente y aburrido? ¿Crees lo que dices? ¿Hablas en serio o en broma? ¿Cómo puedes decirle a la gente lo que es el pecado, y hablar de su sufrimiento presente y futuro, y no sentirte más afectado por ello? ¿No deberías llorar por estas personas, y no deberían tus lágrimas interrumpir tus palabras? ¿No deberías hablar a viva voz y mostrarles sus transgresiones y rogarles y suplicarles que reflexionen seriamente en la vida y la muerte?’
“Ciertamente este es el campanazo que la conciencia hace sonar en mis oídos, no obstante mi alma soñolienta no despierta. ¡Oh, qué temible es un corazón insensible y endurecido! ¡Oh Señor, sálvanos de la plaga de la infidelidad y la dureza de corazón, porque de otra manera, ¿cómo vamos a salvar a otros de esto mismo? ¡Oh, obra en nuestra alma lo que quieres usar para que nosotros obremos en el alma de los demás!”