Capítulo 3Defectos del pasado
“Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti… ¿Qué diremos, oh Dios nuestro después de esto?”—Esdras 9:6, 10
Peligros del profesionalismo ministerial
PREDICAR SERMONES cada Día del Señor, administrar la Cena del Señor según lo establecido, hacer una visita ocasional a los que la solicitan, asistir a reuniones religiosas –esto, me temo, resume la vida ministerial de muchos que son, por profesión, pastores del rebaño de Cristo. Un ministerio de treinta, cuarenta o cincuenta años muchas veces no da más resultados que estos. Tantos sermones, tantos bautismos, tantos sacramentos, tantas visitas y tantas reuniones de diversos tipos –estos son los únicos anales pastorales, el registro de la parroquia, ¡el TODO de una vida de ministerio para muchos! Tal registro no menciona ningún alma salvada.
Multitudes han muerto bajo tal ministerio, sólo el juicio revelará si siquiera un alma ha sido salva. Pudo haber enseñanza, pero no hubo un “hablar en sazón palabra al cansado”. Pudo haber sabiduría, pero no fue por cierto la sabiduría que “gana almas”. Pudo haber lo que sonaba como el evangelio, pero no contenía para nada las nuevas de gozo, y no era un sonido que salía de labios cálidos y penetraba en oídos asustados como el mensaje de vida eterna, “el evangelio glorioso del Dios bendito”. ¡Los hombres vivieron, y su pastor nunca les preguntó si habían nacido de nuevo! Los hombres enfermaron, mandaron a buscar al pastor y recibieron una oración en su lecho de muerte como pasaporte para entrar en el cielo. Los hombres murieron, y fueron sepultados donde estaban sepultados sus antepasados, hubo una oración en su funeral, y un respeto decoroso hacia sus restos mortales, pero sus almas subieron abandonadas al trono del juicio, sin que alguien haya pensado en ellas. Nadie, ni siquiera el pastor que había jurado cuidarlos, les había preguntado: ¿Están listos? –ni les había advertido que huyeran de la ira que vendrá.
¿No se aplica esta descripción a muchos distritos y muchos pastores? No preguntamos esto con enojo, no preguntamos con desprecio: hacemos la pregunta seria y sinceramente. Necesita una respuesta. Si hubo alguna ocasión cuando debería haber una “gran reflexión de corazón”, y un reconocimiento franco de infidelidad, es ahora cuando Dios nos visita –nos visita en juicio al igual que en misericordia. Hablamos con cariño fraternal, entonces, no sea la respuesta con enojo o amargura. ¡Y si esta descripción se aplica, cuánto pecado debe haber en los pastores y los hermanos! ¡Qué grande la desolación espiritual que prevalece! Ciertamente en un caso así algo anda muy mal, algo que llama a cada pastor a examinarse seriamente a sí mismo, algo que requiere un arrepentimiento profundo.
La tragedia de un ministerio estéril
Los campos son arados y sembrados, ¡pero no dan fruto! La maquinaria está en constante movimiento, ¡pero sin producir ni una partícula! Las redes son echadas al mar, y extendidas ampliamente, ¡pero no atrapan ni un pez! Todo esto durante años —¡durante una vida entera! ¡Qué extraño! Pero es cierto. No es algo que imaginamos o exageramos. Pregunte a algunos pastores, ¿y qué otra respuesta pueden dar? Le pueden contar acerca de los sermones que han predicado, pero nada pueden decir de sermones bendecidos. Pueden hablar de discursos que fueron admirados y elogiados, pero nade pueden decir de discursos a los que el Espíritu Santo ha hecho eficaces. Pueden decirle cuántos han sido bautizados, cuantos miembros recibidos, pero nada pueden informar sobre almas que fueron despertadas, convertidas y madurado en la gracia. Pueden enumerar los sacramentos que han administrado, pero nada pueden decir si algunos de ellos fueron “tiempos de refrigerio” o tiempos de despertar. Le pueden decir qué y cuántos casos de disciplina han pasado por sus manos, pero nada pueden informar si algunos de estos han generado un arrepentimiento santo por el pecado, si los que pretendían ser penitentes que fueron absueltos por ellos daban evidencia de ser “lavados y santificados y justificados”. ¡Nunca se les ocurrió pensar en estos resultados!
Pueden decir qué asistencia tienen en la escuela dominical, y qué habilidades tiene el maestro, pero no pueden decir cuántos de estos preciosos pequeños que han jurado alimentar están buscando al Señor, ni si su maestro es un hombre de oración y consagración. Pueden decir cuántos habitantes hay en su parroquia, cuántos miembros tienen en su congregación o la condición temporal de sus rebaños; pero en cuanto a su estado espiritual, no pueden pretender decir cuántos se han despertado del sueño de la muerte, cuántos son seguidores de Dios como sus hijos amados. Quizá lo considerarían una desconsideración y presunción, si no fanatismo, averiguarlo. ¡Y eso a pesar de que han jurado, ante Dios y los hombres, cuidar sus almas porque tendrán que rendir cuenta de ellas!
Pero, ¡de qué valen los sermones, sacramentos y escuelas dominicales si dejamos que las almas perezcan, si hemos perdido la visión de la religión viviente, si no buscamos al Espíritu Santo, si dejamos madurar y morir a los hombres sin tenerles compasión, sin orar por ellos, sin darles advertencias!
Para la gloria de Dios y el bien del hombre
No era así en otros tiempos. Nuestros padres cuidaban a las almas y predicaban para ellas. Pedían y esperaban bendiciones. Y no les eran negadas. Eran bendecidos al poder conducir a muchas almas hacia la justicia. Sus vidas registran sus labores exitosas. Qué vigorizante son las vidas de aquellos que han vivido sólo para la gloria de Dios y el bien de las almas. Hay algo en la historia de ellos que nos impulsa a sentir que eran ministros de Cristo –verdaderos custodios del evangelio.
Qué alegría leer acerca de Baxter y sus labores en Kidderminster! ¡Qué impresionante oír acerca de Venn y su predicación, de la que se dice que los hombres “caían ante él como cal muerta”! En las labores de aquel hombre de Dios que fue el apostólico Whitefield, ¿no encontramos acaso mucho para humillarnos, al igual que para estimularnos? Acerca de Taner, quien despertó bajo Whitefield, leemos que “rara vez predicaba un sermón en vano”. Acerca de Berridge y Hicks dicen que en sus viajes misioneros a lo largo y ancho de Inglaterra en un año tuvieron la bendición de despertar cuatro mil almas. ¡Oh, que volviéramos a vivir esos días! ¡Oh, volver a tener con Whitefield un solo día!
Sobre esto, alguien ha escrito: “El lenguaje que nos hemos acostumbrado a adoptar es éste: usemos los medios, y dejemos el resto a Dios, no podemos hacer otra cosa que emplear los medios, este es nuestro deber y habiéndolo hecho tenemos que dejarle el resto a Aquel que dispone de todas las cosas.” Eso suena bien, porque parece ser un reconocimiento de nuestra propia insuficiencia y una sumisión a la soberanía de Dios. Pero no es más que ruido –en realidad no contiene nada de substancia, porque aunque exteriormente es verdad, no lo es en su raíz. Hablar de una sumisión a la soberanía de Dios es una cosa, realmente someternos a ella es algo distinto y muy diferente.
Sumisión incluye renunciación
Someternos realmente a los designios de Dios obligadamente incluye siempre una renunciación de nuestra propia voluntad en relación con el asunto entre manos, y tal renunciación de la voluntad nunca es una realidad sin que el alma haya pasado interiormente por pruebas severas y humillantes. Por lo tanto, mientras estamos tranquilamente satisfechos en usar los medios sin obtener el fin, y esto no nos lleva a pruebas interiores dolorosas y profundamente humillantes, si creemos que estamos dejando el asunto a cargo de Dios, nos engañamos, y no conocemos la verdad en cuanto a este asunto.
No, realmente dar cualquier cosa a Dios implica que la voluntad, que enfáticamente es el corazón, se ha propuesto hacerlo, y si el corazón realmente ha decidido que conseguir la salvación de los pecadores sea el fin de los medios que usamos, no podemos renunciar a este fin sin que, como hemos comentado ya, el corazón sea probado severa y dolorosamente por la renunciación de la voluntad que incluye. Por lo tanto, cuando nos contentamos con usar los medios para salvar almas sin verlos salvos, es porque no hay una renunciación de la voluntad, no hay una entrega real del asunto a Dios. El hecho es que, la voluntad –es decir el corazón— nunca se propuso lograr este fin, de lo contrario, no podría renunciar a dicho fin sin ser quebrantado por el sacrificio. Cuando podamos estar satisfechos con usar los medios sin obtener el fin, y hablemos de ellos como si nos estuviéramos sometiendo a los designios del Señor, usamos una verdad para esconder una falsedad, exactamente como lo hacen esos formalistas de la religión, que continúan con sus formulismos y deberes sin ir más allá, aunque saben que no salvarán, y que cuando les advertimos del peligro que corren y les exhortamos sinceramente a buscar al Señor con todo su corazón, nos responden que saben que se tienen que arrepentir y creer, pero que no pueden hacer ni lo uno ni lo otro por sí mismos y que tienen que esperar hasta que Dios les dé gracia para hacerlo. Ahora bien, esto es cierto, pero la mayoría podemos ver que están usando este argumento como una falsedad para ocultar y excusar una gran insinceridad del corazón. Percibimos enseguida que si sus corazones estuvieran decididos a lograr la salvación, no podrían quedarse tranquilos sin ella. Su contentamiento es el resultado, no de la sumisión del corazón a Dios, sino en realidad de una indiferencia del corazón a la salvación de sus propias almas.
Ocultar la falsedad con la verdad
Es exactamente así con nosotros los pastores cuando nos quedamos satisfechos con usar los medios para salvar almas sin verlas realmente salvas, y nosotros mismos no nos sentimos quebrantados por ello, y al mismo tiempo hablamos tranquilamente de dejar el asunto en las manos de Dios. Hacemos uso de una verdad para ocultar y excusar una falsedad. Nuestra habilidad de dejar el asunto así, no es, como lo imaginamos, el resultado de someter nuestro corazón a Dios, sino de una indiferencia del corazón a la salvación de las almas con las cuales tratamos. No, de veras, si el corazón está realmente decidido a lograr ese fin, lo tiene que obtener o quebrantarse por no lograrlo.
El que salvó nuestra alma nos ha enseñado a llorar por los no salvos. ¡Señor, haya en nosotros ese sentir que hubo en ti! Danos las lágrimas para llorar, porque, Señor, nuestro corazón está endurecido hacia nuestros semejantes. Podemos ver a miles morir a nuestro alrededor, y en nuestro profundo sueño ni nos inquietamos, nunca nos asusta la visión de su terrible condenación, ni lloramos por sus almas perdidas transformando nuestra paz en amargura.
Nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras congregaciones, sin mencionar a nuestras ciudades, nuestra patria, nuestro mundo, deberían ponernos diariamente de rodillas, porque la pérdida de siquiera un alma es más terrible de lo que podemos concebir. El ojo no ha visto, el oído no ha escuchado, ni ha entrado en el corazón del hombre lo que el alma en el infierno tiene que sufrir para siempre. ¡Señor, haz que sintamos misericordia! “¡Qué misterio! ¡El alma y la eternidad de un hombre dependen de la voz de otro!”