Oración por los pastores
Gardiner Spring
7. Conclusión
«Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra» (Is. 62:6–7). Cuando las iglesias dejen de orar por sus ministros, los ministros dejarán de ser una bendición para las iglesias. Hermanos, orad por nosotros:
Para que seamos guardados del pecado.
Para que «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Ef. 5:15-16).
Para que nuestros corazones sean más consagrados a Dios, y nuestras vidas una demostración más impresionante del evangelio que predicamos.
Para que estemos más plenamente ceñidos para nuestra obra y nuestras batallas, y revistamos toda la armadura de Dios.
Para que seamos más fieles y más sabios para ganar almas.
Y para que mantengamos nuestro cuerpo «en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Co. 9:27).
Cuando volvemos nuestros pensamientos hacia ordenanzas estériles y un ministerio sin fruto, nuestros corazones se abaten dentro de nosotros, y quisiéramos poder arrojarnos a los pies de las iglesias e implorarles que nos recuerden en sus oraciones. Si alguna vez entras en el lugar secreto del Altísimo y te acercas al corazón de Aquel a quien ama tu alma, ruega con fervor que Su propio poder acompañe el ministerio regular de Su evangelio. Si alguna vez reposas sobre el pecho de Jesús, recuerda esto. Abre tus deseos. Cuéntale a tu Emmanuel de Su costoso sacrificio y de Su amor maravilloso. Háblale de Su poder y de nuestra debilidad. Háblale de la gloria inefable y del tormento interminable más allá del sepulcro. Con lágrimas fervientes, presenta tu ruego y recuérdale que Él ha confiado el tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea toda de Dios (2 Co. 4:7).