La voluntad del hombre libre, pero atada

Walter J. Chantry

La voluntad del hombre:libre, pero atada

Introducción

Durante más de mil quinientos años, la Iglesia ha sostenido un intenso debate acerca de la libertad de la voluntad del hombre. Las cuestiones principales salieron a la luz pública a comienzos del siglo V, cuando Agustín y Pelagio se enfrentaron en esta materia. A lo largo de la Edad Media, la naturaleza de la libertad humana recibió gran atención. Al estudiar las Escrituras, Bernardo y Anselmo hicieron contribuciones significativas a la doctrina de la voluntad humana. En el siglo XVI, la libertad o esclavitud de la voluntad fue uno de los temas principales que dividió a los Reformadores y a los Católicos Romanos. Para Martín Lutero, este asunto era la clave de su disputa con Roma. En el siglo XVII, la naturaleza de la libertad humana estuvo en el corazón del debate entre Arminianos y Calvinistas. El conflicto resurgió en el siglo XVIII durante el Gran Avivamiento. El enfoque de Finney respecto al avivamiento en el siglo XIX desvió a la iglesia debido a un malentendido de la voluntad humana. De la misma manera, la naturaleza de la voluntad del hombre sigue produciendo intensos desacuerdos entre creyentes Reformados y Fundamentalistas.

Una comprensión adecuada del contenido del evangelio y del uso de métodos que honren a Dios en la evangelización depende del dominio de este tema.

Algunos teólogos, tanto Arminianos como Calvinistas, han sido bastante claros en sus discusiones sobre la voluntad del hombre. Otros, como Jonathan Edwards, se han elevado a las altas nubes de la filosofía, donde muchos creyentes desfallecen en el aire enrarecido de una lógica difícil y un pensamiento complejo. Pero ninguno es tan refrescantemente claro como nuestro santo Señor. Su instrucción en este asunto está llena de ilustraciones vívidas que ayudan a nuestras mentes vacilantes:

Mateo 12:33-37 dice: «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado».

En este pasaje hay tres ventanas verbales por las que entra la luz de la enseñanza de Cristo. Cada una presenta una escena familiar:

1. El hombre tiene voluntad, y esa voluntad posee cierta libertad.

Nuestro Señor enseña claramente que el hombre tiene poder de elección. Es importante comenzar aquí para desarmar a los opositores de todas las acusaciones insensatas que se han levantado contra la doctrina bíblica de la voluntad del hombre. Todo hombre tiene la capacidad de escoger sus propias palabras, de decidir cuáles serán sus acciones. Tenemos una facultad de autodeterminación en el sentido de que seleccionamos nuestros propios pensamientos, palabras y hechos. El hombre es libre de escoger lo que prefiere, lo que desea.

Nadie amarra fruto a las ramas de un árbol, ni siquiera Dios. El árbol produce su propio fruto. Los hombres malvados pecan voluntariamente: sacan de sus cofres tesoros malos, es decir, malas palabras y hechos. Los hombres justos son santos por elección: escogen tesoros buenos, es decir, buenas palabras y obras. La persona que habla y actúa es completamente responsable de su comportamiento moral. Este poder de la voluntad es una parte vital de la personalidad humana. Siempre existe en ti, en mí y en todos aquellos a quienes damos testimonio o predicamos.

Dios nunca fuerza a los hombres a actuar contra su voluntad. Por medio de operaciones de la providencia externa o de la gracia interna, el Señor puede cambiar la mente de los hombres, pero no coacciona a ningún ser humano para que tenga pensamientos, palabras o acciones. Cuando Dios, en su santa ira, envió a los israelitas a expulsar a los cananeos de su tierra, también envió avispas contra ellos. Hay un canto infantil que narra cómo estas avispas picaban a los cananeos, haciendo que los paganos huyeran de la tierra. El coro canta entonces:

Dios nunca nos obliga a ir, oh no,Él nunca nos obliga a ir;Dios no nos obliga a ir contra nuestra voluntad,pero simplemente hace que queramos ir.

Cuando Saulo fue convertido, el Señor no lo obligó a edificar la iglesia en lugar de perseguirla. Le añadió un nuevo principio de gracia interior en su alma, y en consecuencia Pablo cambió su decisión. Dios puede renovar la voluntad, pero nunca la coacciona.

La Confesión de Fe de Westminster es muy cuidadosa en afirmar la libertad de la voluntad humana. Cuando habla de los decretos eternos de Dios, se nos dice: “Dios, desde toda la eternidad, libre e inmutablemente ordenó todo lo que acontece; sin embargo, de tal manera que ni Dios es autor del pecado, ni se hace violencia a la voluntad de las criaturas, ni se quita la libertad o contingencia de las causas secundarias, sino que más bien se establece”. Al tratar sobre el Libre Albedrío, la Confesión comienza diciendo: “Dios ha dotado a la voluntad del hombre de una libertad natural, de modo que no está forzada, ni determinada por ninguna necesidad absoluta de la naturaleza, al bien o el mal”. Ni por la creación, ni por actos posteriores de Dios, las decisiones del hombre son hechas por él; el hombre es libre de elegir por sí mismo.

¡Este tipo de libertad de la voluntad es esencial para la responsabilidad! Tener voluntad es un ingrediente necesario para ser moralmente responsable. Esto está claramente implícito en las palabras de nuestro Señor en los versículos 36 y 37: «Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado». Un hombre puede ser condenado únicamente por sus propias palabras. Él fue libre de sacarlas del cofre de sus tesoros; brotaron como desbordamiento de la fuente de su corazón y como fruto natural de su propio árbol. Nadie puso esas palabras en sus labios: fueron suyas, y por ellas será juzgado. Él las escogió. La sociedad, los compañeros, los padres no pueden ser culpados. Las palabras ociosas son producto de la propia voluntad del hombre.

Es vital que todo ministro aprecie la importancia de la voluntad del hombre. Pues en la evangelización la voluntad debe ser confrontada. En la predicación del evangelio no solo debemos iluminar con la verdad las mentes entenebrecidas. También debemos apelar a las voluntades pervertidas de los hombres para que elijan a Cristo. La fe es tanto un acto de la voluntad como de la mente. Cuando, por el Espíritu, la mente entiende las verdades esenciales, por el mismo Espíritu la voluntad debe confiar en Cristo. El arrepentimiento es escoger el bien y rechazar el mal. La volición es central para la fe y el arrepentimiento.

En verdad, en la conversión, un hombre debe tomar una decisión. Rehuimos de ese término porque, en el lenguaje moderno, una “decisión” se ha identificado con una expresión externa, como levantar la mano o pasar al frente. Aunque tales actos externos nada tienen que ver con el perdón de los pecados, el corazón debe tomar una decisión para ser salvo.

Cuando Cristo se puso en pie y clamó: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba», estaba solicitando una elección voluntaria de Sí mismo como la bebida que satisface el alma. Dios exhorta a todos los pecadores a venir, precisamente porque pueden venir. Y es nuestro deber informar al pecador que tiene una autorización, un derecho de escoger a Cristo. Más aún, debemos asegurarle que tiene el deber positivo de abrazar al Salvador.

La gran culpa de los pecadores bajo el evangelio es que no quieren venir. Cristo se lamentó en Juan 5:40: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida». Y a Jerusalén sollozó: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!». Hay en el oyente inconverso del evangelio una elección obstinada y voluntaria de no venir. Por eso es que en llama de fuego Cristo vendrá para tomar venganza de los que no obedecen al evangelio (2 Ts. 1:8). En el libre ejercicio de sus voluntades no coaccionadas, los hombres han rechazado al Hijo de Dios.

Al hablar de responsabilidad no hemos implicado nada respecto a capacidad, como se verá más adelante. Pero el punto es que los hombres tienen voluntad, la cual debe ser confrontada con tanta fuerza y directamente en la predicación del evangelio como sus mentes y emociones. Los hombres deben ser confrontados con su responsabilidad: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado» (Jn. 6:29).

2. La voluntad del hombre no es una facultad soberana.

Aunque el hombre sí tiene una voluntad, esta no es independiente de todas las influencias ni suprema sobre todas las demás partes de su personalidad. Este es el siguiente punto que debe verse en la enseñanza de nuestro Señor.

Pelagianos, Católicos Romanos, Arminianos y Finneyanos han sostenido una opinión común sobre la naturaleza del hombre. Ellos sugieren que la voluntad del hombre es, de alguna manera, neutral; que existe en un estado de suspensión moral. Según su entendimiento, con la misma facilidad la voluntad puede escoger el bien o el mal; puede recibir o rechazar a Cristo. Con solo grados de diferencia y variedad de explicación, esta es su opinión común. Los Pelagianos han enseñado que la voluntad es neutral porque el corazón del hombre es moralmente neutral. Los Arminianos, en cambio, reconocen que el corazón humano es malo. Pero sugieren que la gracia preveniente ha colgado la voluntad de un “gancho en el cielo” de neutralidad, desde el cual puede oscilar, ya sea para recibir o para rechazar el evangelio. El terreno común, sin embargo, es esta idea de neutralidad. La voluntad, dicen ellos, es desinteresada. En última instancia, esto controla toda su visión de la conversión y de la santificación.

Debe notarse que nuestro Maestro enseñó que la voluntad humana no está libre de las demás facultades del corazón. Lejos de que la voluntad reine sobre el hombre, la voluntad está determinada por el propio carácter del hombre. No ha sido elevada a una posición de dominio sobre la totalidad del ser.

El hombre es como un árbol. Su corazón —no solo su voluntad— es la raíz. No existe manera alguna en que la voluntad pueda elegir producir fruto contrario al carácter de la raíz. Si la raíz es mala, el árbol está ligado por su propia naturaleza a producir fruto malo. El hombre es como alguien de pie junto a su cofre de tesoros. No hay posibilidad de sacar oro puro de una caja llena solo de acero oxidado. El contenido del corazón determina qué palabras y obras pueden salir de él. Lejos de ser neutral, la voluntad debe acudir al corazón para hacer sus elecciones. Todo pensamiento, palabra y acción participará de la naturaleza del tesoro interior. El hombre es como un arroyo que no puede elevarse por encima de su fuente. Si la fuente está contaminada, el flujo será malo. Si la fuente es dulce, el arroyo no será amargo ni puede elegir serlo.

Estas tres ilustraciones contienen la misma lección. Lo que un hombre es determina lo que elige. Las elecciones de la voluntad siempre revelan el carácter del corazón, porque el corazón determina las elecciones. Los hombres no son pecadores porque eligen pecar; eligen pecar porque son pecadores. Si no fuera así, nunca podríamos conocer a un árbol por sus frutos, ni juzgar el carácter de un hombre por sus actos. En tiempos modernos observamos cohetes lanzados para escapar de la gravedad de la tierra. Para lograrlo existe un gran complejo de cables eléctricos, todos entretejidos en un solo centro de control, llamado en los Estados Unidos “Centro de Control de la Misión”.

Según la Biblia, el corazón es el Centro de Control de Misión de la vida del hombre. El corazón es el complejo motivacional del hombre, la disposición básica, la inclinación total del carácter, la orientación moral. La mente, las emociones, los deseos y la voluntad son como cables que observamos; ninguno es independiente, todos están soldados en un mismo circuito. Si el centro de control está cableado para el mal, la voluntad no puede hacer que los cohetes de la vida viajen por el camino de la justicia. La voluntad no puede escapar a la dirección de los pensamientos, sentimientos, anhelos y hábitos para producir una conducta de calidad moral opuesta. La “voluntad” puede ser el botón que lanza la nave espacial. Pero el botón de lanzamiento no determina la dirección. La dirección depende del complejo sistema de cableado.

Si la voluntad pudiera tomar decisiones contrarias a la razón, a los gustos y deseos del corazón, sería un monstruo. Te encontrarías en un restaurante ordenando todos los alimentos que detestas. Te verías escogiendo la compañía que aborreces. Pero la voluntad no es un monstruo. No puede elegir sin consultar tu inteligencia, reflejar tus sentimientos y tener en cuenta tus deseos. Eres libre de ser tú mismo. La voluntad no puede transformarte en otra persona.

Esto es profundamente cierto en las esferas moral y religiosa. Cuando la mente está en guerra con Dios, negando Su verdad; cuando las emociones odian a Cristo, Su Hijo; cuando los deseos quisieran que la ley y el evangelio de Dios fueran exterminados de la tierra; la voluntad no puede estar en posición de escoger a Cristo. Si lo estuviera, el hombre no sería verdaderamente libre de ser él mismo. He aquí la trágica verdad acerca de la voluntad del hombre: aunque libre de coerción externa, se encuentra en un estado de esclavitud. No está en un estado de neutralidad. No es una palanca con la cual mover la personalidad del hombre del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe. Esto nos conduce al tercer elemento en las palabras de Cristo.

3. La voluntad del hombre está en esclavitud al pecado.

Las cadenas que atan la voluntad del hombre al pecado no resultan de las acciones del Dios Omnipotente. Las cadenas que atan son las facultades depravadas del mismo hombre. La prisión es su propia naturaleza.

La pregunta retórica de nuestro Señor en el versículo 34 lo demuestra con fuerza: «¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?». Nuestro sabio Señor está sugiriendo que un hombre debe hablar como habla por lo que es. A los pecadores les estaba diciendo: “No pueden elegir buenas palabras porque poseen un corazón malo. Si el árbol es malo, si el cofre de tesoros está lleno solo de cosas malas, si la fuente es amarga, vuestra voluntad no puede producir buenas palabras [frutos, tesoros, desbordamiento]”.

En este punto hay muchísimas Escrituras que dan testimonio de la esclavitud del hombre al pecado por su propia naturaleza. Solo por mencionar algunas:

Jeremías 13:23: «¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?».

Juan 6:44: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere».

Romanos 8:7: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden».

El apoyo Pelagiano, Arminiano y Fundamentalista moderno a la libertad moral y espiritual de la voluntad suele centrarse en un solo punto. Hemos admitido que el hombre tiene una libertad responsable. Es libre de ser él mismo. Es tenido por responsable de sus palabras y hechos, especialmente de recibir o rechazar a Cristo. En todo esto estamos de acuerdo. Ellos usan este punto de apoyo para argumentar que la voluntad no está en esclavitud al pecado, sino que tiene el poder de la elección contraria. Puede hacer el bien o el mal, al menos cuando se enfrenta al evangelio. Insisten en que la responsabilidad de la voluntad de escoger a Cristo implica la capacidad de la voluntad para escoger a Cristo.

No hay defensa bíblica de esta creencia, ninguna que yo haya visto publicada. El argumento es completamente filosófico. Su razonamiento es el siguiente: si un hombre no puede hacer el bien, sería injusto castigarlo como malo. Además, si un pecador no puede arrepentirse, sería insensato mandar a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan. Dios no es insensato, y Él ha mandado arrepentimiento, por lo tanto, los hombres son capaces de arrepentirse.

Solo podemos responder que quienes aplauden los poderes de la voluntad con tales argumentos no han leído la Biblia con mucho cuidado. Para mantener sus premisas filosóficas tendrán que discutir con Cristo su Señor. Porque nuestro Profeta nos dice en los versículos 36 y 37 de nuestro texto que en el Día del Juicio los hombres serán responsables por sus malas palabras. Sin embargo, en el versículo 34 nuestro Maestro dice a esos mismos hombres que no pueden hablar buenas palabras porque están atados por su carácter malo.

Lázaro, en su tumba, no tenía capacidad de responder cuando nuestro Señor le mandó: «¡Ven fuera!». El hombre que había estado inválido por treinta y ocho años no tenía capacidad nativa de obedecer cuando Jesús le ordenó tomar su lecho y andar. Tampoco los pecadores modernos tienen capacidad de creer cuando predicamos: «Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo» (1 Jn. 3:23).

Cuando un pecador rehúsa venir a Cristo, es culpable porque ha hecho una elección libre. Refleja su propio estado de mente, sentimientos y actitud hacia Dios y Su Hijo. Ha actuado voluntariamente, sin coacción. Es su decisión. Pero el pobre pecador, muerto en delitos y pecados, no podía hacer otra cosa, siendo malo. No es necesario que tenga una voluntad neutral, o la capacidad de hacer tanto el bien como el mal, para que su acción sea tenida por responsable ante el Juez de todos los corazones.

Anselmo es muy útil en este asunto. Este teólogo medieval señala que si la capacidad de pecar fuera necesaria para la verdadera libertad o responsabilidad, entonces Dios no sería ni libre ni digno de alabanza. Porque las Escrituras nos enseñan que Dios no puede mentir. De igual manera, los santos en la gloria no serían ni libres ni responsables, pues en la eternidad el pueblo del Señor tiene una justicia confirmada. Anselmo continúa mostrando el énfasis bíblico de la libertad. La verdadera libertad descansa en la capacidad de hacer el bien, mientras que el que peca es esclavo del pecado. Si la verdadera libertad descansa en la capacidad de hacer lo bueno ante Dios, entonces la libertad más alta descansa en la incapacidad de hacer otra cosa. Esta libertad más alta pertenece a los hijos de Dios en la gloria. ¡Qué bíblicos fueron los discernimientos de Anselmo!

No cabe duda de que el pensamiento de Anselmo ha influenciado la redacción de la Confesión de Fe de Westminster en el capítulo “Del Libre Albedrío”. Pues allí se dice que Adán “tenía libertad y poder para querer y hacer lo que era bueno y agradable a Dios”. Sin embargo, esta libertad era mutable, sujeta a cambio. El hombre podía y de hecho perdió su libertad en el sentido de poder hacer el bien. Esto no es lo mismo que la libertad del hombre de ser él mismo. “El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad de voluntad para cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación; de modo que, siendo el hombre natural totalmente opuesto a ese bien, y muerto en pecado, no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse a sí mismo, o prepararse para ello”.

Bernardo estuvo muy cerca de la verdad cuando escribió acerca de nuestra condición en Adán: “El alma, de una manera extraña y malvada, está sujeta a esta clase de necesidad voluntaria, y sin embargo tristemente libre, a la vez esclava y libre; esclava en cuanto a la necesidad, libre en cuanto a la voluntad: y lo que es aún más extraño, y todavía más miserable, es culpable porque es libre, y esclava porque es culpable, y por lo tanto esclava porque es libre”.

Hemos visto que el hombre es libre para ser él mismo y, por tanto, está esclavizado al pecado por un corazón malvado. Y esto nos lleva a la verdad más profunda en cuanto a la salvación de las almas. Es crucial para nuestra predicación. Es vital para que nuestros oyentes reciban impresiones salvadoras.

4. La voluntad del hombre no es su esperanza.

Nuestro Señor ha enseñado que el árbol debe ser hecho bueno. El hombre debe ser renovado en todo su carácter. Debe tener un corazón nuevo para producir buen fruto; la voluntad no puede hacer bueno al árbol; solo puede ejercer libertad para ser lo que el árbol ya es. La voluntad no puede recargar el cofre de tesoros con un nuevo tipo de bienes; únicamente puede sacar libremente lo que ya hay allí. La voluntad no puede limpiar la fuente; únicamente puede rebosar de las aguas que hay disponibles en el alma.

Toda predicación del evangelio que dependa de un acto de la voluntad humana para la conversión de los pecadores ha errado el blanco. Cualquier pecador que suponga que su voluntad tiene la fuerza para hacer algún bien que acompañe a la salvación está grandemente engañado y lejos del reino. Somos remitidos a la obra regeneradora del Espíritu del Dios viviente para hacer bueno al árbol. A menos que Dios haga algo en el pecador, a menos que Dios cree un corazón limpio y renueve un espíritu recto dentro del hombre, no hay esperanza de un cambio salvador.

Aunque nos dirigimos a las voluntades de los hombres en la predicación del evangelio, estas son voluntades atadas con las vendas de un corazón malo. Pero mientras hablamos, y el Señor respalda Su palabra, los pecadores son vivificados a la vida por el poder divino. Su pueblo es hecho voluntario en el día de Su poder (Sal. 110:3). Todos los que son adoptados como hijos de Dios han «nacido, no de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn. 1:13). Nos levantamos a predicar sin ningún poder para hacer bueno al árbol. Los “árboles” delante de nosotros no pueden hacerse buenos a sí mismos, de modo que ningún artificio ni política de hombres puede persuadirlos para efectuar el cambio. Pero nuestro glorioso Dios, por un poder interno, secreto y transformador, puede hacer bueno al árbol, bueno al tesoro, buena la fuente.

¡Así que toda la gloria sea para Dios y para el Cordero! ¡La salvación es del Señor!