La providencia de Dios
Charles H. Spurgeon
La providencia
de Dios
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”.
Mateo 10:29-31
Introducción
A. Un ejemplo personal
Durante esta semana, mi mente ha estado muy enfocada en el tema de la providencia,1 y no te sorprenderá cuando relate un episodio de un día en particular. El miércoles pasado, estaba programado para predicar en Halifax, donde cayó una fuerte tormenta de nieve. Se habían hecho preparativos para recibir una congregación de ocho mil personas, y se había levantado una enorme estructura de madera. Consideré que, debido al clima tan severo, pocas personas podrían reunirse, y anticipaba la desalentadora tarea de predicarle a un grupo pequeño en un lugar inmenso. Sin embargo, cuando llegué, encontré que entre cinco y seis mil personas se habían reunido para escuchar la Palabra; y no me ha tocado ver un lugar más sólidamente construido. Ciertamente era un edificio enorme y poco atractivo, pero, parecía bien adaptado para cumplir su propósito. Nos reunimos por la tarde y adoramos a Dios, y nuevamente por la noche. Luego nos separamos para regresar a nuestros hogares… o, mejor dicho, estábamos a punto de separarnos, y todo ese tiempo la bondadosa providencia de Dios velaba por nosotros. Justo frente a mí había una enorme terraza, es decir, un segundo piso, que parecía una estructura sumamente sólida, capaz de sostener a dos mil personas. Por la tarde estuvo llena, y parecía firme como una roca. Nuevamente por la noche, ahí estaba, sin moverse ni tambalearse.
Pero observa la mano providente de Dios. Por la noche, cuando las personas estaban a punto de retirarse y no quedaban más de cien personas en el lugar, una enorme viga cedió, y una parte del piso de la terraza cayó con un estruendo espantoso. Varias personas cayeron junto con las tablas, pero aun así la buena mano de Dios veló por nosotros, y solo dos personas resultaron gravemente heridas con fracturas en las piernas, que se espera puedan ser corregidas sin necesidad de amputación. Ahora bien, si esto hubiera ocurrido antes, no solo muchas más personas habrían resultado heridas, sino que, como solemos decir, había mil posibilidades contra una de que cundiera el pánico, como aquel que aún recordamos y lamentamos haber presenciado en este mismo lugar.2 Si algo así hubiera sucedido, y yo hubiera sido el infeliz predicador en esa ocasión, estoy seguro de que nunca habría podido volver a estar en el púlpito. Tal fue el efecto de aquella primera calamidad, que me asombra haberla sobrevivido. Ninguna lengua humana podría describir lo que experimenté. Sin embargo, el Señor, en Su gracia, nos preservó: el reducido número de personas en la terraza evitó una catástrofe mayor, y así se evitó un accidente que pudo haber sido peor.
Pero aún tenemos una providencia más maravillosa que registrar. Cargado por el inmenso peso de la nieve que cayó sobre él y azotado por un fuerte viento, todo el edificio colapsó con un estruendo enorme tres horas después de que lo habíamos abandonado, partiendo las enormes vigas en astillas y dejando gran parte del material completamente inservible para cualquier construcción futura. Ahora presta atención a esto: si la nevada hubiera comenzado tres horas antes, el edificio habría caído sobre nosotros; y ¿cuántos habríamos escapado? No lo podemos saber. Pero observa otro detalle: durante todo el día, el deshielo fue tan intenso que la nieve, al caer, no formaba un manto blanco, sino una mezcla de nieve con agua. Esta se filtraba por el techo y caía sobre nosotros, causandonos una considerable molestia, al punto que estuve a punto de quejarme, pensando que la providencia de Dios nos había tratado con dureza. Pero si en lugar de un deshielo hubiera sido una helada, puedes darte cuenta fácilmente de que el lugar habría colapsado varias horas antes, y entonces tu ministro, junto con la mayor parte de su congregación, probablemente estaría ya en el otro mundo. Habrá quienes nieguen por completo la providencia, pero no puedo concebir que alguno de los que presenció esta escena pudiera hacerlo. Y, hay algo que sé: si hasta ese día yo hubiera sido incrédulo respecto a la doctrina del cuidado soberano y sabio de Dios, en esa misma hora me habría convertido en creyente. «Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre» (Sal 34:3). Él ha sido muy misericordioso con nosotros y se ha acordado de nosotros para bien.
B. La mano de Dios
Ahora bien, cuando miramos a nuestro alrededor en el mundo, vemos, o creemos ver, tantas pruebas abundantes de que hay un Dios, que solemos tratar con muy poca paciencia o respeto al hombre que niega Su existencia. Lo consideramos ciegamente voluntarioso, porque vemos el nombre de Dios tan claramente escrito en la misma superficie de la creación, que nos resulta difícil tener paciencia con quien se atreve a negar la existencia de un Creador. Y en lo que respecta a la salvación, cada uno de nosotros ha visto en su propia experiencia, señales tan claras del trato del Señor con su alma, que también tendemos a ser algo críticos y severos hacia quienes proponen doctrinas que enseñan una salvación alejada de Dios. Y creo que esta mañana también nos será difícil comprender al hombre que, habiendo visto o escuchado acerca de una providencia como la que acabo de relatar, no logre reconocer la mano de Dios en ella. Me parece que la mano de Dios en la providencia es tan evidente como en la creación. Y así como estoy plenamente convencido de que, si he de ser salvo, debo serlo únicamente por Dios, me siento igualmente seguro de que todo asunto que concierne a nuestra vida diaria lleva, en sí mismo, la clara huella de ser obra de las manos de Jehová, nuestro Dios.
Debemos, si queremos ser verdaderos creyentes en Dios y evitar todo ateísmo, atribuirle a Él la soberanía en los tres reinos: creación, gracia y providencia. Sin embargo, es en este último donde creo que somos más propensos a olvidarlo. Podemos ver fácilmente a Dios en la creación si hemos recibido algo de luz. Y si hemos sido salvos, no podemos evitar confesar que la salvación proviene únicamente del Señor. La manera en que somos salvos, y el efecto de la gracia en nuestros corazones, siempre nos obliga a reconocer que Dios es justo.3 Pero la providencia es una cosa tan llena de contrastes, y tú y yo somos tan propensos a juzgar mal a Dios y a sacar conclusiones apresuradas sobre Su trato con nosotros, que quizás esta sea la mayor fortaleza de nuestro ateísmo natural: dudar de los tratos de Dios con nosotros en los asuntos externos de la vida. Esta mañana no podré profundizar en el tema como quisiera, pero sí puedo hablar de él con todo mi corazón, habiendo sido tan gran partícipe de Su poder obrando maravillas.
Del texto sacaré uno o dos puntos. Primero, el texto dice: «Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». De esto inferiré:
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La minuciosidad4 de la providencia. Luego, dado que se dice de los creyentes que los cabellos de su cabeza están todos contados, inferiré:
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La bondadosa consideración, el cuidado generoso que Dios ejerce sobre los cristianos. Y finalmente, a partir del texto y de la razón por la cual nuestro Salvador pronunció estas palabras, extraeré:
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Una conclusión práctica de cuál debería ser el espíritu y la actitud de aquellos que creen esta verdad: que aun los cabellos de su cabeza están todos contados.
1. La minuciosidad de la providencia de Dios
“Pues aun vuestros cabellos están todos contados”.
Mateo 10:30
Entonces, primero, nuestro texto nos enseña con mucha claridad la minuciosidad de la providencia. Todo hombre puede ver la providencia en las cosas grandes; rara vez se encuentra a alguien que niegue que, cuando una avalancha cae desde la cima de los Alpes, la mano (la terrible mano) de Dios está allí. Son muy pocos los hombres que no sienten que Dios está presente en el torbellino y en la tempestad. La mayoría reconocerá que el terremoto, el huracán, la devastación de la guerra y los estragos de la pestilencia provienen de la mano de Dios.
Encontramos que la mayoría de los hombres están muy dispuestos a confesar que Dios es Dios de los montes, pero se olvidan de que también es Señor de los valles. Admiten que Él trata con grandes multitudes, pero no con individuos; con los mares en su totalidad, pero no con las gotas. Sin embargo, muchos olvidan que el hecho de creer que la providencia actúa en las cosas grandes implica necesariamente que, también actúa en las pequeñas, pues sería una creencia inconsistente pensar que la masa está en la mano de Dios, mientras que el átomo queda entregado al azar. Esa es, en verdad, una creencia que se contradice a sí misma: debemos creer que todo está en manos del azar, o que todo está en manos de Dios. O todo ha sido ordenado4 y dispuesto, o todo ha sido abandonado al torbellino salvaje del azar y la casualidad. Y yo creo que es precisamente en las cosas pequeñas donde más fallamos en ver a Dios; por eso, esta mañana, quiero llamar tu atención a las cosas pequeñas.
Yo creo que mi texto significa literalmente lo que dice: «Pues aun vuestros cabellos están todos contados». La sabiduría y el conocimiento de Dios son tan grandes que Él conoce incluso el número exacto de los cabellos de nuestra cabeza. Su providencia desciende hasta las partículas más diminutas de polvo arrastradas por la brisa de verano, cuenta los mosquitos que revolotean ante el sol y los peces del mar. Y aunque sin duda, Él gobierna los grandes astros que brillan en el cielo, no se avergüenza de ocuparse también de la lágrima que cae del ojo.
A. Pequeñas circunstancias
Ahora, quiero que noten cómo las pequeñas circunstancias de la vida diaria, cuando las observamos en conjunto, evidentemente delatan su origen. Tomaré una historia bíblica y mostraré cómo los pequeños eventos deben haber sido de Dios, al igual que los grandes resultados. Cuando José fue enviado a Egipto por sus hermanos con el fin de proveer para ellos en el día de la sequía, todos estamos de acuerdo con la declaración de José: «No me enviasteis acá vosotros, sino Dios» (Gn 45:8). Pero ahora, si observamos cada uno de los pequeños medios por los cuales se cumplió este gran resultado, veremos a Dios en cada uno de ellos (Gn 37). Un día, los hermanos de José salieron con las ovejas; Jacob desea enviar a alguien donde ellos. ¿Por qué envía a José? Era su hijo amado; lo amaba más que a todos sus hermanos. ¿Por qué, entonces, lo envía lejos? Sin embargo, lo envía.
Entonces, ¿por qué ocurriría, precisamente en ese momento, que Jacob quiso enviar a alguien? Sin embargo, quiso enviar, y envió a José. Podrías decir que fue un simple accidente, pero fue algo completamente necesario como cimiento de toda la estructura. José va; sus hermanos están en necesidad de pastos y, por tanto, dejan Siquem, donde José esperaba encontrarlos, y se trasladan a Dotán. ¿Por qué ir a Dotán? ¿Acaso no estaba toda la tierra delante de ellos? Sin embargo, José va allí; llega a Dotán justo cuando ellos están pensando en él y en sus sueños, y lo echan en una cisterna.
Mientras están a punto de comer pan, pasan unos ismaelitas. ¿Por qué pasan por allí? ¿Por qué justo en ese momento? ¿Por qué iban camino a Egipto? ¿Por qué no pudieron haber ido por otro camino? ¿Por qué los ismaelitas querían comprar esclavos? ¿Por qué no comerciaban con otra cosa? Sin embargo, José es vendido; pero no lo venden en el camino a Egipto, sino que es llevado hasta allá. ¿Por qué lo compra Potifar? ¿Por qué, además, tiene Potifar una esposa? ¿Y por qué, además, la esposa de Potifar estaría tan llena de lujuria?
¿Por qué tiene que terminar José en la cárcel? (Gn 39). ¿Cómo es que el panadero y el copero ofenden a su señor? Todo es casualidad, según el mundo, pero cada eslabón es necesario para formar la cadena. Ambos ofenden a su señor; ambos son echados en la cárcel. ¿Cómo es que ambos sueñan? ¿Cómo es que José interpreta sus sueños? ¿Cómo es que el copero lo olvida? Pues, precisamente porque si lo hubiera recordado, habría arruinado todo el plan.
¿Por qué soñó Faraón? (Gn 40) ¿Cómo pueden los sueños estar bajo la disposición de la providencia de Dios? Sin embargo, Faraón sueña; entonces el copero se acuerda de José; José es sacado de la cárcel y llevado ante Faraón. Pero si quitamos cualquiera de esas circunstancias simples, si rompemos uno solo de los eslabones de la cadena, todo el diseño se desvanece como el viento. No se puede hacer funcionar la máquina si se le quitan los engranajes más pequeños: todo se desordena. Creo que resulta muy claro para cualquier persona que analice, no solo esta, sino cualquier otra historia que desee examinar, que debe haber un Dios actuando en los pequeños accidentes y tratos de la vida diaria, así como también en los grandes resultados que quedan registrados en las páginas de la historia y se cantan en nuestros himnos. Dios puede ser visto en las cosas pequeñas.
B. Puntualidad
- José
Ahora observaremos, en los detalles de la providencia, cuán puntual es siempre la providencia. Nunca te asombrarás tanto de la providencia, como cuando consideras cuán perfectamente, Dios se sincroniza consigo mismo. Volviendo a nuestra historia: ¿cómo es que los ismaelitas pasan justo en ese momento? ¡Cuántas miles de posibilidades había de que hubieran pasado un poco antes! Ciertamente, no había ningún tren especial programado para detenerse en esa «estación» en ese momento, para que los hermanos de José organizaran la entrega. ¡Nada de eso! Y, sin embargo, si todo se hubiera planeado con tal precisión, no habría salido mejor. Sabes que Rubén tenía la intención de sacar a José de la cisterna media hora más tarde, pero «el joven no aparece» (Gn 37:30). Dios tenía preparados a esos ismaelitas: no sabes cómo pudo haber acelerado su viaje o haberlos demorado, para hacer que llegaran puntualmente al lugar en el momento exacto.
- La mujer sunamita
Para dar otro ejemplo: había una mujer pobre cuyo hijo fue resucitado por Eliseo (2R 4). Sin embargo, ella salió de su país durante el tiempo de hambre y perdió sus propiedades (2R 8:1-6). Quería recuperarlas; Dios determinó que así fuera. ¿Cómo sucedería? El rey manda llamar a Giezi, siervo de Eliseo, y habla con él. Le cuenta un caso acerca de una mujer cuyo hijo fue resucitado, ¡qué extraño! Y justo en ese momento, entra la misma mujer. «Señor mío, esta es la mujer» (2R 8:5). Ella venía a presentar su súplica. Su petición es concedida, simplemente porque, en ese preciso instante, la mente del rey estaba interesada en ella. ¿Todo por casualidad? ¿Nada más que coincidencia? Así dicen los necios. Pero los que leen la Biblia y los que tienen discernimiento, dicen que hay algo más que casualidad en tal combinación de circunstancias. No pudo haber sido simple coincidencia, como a veces afirman los hombres; debe haber un Dios en medio de esto, porque es más difícil creer que no está, que creer que sí. Y aunque algunos digan que creer en Dios implica un gran acto de fe, sacarlo de estas cosas implicaría un acto de credulidad5 infinitamente mayor. No, Dios estaba allí.
- Pablo
Hay otro ejemplo que recuerdo en la historia del Nuevo Testamento (Hch 21:26-32). Pablo entra en el templo, y los judíos se lanzan sobre él en un instante para matarlo. Lo arrastran fuera del templo y las puertas se cierran tras él. Están justo en el acto mismo de matarlo, ¿qué será de la vida del pobre Pablo? Cinco minutos más, y Pablo estaría muerto, cuando aparece el comandante y lo libera. ¿Cómo fue que el comandante se enteró? Muy probablemente, algún joven de entre la multitud, que conocía y amaba a Pablo, corrió a avisarle. Pero ¿por qué el comandante estaba en casa? ¿Cómo fue que el gobernador estaba disponible en un momento de emergencia? ¿Cómo fue que llegó? Solo era un hebreo, un hombre que no valía nada, según muchos, el que estaba siendo asesinado. ¿Por qué habría de venir? Y cuando vino, las calles estaban llenas; había una multitud en Jerusalén: ¿cómo llegó a la calle correcta? ¿Cómo llegó en el momento exacto? Dices: «Todo fue casualidad», yo me río de ti; ¡fue providencia! Si hay algo en el mundo que sea claro para cualquier hombre que reflexione, es esto: que Dios «dirige todas las cosas humanas, y gobierna nuestros asuntos más humildes».6
Pero nota esto: la carrera del joven, su llegada en el tiempo preciso, y la venida del comandante, exactamente en el momento adecuado, simplemente prueban la puntualidad de la providencia divina. Si Dios ha determinado que algo ocurra a las doce, aunque tú lo hayas fijado a las once, no sucederá hasta las doce; y si Él ha decretado que se retrase hasta la una, es en vano que propongas otra hora, sea más temprano o más tarde. La puntualidad de Dios en Su providencia es siempre segura, y a menudo, evidente.
C. Uso de cosas pequeñas
No es solo en los minutos del tiempo donde obtenemos una idea de la minuciosidad de la providencia, sino también en el uso de las cosas pequeñas: un gorrión ha cambiado el destino de un imperio. Recordarás la antigua historia de Mahoma huyendo de sus perseguidores. Entra en una cueva, y un gorrión gorjea en la entrada y vuela cuando pasan los perseguidores. «Oh», dicen ellos, «no hay temor de que Mahoma esté allí; de lo contrario, el ave se habría ido hace rato», y la vida del impostor es salvada por un gorrión. Pensamos, tal vez, que Dios dirige los movimientos del leviatán y lo guía en el mar cuando hace que lo profundo se blanquee con la espuma. Pero, por favor, recordemos que la dirección de un pececillo en su pequeño estanque está tan en la mano de la providencia como el movimiento de la gran serpiente en las profundidades.
Ves a las aves congregarse en otoño, listas para su vuelo a través del mar púrpura. Vuelan de aquí para allá en extraña confusión. El creyente en la providencia sostiene que en el ala de cada ave está estampado el lugar hacia donde ha de volar, y aunque vuele con tales aparentes caprichos de su propia voluntad salvaje, no puede desviarse ni siquiera una millonésima parte de pulgada de su trayectoria predestinada. Puede revolotear, arriba, abajo, al este, oeste, norte, sur, donde le plazca, y aun así, todo es conforme a la mano providencial de Dios. Y aunque no lo veamos, puede ser que si esa golondrina no tomara, exactamente, la ruta que toma, algo un poco mayor se vería afectado; y de nuevo, algo aún mayor podría verse alterado, hasta que finalmente una gran cosa estaría implicada en una pequeña. ¡Bienaventurado el hombre que ve a Dios en las cosas triviales! Es allí donde es más difícil verlo; pero quien cree que Dios está allí, puede ir de la pequeña providencia hasta el Dios de la providencia.
Confía que, cuando los peces en el mar emprenden su migración, también tienen un Capitán y un Líder, al igual que las estrellas; porque Aquel que ordena las estrellas en sus cursos y guía a los planetas en su marcha, es el amo de la mosca, da alas al murciélago, guía al pececillo, y no desprecia a la criatura más pequeña. Dices que hay predestinación en el camino de la tierra; crees que en el brillo del sol está la ordenanza de Dios: hay tanta ordenanza Suya en el arrastre de un insecto o en el resplandor de una luciérnaga en la oscuridad. En nada hay casualidad, pero en todo hay un Dios. Todas las cosas viven y se mueven en Él, y tienen Su ser (Hch 17:28); ni podrían vivir o moverse de otro modo, porque Dios así lo ha ordenado.
D. No es fatalismo
Escucho a alguien decir: «¡Bueno, señor, parece que eres un fatalista!». No, para nada. Hay solo esta diferencia entre el destino y la providencia: el destino es ciego; la providencia tiene ojos. El destino es ciego, es algo que debe ser; es como una flecha lanzada desde un arco que debe volar, pero no tiene un blanco. No así la providencia: la providencia está llena de ojos. Hay un propósito en todo y un fin que se ha de cumplir; todas las cosas trabajan juntas, y trabajan juntas para bien (Ro 8:28). No se hacen porque deban hacerse, sino que se hacen porque hay una razón para ello. No es solo que la cosa sea porque debe ser; sino que la cosa es, porque es justo que así sea. Dios no ha establecido arbitrariamente7 la historia del mundo: Él tuvo en cuenta la gran arquitectura de la perfección, cuando trazó todos los pasillos de la historia y colocó todos los pilares de los eventos en el edificio del tiempo.
E. Pensamientos
Hay otra cosa que también debemos recordar, y que quizás nos impresione más que la pequeñez de las cosas. La minuciosidad de la providencia puede verse en el hecho de que, incluso los pensamientos de los hombres, están bajo la mano de Dios. Ahora bien, los pensamientos suelen escaparse de nuestra atención cuando hablamos de providencia. ¡Pero cuánto puede depender de un pensamiento! A menudo, un monarca ha tenido un pensamiento que ha costado a una nación muchas batallas sangrientas. A veces un hombre bueno ha tenido un pensamiento que ha sido un medio para rescatar a multitudes del infierno y llevar a miles a salvo al cielo. Sin duda alguna, toda imaginación, todo pensamiento pasajero, toda concepción que nace solo para morir, está bajo la mano de Dios. Y al pasar las páginas de la historia, a menudo te sorprenderás al ver qué gran cosa ha sido producida por una palabra ociosa.
Confía, entonces, en que la voluntad del hombre, el pensamiento del hombre, el deseo del hombre y todo propósito del hombre, está bajo la mano de Dios. Toma un ejemplo: Jesucristo nacería en Belén (Miq 5:2). Su madre vivía en Nazaret; con toda seguridad nacería allí. No, no es así. A César8 se le ocurre una idea caprichosa (Lc 2). Todo el mundo debe ser empadronado, y él quiere que cada uno vaya a su ciudad de origen. ¿Qué necesidad hay de eso? ¡Qué idea tan tonta de César! Si hubiera tenido un parlamento, habrían votado en su contra. Habrían dicho: «¿Por qué hacer que toda la gente vaya a su ciudad de origen para el censo? Tomen el censo donde viven; eso sería más que suficiente». «No», dice él, «esa es mi voluntad, y a César nadie se le puede oponer». Algunos piensan que César está loco. Dios sabe lo que quiere hacer con César. María, embarazada, debe hacer un viaje fatigoso a Belén; y allí nace su hijo en un pesebre. No se habría cumplido la profecía de que Cristo nacería en Belén, y nuestra fe misma en el Mesías podría haber tambaleado, si no hubiera sido por ese capricho de César. Así que incluso la voluntad del hombre, la tiranía, el despotismo9 del tirano, está en la mano de Dios, y Él la dirige adonde quiere para cumplir Su propia voluntad (Pro 21:1).
F. Resumen
Resumiendo todos los puntos en una sola afirmación breve, creemos firmemente que Aquel que da alas a un ángel guía también a un gorrión. Creemos que Aquel que sostiene la dignidad de Su trono en medio del esplendor del cielo, también la mantiene en las profundidades del mar oscuro. Creemos que no hay nada arriba, abajo ni alrededor que no esté conforme a la determinación de Su propio consejo y voluntad (Ef 1:11). Y aunque no somos fatalistas, sostenemos con toda verdad y seriedad la doctrina de que Dios ha decretado todas las cosas que han de acontecer, y que Él dirige todas ellas para Su propia gloria y bien, de modo que, con Martín Lutero10, podemos decir: _«_Su dominio es universal, y todo sirve a Su poder; cada acto Suyo es bendición, y Su camino, pura santidad».
2. La bondadosa consideración de Dios
El segundo punto es la bondadosa consideración de Dios al cuidar de Su pueblo. Al leer el texto, pensé: «Cuida de mí mejor de lo que yo podría cuidarme a mí mismo». Todos ustedes se cuidan, hasta cierto punto, pero ¿cuál de ustedes se ha cuidado tanto como para contar los cabellos de su cabeza? Dios no solo protege nuestros miembros, sino que hasta el más mínimo cabello es objeto de Su atención. ¡Y cuánto supera esto al cuidado de nuestros amigos más tiernos! Miren a una madre: ¡cuán cuidadosa es! Si su hijo tiene una ligera tos, ella lo nota; la más mínima debilidad no pasa desapercibida. Ha observado con ansiedad todos sus movimientos: si camina bien, si todos sus miembros están sanos y si tiene pleno uso de sus facultades. ¡Pero nunca ha pensado en contar los cabellos de la cabeza de su hijo! Y la pérdida de uno o dos de ellos no le causaría mayor preocupación. ¡Pero nuestro Dios cuida de nosotros aún más que una madre de su hijo, tan cuidadosamente que cuenta los cabellos de nuestra cabeza! ¿Cuán seguros estamos, entonces, bajo la mano de Dios?
A. Conservar la vida
Dejando de lado la comparación anterior, volvamos a considerar el cuidado bondadoso y guardador que Dios ejerce sobre Su pueblo a través de la providencia. A menudo, me ha impresionado la providencia de Dios al conservar con vida a Sus hijos antes de que fueran convertidos. ¡Cuántos de los que están aquí estarían ahora en el infierno, si alguna providencia especial no los hubiera mantenido con vida hasta el momento de su conversión!
Recuerdo haber mencionado esto en una reunión, y casi todas las personas en la sala tenían algún medio milagro que contar sobre su propia liberación antes de la conversión. Un caballero, recuerdo, era un hombre aficionado a la caza, que luego llegó a ser un cristiano eminente. Me contó que poco antes de su conversión, estaba disparando su escopeta y esta explotó en cuatro pedazos que se clavaron en la tierra formando casi exactamente un cuadrado, habiéndose incrustado cerca de uno de sus pies en el suelo, mientras él quedó ileso y completamente a salvo, sin casi haber sentido el impacto.
Un día noté un pensamiento muy bonito sobre este tema en las obras de Hervey.11 Dice: «Dos personas que habían estado cazando juntas durante el día, durmieron juntas esa noche. Uno de ellos, recordando la caza en su sueño, y habiendo recorrido todo el círculo de la persecución, llegó por fin a la caída del ciervo. Entonces gritó con ardor resuelto: “¡Lo mataré, lo mataré!”, e inmediatamente buscó el cuchillo que llevaba en el bolsillo. Su compañero, que por casualidad se había despertado y observaba lo que sucedía, saltó de la cama. Estando seguro del peligro y con la luz de la luna iluminando la habitación, se quedó observando el evento cuando, para su sorpresa indescriptible, el deportista engañado dio varias puñaladas mortales justo en el lugar donde, un momento antes, yacía la garganta y la vida de su amigo». Menciono esto como prueba de que nada nos impide, incluso, convertirnos en asesinos de otros, o en homicidas de nosotros mismos durante los arrebatos insensatos del sueño, sino únicamente el cuidado preventivo de nuestro Padre celestial.
B. Guardar de la tentación
¡Cuán maravillosa es la providencia de Dios respecto a Su pueblo cristiano al mantenerlo alejado de la tentación! He notado a menudo este hecho, y creo que ustedes pueden confirmarlo: que hay momentos en los que, si llegara una tentación, serías vencido por ella; pero la tentación no llega. Y en otros momentos, cuando la tentación sí aparece, tienes una fuerza sobrenatural para resistirla. ¡Sí! El mejor cristiano del mundo te dirá que tal es aún la fuerza de su concupiscencia, que hay momentos en los que, si el objeto se presentara ante él, ciertamente caería en la comisión de un pecado vil, pero entonces el objeto no está allí, o no hay oportunidad de cometer el pecado. En otro momento, cuando somos llamados a pasar por un horno ardiente de tentación, no sentimos deseo alguno hacia el pecado en particular; de hecho, sentimos aversión12 por él, o incluso somos incapaces de cometerlo. Es extraño, pero el carácter de muchos ha sido preservado por la providencia. El mejor hombre que haya vivido, poco sabe cuánto debe por su preservación a la providencia, así como a la gracia de Dios.
C. Organizar lugares
¡Qué maravilla la forma en que la providencia ha dispuesto todos nuestros lugares! No puedo dejar de referirme a mi propia historia personal, porque, al fin y al cabo, estamos obligados a hablar más de lo que conocemos de nosotros mismos como hechos que de otros. Siempre consideraré el hecho de estar aquí hoy como un ejemplo notable de la providencia. Probablemente no habría tenido la oportunidad de ocupar este salón ni de ser bendecido por Dios para predicar a multitudes, si no hubiera sido por lo que en su momento consideré un triste accidente.
En este momento, debería estar estudiando en la universidad en lugar de predicar aquí, si no fuera por una circunstancia singular que ocurrió. Había acordado ir a la universidad; el tutor vino a verme, y yo fui a verlo a la casa de un amigo en común. El sirviente me mostró una sala de estar en la casa; a él lo llevaron a otra. Él esperó dos horas por mí; yo esperé dos horas por él. Ya no pudo esperar más y se fue pensando que yo no lo había tratado bien; yo me fui pensando que él no me había tratado bien. Al irme, me vino a la mente este texto: «¿Buscas cosas grandes para ti? No las busques». Así que escribí para decir que debía declinar positivamente; estaba suficientemente feliz entre mi propia gente y me iba muy bien predicando, no tenía interés en ir a la universidad. Llevo ya cuatro años de labor, pero, hablando desde un punto de vista humano, aquellos que han sido salvos durante este tiempo no lo habrían sido, si yo no hubiera sido un instrumento, si no fuera por la providencia extraordinaria que transformó por completo el rumbo de mis pensamientos, y dirigió las cosas hacia un nuevo camino.
Ustedes mismos han tenido accidentes extraños como ese. Cuando han decidido hacer algo, simplemente no han podido; era completamente imposible. Dios los guió por otro camino y demostró que la providencia es, en verdad, la dueña de todos los eventos humanos.
D. Proveer alimento
Y qué bueno ha sido Dios también en la providencia para algunos de ustedes, al proveerles el pan de cada día. Es notable cómo la pobreza moderada hace que una persona crea en la providencia, especialmente si es ayudada a superarla. Cuando alguien tiene que vivir de día a día, y el maná cae cada día, comienza a pensar que realmente hay providencia. El caballero que siembra sus grandes tierras, cosecha su trigo y lo guarda en el granero, o recibe su ingreso fijo, avanza tan bien que puede ignorar la providencia, no le importa en absoluto. Los alquileres de sus casas siempre llegan puntuales, y su dinero invertido en bonos del tres por ciento13 está completamente seguro, ¿qué necesidad tiene él de la providencia? Pero el pobre hombre que debe trabajar de jornalero y a veces se queda corto de dinero, y justo entonces se encuentra con alguien que le da exactamente lo que necesita, exclama: «Bueno, sé que hay providencia; no puedo evitar creer en ella, ¡estas cosas no pueden ser fruto del azar!».
3. Aplicación de la providencia de Dios
Y ahora, para concluir, hermanos y hermanas, si estas cosas son así, si todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, y si la providencia provee a Su pueblo todas las cosas necesarias para esta vida y para la piedad (2P 1:3), y dispone todo con sabiduría infinita e infalible, ¿qué clase de personas debemos ser?
A. Valentía
Primero, debemos ser un pueblo valiente. ¿Qué tenemos que temer? Otro hombre mira hacia arriba, y si ve un relámpago, tiembla ante su poder misterioso. Nosotros creemos que tiene un camino predestinado. Podemos quedarnos contemplándolo. Aunque no nos expondríamos presuntuosamente a él, sí podemos confiar en nuestro Dios en medio de la tormenta. Estamos en alta mar; las olas golpean contra el barco; este se tambalea de un lado a otro. Otros hombres tiemblan porque piensan que todo es cosa del azar; nosotros, sin embargo, vemos un orden en las olas y escuchamos una música en los vientos. A nosotros nos corresponde estar pacíficos y tranquilos. Para otros hombres, la tempestad es algo aterrador, pero nosotros creemos que la tempestad está en la mano de Dios. ¿Por qué deberíamos temblar? ¿Por qué deberíamos estremecernos? En todas las convulsiones del mundo, en todas las angustias y peligros temporales, a nosotros nos corresponde mantenernos calmados y serenos, mirando con valentía. Nuestra confianza debe ser muy parecida, en comparación con la de quien no cree en la providencia, a la confianza de un cirujano experto que, mientras realiza una operación, observa algo muy asombroso, pero nunca se estremece, mientras que el campesino ignorante, que nunca ha visto algo tan maravilloso, se alarma y teme, y hasta piensa que espíritus malignos están en acción.
Debemos decir: «Digan lo que digan los demás: yo sé que Dios está aquí, y que soy Su hijo, y que todo esto obra para mi bien; por tanto, no temeré, “aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar” (Sal 46:2)».
Quisiera, especialmente, dirigir esta observación a las personas temerosas. Hay entre ustedes quienes se asustan por cualquier cosa. ¡Oh, si pudieran creer que Dios gobierna todo! No estarían entonces gritando porque su esposo no ha regresado a casa durante una tormenta con truenos y relámpagos, o porque hay un ratón en la sala, o porque un gran árbol cayó en el jardín. No tienen por qué creer que su cuñado, que ha viajado a Australia, necesariamente naufragó únicamente porque hubo una tormenta mientras estaba en el mar. Tampoco es necesario suponer que tu hijo en el ejército ha muerto, solo porque estuvo presente en la batalla de Lucknow.14 Y si aun piensan que es posible, como creyentes en la providencia de Dios, deberían mantenerse firmes y decir: «Dios lo ha hecho», y les corresponde a ustedes rendir todas las cosas en Sus manos.
B. Moderación en el duelo
Y puedo decirles también a ustedes, que han sido enlutados: si creen en la providencia, pueden llorar, pero su tristeza no debe ser excesiva. Recuerdo que en el funeral de un amigo escuché una parábola muy bonita que ya he contado antes, y volveré a contar ahora. Había mucho llanto por la pérdida de un ser querido, y el ministro lo explicó así. Dijo: «Supongamos que eres un jardinero contratado por otro. No es tu jardín, pero se te ha encargado cuidarlo, y se te paga por tu trabajo. Has tenido un cuidado especial con cierto grupo de rosas; las has cultivado, y allí están, floreciendo en todo su esplendor. Te sientes orgulloso de ellas. Una mañana entras al jardín y descubres que la mejor rosa ha sido arrancada. Te enfadas: vas con tus compañeros y los acusas de haberla tomado. Todos afirman que no tuvieron nada que ver. Y uno dice: “Vi al amo caminando por aquí esta mañana; creo que fue él quien la tomó”. ¿Se enfada entonces el jardinero? No. De inmediato dice: “Me alegra que mi rosa haya sido tan hermosa como para llamar la atención del amo. Es suya; la ha tomado; que haga con ella lo que bien le parezca”».
Así ocurre también con tus seres queridos. No se marchitan por casualidad; la tumba no se llena por accidente; los hombres mueren conforme a la voluntad de Dios. Tu hijo se ha ido, pero fue el Maestro quien lo tomó. Tu esposo se ha ido; tu esposa está sepultada, el Maestro los tomó. Agradécele que te haya dado el placer de cuidarlos y amarlos mientras estuvieron aquí, y agradécele que, así como Él te los dio, también Él mismo los ha tomado. Si hubieran sido otros quienes lo hicieran, tendrías razón para estar enojado. Pero el Señor lo ha hecho. ¿Puedes entonces quejarte? ¿No dirás más bien: «Siempre te bendeciré, pues teniéndote, todo poseo; ¿cómo puedo estar despojado, si no puedo separarme de Ti»?.[^16]
C. Equilibrio
Y permíteme decir, finalmente, que creo que esta doctrina, si se cree plenamente, debería mantenernos siempre en un estado de ánimo equilibrado. Una de las cosas que más necesitamos, es conservar nuestra estabilidad interior. A veces nos sentimos exaltados. Siempre que me noto demasiado exaltado, ya sé lo que viene: sé que dentro de pocas horas estaré abatido. Si la balanza se eleva demasiado, seguro que volverá a caer. El estado mental más feliz es el que se mantiene en equilibrio. Si llegan cosas buenas, da gracias a Dios por ellas, pero no pongas tu corazón en ellas. Si las cosas buenas se van, agradece a Dios que Él mismo las ha tomado, y aun así bendice Su nombre. Soporta todo. Aquel que siente que todo sucede conforme a la voluntad de Dios, tiene un gran sostén para su alma. No necesita ser sacudido de un lado a otro por cada viento que sopla, porque está firmemente anclado, sin necesidad de moverse. Esto es un ancla echada al mar: mientras los otros barcos se alejan a la deriva, él puede navegar en calma.
Esfuércense, queridos amigos, por creer esto, y mantengan como consecuencia de ello esa calma y paz constante que hace la vida tan feliz. No teman los males que puedan venir mañana; pues, o no vendrán, o vendrán acompañados de bien. Si tienen aflicciones hoy, no las multipliquen temiendo las de mañana. «Basta a cada día su propio mal» (Mt 6:34). Oh, ¡ojalá que algunos de ustedes, llenos de preocupaciones ansiosas y afanes, pudieran ser liberados por medio de fe en la providencia de Dios! Y una vez que entren en ese estado de quietud que esta doctrina produce, estarán preparados para esos ejercicios más elevados de comunión y relación con Cristo, para los cuales el cuidado ansioso es siempre un obstáculo temible, y a veces, es una barrera total.
D. Para los que no temen a Dios
Pero en cuanto a ustedes, los que no temen a Dios, recuerden: las piedras del campo están alineadas contra ustedes. Los cielos claman a la tierra, y la tierra responde a los cielos, para pedir venganza a causa de sus pecados. Para ustedes no hay nada bueno; todo está en rebelión contra ustedes. ¡Oh, que Dios los lleve a tener paz con Él, y entonces tendrán paz con todo lo demás! «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt 6:33). Que el Señor los bendiga en esto, por causa de Jesús. Amén. f
Preguntas para reflexión personal y discusión en grupo
Las siguientes preguntas están diseñadas para reforzar la comprensión y aplicación del texto.
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¿Qué es la «providencia?».
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Indica los tres reinos mencionados a los que todo creyente debe rendirse ante Dios como Rey. ¿Qué significa cada uno?
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¿Por qué es incoherente creer que Dios obra en las cosas grandes, pero no en los pequeños detalles?
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¿Por qué muchas combinaciones de circunstancias no pueden ser «mera coincidencia»?
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Describe la diferencia entre providencia y destino (fatalismo).
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¿Cómo guarda la providencia a los hombres, de caer en la tentación?
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¿Cuál debe ser nuestra respuesta:
a. Cuando nos llegan cosas buenas?
b. Cuando nos llegan cosas malas?
- a. ¿Por qué la preocupación, el miedo y la ira son grandes pecados?
b. ¿Cómo ayuda el entendimiento de la soberanía de Dios a superar cada uno de ellos?
- ¿Cuál es el significado de los siguientes pasajes bíblicos? a) Salmo 135:6; b) Isaías 45:9; c) Daniel 4:35; d) Isaías 14:24, 27.
Footnotes
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Providencia: «Las obras de la providencia de Dios son Su manera santísima (Sal 145:17), sabia (Is 28:29) y poderosa (Heb 1:3) de preservar y gobernar a todas Sus criaturas y todas las acciones de estas (Sal 103:19; Mt 10:29)». (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 11; disponible en Chapel Library.) ↩
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La primera ocasión en que Spurgeon predicó en el Royal Surrey Gardens fue la noche del domingo 19 de octubre de 1856, dieciocho meses antes. Con capacidad para 10,000 personas, el Music Hall era el auditorio más grande de Londres, y se llenó por completo para escuchar al joven predicador. Sin embargo, el servicio terminó en desastre cuando alguien gritó «¡fuego!» y se desató el pánico. En la avalancha humana hacia las salidas, siete personas perdieron la vida y veintiocho resultaron gravemente heridas. Spurgeon, sintiendo una profunda responsabilidad, tardó más de una semana en poder retomar sus actividades con normalidad. ↩
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Justo: movido por la verdad, la justicia y la imparcialidad, conforme a principios verdaderos. ↩
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Ordenado: designado con autoridad; decretado; predestinado. ↩
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Credulidad: creencia; fe. ↩
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De «God that must stoop to view the skies» [«Dios que debe inclinarse para contemplar los cielos»], un himno de Isaac Watts (1674–1748), pastor inglés, escritor e himnólogo. ↩
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Arbitrariamente: basado en caprichos; decidido únicamente por deseos o sentimientos personales momentáneos, en lugar de razones con propósito. ↩
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Augusto César (63 a. C. - 14 d. C.): considerado el primer emperador del Imperio romano, al que gobernó solo desde el 27 a. C. hasta su muerte en el 14 d. C. ↩
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Despotismo: gobierno absoluto, a menudo ejercido de manera egoísta. ↩
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Martín Lutero (1483–1546): monje alemán, teólogo, profesor universitario y reformador eclesiástico, cuyas ideas inspiraron la Reforma Protestante y cambiaron el rumbo de la civilización occidental. ↩
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James Hervey (1714–1758): pastor y escritor inglés; educado en Oxford. ↩
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Aversión: antipatía intensa; repulsión; disgusto profundo. ↩
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Tres por ciento: instituciones de ahorro en Gran Bretaña a finales del siglo diecinueve. ↩
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Lucknow: ciudad en el noreste de la India, sitio de una rebelión contra la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1857, seguida de un asedio de dieciocho meses, durante el cual murieron muchos soldados británicos. ↩