1. Excusas respondidas

a. No hay un mandamiento

Primero, he conocido a algunos que reconocen que la oración familiar es una buena costumbre, pero niegan que exista un mandamiento específico que la ordene. Sin embargo, si Cristo nos ha enseñado a venir delante de Dios con el lenguaje de «Padre nuestro», para pedir que nos “dé hoy el pan nuestro de cada día” (Mt. 6:9, 11), lo cual implica con fuerza que debemos acercarnos así cada día; y si se nos manda «ofrecer siempre a Dios sacrificio de alabanza» (Hb. 13:15), expresión que tan frecuentemente se usa para designar los sacrificios de la mañana y de la tarde; y si Abraham, Isaac y Jacob invocaban el nombre del Señor dondequiera que moraban sus familias; si David —y Cristo también— practicaron lo mismo; y si se nos exhorta a orar «en todo tiempo con toda oración» (Ef. 6:18); y se requiere que los esposos vivan juntos de tal manera que sus oraciones no sean estorbadas (1 P. 3:7); si, además, tenemos tantos preceptos y ejemplos que vinculan este ejercicio a los tiempos de comida; y si las familias que no invocan el nombre del Señor son calificadas como paganas (como ya se ha demostrado más arriba); entonces, ¿qué más podrían desear los mortales como prueba de que Dios requiere esta práctica? ¿Habrá quien, para eludir la fuerza de este argumento, pretenda que aquellos sacerdotes, altares y sacrificios mencionados con tanta frecuencia no son sino antiguas ceremonias judías que ya han quedado obsoletas? En respuesta, haría unas pocas preguntas. ¿Acaso no eran esas antiguas ceremonias ordenadas por Dios? ¿Y no tenía Él algún propósito sabio para ellas? ¿No eran sombras de los bienes venideros? Sí, ¿y no eran parte de las Escrituras que «para nuestra enseñanza se escribieron» (Ro. 15:4)? ¿Dónde está el cristiano que se atreva a negar estas cosas? Ciertamente, entonces, en lugar de ignorarlas, debemos “con más diligencia [atender] a las cosas que hemos oído” a estas cosas que fueron representadas primeramente por tales figuras vivientes, y que han sido tan claramente explicadas para nosotros en el Nuevo Testamento.

b. Falta de disposición

En segundo lugar, abordaré lo que considero el mayor obstáculo para este deber: la falta de inclinación al mismo. Muchos afirman que la oración debe ser un ejercicio del corazón, y que cuando los corazones de los israelitas no estaban bien con Dios, sus oraciones eran meros halagos y mentiras (Sal. 78:36-37). Pero, ¿no es extraño que ahora se apelen a los crímenes de aquellos pecadores para excusar a otros? Aquellos israelitas rehusaron andar en la ley de Dios; en lugar de recordar con gratitud Sus obras, «se olvidaron de sus obras, y de sus maravillas que les había mostrado» (vv. 10-11). En vez de buscarle con fe por el alimento, cuestionaban si Él era capaz de suplir sus necesidades, diciendo: «¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?» (v. 19). Y cuando Él ya les había dado abundantes evidencias de su poder y bondad, así como terribles reprensiones por su maldad, aún así, «con todo esto pecaron aún, y no dieron crédito a sus maravillas» (v. 32). Resistieron hasta que la muerte los miró cara a cara, y entonces oraban. «Si los hacía morir, entonces buscaban a Dios» (v. 34). Este es el camino antiguo que han andado los hombres impíos. Y, tu, oh alma, ¿escoges su senda? Parece que ellos no querían burlarse de Dios mientras pensaban que podían prescindir de Él. No, entonces «me volvieron la cerviz, y no el rostro; y en el tiempo de su calamidad dicen: Levántate, y líbranos» (Jer. 2:27).

Un elemento particularmente espantoso en esta excusa es el hecho de hacer de nuestra propia disposición la norma, en lugar del precepto divino. Porque, aunque el mandamiento es orar «en todo tiempo con toda oración» (Ef. 6:18), la esencia de esta objeción viene a ser: “Puesto que no tengo disposición alguna hacia tales ejercicios, por lo tanto, estoy excusado de practicarlos.” ¡Excusa horrenda, y sin embargo con testigos! Y por más espantosa que sea, no han faltado esfuerzos para adornarla y disimular su fealdad. Algunos alegan que los santos son llamados a la libertad, y que orar sin una libertad de ánimo sería hacerlo bajo un yugo de esclavitud. Pero tal razonamiento es un grave error respecto a la verdadera naturaleza de la libertad cristiana, una gran parte de la cual consiste precisamente en el libre acceso que los santos tienen al Padre por medio de Jesucristo en todas sus necesidades (Ef. 2:18; Hb. 4:16). David clama: «Tú oyes la oración; a ti vendrá toda carne. Las iniquidades prevalecen contra mí; mas nuestras rebeliones tú las perdonarás» (Sal. 65:2-3). Nótese bien aquí que aquello que muchos presentan como excusa para mantenerse alejados, él lo toma como una razón para acercarse. Como si dijera: “encuentro que las corrupciones que se levantan y las inclinaciones erradas son demasiado fuertes para mí; por lo tanto, vengo a Ti, que eres poderoso y estás dispuesto a perdonarlas y someterlas todas”.

Nuestro Salvador a menudo nos exhorta a velar y orar para que no entremos en tentación (Mt. 26:41). Pero esta excusa más bien nos enseñaría a ceder a la tentación, aun cuando somos arrastrados y seducidos por nuestras propias concupiscencias (Stg. 1:14). Muchos no ven hacia dónde los conduciría esto.

c. Promueve una religión de obras

Otros alegarán que esta insistencia en la oración diaria edificará a las personas sobre las obras. A esto respondo que, aunque hay una gran tendencia en la humanidad a rendir cuentas de lo que ha hecho, como el fariseo; y a imaginar que pueden exigirle paga a Dios por todo su trabajo, como los judíos de antaño, sin embargo, la verdadera naturaleza de la oración es completamente contraria a tales cosas. La oración es para que una criatura necesitada acuda a Dios por lo que necesita y Le dé gracias por lo que recibe. Seguramente hay una gran diferencia entre una criatura culpable o miserable que viene a pedir perdón y ayuda, y un comerciante que viene con sus mercancías a negociar por más. Cuanto más necesitado se encuentra el mendigo, más fervientes e incesantes son sus clamores. Pero el comerciante, si se le acaban las mercancías, se retira hasta poder obtener más. Y María dice que el Señor «a los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos» (Lc. 1:53). Claramente, esta misma objeción brota de una disposición orgullosa y autosuficiente. Implica algo así como esto: si me siento en un buen estado de ánimo y tengo algo bueno que ofrecer, entonces vendré; y si no, me quedaré lejos.

David se halló una vez en tal estado que “calló”, hasta que la mano de Dios fue tan pesada sobre él que no pudo resistir más. Entonces confesó sus transgresiones, y el Señor perdonó su pecado; y añade: «Por esto orará a ti todo santo» (Sal. 32:3-6). Pero, para que nadie piense que ese era el proceder correcto —guardar silencio hasta ser así quebrantado—, él continúa diciendo: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno» (vv. 8-9). Esto demuestra con claridad que guardar silencio y abstenerse de buscar al Señor hasta ser forzado a ello es actuar más como bestias sin razón que como almas racionales que tienen un Padre en los cielos, quien es poderoso y está dispuesto a suplir todas sus necesidades. La atención que Él presta “a la oración de los desamparados” y al clamor del publicano debería alentar sobremanera a las criaturas necesitadas a acudir confiadamente a Él (Sal. 102:17; Lc. 18:13-14).

Una visión correcta de nuestra condición ante Dios y de nuestras obligaciones para con Él silenciaría mil objeciones como estas. No podemos vivir, movernos, ni respirar sin Él (Hch. 17:28), lo reconozcamos o no. Todas las cosas están desnudas y abiertas ante Sus ojos (Hb. 4:13). Él ve cuando le damos «la espalda, y no el rostro» (Jer. 32:33). Él nota a aquellos que “no disponen su corazón para volverse” a Él (Os. 5:4), aunque en su aflicción le buscarán de mañana (Os. 5:15), y en su angustia dirán: «Levántate, y sálvanos» (Jer. 2:27). ¡Qué pronto haría una visión correcta de esto que cualquier alma clamara: «¡Dios, sé propicio a mí, pecador!» (Lc. 18:13)! Y si Él concede el perdón, o nos da la disposición y la capacidad para cumplir correctamente cualquier deber, así como todo lo recibimos de Dios, así también todo se lo debemos a Él, quedando aún más profundamente endeudados en amor por todo lo que así recibimos o hacemos. ¿De qué, entonces, podríamos jactarnos? ¿En qué podríamos confiar que provenga de nosotros mismos?

Estas cosas están presentadas de una manera muy conmovedora en la conducta de aquel piadoso rey Salomón, a quien ya hemos mencionado antes. Cuando él había hecho vastas preparaciones para el templo de Dios con sus propios bienes, y había movido a los ancianos de Israel a hacer lo mismo, de modo que habían recolectado tanto oro y plata como se calcula en unos treinta millones de libras esterlinas, además de otros materiales—sí, y lo habían hecho con gozo y voluntariamente también—sin embargo, puede verse cuán lejos estaba de pensar que Dios le debía algo por todo eso, al considerar sus palabras delante de una gran asamblea del pueblo:

«Tuyos son, oh Jehová, el poder, la grandeza, la victoria y la majestad; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano están la fuerza y el poder, y en tu mano está el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre. Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. Porque nosotros, extranjeros y advenedizos somos delante de ti… y todo este montón que hemos preparado… de tu mano es, y todo es tuyo» (1 Cr. 29:11-16).

Aquí sería provechoso comparar esto con las palabras del orgulloso rey de Babilonia y del orgulloso fariseo de Jerusalén. El primero dice: «¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?» (Dn. 4:30). Y la oración del otro es: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres… ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo» (Lc. 18:11-12). Nota bien la diferencia entre estas oraciones y la de Salomón. Uno usa los pronombres ambiciosos yo y mi tres veces, en un sentido que atribuye todas las cosas temporales a mismo, sin mencionar el nombre de Dios en el asunto. El otro, tras mencionar el nombre divino una vez, usa el gran yo cuatro veces con relación a sus ejercicios religiosos. Sin embargo, Salomón supera a ambos por otro lado, sí, más del doble. Él usa los términos tuyo, , te y tu no menos de dieciséis veces en este pasaje, en un sentido que atribuye todos sus bienes y obras a Dios, tanto terrenales como espirituales. Sí, habla con asombro agradecido de que pudieran ofrecer tan voluntariamente y ser permitidos de manejar tantos bienes de su Señor y ponerlos a Sus pies. Él dice: «De lo recibido de tu mano te damos» (1 Cr. 29:14). Este es un ejemplo digno de nuestra estrecha atención. Es la ignorancia de Dios y la distancia de Él lo que promueve los conceptos de justicia propia. Todos estos se desvanecen cuando nos acercamos a Él. Cuando Job se había desviado de su Dios, estaba grandemente atrapado por una disposición de autojustificación. Pero cuando fue acercado a Él, dice: «Me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:6).