- Oración familiar diaria en las Escrituras
Esto me lleva a presentar algunas evidencias bíblicas para la práctica diaria de la oración familiar en particular.
a. Nuestra relación con Dios como sus hijos
La primera razón se toma de nuestra relación con Dios como sus hijos. Él es el Padre de toda carne, pues dio existencia a todas las criaturas y es quien provee todos sus deleites. Pero es también el Padre del pacto, en Jesucristo, para todas las almas regeneradas. Ahora bien, los hijos —especialmente los pequeños, como frecuentemente se describe a los santos— están obligados, tanto por deber como por inclinación, a acudir con frecuencia a sus padres. No es su responsabilidad proveerse a sí mismos, ni estar ansiosos por su sustento futuro, sino acudir a sus padres por todo lo que necesiten. Es su deber venir diariamente por instrucciones acerca de lo que deben hacer, y observar fielmente las mismas. ¡Qué claramente declara esto la importancia de la oración diaria! Por tanto, como nuestro Salvador nos ha informado que nuestro Padre sabe lo que necesitamos, así también nos ha enseñado a orar de esta manera: «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt. 6:9). Estas palabras han sido explicadas muy apropiadamente como una lección que nos enseña a acercarnos a Dios con toda santa reverencia y confianza, como hijos a un padre que puede y está dispuesto a ayudarnos, y que debemos orar con y por otros.
El hecho de que Él haya dispuesto que vengamos de esta manera a nuestro Padre celestial cada día, parece muy claro a partir de la cuarta petición, que es: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy» (Mt. 6:11). El pan, considerado en un sentido natural o espiritual, es algo que necesitamos cada día. Siendo Él «el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Tim. 6:17), ¿cómo podríamos hacer menos que pedirle lo que necesitamos y darle gracias por lo que recibimos? Cristo no dice: “Danos esta semana” o “este año”, sino: «Danos hoy el pan nuestro de cada día». Y aunque el Padre de nuestros espíritus no necesita ser informado acerca de nuestra situación, aun así, Él quiere que “ser solicitado” por nosotros (Ez. 36:37). Él desea que reconozcamos nuestra dependencia de Él y nuestras obligaciones para con Él. Y puesto que no solo tenemos necesidades personales sino también familiares, y porque se nos enseña a decir: «Padre nuestro… el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy», creo que la evidencia es muy clara en cuanto a la práctica diaria de la adoración familiar.
b. El sacerdocio espiritual de los santos
El sacerdocio espiritual de los santos proporcionará más evidencia para este deber. Nuestro apóstol, en 1 Pedro 2:5-9, los llama «sacerdocio santo» y «real sacerdocio». Y Juan los llama «reyes y sacerdotes para Dios» (Ap.1:6). Ahora bien, el principal oficio de los sacerdotes era ministrar en el santuario de Dios y ofrecer sacrificio sobre Su altar (Dt. 33:10). El sumo sacerdote era un eminente tipo de Jesucristo, quien ahora ha entrado, no «en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios» (Hb. 9:24). Todos los sacrificios levíticos de expiación señalaban hacia aquella «única ofrenda», por la cual «perfeccionó para siempre a los santificados» (Hb. 10:14). Solo Él ha respondido por todos nuestros pecados. Pero sus ofrendas de gratitud y ofrendas voluntarias eran figura de los ejercicios de gracia de los santos. Es su «culto racional» presentar sus «cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Ro. 12:1). Y su generosa dádiva es llamada «olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios» (Fil. 4:18; Hb. 13:16).
Lo que sirve a nuestro propósito actual aún más directamente es que sus oraciones y alabanzas son llamadas así. David las entendía de esta manera en su tiempo: «Suba mi oración delante de ti como el incienso, el alzar de mis manos como la ofrenda de la tarde» (Sal. 141:2). Y Juan habla repetidamente de «olores» e «incienso» que suben con «las oraciones de los santos» (Ap. 5:8; 8:3-4). Aquellos sacrificios debían ser presentados en el altar de Dios, el cual santificaba el don. De ahí que el escritor sagrado a los Hebreos, al explicar y aplicar el propósito espiritual de aquellas ceremonias antiguas, dice: «Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo» (Hb. 13:10). En otras palabras, aquellos que aún se aferraban a la sombra cuando ya había venido la sustancia, por su incredulidad se excluían a sí mismos de los beneficios de este glorioso altar, desde donde las oraciones de todos los santos ascienden ante Dios. El escritor inspirado, habiendo mencionado el lugar y la manera de acercarse, procede a nuestro deber en relación con ello: «Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre» (v. 15).
Ahora bien, como él estaba escribiendo a los Hebreos, hay abundante razón para concluir que aquí se refiere particularmente a su sacrificio de la mañana y de la tarde. Cuando fue ordenado por primera vez, se les dijo que era lo que debían ofrecer sobre el altar «cada día continuamente», y que debía ser «holocausto continuo por vuestras generaciones» (Éx. 29:38, 42). Y luego se le llama «holocausto continuo» no menos de diez veces en dos capítulos. ¡Cuán clara aparece, entonces, la evidencia de que el mandato de ofrecer sacrificio de alabanza a Dios continuamente quiere decir que los cristianos deben ser tan constantes en sus ofrendas de alabanza como los judíos lo eran en su sacrificio de la mañana y de la tarde!
También puede observarse que la palabra continuamente es repetidamente explicada por Isaías como significando lo mismo que «cada día» (Is. 51:13; 52:5). Se usa en tres lugares de las Escrituras para referirse a la dieta diaria de las personas. David le dijo a Mefiboset: «Comerás siempre pan a mi mesa» (2 Sam. 9:7; véase también 2 Ry. 25:29; Jer. 52:33). «Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré; y él oirá mi voz» (Sal. 55:17). Sus ruegos a Dios eran tan frecuentes y constantes como sus comidas regulares. Esto era conforme al mandato de Dios en Deuteronomio 8:10: «Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado». La costumbre de mirar a Dios por bendición sobre los alimentos era tan conocida en el tiempo de Samuel, que las jóvenes doncellas que Saúl y su siervo encontraron pudieron decirles, respecto al ascenso de Samuel al sacrificio (o “banquete”, como lo traduce el margen), que «el pueblo no comerá hasta que él haya llegado, por cuanto él ha de bendecir el sacrificio; después de esto comen los convidados» (1 Sam. 9:13).
Esta costumbre está plenamente confirmada por el ejemplo de nuestro Señor y Maestro, con relatos de Su práctica de ella mencionados en no menos de siete lugares por los evangelistas (Mt. 14:19; 15:36; 26:26-27; Mr. 6:41; 8:6-7; 14:22-23; Lc. 9:16; 22:17-19; 24:30; Jn. 6:11, 23). El apóstol Pablo no solo imitó este ejemplo de su divino Maestro (Hch. 27:35), sino que también declara que los alimentos de los cuales los seductores mandaban abstenerse, Dios los creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque «todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado» (1 Ti. 4:4-5).
¿Qué podría mostrar con mayor claridad que debemos orar a Dios, que el hecho de que Él ha prometido santificar nuestros alimentos cuando los recibimos con acción de gracias? Además, el lenguaje del texto deja claro que no tenemos derecho a participar de las cosas buenas que Dios creó1 sin agradecer a Dios por ellas. El apóstol afirma que Dios las creó con el propósito de que «con acción de gracias participasen de ellas los creyentes». Nada es de desecharse «si se toma con acción de gracias»; como si dijera: todas ellas son creación de Dios, y no tenemos derecho a ninguna de ellas sin Su permiso. Pues bien, ellas son «santificadas por la palabra de Dios y la oración». La Palabra nos da autorización para recibirlas mediante oración por bendición sobre ellas y acción de gracias por ellas, y de ninguna otra manera. Porque si las tomamos sin [oración y acción de gracias], ¿en qué es mejor lo que hacemos que un robo? Dios acusó a los judíos de antaño: «la nación toda, me habéis robado» (Mal. 3:9); por tanto, tenían maldición aun sobre sus bendiciones porque no “lo pusieron en su corazón para dar gloria” al nombre de Dios (Mal. 2:2).
Este deber era tan conocido en los primeros tiempos del cristianismo que Pablo lo usa como base para un argumento. Lo presenta como una buena razón por la cual el creyente débil, que aún consideraba ciertos alimentos como inmundos, no debía juzgar al que creía que eran limpios y los comía. Pablo dice que esto era porque «el que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios» (Ro. 14:6). Claramente, no suponía que un creyente comiera de las buenas criaturas de Dios sin darle gracias. Con el mismo propósito habla a los corintios, cuando pregunta: «¿Por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias?». Y luego añade este mandato: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:30-31).
Si alguno dijere que podemos dar gracias en nuestros corazones, aunque no se exprese abiertamente, lo concedo gustosamente. Pero, cuando varias personas comen juntas una comida, de la abundancia del corazón debe hablar la boca. ¡Realmente deben tener opiniones muy extrañas aquellos que sostienen que todas estas instrucciones y ejemplos bíblicos se refieren solo a acciones no vistas del corazón! Por tanto, me pareció apropiado decir algo sobre la manera correcta de recibir nuestros alimentos.
c. Ejemplo antiguo
Nuestra tercera evidencia para la oración familiar se tomará del ejemplo antiguo. Cuando Dios llamó al patriarca Abraham fuera de su propio país hacia la tierra de Canaán, su Amigo celestial se le apareció por primera vez en la llanura de Moreh, y allí edificó un altar para Él. Luego se trasladó al oriente de Bet-el y allí edificó otro «e invocó el nombre de Jehová» (Gn. 12:8). Hizo lo mismo en Hebrón. E Isaac hizo lo mismo en Beerseba. Y Jacob también lo hizo tanto en Siquem como en Bet-el. Así, estos tres eminentes padres, al trasladarse de un lugar a otro, erigieron altares e invocaron el nombre del Señor en los lugares donde plantaban sus tiendas y donde habitaban sus familias. Esto habla claramente en favor de la oración familiar. Que David hizo lo mismo parece ser evidente por el Salmo 141:2: «Suba mi oración delante de ti como el incienso, el alzar de mis manos como la ofrenda de la tarde». Así también lo hizo nuestro Señor con Sus discípulos: «Aconteció que estaba Jesús orando en cierto lugar; cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar» (Lc. 11:1). Estos son algunos de «los pasos del rebaño», por los cuales se nos indica que debemos salir (Cant. 1:8).
d. Preceptos positivos en el Nuevo Testamento
A esto podemos añadir que muchos preceptos positivos que tenemos en el Nuevo Testamento incluyen claramente la oración familiar, tales como los siguientes: «Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús… Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (1 Tes. 5:17-18; Ef. 6:18). Nadie supondrá que «orar sin cesar» y «orar en todo tiempo» signifique que no debamos hacer otra cosa sino orar. Pero ciertamente implica la práctica diaria de la misma. Y aquí se nos requiere explícitamente dar gracias, no solo por algunas cosas, o en algunas ocasiones, sino «en todo». Esto debe incluir las bendiciones familiares, así como otras. Sí, se nos manda orar “en todo tiempo con toda oración,” y ¿quién se atrevería a decir que toda oración no incluye la oración familiar, así como la oración secreta y otras oraciones públicas? Y estos deberes han de observarse no solo por un tiempo, sino que se nos requiere velar en ello “con toda perseverancia.” Podrían mencionarse otros pasajes con el mismo propósito; pero los omitiré.
e. Una marca distintiva
Por último, este ejercicio es una característica mediante la cual el pueblo de Dios se distingue de todos los demás. Cuando el profeta Jeremías quiso distinguir a los paganos, que no conocían a Dios, de Su pueblo, los señaló de esta manera: eran familias que no invocaban el nombre de Dios (Jer. 10:25). Aquí, que nadie piense equivocadamente que la observancia externa de este deber es suficiente. Los hombres pueden hacerlo y aun así estar en un estado miserable. Esto es como la moralidad. Aunque una persona pueda tener una moralidad externa sin gracia salvadora, sin embargo, un hombre inmoral es un hombre impío. Así también [con el deber de la oración familiar]: algunos cuyos corazones no están bien con Dios pueden orar en sus familias y también en privado, pero las familias sin oración son llamadas familias paganas.
Así, he mencionado algunas de las evidencias de las Escrituras que tenemos para esta práctica. Estas son tan claras que debería parecer extraño que alguien que sostenga las Escrituras las descuide. Pero dado que muchos lo hacen, procederé a esforzarme por remover algunos obstáculos que parecen interponerse en el camino de este deber.
Footnotes
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Orig. creatura – cosa creada; en este contexto, se refiere a los alimentos que Dios ha provisto. ↩