Apéndice:
Un pacto solemne de una iglesia en su constitución[^64]
Nosotros, los que deseamos caminar juntos en el temor del Señor, por medio de la asistencia de su Espíritu Santo, profesamos nuestra profunda y seria humillación por todas nuestras transgresiones. Y también, solemnemente, nos entregamos, al Señor —en la presencia de Dios y de los demás, en el sentido de nuestra propia indignidad— en un estado de iglesia, de acuerdo con la constitución apostólica, para que Él sea nuestro Dios y nosotros seamos su pueblo, a través del pacto eterno de su libre gracia. Sólo en esto, esperamos ser aceptados por Él a través de su bendito Hijo Jesucristo, a quien tomamos como nuestro Sumo Sacerdote para justificarnos y santificarnos, y como nuestro Profeta para enseñarnos. [Nos entregamos al Señor] para someternos a Él como nuestro Legislador y Rey de los santos, y para conformarnos a todas sus santas leyes y ordenanzas para nuestro crecimiento, establecimiento y consuelo; para que podamos ser como una santa esposa para Él, servirle en nuestra generación y esperar su segunda aparición como nuestro glorioso Esposo (Ez. 16:6-8; 2 Co. 8:5; Os. 2:23; 2 Co. 6:16).
Estando plenamente satisfechos en la forma de comunión en la iglesia y la verdad de la gracia en alguna buena medida sobre los espíritus de cada uno, nos unimos, solemnemente, en una santa unión y compañerismo, sometiéndonos humildemente a la disciplina del Evangelio y a todos los deberes santos que se requieren de un pueblo en tal relación espiritual (Éx. 26:3-6; Is. 62:5; Sal. 122:3; Ef. 2:18-22; 4:16; 1 P. 2:5; Sal. 93:5; Is. 55:8; Lc. 1:74-75).
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Prometemos y nos comprometemos a caminar en toda santidad, piedad, humildad y amor fraternal, en la medida en que esté en nuestras manos, para hacer nuestra comunión agradable a Dios, consoladora para nosotros mismos y amorosa para el resto del pueblo del Señor (2 Co. 7:7; 1 Ti. 6:11; 2 P. 1:6-7; Hch. 20:19; Fil. 2:3; Jn. 13:34; 15:12).
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Prometemos velar, mutuamente, en nuestras conductas y no cometer pecados unos contra otros, en la medida en que Dios nos lo revele a nosotros o a cualquiera de nosotros; y estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras; advertirnos, reprendernos y amonestarnos mutuamente con mansedumbre, de acuerdo con las reglas que nos dejó Cristo a ese respecto (1 P. 1:22; Lv. 19:17; He. 10:24-25; 1 Ts. 5:14-15; Ro. 15).
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Prometemos orar de una manera especial, unos por otros, por la gloria y el crecimiento de esta iglesia, por la presencia de Dios en ella, por el derramamiento de su Espíritu sobre ella y por su protección sobre ella para su gloria (Ef. 6:18; Lm. 5:16; Col. 4:12).
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Prometemos llevar las cargas de los demás, aferrarnos unos a otros y tener un sentimiento de compañerismo entre nosotros, en todas las condiciones, tanto externas como internas, en las que Dios, en su providencia, nos pusiera a cualquiera de nosotros (Gá. 6:2; He. 12:12-13; 13:3; Ro. 12:15; 2 Co. 11:29).
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Prometemos soportar las debilidades, fallas y flaquezas de los demás con mucha ternura, sin descubrirlas a nadie fuera de la iglesia ni dentro de ella, a menos que sea de acuerdo a la regla de Cristo y al orden del Evangelio provisto en ese caso (1 Jn. 3:17-18; Gá. 6:1; 1 Ts. 5:14; Ro. 15; Ef. 4:31-32).
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Prometemos contender juntos por las verdades del Evangelio, y la pureza de los caminos y ordenanzas de Dios, para evitar causas y causantes de división, “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3; Jud. 1:3; Gá. 5:1; Tit. 3:9-10; 2 Jn. 1:10).
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Prometemos reunirnos en los días del Señor, y en otros momentos cuando el Señor nos dé oportunidades; para servir y glorificar a Dios en la manera de su adoración; para edificarnos unos a otros y para procurar el bien de su iglesia (He. 3:12-13; 10:25; Mal. 3:16; Ro. 14:18-19; 15:16; Ef. 4:16).
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Prometemos, de acuerdo a nuestra capacidad (esto es, según Dios nos bendiga con las cosas buenas de este mundo), participar a nuestro pastor o ministro, habiendo Dios ordenado que los que anuncian el Evangelio, vivan del Evangelio. (¿Y puede algo imponer a la conciencia, una obligación mayor que este pacto? ¿Cuál es entonces, el pecado de aquellos que lo violan?). (2 Co. 9:7-13; 1 Co. 9:14; Gá. 6:6-10).
Nos sometemos, humildemente, a estos y a todos los demás deberes del Evangelio, prometiendo y proponiéndonos cumplir —no con nuestras propias fuerzas, siendo conscientes de nuestra propia debilidad— sino en el poder y la fuerza del Dios bendito, de quien somos y a quien deseamos servir, a quien sea la gloria ahora y para siempre. Amén.