- Lo que contribuye a la gloria y belleza de una iglesia evangélica
Lo que principalmente contribuye a la gloria de una iglesia, es el fundamento sobre el cual está edificada, el cual es Jesucristo. Ahora, éste es un fundamento bendito y glorioso (1 Co. 3:4).
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Con respecto a Dios el Padre, quien puso este fundamento en su eterno propósito, consejo y decreto: “He aquí, yo he puesto en Sión” (Is. 28:16). Y esto es como resultado de su infinita sabiduría, amor y misericordia para con sus elegidos: a) Con respecto a la gloria de Dios en todos sus atributos; b) con respecto a nuestro bien —Él responde a todas nuestras necesidades que están unidas a Él o edificadas sobre Él—.
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Con respecto a Cristo mismo, quien es este fundamento: a) Con respecto a la preciosidad de Cristo como “una piedra angular”, “una piedra preciosa…”; b) con respecto a su perdurabilidad, “una piedra probada… un cimiento estable” (Is. 28:16). Hermanos, es necesario poner los cimientos de una casa; no se puede construir ninguna casa que sea firme e inamovible sin un buen cimiento. Ésta es la parte más fuerte del edificio y soporta todo el peso de toda la superestructura. Lo mismo hace Jesucristo.
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La belleza y la gloria de una verdadera iglesia consisten en su constitución verdadera y regular (o correcta), sin que le falte nada de lo que es esencial en este sentido.
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La belleza y la gloria de una verdadera iglesia consisten en la excelencia, la gloria y la idoneidad de los materiales con los que está construida, en correspondencia con el cimiento [el Cristo viviente]: Todas piedras preciosas, todas piedras vivas, todas personas regeneradas (1 P. 2:5).
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La belleza y la gloria de una verdadera iglesia consisten en que todas las piedras están bien labradas y escuadradas, todas hechas a medida para el edificio antes de ser colocadas. Si así fuera, no habría tanto ruido de martillo y hacha en la disciplina eclesiástica como, de hecho, lo hay. No fue así en el tipo1, quiero decir, en el templo de Salomón (1 R. 6:7).
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Su belleza y gloria consisten en que todas las piedras, no sólo estén unidas a Cristo el fundamento por el Espíritu y la fe en la operación de Dios, sino también unas a otras, en amor sincero y afecto. “En quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Ef. 2:21).
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Consisten en la santidad y pureza de las vidas y conductas de todos los miembros: “Sed santos, porque yo soy santo… La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (1 P. 1:16; Sal. 93:5).
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Consisten en esa dulce unión y concordia que debe haber en la iglesia, todos juntos como los caballos en el carro del Faraón, “procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Cnt. 1:9; Ef. 4:3). “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:35).
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Consisten en que tengan la presencia divina con ellos como cuando la gloria de Dios llena su templo (Éx. 20:24; Mt. 18:20).
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Consisten en mantener fuera a todas las personas no santificadas o impuras —o si entran, purificarlas con una disciplina estricta y santa— o, de lo contrario, [la Iglesia] pronto perderá su belleza (1 Co. 5:5-7).
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Consisten en ese celo e igualdad que se deben mostrar en todo para guardar el honor, la paz y el consuelo de la iglesia y su ministerio (2 Co. 8:14; Tit. 3:2).
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Consisten en la administración de la disciplina correcta para no ver negligencia ni demora de la justicia por descuido o parcialidad.
a. No participando de los pecados de otros hombres, lo cual puede hacerse:
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Conniviendo en ello.
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Disminuyéndolos o atenuándolos [al pecado].
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Aprobando o animando de cualquier manera a alguien en pecado.
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No restaurando a un hermano que confiesa su pecado cuando es sorprendido.
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No presentar una acusación justa contra un ofensor ni reprenderlo y aun, tener comunión con él.
b. No desviar el juicio de su verdadero y correcto canal, ni infligir una censura mayor de la que la ley de Cristo requiere de cualquiera.
c. Absolver y liberar, oportunamente, a una persona penitente.
d. No hacer nada por prejuicio, sino en amor y en afecto entrañable; y hacer todo en el nombre de Cristo, por su autoridad.
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Consisten en simpatizar con los afligidos, socorrer a los tentados y aliviar a los pobres y angustiados (1 Ts. 5:14). “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Ro. 12:15).
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Consisten en no hablar mal de nadie; no sólo no hablar mal de sus hermanos, sino de nadie para su daño o perjuicio, restándole dignidad y honor. Véase Sirácides2: “No repitas los chismes y te evitarás perjuicios. No los cuentes ni de amigos ni de enemigos; no los reveles, a menos que peques por callar”. No debemos hablar de sus faltas, a menos que sea a la manera del Evangelio y eso también, para enmendar a la persona y no por apasionamiento o prejuicio para exponerla, sino por amor a su alma. Sin embargo, podemos hablar de los males de los demás: a) Cuando somos llamados a hacerlo de una manera legal o según el Evangelio (es un pecado entonces, ocultar su crimen, Tit. 1:10-13). b) Cuando es para prevenir a otro que está en peligro de ser infectado por su compañía o su mal ejemplo (2 Ti. 2:17-18) o c) En nuestra propia justa defensa y vindicación (Gá. 2:11).
Además, considera el mal de reprochar a los demás:
Primero, en cuanto a las causas por las que algunos lo hacen: Una causa es la falta de amor, es más, la malicia y el odio. Otra es por la bajeza, la mala naturaleza y la crueldad de la disposición del acusador. Es ocasionado por la comezón de hablar y de entrometerse en los asuntos de otras personas. O quizás, algunos degradan a su hermano para elevar su propia estima y honor, lo cual es abominable. Considera que es robo o hurto, es más, es peor que robarle a un hombre sus bienes porque le quitas lo que quizás no puedas restaurar de nuevo. Además, considera que aquellos que reprochan a los demás, se exponen por ello al reproche. Asimismo, sepan que el que recibe o escucha el escándalo, es tan culpable como el acusador. Es como una persona que recibe bienes robados y, por eso, es tan malo como el ladrón.
Siendo éste, uno de los grandes y notorios males de estos días, hablo de él con mayor frecuencia. Si abominas este mal y lo evitas, brillarás en gracia y virtud con mayor claridad.
Por desgracia, en nuestros días, algunos de los que serían considerados grandes profesantes3, no se restringen de vilipendiar4 a los ministros de Cristo, incluso, a algunos de los mejores hombres. Están tan llenos de malicia que no les importa el mal que hacen a sus hermanos, ni a la verdad misma, ni a los intereses de Dios —y así, se exponen a una vergüenza eterna, y su espíritu y su práctica, a un aborrecimiento—. Son como el maldito Cam que descubrió la desnudez de su padre. Estas personas violan todas las leyes, tanto humanas como divinas (3 Jn. 1:9-10; Gn. 9:22).
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La belleza y la gloria de una verdadera iglesia se manifiestan cuando sobrellevan “los unos las cargas de los otros, y [cumplen] así la ley de Cristo” (Gá. 6:2). Y para que puedas hacer esto, considera dónde está esa iglesia en la que no hay cargas que llevar (Gá. 6:1). Considera la carga que Jesucristo ha llevado por ti. Considera la propia carga que tienes que llevar (Gá. 6:5). ¿No podrías ser tú, en algunas cosas, una carga para tus hermanos? ¿No quisieras que otros llevaran tu carga? ¿No puede Dios hacer que lleves una carga más pesada porque no puedes soportar la de tu hermano? Esto es un cumplimiento de la ley del amor, es más, de la ley de Cristo (Gá. 6:2; Ro. 13:10).
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La gloria y la belleza de una congregación se manifiestan más cuando se mantiene la autoridad de la iglesia y la dignidad del oficio pastoral. ¿Cuán grande fue el mal de la contradicción de Coré (Nm. 16:1-3; Jud. 1:11)? El Apóstol habla de algunos que son contumaces, presuntuosos, que no tienen miedo de hablar mal de las potestades superiores (2 P. 2:10). Dios ha puesto una gloria y una alta dignidad sobre la iglesia, y en su autoridad y poder: “Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo” (Mt. 18:18). Además, el oficio pastoral es un oficio de dignidad; se les llama gobernantes, ángeles y padres. Por lo tanto, el que menosprecie a la iglesia o al pastor, hace un gran mal y un reproche a Cristo, y tiende al desorden y a la confusión (Ap. 2:1; 1 Ti. 3:5; Hch. 23:5).
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Por último, la belleza y la gloria de una verdadera iglesia se exhiben cuando la santidad, la justicia, la caridad, la humildad y toda la piedad verdadera se ejerce sobre la conciencia de cada miembro, y se manifiesta en el ministro; también, en que todos se esfuerzan por sobresalir en esto con su máximo cuidado y diligencia (Sal. 110:3; 1 P. 1:23).
Footnotes
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Tipo – Patrón que apunta a algo más grande. ↩
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Sirácida o Sirácides – Eclesiástico 19:7-8 [versión Dios Habla Hoy], también conocido como “La sabiduría de Ben [hijo de] Sira”; parte de los libros apócrifos, escrito durante el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ni los eruditos judíos ni los protestantes creen que los escritos apócrifos son Escrituras inspiradas e infalibles, pero muchos han considerado que contienen información útil. ↩
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Profesantes – Cristianos que han hecho una profesión de fe. ↩
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No se restringen de vilipendiar – No dudan en hablar mal de ellos. ↩