- Conclusión
Sepan, hermanos míos, que “ama Jehová las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” (Sal. 87:2). Por lo tanto, la adoración pública a Dios, debe ser preferida antes que la adoración privada.
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Esto supone que debe haber una iglesia visible.
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Y que, con frecuencia, se reúnan para adorar a Dios.
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Que tienen un ministerio ordenado y un anciano ordenado, por lo menos, para administrar todas las ordenanzas públicas.
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Además, que todas las personas tengan libertad para reunirse con la iglesia y participar de todas las ordenanzas —salvo aquellas que le pertenecen sólo a la iglesia como la cena del Señor, la santa disciplina y los días de oración y ayuno—. Como en aquel entonces, la iglesia antigua se separó de todos los extranjeros (Neh. 9:2). Sin embargo, otros pueden asistir a todas las demás ordenanzas públicas con la iglesia como la oración pública, la lectura y predicación de la Palabra, y el canto de alabanzas a Dios, como se ha demostrado anteriormente. ¿Pueden otros, hermanos míos, unirse en oración con nosotros y no alabar a Dios con nosotros?
Pero, ¡oh, hermanos míos! Permítanme suplicarles que muestren alto valor y estimación por la adoración pública de Dios.
Motivos para la adoración pública
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Puesto que Dios lo prefiere así o tiene gran estima por la adoración pública a Él.
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Porque se dice que Él habita en Sion: “La quiso por habitación para sí” (Sal. 132:13), “el lugar de la morada de tu gloria” (Sal. 26:8).
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Aquí Dios es el más glorificado. “En su templo todo proclama su gloria” (Sal. 29:9); “de ti será mi alabanza en la gran congregación” (Sal. 22:25).
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Aquí está la mayor parte de la presencia llena de gracia de Dios (tal como uno la observa), su presencia eficaz: “En todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré” (Éx. 20:24). Aquí hay más de su presencia íntima: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). Él camina en medio de siete candeleros de oro [que representan a las iglesias] (Ap. 1:13).
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Aquí están las manifestaciones más claras de la belleza de Dios, que hizo que el santo David deseara habitar allí para siempre (Sal. 27:4). Puedes ver la aparición de Cristo a las iglesias en Apocalipsis 2-3.
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De ella se dice que aquellos que “habían de ser salvos” en los días de los apóstoles, Dios los añadió a la iglesia (Hch. 2:47).
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Aquí está el mayor beneficio espiritual que se puede obtener (Sal. 132:3-5). Aquí caen los rocíos del Hermón que descienden sobre el monte de Sion, donde Dios manda “bendición, y vida eterna” (Sal. 133:3). “Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan” (Sal. 132:15). Aquí fue resuelta la duda de David (Sal. 73:16-17).
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Aquí recibiste tu primer aliento espiritual o vida; muchas almas son nacidas, diariamente, de Cristo (Sal. 87:5). Debemos preferir el bien que más se difunde y, el bien en el que más se participa, es el que más se difunde. “Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre” (Sal. 34:3). Las brasas encendidas, separadas, pronto mueren.
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Hermanos, como observa un digno teólogo, la iglesia, en su adoración pública, es la más cercana semblanza del cielo, especialmente, al cantar las alabanzas a Dios. ¿Qué estima tenían también los dignos de Dios en la antigüedad para la adoración pública de Dios? “¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová” (Sal. 84:1-2).
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Observa cómo las promesas de Dios se aplican a Sion o a su iglesia: “Bendígate Jehová desde Sion” (Sal. 128:5). Oh, que nada los desanime en su espera en los postes de la puerta de Cristo (Pr. 8:34). David deseaba más bien “estar a la puerta de la casa de [su] Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Sal. 84:10).
Pero, sin embargo, no descuiden, por el amor de Dios, la devoción privada: Es decir, la oración secreta y familiar. ¡Oh, oren para estar preparados para la adoración pública! ¡Salgan de sus lugares secretos1 y vayan a la iglesia! ¿Qué significaría todo lo que hacen en público, si no fueran tales que mantuvieran la adoración de Dios en sus propias familias? (Is. 35; 51:3; Sal. 25:14; 87:5; Mt. 6:6).
¡Oh, no descuiden la oración, la lectura y la meditación! Y cuídense también de instruir y catequizar2 a sus hijos. Vivan como hombres y mujeres que han muerto a este mundo. Caminen por amor al Señor como adornando el Evangelio (Ef. 6:4; Fil. 1:27).
Procuren que el celo y el conocimiento vayan de la mano; una buena conducta y una buena doctrina van juntas. Estas dos juntas son mejores que una sola (Ec. 4:9-13).
Hermanos, el que hace de la palabra de Dios, su regla en todo lo que hace, y de la gloria de Dios, su fin en lo que hace, tendrá el Espíritu de Dios como su fuerza. Esto es como el cordón de tres dobleces de Salomón que será uno o será tres, no puede ser dos, ni puede ser roto (Ec. 4:12).